DEDICATORIA Y DESAHOGO, por José Biedma López

Cópula de escarabajos coraceros (Rhagonycha fulva).
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Cópula de escarabajos coraceros (Rhagonycha fulva).
viernes 19 de junio de 2020, 12:50h
Tras el sepelio, la viuda leyó entre lágrimas las dos páginas de la dedicatoria que le había regalado su esposo. Aconsejada por el albacea, la baronesa ignoró los cincuenta capítulos restantes de la Historia de las relaciones sexuales, obra a la que su esposo había dedicado los mejores esfuerzos intelectuales de toda su vida. El barón de Büssenhausen sostenía que la institución del matrimonio fue inventada por la crueldad babilónica como castigo para aquellos que sucumbían al ansia prematura e ilegal de posesión, por eso a los esposos se les condenaba a la saciedad atroz del manjar apetecido, castigo formidable que luego se volvió ejercicio apasionado de neuróticos y doloroso pasatiempo de sádicos y masoquistas.
 DEDICATORIA Y DESAHOGO, por José Biedma López

No obstante y según el barón, las religiones hicieron bien en convertir el matrimonio en disciplina espiritual ya que el homo sapiens es una especie animal de extraordinarias pretensiones ascéticas, tantas que come sin hambre, bebe sin sed y se niega a beber y a comer incluso con hambre y sed si las circunstancias son indignas, los alimentos no son de su gusto o quiere lucir clavículas de top-model anoréxica. Expuestas a un roce continuo durante largos periodos de tiempo en apretada intimidad, y no digamos en una grillera de los arrabales en nuestras modernas ciudades industriales, dos almas humanas, del mismo o de distinto sexo, que se casan o se comprometen a guardarse fidelidad, o bien se pulen al máximo o bien se hacen polvo.

Echa mano Büssenhausen de todas las autoridades disponibles para asentar sus extravagantes tesis sobre el matrimonio, al que compara con un prehistórico molino de espíritus que, como piedras ruejas, se majan, desgastan y quebrantan recíprocamente hasta la muerte. Malinowski, Theodorsen, Lévy-Brühl, Frazer, Franz Boas…, todos los grandes de la antropología y de la etnografía le socorren para asentar sus puntos de vista. Pero el rigor científico decae cuando el autor se entrega a grotescas fantasías haciendo que la paloma de Afrodita bata el aire con alas de murciélago o que Píramo y Tisbe roan un espeso muro de confitura hasta que la sangre del suicidio de Píramo da a las moras su oscuro color actual.

A la hora de insinuar una alternativa emancipadora, parece evidente la influencia, en la obra de nuestro barón prusiano, del utopismo romántico y apasionado de Charles Fourier (1772-1837) que reglamentó la actividad humana en su Falansterio en función de deseos y capacidades individuales y del gusto por la variación y el cambio, al que llamó “mariposeo”, tanto en el trabajo como en el sexo, pues no es concebible que un amante, por muy amante que sea u obsesionado que esté, no se canse de gozar el mismo plato, y eso aunque ya viva en un falansterio de Armonía a orillas de un mar de limonada.

Además, Fourier consideraba el espíritu de rapiña y la complicidad fraudulenta como inherentes al matrimonio, que ahoga las ideas generosas. La familia –decía el viajante y filósofo francés- vuelve al individuo hacia dentro, hacia el “cónyuge” (ceñido por el mismo “yugo”) y hacia los hijos, en lugar de hacia la sociedad exterior. Fourier fue un gran feminista; creía que la familia patriarcal es responsable de la esclavitud de la mujer. Sin embargo, Fourier despreciaba el cristianismo, precisamente por culpabilizar a quien busca la variedad en el placer y a diferentes personas para el sexo. En la sociedad ideal y futura de Fourier una mujer tiene hasta cuatro amantes o esposos, las orgías, las bacanales, y hasta la bestialidad y la pederastia (omnigamia), están normalizadas. Aceptaba el sadismo y el masoquismo entre compañeros consentidores. La única actividad prohibida en Armonía sería la que entraña violencia o esclavitud.

El barón, sin embargo, pertenecía a una larga saga de “cristianos viejos”. Su vínculo con el sentido del deber kantiano, “maravilloso pensamiento, horizonte infinito”, es indudable. Reconociendo el sentido natural de la poligamia, para nuestro autor está fuera de discusión el valor sublime del sacrificio de los instintos lujuriosos y polimorfos en el ara de la domesticidad civilizada, en el altar de la pacificación del macho cazador atávico y a favor de su perfección psíquica y espiritual.

En memoria del curioso libro del barón, Juan José Arreola insinúa –a mi juicio, no sin cierta malicia psicoanalítica- que lo que hace el barón es justificar su sumisión, o sea la de un hombre que pasó cuarenta años en el molino abrasivo de su señora baronesa, “de quien le separaban muchos grados en la escala de la dureza humana” y una veintena de kilos en lo puramente físico, pues la baronesa era alta, oronda, de tobillos estrechos y de carnes apretadas y entrenadas como los cochinos ibéricos (permítasenos la grosera comparación). “Mujer gorda, hombre delgado, matrimonio honrado” –dicen que solía repetir el barón cuando la baronesa no le oía.

La Historia del barón ha sido también descalificada por pornográfica, ya que describe con sensible crudeza y voluptuoso regodeo la “prostitución hospitalaria” a la que se entregaban las aborígenes de las islas Marquesas, el intercambio de mujeres en prenda de amistad en una aldea de la antigua Laponia, o la consagración de la lujuria y el coito en el altar a mayor gloria de Dios o de la Diosa, en la antigua Persia. En las dilatadas páginas del tratado en cuestión, Arreola ve más bien una extensa epopeya doméstica, bendita y ofrecida por amor a una dama de temple troyano en honor de la cual se marginan miles de pensamientos y de ideas subversivas, es decir las del tratado, apresadas, reprimidas, sustituidas o sublimadas por dos páginas memorables y poéticas: las de la entrañable dedicatoria que el barón caligrafió de su puño y letra en reverentes cursivas tedescas con unciales germánicas y que comenzaba así:

“A la baronesa Gunhild, nacida condesa Magneburg-Hohenheins, único amor de mi vida, etc”.

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