INTELIGENCIA Y MELANCOLÍA, por José Biedma López

Fotograma de Melancholia (2011), de Lars von Trier.
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Fotograma de Melancholia (2011), de Lars von Trier.
jueves 04 de agosto de 2022, 09:45h
INTELIGENCIA Y MELANCOLÍA, por José Biedma López

Es un prejuicio ilustrado asociar la inteligencia al temperamento melancólico, como si todos los superdotados tuvieran por fuerza que ser desgraciados. Flaubert lo dijo: “Ser tonto, egoísta y tener una buena salud, he aquí las tres condiciones necesarias para ser feliz. Pero si la primera os falta, todo está perdido”. Y antes, Kant: “Si la providencia hubiera querido que fuésemos felices, no nos hubiese dado inteligencia”.

Un prejuicio análogo late en la idea de que un pesimista es un optimista bien informado. Sin embargo, la capacidad de previsión de que nos dota la conciencia inteligente no tiene por qué anticipar sólo tormentas, sino que también es capaz de prever bonanzas y tardes apacibles, y las serenas son más que las desagradables, si bien se mira y se saben aprovechar y disfrutar. Y es que hay un buen mirar y un mal mirar de la inteligencia, una analizar que diseca y otro que deja estar la cosa con toda su sustancia vital y misteriosa: hay un contemplar amoroso y otro despectivo.

Tal vez la melancolía, el abatimiento pesimista, estén asociados a cierto idealismo egoísta o utopismo insensato, más que al exceso de inteligencia. Debo decir que no todo idealismo o utopismo conduce al desengaño y la depre, sino más bien aquel que exige a la realidad lo que esta no puede dar o no conviene que dé. Se dice que a veces los dioses castigan a los hombres concediéndoles lo que les ruegan y suplican en sus oraciones. Sólo se puede desengañar el que una vez se engañó con promesas grandiosas; sólo se puede desencantar el que antes se encantó bobaliconamente con el ídolo de pies de barro.

Espigo entre las noticias la de un matrimonio que ha desarrollado cáncer de bronquios y no fumaron jamás, y todos los días mueren inocentes atropellados por conductores temerarios o irresponsables. O por el reventón de una rueda; una funesta contingencia sin culpables parece ofender a la inteligencia. Echarle la culpa al tabaco o al médico es lo más fácil. Pero lo cierto es que ¡a la vida y a su compañera la muerte les importa un pimiento la justicia y la decencia! No hay más que ver con qué desvergüenza exhiben los vegetales sus órganos reproductores, sus espinas ¡y sus venenos!, y con qué chulería pasea nuestra gata Benita al pajarillo agonizante en sus fauces… Uno debe hacer de cabeza corazón y hasta de corazón tripas para soportar la incesante contemplación de inocentes sufriendo y malvados pudiendo. Quien no acepta este hecho compra todas las papeletas para vivir afligido y descorazonado.

Seguramente no es el exceso de inteligencia lo que vuelve loca a la gente, sino su deformidad. Un exceso de confianza en la racionalidad, teórica o práctica, puede sumirnos, por ejemplo, en la neurastenia; exacerbatio cerebri, llamaba Kierkegaard a esta molestia filosófica. No es contrario a la inteligencia que muchas paradojas nos suenen a sabiduría, por lo mismo que el conocimiento superior exige el reconocimiento de lo mucho que se ignora: el “sólo sé que no sé nada” socrático. Es muy cierto que para avanzar hay que saber retroceder. Cualquier buen conductor lo practica. Es lo mismo que decir que el futuro tiene raíces antiguas y que es fácil que el árbol de la cultura se aflija, languidezca y no florezca, si no estamos atentos al cuidado de la tierra en que enraíza. Habrá enredaderas que intentarán estrangularlo, parásitos que minarán sus tejidos subterráneos buscando alimentarse de su savia…

Para conocer el bien hay que saber también del mal, aunque reconocerlo no sea lo mismo que practicarlo. Aunque muchas veces tendremos que admitir el mal menor, como admitimos gobernantes y aceptamos la convivencia con las moscas. Quien ha visto cómo el abuso de alcohol o drogas destruye a un ser querido es fácil que huya de los opiáceos de moda. Y a veces, es preferible no constar como inteligente y hacerse el tonto, sobre todo para no resultar aburrido ante ciertas damas o caballeros o simplemente porque en casa de comunidad no conviene presumir de habilidad.

Si se mira científicamente, no hay nada de razonable en el intercambio de fluidos que es propio de un beso apasionado, de un beso con lengua, y cualquier cálculo prudente, de racionalidad económica, nos sume en la esterilidad, pues hoy sale igual de caro tener una hijo listo que un hijo tonto, y sin embargo, tal vez sea racional, o al menos razonable, tomar muchas veces decisiones irracionales, implementar “las razones del corazón” de las que hablaba Pascal. Sucede también que Razón, como Verdad, son conceptos que se dicen y piensan de diversas y contradictorias maneras; son palabras polisémicas. Y lo mismo puede decirse de Inteligencia. Si uno investiga el significado que dan los psicólogos a la palabra “Inteligencia” se encontrará con miles de significados y hasta con teorías contradictorias. La más sencilla es esta: Inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Interpretada así, también son inteligentes la mayoría de los animales, y no sabemos por qué va a ser más desgraciado alguien que resuelve problemas que alguien que les huye o no los solventa. Quien lo ha intentado sabe lo difícil que es medirla pues a la inteligencia efectiva contribuyen múltiples factores, según el problema que tengamos que afrontar y solucionar. De nada nos sirve ser un genio del cálculo matemático si luego no sabemos cómo tratar a la parienta o como socializar con los compañeros de trabajo.

Entre los sabios, los ha habido melancólicos, como Heráclito o Schopenhauer. En estos la “melancolía” (etimológicamente, “bilis negra”, o sea lo que nosotros llamamos mala leche) se solapaba con la misantropía, con el odio o, por lo menos con el desprecio al género humano. Una actitud parecida se ha hecho hoy viral. Se culpa a los seres humanos de todos los males: polución, crisis climática, guerras fratricidas, y se absuelve por contraste al resto de los animales dando por supuesta su bondad natural, que se sublima y hasta sacraliza. Quienes así piensan no han visto nunca cómo una comadreja silvestre degüella a todos los pájaros de un palomar por disfrutar de su sangre caliente. Y conste que tampoco creo yo que haya que considerar asesinas alevosas a las comadrejas, por feroces depredadores que sean… Pero entre los sabios los ha habido también risueños, como Demócrito. Dicen que mientras que Heráclito lloraba al ver los turbios placeres a que se entregaban sus conciudadanos de Éfeso, Demócrito se reía de los pasatiempos de los habitantes de Abdera. Y es que la Inteligencia no puede pretender que a todo el mundo y al resto de facultades les interese lo que le interesa a ella.

Crisipo de Solos (h. 280-208), sucesor de Cleantes como jefe de la escuela estoica, padre de la Gramática como ciencia, fue apreciado por su audacia y confianza. Dicen que murió de un ataque de risa. Sin embargo, también las circunstancias y sentido de su muerte están sujetos a polémica. El famoso doxógrafo de Laertes dice que beber vino sin rebajar le causó vértigos, pero otros afirman que fue la contemplación de un burro comiendo higos, que al verlo Crisipo dijo: “Sólo le falta al borrico una copa de vino que acompañe a los higos”. En seguida sufrió un ataque de risa que le costó la vida.

Burros que parecen humanos y humanos que parecen borricos, el espectáculo de la vida da tanto para llorar como para reír hasta reventar.

(Ni qué decir tiene que el autor de este artículo recomienda el consumo moderado de vino, tan vinculado a nuestra cultura mediterránea, mucho más que la cerveza, bebida bárbara, “meados de yegua”, que decían los tercios de Flandes… Aunque, como decía Séneca, también estoico como Crisipo, da alegría enloquecer de vez en cuando. Subrayo que sólo de vez en cuando y ligeramente, pues la locura también se casa con la melancolía, más frecuentemente que con la alegría).

Moraleja: A la Inteligencia, tal y como hoy se ejerce con preponderancia crítica y en su pretensión de analizarlo y descomponerlo todo (o “deconstruirlo”), hay que hacerle el caso justo si no queremos que nos amargue el día.

Del autor:

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https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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