GUZMÁN EL BUENO “HERMANO DE GANANCIA”, por José Biedma López

GUZMÁN EL BUENO “HERMANO DE GANANCIA”, por José Biedma López
domingo 14 de junio de 2020, 09:21h
Tiene razón mi amigo Guillermo Soria Santiago, los hijos bastardos suelen ser más competentes que los legítimos. “Hijos naturales” se les llamó, ¡cómo si todos no lo fueran, por mucho in vitro o in virgo que los concibamos!
GUZMÁN EL BUENO “HERMANO DE GANANCIA”, por José Biedma López

Alonso Pérez de Guzmán fue hijo natural de don Pedro de Guzmán, Adelantado mayor de Andalucía, y tuvo que lidiar con moros y cristianos, con señoritos y truhanes, para granjearse con creces el título de “hermano de ganancia”. Así le llamó con desprecio en la corte del Rey Sabio su hermanastro Juan Ramírez de Guzmán, el hijo “legítimo” de don Pedro. Se llamaba entonces así con desdén, “de ganancia”, a los hijos de nobles y “mujeres no veladas”, que hoy llamamos “madres solteras”.

Corrían malos tiempos para el reinado de Alfonso X el Sabio. Los moros de Granada habían roto la tregua. En auxilio de Castilla, el joven Guzmán, nacido en León, acude bajo las órdenes del señor de Vizcaya, don Lope Díaz de Haro (luego quieren hacernos creer que los vascos han tenido una historia aparte). Derrotan a los moros cerca de Jaén. Nuestro doncel, que apenas cuenta veinte años, se señala por su bravura y astucia, sobre todo porque hace preso a Aben Comat, primado del rey de Berbería: Aben Jucef. Se hace amigo de Comat y con su ayuda ajusta la paz por dos años en 1276. En los torneos celebrados en Sevilla se lleva el laurel al lucimiento y la bizarría el joven Guzmán. Es pobre, así que acompañado de unos treinta, entre sirvientes y amigos, marcha a buscar fortuna a África con las tropas de Aben Jucef, para que puedan llamarle con motivo “hermano de ganancia”.

Por entonces era frecuente que caballeros cristianos fueran a servir, como “mercenarios” diríamos hoy, a los príncipes moros, y viceversa. Guzmán acabaría haciéndosele imprescindible a Aben Jucef como comandante de unos mil seiscientos cristianos, muchos de ellos liberados por su intercesión de las cárceles mahometanas en el norte de África, siempre militando a favor de los intereses del rey berberisco que llegó a ser su amigo. Resonaba su gloria en Castilla, entregada al desgarro entre facciones, al guerra-civilismo partidista de príncipes revoltosos y caciques codiciosos. Tan lastimosa era la situación para Alfonso X, que pensó entregarse al mar en un barco pintado de negro. En lugar de eso mandó una carta y una corona con piedras preciosas a Guzmán, sabiendo de su influencia con Aben Jucef, pidiéndoles ayuda contra los insumisos. En esta epístola de 1282 le trata de “primo”… “Si los míos hijos son mis enemigos, non serei ende mal que yo tome a los mis enemigos por amigos”, escribe el Rey Sabio.

Guzmán acude en su auxilio, atraviesa el estrecho con sesenta mil doblas de oro marroquíes prestadas por Aben Jucef, que se queda la corona enjoyada en prenda (el moro es generoso, pero no tonto). Ahora, el leonés se presenta al rey con un tesoro ¡para que puedan llamarle con motivo “hermano de ganancia”! El rey agradecido le casa con una sevillana noble y rica, María Coronel, ¡un partidazo!, haciéndole donación a los esposos de Alcalá de los Gazules. Regresa a África Guzmán y luego a la Península otra vez, con un tropel de jinetes berberiscos acompañado del mismísimo rey Aben Jucef, africano refinado que obliga a su colega de Castilla a entrar a caballo en su tienda ricamente aderezada, colocando al Rey Sabio en el asiento principal.

Sin embargo, la confederación de cristianos y berberiscos no acabaría bien, no consiguen rescatar Córdoba y los moros se aprovechan para saquear amplias dehesas y pueblos de Andalucía y la Mancha. Al final, Alfonso se vuelve a Sevilla con los suyos y Jucef a Algeciras con los propios. Guzmán vuelve a África con él, llevándose a su esposa, María Coronel. Se cuenta que allí, no sólo se hizo famoso por sus hazañas militares, sino que también acabó venciendo, con la ayuda de un león, a una enorme serpiente alada, monstruo que asolaba los alrededores de Fez, capital del reino de Jucef. Las cosas se pudieron feas cuando el poder de Jucef se debilitó y su hijo Aben Jacob, enfermo de celos y envidia, quiso acabar con el privado cristiano. Guzmán mandó a su mujer a España para que no peligrara. Se cuenta que María le echó tanto de menos en Sevilla, que para aplacar los estímulos del apetito sensual, sin mengua de su virtud, se abrasó con un tizón las partes íntimas en que los sentía. Quintana deshecha esta visión de la Coronel, frenética bacante automutiladora, como una leyenda espúrea, pero fuera relato o bulo, estuvo muy extendido, porque el poeta cordobés Juan de Mena (1411-1456) en una de sus Trescientas canta y ensalza su gesto autodestructivo: “la muy casta dueña, de manos crueles,/ Digna corona de los Coroneles,/ que quiso con fuego vencer sus hogueras”.

El caso fue que Guzmán burló las intenciones de Aben Jacob, que le mandó a una traicionera expedición para que causaran su muerte, el castellano se quedó con los tributos de los árabes vasallos y con sus leales se embarcó para España en una cala de Tánger. El chivatazo se lo dio su antiguo amigo Aben Comat. Entró en Sevilla por el Guadalquivir con toda solemnidad, en plan triunfal, en 1291, aclamadísimo por el pueblo. Endiosado, con posibles, en la crisis de los cuarenta y en una Sevilla dada al festín y la galantería, Guzmán pagó tributo a la flaqueza humana y le hizo una hija a una doncella “no velada”. ¡De familia le venía al macho! María Coronel dio pruebas de su nobleza y liberalidad haciéndose cargo de Teresa Alfonso de Guzmán, que así pusieron a la niña, a la que crió y dotó como si fuera propia. Parece ser que la noble señora atribuía los deslices del marido al ambiente de Sevilla, por eso dijo aquello: “las ciudades no se han hecho para vivir en ellas los caballeros, sino los mercaderes, oficiales y tratantes”. Puede que el episodio del tizón se inventara para, suponiendo la inhabilidad para el uso del matrimonio de la Coronel, justificar el desliz de Guzmán. ¡Quién sabe!

Muerto Alfonso, nuestro héroe se puso a las órdenes de su díscolo hijo y sucesor Sancho IV, monarca de vigor cruel y, tras diversos avatares que soslayo, se hizo defensor patriótico de Tarifa, que era la puerta que usaban los moros para entrar fácil en España. Reparó las murallas de la ciudad, que fue sitiada durante seis meses por el malvado infante don Juan, hermano turbulento y desleal del rey Sancho, “ambicioso sin capacidad, faccioso sin valor” –define Quintana a don Juan-, un señorito que cambiaba de partido según ganancia (¡como tantos hoy!).

El odioso infante ponía cerco a la ciudad sobornando con promesas de rapiña a un avispero de benimerines y, viendo que no conseguía doblegar la voluntad de los cristianos ni la autoridad de Guzmán, quiso cambiarle el dominio de la ciudad por la vida de su hijo primogénito, al que tenía secuestrado. Es conocidísima y famosa la reacción de Guzmán, que dijo desde los adarves de Tarifa: “¡Los buenos caballeros ni compran ni venden victorias… No engendré yo hijo para que fuera contra mi tierra… Allá va mi cuchillo si acaso falta arma para completar la atrocidad!”.

La fama de aquel sacrificio, que debió de romper el corazón de Guzmán, se extendió por todos los rincones de la Península y más allá. Fue comparado por Sancho IV al sacrificio de Abraham y le dio a Guzmán el título oficial de Bueno (la carta del rey se conserva). Los traidores, desmoralizados, levantaron el cerco y cuando Guzmán el Bueno llegó a Alcalá toda la corte salió a recibirle. Será nombrado Primer Señor de Sanlúcar de Barrameda y fundador de la Casa de Medinasidonia.

Guzmán prefirió prestar homenaje a Jaime II de Aragón antes que entregar Tarifa a los musulmanes durante la minoría de Fernando IV. Con su energía y valor salvó a la Andalucía ya cristiana de caer nuevamente en manos musulmanas. Después del holocausto de su hijo, todavía le quedó ánimo para participar bajo los pendones de Castilla y Aragón en la expedición contra Almería y, ese mismo año con la decisiva cooperación de las naves catalanas, se tomó Gibraltar. En una arriesgada incursión por el Reino Nazarí, cerca ya de Granada, Guzmán el Bueno fue abatido por un arquero en la Sierra de Gaucín (1309). Tenía cincuenta y dos años.

En su Vida de españoles célebres lamenta Quintana que su tiempo (1807) tan pobre en virtudes cívicas disminuya las hazañas de Guzmán el Bueno achacándolas a la ferocidad más que al patriotismo y la lealtad. Y es que “medimos las almas grandes por la estrechez y vileza de las nuestras”. Lo cierto es que, al margen de sus hazañas bélicas como “señor de la guerra”, Guzmán fue también llamado Bueno por el pueblo, incluido el africano y musulmán. En las plagas de hambre y peste que azotaban la Andalucía de aquellos años violentos, tuvo siempre abiertos sus tesoros y sus consuelos a la indigencia y el infortunio. Principal personaje de la Andalucía de su tiempo, defendió aquellos reinos de las invasiones de Portugal y Granada y aseguró siempre que pudo la paz con la prudencia de la negociación y el buen gobierno.

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