Hernán Cortés y la sospechosa muerte de su esposa, Catalina Suárez, una noche de 1522
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Hernán Cortés y la sospechosa muerte de su esposa, Catalina Suárez, una noche de 1522

Hernán Cortés y la sospechosa muerte de su esposa, Catalina Suárez, una noche de 1522

El conquistador de México fue acusado por sus enemigos de haber asesinado a su primera mujer.

Cuenta la historia que el conquistador de México fue acusado por sus enemigos de haber asesinado a su primera mujer, mantuvo romances con numerosas indígenas.

Su primera mujer Catalina Suarez era asmática y apocada, y seguramente fue bastante infeliz en su matrimonio. El viaje desde Cuba afectó a su salud, y nunca se sintió cómoda en México. Hernán Cortés la describe como mujer "no industriosa ni diligente para entender en su hacienda ni granjearla ni multiplicarla en casa ni fuera de ella, antes era mujer muy delicada y enferma".

Catalina Suárez era hermana de un noble abulense, Juan Suárez de Peralta, que llegó a La Española en 1502, y que unos años después mandó traer a su familia a la isla. Catalina debió de reunirse con su hermano en 1509, formando parte de la corte que acompañaba a María de Toledo, esposa del gobernador Diego Colón, el hermano del descubridor de América.

Tres años después, Catalina partió con Juan hacia Cuba, isla que se acababa de conquistar. Allí conoció a un hidalgo extremeño de 27 años, Hernán Cortés, que tras el sometimiento de la isla había adquirido una hacienda y trabajaba como escribano. Las relaciones entre Cortés y la familia Suárez (apellido que aparece escrito como Juárez y Xuárez en diferentes documentos de la época) fueron muy estrechas y compartieron negocios y vicisitudes, hasta que Cortés se casó con Catalina en 1514.

Hernán Cortés reconoció once hijos de seis mujeres. Cuatro de ellos con indias, entre ellas Malinche y la princesa Tecuichpo. Tuvo siete hijos de mujeres españolas: uno de Elvira Hermosillo, estando todavía de luto por Catalina, y seis de Juana Ramírez de Arellano, su segunda mujer, que los alumbró mientras soportaba sus numerosas infidelidades.

El historiador mexicano Juan Miralles, en su reciente biografía del conquistador, sostiene que éste sedujo a Catalina Suárez por puro entretenimiento y sin ninguna intención más allá del galanteo y la pasión sexual, y que se vio abocado al matrimonio por las presiones de su futuro cuñado Juan y del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, quien por entonces tenía como amante a una hermana de Catalina. Las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé de Las Casas no desmienten la versión de cierta resistencia al matrimonio, pero ambas reflejan una pareja enamorada y de feliz vida conyugal hasta que Cortés partió hacia México en 1519, a la conquista del Imperio azteca.

El conquistador dejó a Juan Suárez al cargo de todas sus empresas y de su hacienda en la isla, encomendándole vender sus bienes para saldar las deudas que había contraído al armar su flota para ir a México. Hecho esto, con el dinero sobrante Suárez organizó una armada y con ella partió en ayuda de Cortés. Él mismo capitaneaba el navío que desembarcó en México en vísperas de la famosa Noche Triste, el 30 de junio de 1520.

Hernán Cortés convivía en México con Malinche, una joven indígena que había sido entregada al español como regalo en 1519 y que le sirvió como guía e intérprete durante años. A pesar de ello, fue el propio Cortés quien, una vez concluida la conquista del territorio mexicano, pidió a Juan Suárez que fuese a buscar a su hermana a Cuba y la llevase a México.

Catalina desembarcó al sur de la provincia de Veracruz y llegó a su casa tras un viaje de seiscientos kilómetros, al tiempo que Malinche (que había sido bautizada con el nombre de Marina) daba a luz a Martín Cortés, el primer hijo varón del conquistador. A pesar de los celos y del engaño, Catalina, seguramente cegada por el poder y la riqueza adquiridos por su marido en México, accedió a reanudar su vida marital en Coyoacán, desde donde Cortés gobernaba el territorio que se llamó Nueva España. Al poco de nacer su hijo, Hernán Cortés abandonó a Malinche, que se acabó casando con un lugarteniente del conquistador.

Catalina Suárez era una mujer de salud débil y su asma y problemas congénitos —dos hermanas suyas murieron también de forma súbita— no debieron casar bien con la altura y la sequedad de México y no pasaron inadvertidos en su nueva casa. Varios cronistas cuentan algunos desmayos de Catalina en América. A los tres meses del reencuentro del matrimonio en México, la noche del primero de noviembre de 1522, Cortés organizó una fiesta en su casa de Coyoacán. Después del baile, Catalina se sintió indispuesta y se acostó. Había tenido una discusión con su marido sobre los indios a su servicio. Unas horas más tarde la hallaron muerta en la cama.

Tras la muerte de Catalina se abrió un proceso, la investigación y el juicio.

Fue en julio de 1529, cuando Cortés había sido alejado ya del poder y la Audiencia de México estaba promoviendo numerosos procesos judiciales contra él, la anciana madre de Catalina, María Marcaida, abrió dos juicios contra el extremeño. En uno le acusaba del homicidio de su hija y en el otro le exigía los gananciales del matrimonio. La imputación no prosperó y el juicio se cerró sin condena a los pocos meses. Las declaraciones de muchos de los testigos fueron contradictorias y confusas. Sobre el legado de Catalina, Cortés pagó a sus herederos una indemnización. La sombra del asesinato persiguió al conquistador durante su juicio de residencia –que evaluaba la gestión de los cargos de la Corona en América–, hasta que en 1545 fue definitivamente sobreseído.

Durante el proceso Hernán Cortés atribuyó el fallecimiento de su esposa a sus problemas de salud y así quedó registrado en la versión oficial, pero enseguida comenzaron las especulaciones que lo hacían responsable de un uxoricidio. Las declaraciones de algunas camareras de Catalina, que dijeron haber visto unos moratones en la garganta de su señora, alimentaron las sospechas hacia Cortés. Esta versión fue desmentida por la doncella de confianza de Catalina, Juana López. Los cronistas y algunos testimonios de la época remarcaron que Hernán Cortés se apresuró a enterrar muy pronto el cadáver, sin ni siquiera esperar a que lo vieran por última vez sus familiares.

En defensa del extremeño cabe recordar que las relaciones entre la familia del conquistador y la de su esposa fueron cordiales y fluidas en la década siguiente a la muerte de Catalina. Juan Suárez fue capitán de confianza de Cortés y participó activamente en la pacificación de Michoacán, Jalisco y Oaxaca, recibiendo en compensación una encomienda. Juntos estuvieron en la conquista del Pánuco, y Juan fue enviado luego por "su teniente y capitán al descubrimiento de la costa del Mar del Sur hasta el Soconuzco".

Asimismo, los numerosos sobrinos de Catalina jamás le plantearon a Cortés ningún reproche y sintieron verdadera admiración por el conquistador. La precaria salud de Catalina Suárez y los desvanecimientos que había sufrido tanto en Cuba como en México también descargarían a Cortés de cualquier relación con su muerte. Los cronistas de la conquista de México relatan el incidente como una muerte repentina. El cronista Bernal Díaz del Castillo pasó de puntillas sobre el tema y tan sólo escribió que murió de asma y aclara: "Porque no sé más de esto de lo que he dicho no tocaremos en esta tecla".

Años después, la madre de Suárez denunció a Cortés por la muerte de su hija, pero la investigación judicial abierta terminó archivándose. La agitada vida sexual de Cortés, quien se volvió a casar e hizo de su casa de Cuernavaca algo parecido a un harén, siguió avivando las suspicacias de quienes lo acusaban de creer que una simple doncella de corte como Catalina era poca cosa para quien derrotase al poderoso Imperio azteca. Suponían que Cortés quería a alguien de mayor nobleza. La merecida fama de mujeriego del viudo tampoco ayudó a apagar estos rumores; ni que obviara el incidente en las cartas de relación y los informes periódicos que enviaba al emperador.

Lo cierto es que las envidias y traiciones que arrostró Cortés al ser alejado del poder en Nueva España alimentaron las sospechas y dieron crédito a todo tipo de especulación novelada por sus enemigos. Más tarde, gran parte de la historiografía del siglo XIX, empeñada en trazar una imagen negativa del extremeño, lo acusó abiertamente de haber asesinado a su mujer, como uno más de los actos de crueldad que jalonaron la conquista de México. Con toda la documentación que tenemos a día de hoy es difícil acusar a Cortés de asesinato, pero las dudas todavía persisten

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