TARÁNTULAS, TARANTELAS Y TARANTAS, por José Biedma López

TARÁNTULAS, TARANTELAS Y TARANTAS, por José Biedma López
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TARÁNTULAS, TARANTELAS Y TARANTAS, por José Biedma López

Muchos humanistas del siglo XVI creían que la mordeduras de las víboras y sus efectos tóxicos podían curarse con música. En el reino de Nápoles eran frecuentes las tarántulas venenosas, arañas grandes, obscurtas y peludas, y algunos morían tras sufrir accidentalmente sus modidas, los había que no la palmaban pero quedaban menguados de sentidos o mentecatos…, a no ser que fueran tratados musicalmente. Es decir, socorridos por los intérpretes de vihuelas, flautas, chirimías, tambores y cualquier otro instrumento de las musas. Entonces el mordido se ponía a bailar como si hubiera dedicado su vida al noble arte de la danza y así –eso creían- la ponzoña del invertebrado octópodo se gastaba en el ejercicio y, gracias a la música, el herido “atarantado” sanaba.

TARÁNTULAS, TARANTELAS Y TARANTAS, por José Biedma López

La palabra “tarántula” procede del italiano “taràntola”, de Taranto, o sea para nosotros la ciudad de Tarento, por ser abundantes estas arañas en la región de la Apulia. Esta musicoterapia dio lugar a una danza popular, la tarantela, cuyo origen remonta a los colones griegos que colonizaron Sicilia (Trinacria) y el sur de la bota italiana (Magna Grecia).

Lycosa tarantula, nombre científico de la araña lobo, no sabe nada de esto, pero su leyenda fue más lejos entre los campesinos… Pensaban que ciertos espíritus cabreados encarnaban en arácnidos y que para aplacar a semejantes demonios eran imprescindibles ciertos bailes rituales. La tarantela es danza de tiempo rápido y compás seis por ocho. Se acelera progresivamente y suele acompañar a los instrumentos un fondo de panderetas, palmas y castañuelas.

Hoy se sabe que el mordisco de la tarántula, ¡pobrecilla!, raramente hace enfermar al ser humano, así que bien pudo servir de pretexto para entregarse al frenesí de la danza “purificadora” y evadirse de la rutina. Se creía que con el sudor se eliminaba la ponzoña, y puede que algo de razón hubiera en ello. En España también viven tarántulas de costumbres nocturnas, sobre todo en el sur, en Extremadura, La Mancha y Andalucía. En Guadalupe (Cáceres) se recuerda el pareado: “Si vas al campo, llévate la vihuela / por si te pica la tarantuela”.

En el siglo XVIII se creó una comisión para estudiar el asunto y registrar los casos ocurridos entre 1787 y 1807 y aquellos ilustrados y racionalistas próceres reconocieron que el baile era eficaz contra la intoxicación. La musicoterapia es método antiguo. Asclepíades de Bitinia (124-96 a. C.) recomendó tañerles y cantarles dulcemente a los frenéticos. ¿No se dice que la música amansa a las fieras?, pues a los locos también, y todos estamos un poco locos. Ismenio el Tebano curaba dolores tañendo suavísimamente su flauta y Aulio Gelio afirmaba que la música iba estupenda para los dolores de ciática y gota.

En el Antiguo Testamento se cuenta que un mal espíritu, que venía de Yavé (Dios temible y celoso), perturbaba al rey Saúl. Entonces sus servidores se empeñaron en buscarle alguien que tocara bien la cítara, y este fue David, hijo de Jesé cuyo ganado apacentaba, y al que Saúl cobró mucho afecto haciéndole su escudero porque había “hallado gracia” a sus ojos. “Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él” (I Libro de Samuel, XVI, 14ss). Este David, descrito como “valeroso, buen guerrero, de palabra amena, de agradable presencia” será el joven “rubio y apuesto” que, sin armaduras, con su zurrón de pastor, cinco cantos lisos y una honda en la mano, acabará con el gigante Goliat, campeón de los filisteos. Claro que los cantos de celebración de las mujeres celebrando la hazaña de David despertaron la envidia de Saúl, por lo tanto la música también puede ser causa de males, como todo, porque el bien y el mal siempre andan mezclados.

No sabemos cuál es la causa de esta amistad que tiene el hombre con la música ni cuál es la relación profunda entre el oído (sentido del miedo) y las emociones. Lo cierto es que ninguna otra criatura salvo el hombre entiende la música como creación artística: melodía, ritmo, armonía… No me explico cómo no se ha definido alguna vez al humano como “animal melómano”. La precisa matemática de la música hizo creer a los pitagóricos en una sinfonía universal de las esferas celestiales, la consonancia estelar a la que alude Fray Luis en su célebre Oda a Francisco Salinas, el amigo y colega que privado de la vista fue catedrático de música en la universidad de Salamanca…. En ella canta el poeta los efectos de la música en el alma: “El aire se serena / y viste de hermosura y luz no usada, / Salinas, cuando suena / la música extremada / por vuestra sabia mano gobernada. // A cuyo son divino / mi alma, que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino / y memoria perdida / de su origen primera esclarecida”…

En la Nueva Filosofía (1587), en su “Coloquio de auxilios o remedios de la vera medicina…”, Oliva Sabuco alaba la música como confortativo de la raíz principal del cerebro. Es probable que esa raíz nos ligue y enlace de algún modo con el Padre o la Madre primordiales, como lo hace con el pulso del mar, que también pudieran ser considerados, los creadores naturales, grandes músicos. Hay quien cree que si la música general del universo la pautó un Hacedor bueno, la letra es cosa de un demiurgo caprichoso o de un demonio trapacero.

Volviendo a la tarantela, tal vez quepa reconocerle alguna relación con el taranto, hijo de la taranta, cante y baile flamencos nacidos en el sureste peninsular y asociados a las minas del Levante y del este de Andalucía. Pero el flamenco es otra cosa que la tarantela italiana. Se ha arriesgado la hipótesis de que en la reconquista de Almería, junto a los Reyes Católicos podrían haber combatido condotieros de Tarento. Y existen documentos que acreditan el conocimiento por parte de la población almeriense de la técnica medicinal de la tarantela, con anterioridad a la existencia del cante flamenco. En cualquier caso, en Melpignano, Italia, se sigue celebrando en agosto una Notte de la Taranta. Ya está programada la 25ª edición para el 2022. Esperemos que este año se libre sin mascarillas. Los peores “bichos” -se sabe- son invisibles; la música, muy recomendable. Lo dijo el emperador francés: De los ruidos, los menos desagradables.

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