EL SOL SALÍA POR ANTEQUERA, por José Biedma López

EL SOL SALÍA POR ANTEQUERA, por José Biedma López
sábado 05 de septiembre de 2020, 10:27h
EL SOL SALÍA POR ANTEQUERA, por José Biedma López
Hubo un tiempo en que se especuló con que la capital de la Comunidad autónoma andaluza se fijase en Antequera, por su centralidad geográfica. Pero al fin se decidió crear un nuevo centralismo sevillano. En lugar de repartir las consejerías entre las ocho provincias, se estableció una sola “cueva de Alibabá”, como motejarán a la Junta los malsines malagueños, granadinos o almerienses: “El malsín preguntador/ llega la oreja curiosa,/ por sacar, como ventosa,/ siempre la sangre peor.” (Pedro Espinosa).

Hubo un tiempo (1641) –sorpréndanse- en que don Gaspar, IX duque de Medina Sidonia y descendiente de Guzmán el Bueno (1), con ayuda de su primo el VI marqués de Ayamonte conspiraron para fundar el Reino independiente de Andalucía, con el apoyo de Portugal, Francia y Holanda. La secesión fue abortada bajo la autoridad y el poder de Felipe IV y el Conde-duque de Olivares. El de Ayamonte, que dijo buscar la fundación de una “república” andaluza, fue degollado de modo ejemplarizante en el Alcázar de Segovia en 1648. El rey perdonó la vida al de Medina Sidonia pero le impuso una multa enorme y le desposeyó de la mayoría de sus dominios y potestades.

Del padre de don Gaspar, don Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, conde de Niebla y duque de Medina Sidonia desde 1615, fue consejero y amigo el magnífico poeta antequerano Pedro Espinosa.

Antequera participó muy activamente en el esplendor de nuestro Siglo de Oro. La villa había sido incorporada a la corona de Castilla por el infante Fernando en 1410 y vivió una apurada situación como ciudad fronteriza hasta que Juan II en 1441 le otorgó el título de "ciudad" por la bravura con que Antequera resistió los ataques musulmanes. Cuando por fin cayó Granada, Antequera se extendió más allá de sus murallas enriquecida con palacios e iglesias. En 1504 se instituyó en ella una cátedra de gramática latina, de la que las letras romances también se beneficiaron. Pintores, preceptores y escritores formaron pronto una importante escuela de humanistas y centro de irradiación del arte y el saber. Entre ellos, el ruteño Juan de Aguilar el Manco, del que ya nos ocupamos en NuevoDiario (2), y Cristobalina Fdez. de Alarcón, muy probable musa de Pedro Espinosa, bajo el nombre poético de Crisalda.

Cristobalina había casado en 1591 con un comerciante malagueño y al enviudar contrajo segundas nupcias con un estudiante en 1606, desilusionando a Espinosa que la estaría cortejando. Éste, amigo de Góngora al que divulga en una antología y casi coetáneo de Quevedo, se hizo anacoreta en la ermita de Santa María Magdalena, donde cultivó un pedazo de huerto deleitable, dedicado a la contemplación naturalista y a la meditación religiosa bajo el nombre de Pedro de Jesús. Se le pagó por ser capellán de la iglesia de la Magdalena y de Nuestra Señora de Gracia de Archidona. Puede que tomara los hábitos sacerdotales hacia 1614.

Sin embargo, poco después Espinosa pasó de ermitaño a cortesano, consejero privado y amigo del poderosísimo señor de Medina Sidonia, al que en sus extraordinarios versos panegíricos llama Heliodoro. Su culta poesía manierista aúna la cultura bíblica y la pagana con el ascetismo estoico. Pero lo alucinante de Espinosa es la compleja mezcla en su obra de lo sofisticado y lo llano, lo místico y lo burlesco. Durante algún tiempo su relato El perro y la calentura (1625) corrió impreso con las Cartas del caballero de la Tenaza de Quevedo.

El perro y la calentura, “novela peregrina” -como le llama su autor- es una auténtica joya “surrealista”, avant la lettre. Escrita para diversión de su señor y distracción de sus ocupaciones de estado, el “Perro de bien” ensarta observaciones moralizantes y ridiculizadoras de vicios comunes con proverbios, consejas, refranes, modismos, juegos de palabras y “oráculos sibilinos”, en un lenguaje tenso, conciso, a través de un proceso enormemente imaginativo de alucinantes asociaciones que lindan a veces con el absurdo.

Regalamos al atento lector un par de muestras.

“En los linajes hallo de todo; la ciencia sin seso veo que es locura, y que el perro lisonjea por pan. Quien quisiere vivir en este mundo, créame, y no apure; pague y hará caudal; dórelas porque las traguen, rasque a cada uno donde le come [le pica], cierre la bolsa y la boca. Mídase con su medida. No se asegure en privanzas. No tire tanto, que quiebre. No se meta en más de lo que puede. No enoje orejas ajenas. Enséñese a sí primero. Piense muchas y haga una, y ponga en cada puerta su batidero [para oír quien entra y sale]. Sepa que cada balanza tiene su contrapeso. Y que honra de palabra vale mucho y cuesta poco; que paciencia, tiempo y dinero salen con todo; y que parecer sin ser es urdir sin tejer; y que el tiempo, las palabras y piedras no pueden volver a la mano”…

“Perdonamos que no den, a trueco de que no nos quiten. La esperanza del perdón facilita los delitos. Lanza de oro a cuantos quiere mata. El interés acaba con la amistad. Fruta junto al camino no llega a madurar. Los casados se arañan de día, y de noche duermen juntos los traseros, apartadas las cabezas, como águila imperial. El gusto de lo que se tiene se pierde con lo que se desea. A ninguna cosa se llega a fuerza de voluntad, sino a fuerza de brazos. Quien busca agradecidos, busca enemigos. El sediento, en habiendo bebido, vuelve las espaldas a la fuente. La nube que el sol levanta escurece al mismo sol. Por más que se regale a la ortiga, siempre pica. El puerco no alza los ojos al que le varea las bellotas. En las bocas parleras crecen las nuevas [noticias] como trigo mojado. Señor hay que vende el sol. Y, como Tiberio, los orinales”.

Espinosa murió en 1650 en Sanlúcar. Antequera le rindió honores con una estatua y el nombre de un instituto. Esperemos que la primera no peligre ante la bárbara ignorancia de los iconoclastas.

Notas

Del autor:

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