PEDRO MEJÍA Y SU SILVA DE VARIA LECCIÓN (1540), por José Biedma López

Qubba musulmana del Salón del trono de Pedro I. El cuadrado simboliza la Tierra, sobre él la cúpula del Universo. Una decoración de mocárabes estrellados unen la Tierra con el Cielo (Real Alcázar de Sevilla, ciudad natal del caballero Pedro Mejía).
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Qubba musulmana del Salón del trono de Pedro I. El cuadrado simboliza la Tierra, sobre él la cúpula del Universo. Una decoración de mocárabes estrellados unen la Tierra con el Cielo (Real Alcázar de Sevilla, ciudad natal del caballero Pedro Mejía).
viernes 19 de noviembre de 2021, 08:49h
Fue la suya una vida de recogimiento y estudio en Salamanca y Sevilla, donde nació en 1497. Se carteó con Luis Vives y fue un lector infatigable que dormía poco para trasnochar con letras humanas. Se le motejó de Astrólogo. No por casualidad aconsejaba a pilotos y navegantes, sino prestigiado por sus conocimientos hidrográficos y geográficos, por eso fue elegido Cosmógrafo oficial de la de Contratación de Indias a partir de 1537. Fue también caballero veinticuatro de Sevilla y Cronista oficial del Emperador Carlos, que le consintió serlo sin abandonar la ciudad el Betis por su precaria salud. En efecto, Pedro Mejía o Mexía, como se escribía entonces su apellido, era aprensivo y se abrigaba mucho, sobre todo la cabeza. Así que le llamaron el Sabio de los Siete Bonetes.
PEDRO MEJÍA Y SU SILVA DE VARIA LECCIÓN (1540), por José Biedma López

Aún en Sevilla, Mejía aguantaba mal los fríos del invierno. Murió temprano, con poco más de medio siglo, en 1551. Fue muy llorado por la gran estima en que se le tenía. El gran humanista Arias Montano compuso su epitafio, en el que se dice: “Tu nombre queda en el mundo y llega hasta los últimos reinos de la tierra y atraviesa los confines del agitado océano, pues esto te procuró la solidez de tu cultura, escasísima en nuestros tiempos, así como tu virtud”. Francisco Pacheco, que lo retrató, dice de él que fue muy templado en el comer y en el beber, que no dormía más de cuatro horas, que era de gran ánimo y, aunque de temperamento colérico, de apacible condición, compasivo y socorredor, amigo de la verdad y aborrecedor de la lisonja, de profunda religiosidad. Vivía con tanto recato que era tenido por escrupuloso.

Escribió dramas y poesía con galardón, pero debe más su fama a su obra como historiador: Historia imperial y cesárea (1545) e Historia del Emperador Carlos V que dejó inédita, y más todavía obtuvo gloria, dineros y renombre por su obra filosófica: Silva de varia lección (1540) y por sus Diálogos (o Coloquios, 1547). La Silva de Mejías alcanzó en poco más de 130 años más de cien ediciones en todas las lenguas cultas. Pasa por obra miscelánea, pero en realidad fue ninfa del ensayo moderno… “Vaciló Montaigne –escribe Pierre Villey en su edición francesa de páginas escogidas de Montaigne- entre el género de cartas [epístolas] en que el español Antonio de Guevara dio el modelo, en su colección traducida ya al francés en 1556, saludada con entusiasmo con el título de Epístolas áureas… y el género de diversas lecciones, que entonces tenía por representante más ilustre a otro español, no menos olvidado hoy que Guevara, a Pero Mexía, que traducido al francés por Claudio Gurget logró en Francia boga considerable, y se extendió por toda Europa. A falta de corresponsal a quien dirigir las cartas, Montaigne optó por las lecciones. Las mismas ventajas ofrecían… Tenían, además, el mérito de la variedad… Del género de lecciones tomaba hechos, asuntos y, sobre todo, el marco de sus comparaciones, señalando así el estrecho parentesco de su obra… con la de Mexía.”

¡Ya es difícil que un francés reconozca que las fuentes de Miguel de Montaigne, reconocido pionero del ensayo filosófico moderno, manan de las Epístolas de Guevara y la Silva de Mejía! Dicho reconocimiento honra a Pierre Villey. Sin embargo, Morel-Fatio, no por excelente hispanista menos chovinista, resta importancia a Mejía reconociendo de él que fue “un ensayista a la manera de Montaigne, pero sin genio”. Soslaya el hecho de que Montaigne escribió cuarenta años después que el sevillano, cuando era mejor la información y más fácil perfeccionar el género contando con modelos ya modernos, como eran los españoles e italianos. El texto citado de Villey y la desconsideración de Morel-Fatio los recoge Justo García Soriano en sus “Apuntes bio-bibliográficos sobre Pedro Mejía y su Silva de varia lección”, ensayito impecable publicado por la Sociedad de Bibliófilos españoles en 1934.

La Silva siguió influyendo en el humanismo europeo más allá de Montaigne, en la literatura francesa hasta muy avanzado el siglo XVII. En 1675, un médico llamado Girardet publicó y se atribuyó un plagio de Mejía. La Silva también se divulgó en Italia e Inglaterra sirviendo su “miscelánea” (mezcla de temas, anéctotas e historias) de mina para dramaturgos y novelistas. Es el caso del Timón de Atenas atribuido a Shakespeare, figura a la que nos referimos en un artículo anterior. Donde más tardó en introducirse el humanismo de Mejía fue en Alemania.

En el proemio de la Silva de varia lección, el erudito sevillano reivindica el uso de la lengua castellana para “tratar materias grandes”, “pues no faltan en España agudos y altos ingenios”. Mejía consideraba su obra de divulgación, de difusión cultural, científica y filosófica, “pues no nació el hombre para sí solo, sino que también para el uso y utilidad de su patria y amigos fue criado” –declara su altruismo, citando a Platón. Como buen humanista, se sentía útil el caballero poniendo al alcance de todo el que supiera leer español el fruto de sus lecturas, de aquí el significado estricto de “lección” en el título de la obra. Fue consciente de que esta manera de escribir a pie de clásico, pero con criterio de selección e interpretación propios, resultaba nueva en nuestra lengua y en que él era el primero en asumirla. Cita como antecedentes a muchos clásicos y otros italianos contemporáneos. Declara también su intención propedéutica, didáctica, haciendo suyas las palabras de Aulio Gelio (Noches áticas), como si dijese que ha escrito la Silva “para inspirar gusto por los conocimientos honestos a los espíritus dueños de su tiempo… y para llevarles al estudio de las artes liberales por corto y fácil camino; por otro, para preservarles de vergonzosa y grosera ignorancia acerca de la historia y de las letras a los que ocupan otros trabajos”.

Así pues, la “silva”, como la “miscelánea” antigua, es atajo regalado y dirigido al público, grueso de gentes que ha ampliado la innovación de la imprenta de Gutenberg, y no sólo escrita para los intelectuales. Mejía ofrece al lector común la selección quintaesenciada de sus vigilias lectoras en 148 capítulos divididos en cuatro partes. Le puso el nombre de “Silva” porque en las selvas y bosques están las plantas sin orden ni regla. Sin embargo, la organización de los capítulos no es del todo caótica. En ocasiones, un tema lleva a otro, por parecido, relación indirecta, o por oposición. Se esfuerza por ser conciso, por no cansar, y sólo sacrifica la brevedad a tenor de la importancia del tema, caso de la fundación de Jerusalén, que ocupa tres capítulos de la cuarta parte.

Propio del ensayo moderno es la personalización subjetiva, que está presente, aun tímida, ocasionalmente firme: “paréceme”, “yo creo cierto”, “a mi ver”, “juzgando yo esto así”, etc. En los capítulos de asunto moral es casi regla la voz autorial, imperativa: “Huyan, pues, los que mandan la tierra, la crueldad, y amen la clemencia y piedad y serán amados de sus súbditos”. Lección ésta muy diferente a la de Maquiavelo.

En cuestiones religiosas se muestra cauto, ortodoxo, por ejemplo, cuando trata el relato de la destrucción de los caballeros del Temple, dejando el dictamen último para el Juicio Final. Ni se entromete en la disputa contemporánea sobre la fiabilidad de la Vulgata, la traducción latina y canónica de San Jerónimo de la Biblia. Respecto a la oposición entre razón y experiencia opta por cierta dosis de pragmatismo. El recurso a la autoridad de la fuente sigue siendo norma respecto a hechos de difícil comprobación, tanto en cuestiones naturales (la voz de Plinio o de Aristóteles) como históricas. Apela también al consenso como criterio de verdad respecto a la existencia de nereidas y tritones… “cosa que tantos la escriben y el pueblo la tiene por cierta, no hay por qué se deje de creer”.

La acusación de superficialidad y falta de originalidad la ven injusta Isaías Lerner y Rafael Malpartida en su introducción a los Diálogos de Mejía (Fundación José Manuel Lara, Sevilla 2006) porque, aunque el erudito andaluz tiene la honradez de citar sus fuentes, también selecciona, interpreta, aplica y da renovados significados a lo que cita. Su ambición y su labor hermenéutica son tan filosóficas como científicas, pero hemos de tener en cuenta lo que se tenía por “ciencia” en la primera mitad del siglo XVI. Ama la verdad y por eso rechaza “novelas y cuentos”, pues ya le parecen de por sí asombrosas las realidades comprobables, pues a veces los hechos maravillan más que las ficciones. De “poetas y fábulas” no hace caso ya que “tocan cosas maravillosas pero no sé qué tan ciertas”, “no contaré fábulas ni mentiras sino lo que en autores aprobados he leído” (I, 28). Hace excepción con poetas consagrados como Virgilio, Lucrecio, Estacio, Ovidio, Juvenal y Marcial, este último para un caso de amor conyugal, aunque con reservas.

Su fina ironía se muestra en el tratamiento de la astrología judiciaria, tan en boga en una época en que papas y reyes pretendían averiguar su futuro o el de sus batallas asesorados por quienes estudiaban el movimiento de las estrellas. Es sobresaliente también su fino conocimiento de las aberraciones que el poder causa en la conducta de los seres humanos, sobre todo si es poder absoluto. Usa Mejía sarcásticamente la antítesis: “el bueno de” para referir a la maldad de Arnaldo. Tras el recuento de las perversidades de Heliogábalo, Mejía comenta: “En estas tales batallas y ejercicios gastaba el virtuoso emperador su tiempo”.

En la Silva escasean los refranes y frases hechas, salvo en aquellos pasajes en que la ironía cobra valor docente. Al tratar en III, 13 la enfermedad de amores y tras aportar abundante documentación sobre la opinión de autoridades, Mejía declara con divertida impaciencia: “Y al cabo, acuerdan todos en un remedio, que se adivina con el dedo, que la mejor medicina y remedio es que al que así estuviese apasionado, le den y junten con la mujer por él amada”. El refrán a que alude es: “lo que veo con los ojos, con el dedo lo adivino”.

La crítica ha celebrado las bondades de la prosa de Mejía, así Menéndez Pelayo (“El magnífico caballero Pedro Mejía”, en Estudios y discursos… II, Madrid CSIC, 1941). No sorprende su uso de latinismos y neologismos (que ya no lo son), en su esfuerzo por inventar un discurso informativo en el castellano de la época, cuando todavía la literatura escolástica y la medicina universitaria se escribían y estudiaban en latín. Con Guevara, Huarte, Sabuco…, Mejía es uno de los creadores del lenguaje científico español. Por supuesto, muchos de los datos que ofrece la Silva hoy son perfectamente inútiles, pero aún resulta un documento precioso para comprender la mente del humanista europeo del Renacimiento, los valores, ilusiones y expectativas de una filosofía que pugnaba por la formación integral de las personas, la paz universal (irenismo), la buena fortuna como resultado del esfuerzo y la excelencia, no de la herencia ni del arbitrio de los dioses, todo eso dentro de un sentido siempre restaurable de la dignidad del hombre.

Del autor:

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