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DE (P)ÍCAROS, por José Biedma López
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DE (P)ÍCAROS, por José Biedma López

sábado 24 de febrero de 2024, 08:43h
DE (P)ÍCAROS, por José Biedma López

Al “Pequeño Nicolás” le han glorificado con un documental. También el Lazarillo, Guzmán de Alfarache, Estebanillo González, Rinconete y Cortadillo, la Pícara Justina… dispusieron de cronistas para sus aventuras y peripecias. “(P)Ícaro” es el nombre afortunado escogido para el retrato de sus lances porque -como el hijo de Dédalo-, Francisco Nicolás Gómez Iglesias voló alto y luego se precipitó en chirona, en el curso lento e inexorable de la Justicia donde nada náufrago y contracorriente.

Hay diferencias importantes entre los pícaros retratados por nuestros escritores del Siglo de Oro y este mozo madrileño. Los primeros eran marginados, procedentes de bajos fondos que buscaban sin escrúpulos sus oportunidades de ascenso en un mundo hostil y estamental; nuestro pícaro contemporáneo es también un oportunista, pero de origen burgués, hijo único y mimado, que ansía el poder y lo consigue con el arte del disfraz y al margen de cauces legales, falsificando impresos y usurpando funciones. No obstante, tampoco La Lozana andaluza de Francisco Delicado fue una marginada social, sino que desde una posición privilegiada ejercía gran influencia entre los poderosos de la capital. La gran ciudad es el ecosistema del pícaro.

Ni pordiosero ni vagabundo, el Pequeño Nicolás repudia la formalidad y esfuerzo del estudio, y, como aquellos ganapanes del Renacimiento, también huye del trabajo manual y asalariado. No quiere ser un “pringao”. Carece de oficio y se inventa un rol de agente 007 con licencia para traficar con influencias de Moncloa y patente de corso presuntamente facilitada por el CNI.

Su afán de lucro corre parejo con su ansiosa voluntad de poderío. Pertenece también él a esos “hombres codiciosos del haber monedado, / que por ganar riqueza no dudan fer pecado”, como los describió Gonzalo de Berceo. José Antonio Maravall, que estudió en detalle las bases sociales de nuestra picaresca barroca, afirmó que el apartamiento del trabajo es la base sociológica del pícaro. La salida del joven que carece de padrinos, estudios y oficio, es el servicio: de guardaespaldas, asesor, asistente, chico de los recados…, no se pone al servicio de cualquiera, sino a la orden de los grandes. Sin embargo, al fin, el objetivo no es servir, sino servirse de los demás.

En cualquier época, el pícaro es individualista y egoísta… “Y pues yo de mi linaje / pretendo ser el primero, / en ninguna cosa quiero / que nadie se me aventaje”, dice el truhan de Gaspar de Aguilar. El pícaro es narcisista, pretende ser artífice de sí mismo retocándose de continuo en el espejo, y eso sería muy encomiable (self-made man en la idolatría usamericana) si no fuese porque lo logra torcidamente por procedimientos que incluyen simulaciones, trapacerías y engaños. “Lázaro –dice el gran hispanista Marcel Bataillon- es un artesano consciente y oportunista de su propio destino”. Ávido de medro, deseoso de ser más y más, aspira al lujo y a la grandeza por un callejón desviado, la obscuridad del atajo. La grandeza no tiene aquí nada que ver con méritos contraídos respecto a una mayor prosperidad colectiva, ni tampoco con la valoración precisa del valor de un hombre, ni desde luego con su importancia histórica; lo decisivo es la “personalidad”, se podría decir que el “carisma”, cuya imagen se difunde mágicamente por los medios de intoxicación. No hay pecado en querer ser más, en la ambición de querer mejorar el propio estatus, pero en el caso del pícaro su ambición no se cumple sin daños a terceros ni sin perjuicio de la comunidad.

Como explicó Jacob Burckhardt en sus Reflexiones sobre la historia universal, los poderosos suelen gustar más de la adulación que de la fama, pues esta sólo les confiere la aureola del genio (tiburón de los negocios, líder de la política, águila de las finanzas, etc.), genialidad que los pícaros están muy convencidos de poseer, mientras que el halago es muestra y expresión de su poder. Lisonjas de doble dirección. El pícaro intuye que doña Fama, fulana de dudosa moralidad, huye de quien la busca directamente y marcha en pos de quienes no se preocupan por ella. Lo decisivo, lo estimulante y el acicate formativo de estos pícaros contemporáneos es el sentido de poder que los mueve como impulso irresistible, esa irrefrenable pasión por estar arriba, por poder poner los pies sobre la mesa delante de los subordinados (como explica el Pequeño Nicolás en el documental). Sacrificarán cualquier cosa, la verdad enseguida, pero también la salud, por ese sentirse arriba y saberse poderoso. Por lo común, esa sensación de control y dominio sobre los otros y el mundo va unida a una manera de juzgar a los hombres que no se preocupa de la opinión de éstos sumada a su fama, sino simplemente de su subordinación y utilidad.

El pícaro no se relaciona con nadie gratis y por amor, aunque parezca estar a gusto en alguna cofradía haragana y exenta de tributos. Si no puede usar al prójimo, lo castiga con el látigo de su indiferencia. Quiere poder exclamar como Napoleón en Elba: “¡Mi nombre vivirá tanto como el de Dios!”. Su individualismo le impide formar pandillas, aunque cultive por interés y con habilidad todas aquellas relaciones de las que siente que puede sacar algún provecho. Es un especialista autodidacta en relaciones públicas, “un virtuoso amoral de la existencia” (Leo Spitzer). Como al Único de Max Stirner, le importa un bledo el bienestar general, sólo se interesa por el medro privado, es decir, el suyo. Tiene bastante de ácrata, aunque guarda hipócritamente el orden, las formas, las maneras educadas en los salones vips y hasta las reverencias del besamanos cortesano. Está tan prendado de sus astucias y mañas que no le importan los otros, sino como herramientas para sus propósitos de escalar socialmente y obtener créditos, dineros y poder.

Maritain dejó escrito que Descartes fue “el santo del YO”. Pues bien, el pícaro es el diablo del YO. Su individualismo a ultranza es una forma de competencia: “Quítate tú que me ponga yo” o “cada cual para sí y contra todos”; piensa los intereses en oposición y no en armonía. Conquista su posición seduciendo y adulando, pero, si necesario fuese, a tortazos de chismes e injurias, o pisoteando simbólicamente a los demás al manipularlos o engañarlos.

En cuanto se le derriten las alas, nadie se fía ya del tunante. No nos puede extrañar que al fin se vea solo. Siempre lo ha estado, por mucho que conviva con las figuras del poder en el palco de autoridades del Real Madrid. Y seguirá aislado aunque -como Guzmán de Alfarache- haga alarde público de su vida pasada, de sus ardides ilegales o de sus ingeniosas fullerías. Con tretas y fraudes escaló la pirámide social hasta tocar el cielo de los distinguidos, los very important people. Medrar es así conseguir un provecho que eleva la autoestima, que engorda el ego. Pero las proezas de Lázaro, como el vuelo de Ícaro, acaban indefectiblemente en fracaso, que puede estar acompañado por el escarnio público y la mofa mediática. Su esfuerzo por hacernos pasar por excelencia la imagen de sus logros huele a timo y acaba en chasco.

Cuenta como atenuante su juventud, su guapura (con retoque estético masculinizador), pero el de marras no es un goliardo disidente, ni un activista justiciero, sino el conformista camaleónico que sabe guardar las formas en un bufé celebrado con la crème de la crème. La sagaz “industria” del pícaro actual tiene que ver con pelotazos, información privilegiada, tráfico de influencias, amiguismo, nepotismo, extorsiones, blanqueo de capitales, comisiones ilegales, fraudes al Estado, prospección de cloacas… Es el elenco de corruptelas, que al menos no incluyen -como en otras partes- secuestros y asesinatos.

La conciencia del pícaro se tranquiliza fácil con el principio nihilista de que todo el mundo miente o, más metafísicamente, el de que “todo es mentira”. Es el principio que Mira de Amescua atribuye a la gente apicarada: “Todo el mundo es trazas, hija, / ¿quién no finge?, / ¿quién no inventa?”. La Pícara Justina de López de Úbeda llama a sus robos “hurtillos graciosos”. Los sentimientos de culpa se conjuran estéticamente.

Hay, por último, otras dos características que consienten aunar al pícaro clásico con el moderno: la casa propia como recurso ostentatorio (el famoso chalet del Pequeño Nicolás) y el paseo en coche como distinción social. En el caso de Francisco, no se trataba de coches de tracción animal, sino de autos más o menos oficiales, a ser posible con luces y alarmas policiales. En uno de estos paseos acabó hincando la rodilla en tierra. Verá entonces como todos sus favorecidos, cual prosélitos asustadizos, le niegan tres veces. Si pueden.

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