EL SABOR DEL TIEMPO, por José Biedma López

EL SABOR DEL TIEMPO, por José Biedma López
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miércoles 24 de junio de 2020, 18:48h

Carl Honoré analiza en su libro Elogio de la lentitud (in Praise of Slowness, 2004) el culto a la velocidad que hemos convertido en estándar social en nuestro planeta. “Mañana mismo puede usted tener lo que desea en casa, ¡con sólo apretar un botón!”. Por suerte, donde hay acción hay reacción; y donde hay presión, resistencia. Existe ya, y es de agradecer, todo un Movimiento Internacional a favor de la Lentitud, apoyado por ese periodista canadiense de origen escocés al que he citado.

EL SABOR DEL TIEMPO, por José Biedma López

Byung-chul Han, que tiene mi edad, es un pensador asiático que se doctoró en Friburgo con una tesis sobre Heidegger. Sí, también eso es globalización. No le alabo el gusto por el filósofo escogido para su doctorado, que me ha caído siempre como un grano en el culo y por el que perdí una oposición a cátedra (mi crítica no les gustó a los heideggerianos), pero en esto de la filosofía, como en el arte y la técnica, valen también los gustos, que son particulares, por eso no hay metafísica que no haya merecido ser refutada por otra de signo opuesto.

El caso es que Han escribe ensayitos cultos y más claros que los del alemán sobre temas actuales con gran éxito. Es crítico sagaz de nuestra civilización de la prisa. En 2009 se pronunció sobre el arte de demorarse, librito al que puso el poético título de El aroma del tiempo. Borges pensaba que el problema del tiempo es el gran tema metafísico, “intemporal”, diría yo abusando de la paradoja. El tiempo es eso que creemos saber qué es hasta que nos lo preguntamos, como decía san Agustín.

“La prisa mata la ternura”. No me canso de repetir esta sentencia del gran educador José Antonio Marina. Hemos vivido y estamos viviendo todavía la Era de la aceleración. Eso da a la vida la sensación de una precipitada caída, ¡a pesar de que ahora vivimos más años! “La caída en el tiempo”, que decía el nihilista Ciorán. Ahora la vida se precipita / como una piedra en su caída / ganando velocidad (Celaya). Ciorán refería en esa caída en el tiempo al pecado original de nuestra estirpe, a la consecuencia de haber comido aquella manzana prohibida del bien y del mal. En su digestión tomamos conciencia de ese tiempo propiamente humano que llamamos Historia, ese pesado fardo de atrocidades. Y no hay conciencia sin memoria. Los signos ayudaron. El hombre, más que racional, es el animal memorioso.

En efecto, el hombre prehistórico, como los animales, vivía en un presente continuo. El hombre moderno vive en un presente abierto al futuro, lineal y progresivo. La revolución industrial se desató hacia el futuro con el ferrocarril, con la fuerza de un coloso mecánico hacia el más allá, hacia la utopía del Progreso, primero humanista, luego ilustrada, luego instrumental, esperaba encontrar su salvación, pero su aceleración aeronáutica nos arrastró hacia un espacio vacío de vida, estéril y huero significado, como el paisaje de Marte. La línea temporal ha perdido su tensión narrativa, tanto su historia sagrada como su meta revolucionaria, y se descompone en puntos, en eventos, atomizada en informaciones que multiplican las sensaciones, es decir el sensacionalismo que los Mass Media abastecen constantemente con la percepción de novedades, excentricidades, modas efímeras, asesinatos truculentos, catástrofes, espectáculos y radicalismos.

Es un síntoma que la carrera haya sustituido, como entretenta y deporte para el hiperactivo, al paseo tranquilo, al promenade contemplativo o dialogante por el jardín o el campo. El runner marcha rápido, da vueltas engafado y con audífonos, ensimismado, como negándose a ver u oír el aplauso de los olmos y el canto de los pájaros. En el AVE, viajando a gran velocidad, el paisaje natural desaparece del todo, se deshace en un arco iris de franjas continuas, vertiginosas.

Recuerdo el primer testing (análisis de fauna y flora) que hice en la Sierra de Cazorla con los compas frikis de la plataforma virtual Fotografía y Biodiversidad. Anduve mucho para fotografiar artrópodos, corrí detrás de las mariposas. Una señora sexagenaria apenas recorrió un cuarto de la senda programada, armada igual que yo con su objetivo macro. Por la noche comprobé que sus fotos eran mejores que las mías, vio lo que yo no vi, preciosas florecillas y escarabajos metalizados que a mí me pasaron perfectamente desapercibidos, porque yo andaba con prisa. “La época de las prisas no tiene tiempo para profundizar en la percepción” (Han). La dispersión de la atención –lo sé por experiencia- es hoy el principal problema educativo.

En la montaña hay que empezar caminando con parsimonia de viejo para llegar al final con aliento de joven. En la vida, igual, “hay que dar tiempo al tiempo”. Si reducimos el tiempo al instante de actualidad, entonces compromisos, promesas y lealtades quedan en entredicho. El curso se desmenuza en puntos sin sentido. Es el cortoplacismo que observamos también en las iniciativas políticas, y que destruye la experiencia de la continuidad y el sólido proyecto a medio y largo plazo, provocando de paso angustia e inquietud. Es como vivir en la impaciencia de un insomnio, en un tiempo sin plan ni sentido, en una inquietud nerviosa que salta de una posibilidad a otra, en un zapping de episodios discontinuos que nos distribuye en personajes diversos, con un avatar y un nick distinto para cada red social. Tiempo sin tacto, sin sabor y sin aroma.

Del diapasón rutinario del aristocrático reloj de repisa, del gotear de la clepsidra, de la campechana caja del cuco, sólo queda un zumbido, el de la motocicleta del vándalo que acelera sin rumbo, atolondrado, desorientado, desnortado, tal vez con el miedo en el cuerpo de perderse algo. “¿Te lo vas a perder?”, pregunta el anunciante. El último modelo de celular, el videojuego más realista, ¿te lo vas a perder?

Es la experiencia de la duración y no el número de vivencias lo que hace que una vida sea plena. A toda velocidad, sin compromisos ni proyectos, sin perdurabilidad ni lentitud, marcada por la fugacidad de lo efímero pasajero, una vida, por años que se cumplan, seguirá siendo una vida corta, como un tiempo sin recuerdos ni esperanza. El tiempo se desintegra en una sucesión de presentes sin sentido. “¡Vive el hoy!”, manda el reclamo publicitario presentista. Pero el goce inmediato no gesta lo bello, es más tarde y después de la espera, a la luz de su significado, cuando muestra su reminiscencia lo hermoso, el vivo resplandor del bien en que fosforece la vida de la cosa en su presencia continuada.

La Época de las Prisas impone también guantes y mascarillas, porque su tiempo no tiene tacto, ni sabor ni aroma.

Del autor:

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