SEXO Y AMISTAD, por José Biedma López

(Ilustración: cópula de Pyronia bathseba)
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(Ilustración: cópula de Pyronia bathseba)
martes 14 de julio de 2020, 09:49h

Hace unos años el New York Times resumía las ventajas del cibersexo: "Sexo sin las complicaciones de laboriosas conversaciones por obligación, sin enfermedades contagiosas y sin el desayuno después". Cybersex, así se llamaba el programita que simulaba una comunicación sexual virtual, con gafas tridimensionales, guantes táctiles, orgasmóstrono autoerótico, etc., se practica a solas con la máquina y sus avanzados accesorios...

SEXO Y AMISTAD, por José Biedma López

Entre los sociólogos ya circula la expresión "onanización de la sociedad", si es que se puede llamar sociedad a una suma de individuos aislados que buscan sucedáneos de relación personal en procacidades suministradas por máquinas. La última, ese dildo maravilloso que un periódico como EL PAÍS consintió en publicitar como consuelo infalible de damas. Sí, onanización. Onán fue aquel personaje del Antiguo Testamento que pecó al “montárselo” solo, según la malinterpretación popular. En realidad, este segundo hijo de Judá tuvo que casarse con la viuda de su hermano mayor, Er, porque así lo disponía la ley judía. Si le engendraba un hijo, la ley nombraría a éste heredero de la primogenitura, así que el segundón Onán, que significa en hebreo “fuerte”, practicaba para no dejar preñada a su cuñada lo que nuestros abuelos antes de generalizarse el condón: el coitus interruptus. Eyaculaba fuera de su esposa Tamar: “derramaba la semilla en la tierra”. Al Dios del Antiguo Testamento no le pareció bien la estrategia anticonceptiva y, como todavía no se andaba con misericordias, lo liquidó.

La masturbación, por muy daliniana y artística que sea, nunca suplantará la emoción generosa de la sexualidad compartida. No está bien que el hombre, varón o mujer, vaguen y se sacudan la cosa solos. Sin embargo, en ciudades como Berlín cerca de la mitad de los habitantes viven ya solos, cada mochuelo en su olivo. Y el aislamiento no es en nuestra sociedad una soledad voluntaria, sino desolación, un síntoma de auto-enajenación que conlleva trastornos mentales y sociales y, sobre todo, sufrimiento.

Desgraciadamente, en la ética moderna el problema de la amistad es como mucho un parco capítulo de un apéndice. Una de las grandes enseñanzas que los clásicos griegos pueden ofrecernos es la significación central que en su filosofía práctica (ética) recibió la amistad. Era esa relación, tan imprescindible para la vida humana, la construcción voluntaria de una disposición de la mente que, cuando no está basada únicamente en el interés o el placer, se hace duradera y se enriquece permanentemente con la intimidad, la convivencia o el trato mutuo. Placer e interés no tienen por qué estorbar la amistad, siempre que no sean el único motivo de la relación.

Este afecto recíproco y benevolente, la amistad, persigue tanto el bien del otro como el propio bien. Por eso decía Aristóteles que el amigo es alter idem, otro igual, otro yo, y que es imposible ser amigo de un esclavo, pues la amistad supone tanto igualdad como libertad. Los griegos utilizaban para significar la amistad la palabra philía. ¡En cuantos sentidos desarrollan este concepto! Incluye todas las formas de vida humana en común, las relaciones comerciales, la camaradería, la cooperación en el trabajo, las formas de vida del matrimonio, la construcción social de grupos y partidos, la comunidad de maestro y discípulo y, en resumen, el conjunto de la vida humana en común.

La amistad, así entendida, como una relación de los buenos, se basa naturalmente en el sentimiento de solidaridad, en la compasión, en la simpatía, en el sentido de comunidad. La pérdida de la solidaridad significa el dolor del aislamiento, ese estar abandonado de Dios que expresan las últimas palabras del Cristo en la cruz, abandonado de la esfera comunitaria que Dios es. Ya no quedan apenas amigos, los seguidores se han escondido, Pedro ha renegado del Salvador, sólo quedan Juan con la madre, Magdalena…, y el recuerdo del Padre ausente, y Jesús grita: “¡abba!”, ¡padre!, en arameo, su lengua familiar, “¿por qué me has abandonado?”.

La solidaridad presupone siempre lo que los griegos llamaron amistad con uno mismo, amor propio o autoestima (philo-autía), más la capacidad del espíritu humano para llegar a ser dueño de todos los conflictos y tensiones de la mente, y hasta para disfrutar de ese poder-estar-solo que es la soledad elegida y enriquecedora con que se goza a veces el carácter bien formado, pues sólo el que sabe estar sólo y disfrutar con ello, sólo ése que es amigo de sí mismo puede unirse también a lo general y comunicarse con otros y disfrutar y mejorar con ello.

Parece urgente, en efecto, informar sobre el sexo, sus complicaciones con la procreación, sus riesgos previsibles. Es indiscutible su decisivo papel en la comunicación y sociabilidad humana como fuente de goce y expresión de los sentimientos. Ocultarle o escatimarle información a los jóvenes no puede hacerles más responsables, sino menos. Pero no debemos confundir una vez más lo urgente con lo importante. No sirve de nada enseñar al conductor a ponerse el cinturón de seguridad si ni siquiera sabe a dónde ir.

Igual que mi amigo Medardo Fraile, que Dios lo tenga en su gloria, también me pregunto intranquilo si estamos mostrando un ejemplo de verdadero amor a las nuevas generaciones, y si la formación que les brindamos les hará capaces de construir relaciones de amistad con sus semejantes, que les vuelvan tolerables los necesarios afanes e inevitables tortazos que les dará la vida.

(Ilustración: cópula de Pyronia bathseba)

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