LA REPÚBLICA PRECISA EXCELENCIA

 LA REPÚBLICA PRECISA EXCELENCIA
miércoles 24 de julio de 2019, 13:53h

Antoine-Laurent Lavoisier nació genial en 1743. Padre de la química moderna, fue también geólogo, biólogo y economista. Con la dote y ayuda de su esposa, Marie-Anne Pierrette, montó un laboratorio. Su inteligente consorte le facilitó además la traducción de obras científicas inglesas. Con Lavoisier, los antiguos cuatro elementos, agua, tierra, aire y fuego, a los que Aristóteles añadió la quintaesencia éter, pasaron a la historia (a la arqueología de la ciencia). Lavoisier descubrió la composición del agua, hidrógeno y oxígeno. Analizó la respiración de las plantas y de los animales, la energética de los organismos vivos y sus principales funciones de autorregulación, fundando la moderna bioquímica

 LA REPÚBLICA PRECISA EXCELENCIA

El gran químico reveló que los vegetales toman del aire, del agua y del reino mineral los elementos necesarios para su organización, mientras que la fermentación, la putrefacción y la combustión devuelven a la atmósfera los materiales que el vegetal había tomado de ella. El aire perdió con Lavoisier su antigua dignidad de elemento húmedo y caliente. El sabio experimentó con la respiración de los pájaros y de los conejillos de indias y presentó a la Academia de Ciencias su memorable informe en 1777.

Con Laplace construyó poco después un aparato para medir el calor, llegando a la conclusión de que la respiración es un proceso lento y complejo de combustión. Lavoisier resumió su idea de la máquina animal gobernada por tres reguladores capitales: La respiración, que consume hidrógeno y carbono y suministra calor; la transpiración, que funciona como un termostato; y la digestión, que devuelve a la sangre lo que pierde por las dos primeras.

Lavoisier vivió los años convulsos de la revolución francesa. En 1793 la extrema izquierda burguesa y pequeño-burguesa, los llamados montañeses jacobinos impusieron el Reinado del terror para salvaguardar la República. Una de sus víctimas inocentes fue Lavoisier. Ese mismo año fue arrestado y juzgado como cabeza de turco del odio generalizado contra los recaudadores de la Ferme Génèrale, la institución fiscal de la destituida monarquía borbónica. De nada sirvió que se demostrase su adhesión antigua a los ideales de la Revolución. De nada le valió haber contribuido a la reforma y salubridad de hospitales, cárceles y cementerios de París. No se tuvo en cuenta que había representado al “tercer estado” en la Asamblea de Orléanais en 1787. El juez que le condenó a la guillotina sentenció: “La República no necesita ni sabios ni químicos”, con lo que llevaba al absurdo el igualitarismo jacobino. La cita más exacta es: “La República no precisa ni científicos ni químicos, no se puede detener la acción de la justicia”.

Lavoisier fue guillotinado el 8 de mayo de 1794. Tras la ejecución, Lagrange, físico, matemático y astrónomo italiano, escribió amargamente: “Ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que aparezca otra que se le pueda comparar”. Un año después, Lavoisier fue exonerado por el gobierno francés con una nota dirigida a la viuda: “A la viuda de Lavoisier, quien fue falsamente condenado”.

El suyo es uno de los setenta y dos nombres de científicos que aparece inscrito en la Torre Eiffel. Un cráter lunar y un asteroide también se llaman Lavoisier.

José Biedma López

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