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LA DIGNIDAD DE EQUIVOCARSE, por José Biedma López
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LA DIGNIDAD DE EQUIVOCARSE, por José Biedma López

martes 16 de abril de 2024, 08:10h
LA DIGNIDAD DE EQUIVOCARSE, por José Biedma López

A principio de los ochenta del siglo pasado tuve al cabo Atilano Lendín por compañero de armas (sí, soy mayor y “disfruté” una mili obligatoria, una experiencia límite mientras mis compañeras de carrera opositaban). El caso es que el gallego Lendín, que había dejado la licenciatura de biología a medio, estudiaba la vida de los insectos. También solía tener por costumbre mostrar su competencia en artes marciales tipo kung-fu, tumbando a reclutas y a soldados a la menor impertinencia en plan karateka. Incluso tenía asustado al marichulo del sargento chusquero con el que fumaba porros.

Lendín era alto, fibroso, con piernas largas de flamenco muy musculadas y que empleaba como contundentes armas de combate. Carne de calabozo. No obstante, resultaba muy convincente cuando estaba lúcido, sosteniendo la peregrina tesis de que el Creador del mundo había experimentado con antropoides buscando la perfección del homo “pseudo-sapiens”, ¡pero el experimento le había salido mal! Estaba convencido de que el Demiurgo no movería un dedo para evitar que los humanos se extinguieran. ¡Castigo de Dios! Entonces ensayaría con alguna especie de artrópodo; seguramente su próximo experimento saldría mejor con un género de insectos. Lendín era no sólo un erudito entomólogo, sino también un entomófilo convencido de que los insectos heredarían la Tierra. Adoraba sobre todo a las libélulas, seres frágiles y feroces, un poco como nosotros.

Yo discutía con Lendín cuando compartíamos algún rebaje de fin de semana mientras trasegábamos chupitos de ginebra con limón, que le inspiraban (tomaba Larios así, sin más aditamento que el zumo directo del cítrico) hasta que el prive lo reducía a beodo y lelo. Entonces cogíamos las cajas de las acuarelas y salíamos al campo buscando qué pintar… Gravé una de nuestras conversaciones, que recreo a continuación:

– Hay en nosotros algo de que carecen el resto de los vivientes y que nos otorga superior dignidad –le soltaba yo.

– ¿Qué cosa?

– La libertad, que también nos permite caer en la indignidad y en comportamientos inhumanos.

– Estás contaminado de humanismo, tío, pero has de saber, que con la exaltación del hombre en el Renacimiento y el auge de la educación humanista nos llegó la primera gran humillación. De pronto, Copérnico nos enseñó que no vivimos en el centro del universo ni siquiera en el centro de nuestro sistema solar; y luego, unos siglos después, vino Darwin y demostró nuestro simiesco origen evolutivo, y luego el doctor Freud cató que ni siquiera somos dueños de nuestra mente. En fin, que poco margen queda, colega, para la vanidad de creernos hechos a imagen y semejanza de Dios y situados en el centro del universo y con el planeta a nuestra disposición para dominarlo a nuestro capricho o ensuciarlo a nuestro antojo…

– Pero reconocerás que somos animales interesantísimos, cada uno de nosotros diferente, un microcosmos, un universo a escala reducida, a mitad de camino entre lo más alto y lo más bajo del universo. Una naturaleza así ofrece fantásticas oportunidades de mejoramiento y creatividad, aunque también de degradación y caída en la naturaleza puramente animal, ese regreso a la brutalidad que constituye para nosotros un riesgo permanente. ¡Nace bárbaro el hombre y se redime de bestia cultivándose! -como dijo Gracián-: “hace personas la cultura”. En fin, cabo, ya lo explicó también otro humanista, Juan Luis Vives: somos un nudo, copula mundi, camaleones que pueden elegir el color de sus hábitos, aptos para el transformismo, seres indeterminados, por lo que hemos de determinarnos a nosotros mismos como escultores de nuestra forma singular, la que elegimos, el cuento que somos, nuestro relato…

– Pero ¿qué me dices del admirable mundo de una colmena o de un hormiguero? ¡Eso es orden! Las hormigas son incluso capaces de hacerse la guerra, de curarse heridas, de pastorear pulgones... Si las pesáramos, constataríamos que todas juntas cuentan con la misma biomasa que nosotros…

– ¡No nos parangones con hormigas! Carecen de alma individual, su comportamiento es mecánico, reaccionan como resortes por estímulos internos o externos. Tienen vida, pero no biografía. Ni odian ni aman ni tienen dolor entendido, ni intenciones. Responden, pero no proponen.

– ¿Y cuáles son nuestras propuestas e intenciones? ¡Una insensata y despiadada explotación de la naturaleza!

Al cabo Lendín se le puso la cara triste cuando dijo esto, tal vez recordaba su infancia en África, ya que su padre había sido ingeniero en los Fosfatos de Bucraa del Sáhara español, al parecer fue responsable de la construcción de aquella cinta transportadora de cien kilómetros que se adentraba tres kilómetros en el mar cerca del Aaiún.

– No me convencerás de que el humano tiene superior dignidad a la del resto de los animales –siguió el gallego.

– ¿Sabes que el gran Francis Bacon, el utopista de La nueva Atlántida, que soñó en el Renacimiento con cintas transportadoras y naves aéreas, proclamó que el hombre es un dios para el hombre?

– ¡Que soberbia exageración! Así nos va.

– ¿Tú crees más bien que el hombre es un lobo para el hombre?

– Ni tanto ni tan calvo.

– Kant sostiene que el humano no es un ángel, mucho menos un dios, pero tampoco una bestia más, no digamos un diablo. Lo extraordinario es que puede inclinarse hacia un extremo u otro libremente. Por eso el hombre no es cosa –tampoco lo son los animales, desde luego- ningún ser humano puede ni debe ser usado como cosa, porque puede y debe hacerse persona. Por eso tiene derechos y no debe ser instrumentalizado exclusivamente como medio, sino que siempre ha de ser tenido por un fin en sí mismo… El ser humano puede distinguir entre el bien y el mal y elegir qué hacer. Ese es el criterio de su dignidad y también el peso de su responsabilidad.

– Y elige el mal.

– No siempre, pero sí, todos somos pecadores. Es una paradoja. Somos dignos porque podemos caer en la indignidad; apostamos por un ideal de Humanidad, precisamente porque podemos incurrir en inhumanidad. Es algo que vemos todos los días. Es algo posible, actuar peor que bestias feroces, aunque no sea algo común porque la gente en general es más buena que mala y hay almas nobles de varones y varonas, de heroínas y santos, personas que alcanzan con justicia la gloria mundana, si no la celestial…

– Bueno –replicó Lendín-, también el comportamiento altruista se da en otras especies, y hasta el comportamiento heroico –hizo un gesto con las manos para poner comillas a la palabra “heroico”-: la hormiga estéril o la termita guerrera se sacrifican por el bien de sus comunidades, y sin presumir ni pedir corona de laurel ni exigir condecoraciones… Los impulsos generosos pueden explicarse por la matemática de la lucha por la vida y su reproducción, con sólo aceptar la presión selectiva en favor de grupos de cooperadores, que crecerían mejor, frente a grupos mal ensamblados de individuos egoístas, cuyos genes se replicarían peor. La evolución habría favorecido a los genes responsables del comportamiento altruista.

– Sin embargo, admitirás que lo mismo que podemos correr por deporte y cazar por placer en algún momento el impulso altruista se independizó de su función biológica. La disposición moral es propia y exclusiva del humano, por eso podemos ser morales o inmorales, pero no amorales como los otros animales. La moral reflexiva, la Ética, puede que tenga una base natural, pero es otra cosa, un invento digno, si quieres. Es la idea o el ideal de la excelencia como esfuerzo por mejorarnos, personal y socialmente. Una ambición así, que podríamos llamar civilizadora y hasta divinizadora, brilla por su ausencia incluso en los animales superiores. Sólo el ser humano puede esforzarse por mejorar, después de equivocarse...

El cabo Lendín no claudicaba fácil ni cedía la razón sin pelear hasta el final. Además, sostenía que es inexacto decir que los humanos podamos “tener razón”, sólo cabe alegar que la usamos a veces, pero en días contados. No obstante, en aquella ocasión le había dado demasiado a la ginebra, así que dejamos la conversación y pasamos a otra cosa. Era un buen día para echarse al monte, para buscar la sombra del soto y su arroyo, para contemplar y tal vez dibujar las hermosas danzas de las libélulas, criaturas antiguas, hambrientas o celosas, formidables voladoras.

Del mismo autor:

El cabo Lendín es un personaje de El reino de las libélulas, relato sin trampa prologado por Medardo Fraile.

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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