PSICOLOGÍA DEL PÍCARO por José Biedma López

PSICOLOGÍA DEL PÍCARO por José Biedma López

lunes 16 de diciembre de 2019, 14:24h
“La honra es hija de la virtud”. Guzmán de Alfarache, por Mateo Alemán
PSICOLOGÍA DEL PÍCARO por José Biedma López

La novela es un espejo de la vida, o de las posibilidades de la vida presente, pasada o futura. Y la novela picaresca retrató en clave satírica -diría humorística- algunas de las facetas más significativas del alma española. Diría humorística si no tuviera en cuenta el buen juicio de Fernández Flórez. El maestro gallego no encontraba en ese rosario de joyas de las novelas picarescas de nuestra Edad de Oro un componente que a él le parecía esencial en la literatura de humor: la piadosa ternura, la compasión que ha de combinarse con la gracia, pues sucede que cuando el escritor de la austera Castilla usa de la risa la empuña como un látigo, no sólo contra el vicio, sino también contra la desgracia ajena: del hidalgo empobrecido, del indiano avaricioso, del cornudo burlado, del pícaro empalizado, del escudero marichulo. Las novelas picarescas son obras pesimistas en las que halla fácil desahogo la crueldad, esa propiedad atroz, tan específica del corazón humano. ¡Mejor desahogarla en la ficción que en la realidad! ¿Quién no se sonríe con los batacazos y las hambres caninas de Charlot?

España es país de quijotes y de pícaros. También de místicos, pero a estos vamos a dejarlos por el momento en su ensimismamiento teopático. La palabra “pícaro” –o “marmitón”- se usaba a principios del XVI para referir al pinche de cocina de un mercante, luego acabó significando el canallilla simpático, el parásito irresponsable, el delincuente no violento, el oportunista que busca siempre la ventaja fácil, el pillo que toma el dudoso atajo que no requiere esfuerzo, el fulano tramposo, la buscona destripabolsas. El pícaro o la pícara son tipos corrientes entre nosotros, por no decir que todos tenemos algo de pícaros. ¡Y Hacienda lo sabe! Por eso la psicología del pícaro resulta más compleja que la del quijote y también porque a veces se entremezcla con la del “caballero de la triste figura”; como el idealista contumaz, el salva-patrias, el plancha-bragas o el meapilas, el pícaro usa mucho más la voz que los brazos y las manos, ¡pico de oro! A veces moraliza con impostada e inoportuna autoridad, cree que tiene suficiente con decirnos lo que hemos de hacer, más que con hacerlo. Se propone mucho y hace más bien poco, porque en él se mezclan extrañamente buenas, medianas y malas cualidades.

No le sobran escrúpulos al fantasmón fullero. Vagabundo o nómada, salta de ciudad en ciudad como alma que persigue el diablo, pendenciero de condición, desordenado, inestable, vicioso más por imitación que por predisposición natural, estafador gastoso, moroso, es también pródigo a ratos con quien le mola. Fracasa en lo que emprende, pero exhibe una resiliencia magnífica, porque nunca le faltan arrestos para empezar de nuevo, lo que suele lograr con ingeniosas artimañas…, ¡para fracasar de nuevo! Su condición viene de lejos. Tiene solera, porque está familiarizado desde su infancia con la depravación, a veces como víctima de acoso y malos tratos, tiene por simples burlas los actos más vergonzosos y suele derrochar esfuerzos y trabajos para no tener que trabajar, ¡ni quiera dios que sufra de “pringao”! Ni acepta compromisos sentimentales que puedan coartar su espléndida libertad animalesca, la de hacer lo que le sale de las gónadas en cada momento. Pasa voltario del odio al cariño y si logra sentar cabeza, hasta puede regenerarse completamente. La cárcel suele ayudarle y hasta es posible que salga de la trena con título universitario. Porque tonto no es, ¡el muy pillastre! Si accede a la bolsa común, mete mano en el cajón, “porque es de todos”.

La novela picaresca fue en sus comienzos airada protesta contra la corrupción y un repudio del falso “honor”, denuncia de la honradez considerada como patrimonio de religión o sangre, heredable, sin consistencia en méritos propios. Américo Castro vio su origen en la expresión del amargo resentimiento de los conversos judíos. Aunque el Lazarillo consta como la primera del género, el primer personaje llamado “pícaro” por su autor (Mateo Alemán) fue Guzmán de Alfarache (1599). No es accidental que, hasta Castillo Solórzano, estas novelas estén escritas en primera persona, es decir, sean autobiográficas. El autor se escuda en su protagonista para flagelar por sus despropósitos y debilidades a clérigos, seglares, dueñas, señoritos o soldados, dando algún que otro moralizante consejo, mientras enseña a trampear al que no sabe. No falta a veces, como en el formidable Buscón de Quevedo (1626) una morbosa complacencia en el recargo de los pasajes más salaces y escabrosos.

A esta literatura se le ha buscado antecedentes en Apuleyo (yo apuesto más por Petronio), pero es género genuinamente español. En 1605 apareció el Libro de entretenimiento de la pícara Justina, escrito por el toledano Francisco López de Úbeda, primera obrita protagonizada por una mujer si exceptuamos La lozana andaluza (Venecia, 1528), cuya acción dialogada –la de la Lozana- transcurre en los arrabales prostibularios de Roma y es atribuida al clérigo Francisco Delicado. Tanto La gitanilla como La ilustre fregona de Cervantes abundan en escenas picarescas y otras tres “novelas ejemplares” del Manco de Lepanto pasan por picarescas: El casamiento engañoso, El coloquio de los perros y Rinconete y Cortadillo. Críticos hay, como Federico Ruiz Morcuende, que consideran que el genio de Cervantes luce más en esta última novelita que en el universal y larguísimo Quijote. A lo largo del siglo XVII serán muchos los autores que recalen en el género. Fama alcanzó El diablo cojuelo de Vélez de Guevara, y el género alcanzará su decadencia inmediatamente después de su culminación (suele pasar) con La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, del tordesillano Alonso Castillo Solórzano, gran narrador y precursor de la novela moderna.

Es difícil hallar continuidad del género picaresco en la novela española del siglo XX, aunque sí hay personajes que se le acercan: el petimetre de Torres Villarroel, criado en la Corte como perro fino con un bizcocho y una almendra repartidos en tres comidas y que acaba en truhan o perdulario, el cesante, el sablista, el vividor del “pan de higo”, o el bohemio literario, aspirante a la gloria a través de un rudo aprendizaje de miseria. Esto en la literatura, porque en la vida corriente tanto en el XX como en el siglo XXI contamos con pícaros de toda condición: directores generales y chapuceros que facturan en negro, empresarios de la subvención entre la trampa y la limosna, “conseguidores” gorrones, profesionales de la pancarta, activistas de holganza y huelguistas de botellódromo y meadero, comisionistas de alcurnia desvergonzada, tunantes mimanietos huidizos de hijos y mujer, okupas yerberos, capillitas con barragana, pensionistas de difuntos, perillanes de altos vuelos y sonados aterrizajes.

Dedicados al pillaje de graneles públicos al por mayor, los hallamos en todos los partidos, en los sindicatos, liberados del trabajo y con voto de gula y lujuria; de todo género y orientación sexual, étnicos de todas las comunidades autónomas y heterónomas, en todos los municipios y en algunos oficios (aunque es raro que el pícaro ejerza algún oficio reconocido, a no ser que tengamos por tal el de influencer, perro-flauta, hater mediático, asesor o político).

Nos falta constancia. La tentación o tendencia a la irresponsabilidad es mayúscula entre españoles. Librarse de preocupaciones, sacudirse el mal rollo, el procrastinaje del “vuelva usted mañana” o “deja dormir el problema hasta que se pudra”. En 1605 tuvo lugar en la Corte una mascarada “disfrazada a lo pícaro”. Lo pícaro como diversión, pero también como nostalgia de una libertad salvaje frente al duro horror de la rutina o el hastío del esfuerzo sostenido. El mismo Quevedo sucumbe a ella:

¡Oh santo bodegón! ¡Oh picardía!

¡Oh tragos; oh tajadas; oh gandaya;

oh barata y alegre putería!

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