"Viaje al Maestrazgo", por Pedro Cuesta Escudero, autor de Atrapado bajo los escombros

'Viaje al Maestrazgo', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Atrapado bajo los escombros
miércoles 14 de abril de 2021, 10:37h
'Viaje al Maestrazgo', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Atrapado bajo los escombros
'Viaje al Maestrazgo', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Atrapado bajo los escombros

Hoy me he dirigido con el recuerdo al Maestrazgo, esa bella región áspera y fría, de cañadas y vericuetos, de montes y barrancos, donde abunda el boj, duro y bronco como el clima que le da aliento. Mis compañeros de viaje iban de caza a esos páramos rocosos, azotados por el viento y cubiertos por una vegetación rala y de escasa altura. Aún salta alguna liebre o algún reducido bando de perdices por entre los matojos, pero no es como antes, pues la mixomatosis y el abandono de los cultivos han mermado a esas tierras de su fauna salvaje habitual.

'Viaje al Maestrazgo', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Atrapado bajo los escombros

A por setas

Yo prefiero ir a buscar setas antes que ir de caza. La caza no está hecha para mi carácter y mi forma de pensar, aunque, no por ello, critico a los cazadores. Les suelo acompañar en sus correrías porque me agrada el aire puro y fresco del monte, la paz y el sosiego de la naturaleza viva y salvaje y la contemplación de la vida sencilla del campo. Me viene a la memoria una anécdota por la que se puso de manifiesto el carácter poco dado a la ironía que, dicen, se le atribuye a los catalanes. Uno de los cazadores, Joan, me pidió, por ir más suelto al no llevar escopeta, que le transportara el paquete de tabaco. En una de las reuniones de todos los cazadores para un breve descanso y cambio de opiniones, Joan me pide que le diera un cigarro. Yo le contesté con aire festivo que no, que se lo fumaría. Y me respondió, todo serio: ¡Oye, que el tabaco es mío!

La búsqueda de setas es una afición emocionante que solo la sientes al practicarla. Se disfruta porque no abundan tanto como para menospreciarlas y no son tan escasas para que su búsqueda se convierta en algo imposible y raro. Al conocer varias especies diferentes hay más ilusión y aliciente, pues siempre encuentras o boletus edulis, o rovellons (níscalos), o llenegas, o rossinyol, o pie azul, o rebozuelos, o carboneras, o barbudas, o llengua de bou, o fredolic, o setas de cardo, o parasoles,…, o ou de reig (amanitas cesárea), la mejor de todas.

Morella

Al llegar a lo alto, después de haberse ceñido la carretera a precipicios y de haber serpenteado obstinadamente por cerros cubiertos de erizos –coixenet de monjes- , de ruda belleza, de repente cambia el paisaje. Aparecen las tierras de labranza y el camino se hace más practicable y condescendiente.

Y, tras una revuelta, aparece sobre una robusta muela la ciudad de Morella, rodeada de murallas medievales con una altura de 10 a 15 metros y un espesor de más de dos metros, que configuran una silueta única y coronada por un soberbio y robusto castillo, construido aprovechando la roca. Toda la Edad Media se condensa en ese perfil de fortaleza. Dentro se conservan varias casas solariegas. Y fuera muralla vimos el nevero medieval donde almacenan la nieve para tener hielo durante todo el año.

Y en este paisaje ondulado, de colinas y muelas, de campos resecos y de tormagales, surgen de vez en cuando escarpaduras ásperas y barrancos abruptos. Las tonalidades que se imponen giran en torno al ocre de las peñas y al verde oscuro de los matorrales. Las aguas de los ríos, que olvidan su objetivo de dirigirse directamente al mar, discurren entre rocas y, a veces, por profundas gargantas. En sus riberas crecen sauces llorones, chopos, álamos blancos, fresnos, además de zarzales, carrizales, cañaverales, aneas, juncos y otras clases de arbustos que, en algunos trechos forman bóvedas de follaje.

El Tigre del Maestrazgo

Son parajes muy apropiados para la emboscada. Partidas de guerrilleros o de bandoleros, guiados por expertos nativos, podrían dar mucho que hacer, incluso en nuestros días. Por eso, cuando se cruzan estas tierras, inadvertidamente se evoca la figura de “El Tigre del Maestrazgo”. Las gestas de este general carlista, antiguo seminarista tortosino, y su crueldad y saña, están íntimamente ligadas a este adusto paisaje.

Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, fue un destacado líder carlista. Abandonando la carrera eclesiástica se sumó al levantamiento carlista de 1833 a favor del pretendiente Carlos María Isidro. Con un reducido grupo de guerrilleros derrotó al ejército gubernamental y tomó Morella. Entonces el pretendiente al trono de España, D. Carlos, le nombra comandante general del Bajo Aragón. Ramón Cabrera instaló en la comarca del Maestrazgo un auténtico reino, con las plazas fortificadas de Morella y Cantavieja, llegando, incluso, hasta acuñar moneda propia. En Cantavieja instaló una fábrica de cañones y munición. Fue extremadamente cruel y feroz que le valió el apodo de Tigre del Maestrazgo. En el pueblo de Burgassot ocurrió uno de los sucesos más terribles de su biografía. Cuentan las crónicas que tras tomar esa población valenciana preparó un festín para celebrar la victoria. Y en medio de la fiesta mientras comían y bebían vino en grandes cantidades, Cabrera mandó traer a los prisioneros y en mitad del banquete ordenó fusilar por tandas a todos los prisioneros en una orgía de sangre y vino. El fusilamiento de su madre y hermanas en Alcorisa lo convirtieron en más sanguinario, si cabe. Llegó a fusilar, como represalia, a cuatro mujeres, entre ellas a Cintia Fox, a la que Cabrera le había propuesto matrimonio. Derrotado en la segunda guerra carlista se exilia y en Inglaterra contrae matrimonio con una rica heredera permitiéndole llevar una vida de prosperidad, lo que le alejó de su estrategia insurreccional. La llegada de la Restauración tras el golpe de Martínez Campos y la subida al trono de Alfonso XII puso en evidencia la cordial concordancia existente entre la actitud del antiguo caudillo carlista y el nuevo orden social que impone en España Antonio Cánovas del Castillo. Alfonso XII reconoce en Cabrera su graduación militar y los títulos de duque del Maestrazgo, conde de Morella y marqués del Ter.

Mirambel y Cantavieja

Y entre páramos, donde el llano apenas adquiere relevancia, porque es breve y ondulado, en un territorio árido, áspero y de tonos amarillentos, se esconde Mirambel. Es un pueblo amurallado y de remembranzas pretéritas, que ha sido inteligentemente restaurado, mereciendo el premio internacional “Europa Nostra”. El empedrado de las calles es muy interesante y está en armonía con los muros a piedra vista de las casas, unas de mampostería por hiladas a la rústica y otras, las más suntuosas, de sillares labrados a obra isódoma. Muchos edificios son de rancio abolengo, en los que resaltan las artísticas labores hechas en las maderas nobles de los aleros.

Frente a la iglesia y al ayuntamiento hay una casa que tiene un original reloj de sol, donde una piedra acanalada sirve para marcar las horas. Y debajo de ese reloj hay una gran piedra adosada a la pared y con una gran argolla, donde se encadenaban a los infractores del orden moral y civil reinante. Los condenados permanecían allí días enteros para escarnio y escarmiento públicos, soportando los rigores del clima y las despiadadas burlas de los vecinos. También existe, en la cara norte, fuera del portal de las Monjas y a la sombra de la muralla, una nevera comunal: una galería donde se aprisiona la nieve, que, en esas condiciones se conserva todo el año.

Y por la carretera de Cantavieja nos dirigimos a los pinares que hay en la Muela Monchón, con la ilusión de llenar las cestas de rovellons. Cantavieja aparece en lo alto de escalonados murallones de roca viva. Estratos calcáreos y duros donde increíblemente enraízan añosos pinos, enebros, sabinas, álamos, castaños y muchas clases de arbustos y matorrales. Este increíble rincón, que la carretera va serpenteando, en otoño cobra una romántica belleza cuando las hojas de algunos árboles y arbustos se tiñen de oro viejo unas y de un rojo cobrizo otras.

Cantavieja también es otra reliquia histórica. Próximo al Ayuntamiento hay una casa que aún conserva en la clave del arco de la entrada el escudo de la “Mano Negra”. Según la tradición pertenecía al verdugo de Cantavieja, el cual, cuenta la leyenda, encerraba a los reos en un sótano oscuro y sin ventilación para que murieran de hambre y de sed en la más absoluta soledad y olvido.

Atravesando el puerto de Cuarto Pelado, cuya agradable ascensión se hace a lo largo de una bellísima umbría tapizada de praderas, en la que proyectan su sombra y su soledad algunos recios pinos, llegamos a los frondosos bosques de pino albar y pino negro y sabinas rastreras. Y llenamos a rebosar los cestos de rovellons. Una gozada. Después, durante bastantes días, aún veía su imagen rosada cuando cerraba los ojos.

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