PEQUEÑO Y GRANDE (Instinto vs. Inteligencia), por José Biedma López

PEQUEÑO Y GRANDE (Instinto vs. Inteligencia), por José Biedma López
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miércoles 16 de septiembre de 2020, 20:30h
PEQUEÑO Y GRANDE (Instinto vs. Inteligencia), por José Biedma López
Somos hijos de catástrofes y cataclismos; algunos, de proporciones cósmicas. En general, podría decirse que todo evento creador supone también cierta destrucción, igual que no es posible hacer tortilla sin romper huevos. El último de los desastres sin el cual no seríamos lo que hemos llegado a ser está bien documentado y se estudia –o debería estudiarse- en las escuelas: hace 65 millones de años, el impacto de un enorme meteorito acabó con los reyes de la Tierra, los llamados popularmente “dinosaurios”. Eso permitió el desarrollo y diversificación de pequeños animales de vida nocturna con el tamaño de una musaraña o de un lirón: los mamíferos. De una de sus ramas de cerebro grande, la de los primates, procedemos nosotros. Sin discusión, como demuestran paleontólogos y bioquímicos.

Aquellos reptiles dominaron la tierra firme, el agua y el aire durante 200 millones de años. Durante mucho tiempo y con un “chovinismo de mamífero” se pensó que los dinosaurios eran seres inferiores, primitivos, grandotes pero tontos, torpes y de sangre fría, con piel escamosa y cuernos extravagantes. Sin embargo hemos tenido que reconocer que los reptiles del mesozoico eran de sangre caliente, que muchas de sus especies estaban cubiertas de pelo y que eran rápidos aunque pesasen toneladas. La ciencia ha tenido incluso que sorprenderse ante el hecho de que el record biológico de vuelo no lo ostenta ningún pájaro o murciélago actual, sino el Quetzalcoathus northropi que pesaba más que un ser humano, un reptil-ave capaz de planear sobre los océanos de cuyos peces se alimentaba con alas del tamaño de una avioneta (entre 13 y 16 metros de envergadura). Aún no se sabe qué músculos debía usar para ser capaz de despegar y aterrizar. Los músculos de los animales actuales no son capaces de una proeza así.

Como he dicho, esos fantásticos vivientes desaparecieron a causa de un cataclismo astronómico. Un enorme meteorito produjo una explosión comparable a una guerra termonuclear global que ensombreció y enfrió todos los continentes de la Tierra durante años. En los meses siguientes se paralizó la fotosíntesis de las plantas y a consecuencia de ello se extinguieron miles de especies, pues todos, directa o indirectamente, dependemos de las plantas.

Pues bien, quienes menos padecieron aquella crisis del Cretácico-Terciario fueron los más peques, o sea los insectos y las bacterias. Se calcula que antes de la catástrofe ya existían 750.000 especies de hexápodos, de las que quedaron un mínimo de 700.000, hoy calculamos que existen más de un millón. Insectos comunitarios como las termitas, las hormigas, las abejas…, apenas sufrieron cambios con el cataclismo. No es casual que los artrópodos (insectos, arañas, crustáceos y ciempiés) sean los vivientes menos sensibles a los letales efectos de la radiactividad. Aquella catástrofe, que aniquiló a todos los animales grandes, apenas dañó a los insectos y no afectó en absoluto a las bacterias.

Así que, para sobrevivir, lo mejor es hacerse enano, ¡o invisible, ay, como una bacteria o un virus! La cuestión vital es comer o ser comido, pero ¡nada te puede comer si no te ve! La visibilidad puede ser una ventaja social para aquellos que aspiran a la fama o el poder público, pero es un inconveniente biológico, por eso los insectos, fenomenales supervivientes, son maestros en el arte del camuflaje y la técnica del disfraz. "Vive oculto", recomendaba Epicuro.

Se calcula que después de la explosión del meteorito no sobrevivió ningún animal de más de veinte kilos de peso. Stanislaw Lem, genial escritor de anticipación, cree que las guerras del siglo que viene las harán “sinsectos”, o sea, insectos sintéticos. No serán inteligentes, pero tendrán el “instinto” de avispas y abejas, un instinto defensivo o destructivo bien codificado en un software diminuto, tan diminuto como es ya el cerebro de una avispa. ¡Dios nos libre de los “sinsectos”!

Hoy sabemos que las abejas sociales poseen un lenguaje heredado, una danza gestual-señalizadora-pantomímica, que no tienen que gastar tiempo y recursos en aprender, y con el que las trabajadoras se comunican en el zaguán de la colmena: la ubicación del alimento, la dirección en que se encuentra, el tiempo que requiere llegar allí volando e incluso su cantidad y calidad relativas.

Aunque la inteligencia y la conciencia sean algo raro, maravilloso y propio del humano, está por demostrar que sirvan mejor a los intereses de la vida (madurar y reproducirse) que aquellas habilidades instintivas en las que los insectos son maestros consumados: orientación, crecimiento, transformación, reproducción, pericia, maña, resistencia… Está probado que en muchos casos el exceso de inteligencia es más bien una rémora para crecer y sobrevivir. Los intelectuales –y los países civilizados- se reproducen menos. De hecho, en las situaciones de emergencia, el inteligente está más bien a la sombra del líder, que suele tener más músculos y reflejos que cerebro; el inteligente no toma las decisiones inmediatas y necesarias, es demasiado reflexivo, indeciso y lento, todo lo más, hace de intérprete o de consejero, es “el experto”, pero no el mandamás.

Los primeros insectos o sus antepasados directos llevan en el planeta 400 millones de años, aguantando glaciaciones y seísmos, erupciones e inundaciones y hasta explosiones termonucleares, es decir, adaptándose a los cambios más dramáticos y reproduciéndose con éxito. Merecen por ello nuestro estudio y respeto.

Sin embargo, otra cosa muy distinta sería pretender organizar la vida social bajo la condición totalitaria del hormiguero. Vista una hormiga de tal o cual especie, se han visto todas, puedes distinguir la guerrera de la reina, la obrera del macho alado; cada clase es una casta especial. Sin embargo, cada ser humano es un mundo diverso.

Nosotros no debemos nuestro progreso al concierto armónico de las castas, sino a la genialidad innovadora de unas cuantas mentes emprendedoras, las cuales tampoco estuvieron libres de decir sandeces o de cometer entuertos, por eso es tan importante conciliar el poder del Estado con los derechos y libertades individuales. Cada persona es diferente, y esa diferencia inalienable es nuestro verdadero tesoro.

Del autor:

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