"Colombia, las Indias y los mitos", por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom

'Colombia, las Indias y los mitos', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom
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domingo 15 de mayo de 2022, 08:49h
'Colombia, las Indias y los mitos', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom
'Colombia, las Indias y los mitos', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom

En el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo desempeñaron un papel de primera importancia los mitos, esencialmente los grecolatinos. Rara es la crónica del siglo XVI en la que no suene, de un modo o de otro, el eco de la Antigüedad clásica. Toda la historia de la conquista viene a ser una búsqueda persistente, tenaz, a veces angustiosa, de mitos que prometían a los míseros mortales gloria, felicidad y riquezas sin cuento. Aunque Alejandro Magno no pasó del rio Indo, los geógrafos antiguos contaron muchas y muy variadas cosas, siempre con marcada tendencia a exagerar y mezclando, como suele suceder, lo visto con lo no visto. Los mitos tenían valor de ley porque se presentan como un dogma de la ciencia grecolatina. Al tesoro mítico hay que añadir dogmas de fe de los tres credos monoteístas: la mayoría de sus teólogos decidieron emplazar el Paraíso Terrenal al Este de Asia. Ese peso de la tradición intimidó a Marco Polo, a Ibn Battuta y a Nicolo da Conti: los tres se rindieron a lo maravilloso al describir el Sureste asiático. Colom murió en 1506 con la convicción de haber descubierto las Indias. Indias en plural, porque Ptolomeo había dividido la India en dos partes, separadas por el Ganges, lo que hoy es el Pakistán, la India, Bangladés y el Sureste asiático.

'Colombia, las Indias y los mitos', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom
'Colombia, las Indias y los mitos', por Pedro Cuesta Escudero, autor de Mallorca patria de Colom

La realidad y el mito

En el siglo V a.C. Heródoto habló del desierto de arenas de oro, guardado por hormigas del tamaño de zorras. Al final del siglo IV a.C. algunos historiadores de Alejandro, para magnificar las hazañas de su rey, mintieron descaradamente e incluyeron a las amazonas entre los pueblos sometidos, narrando sin sonrojarse que su reina, Talestris, se había presentado ante el macedonio con la pretensión de tener un hijo suyo. En el siglo I d.C. Plinio el Viejo hizo una extensa y pormenorizada relación de los pueblos monstruosos que habitaban las Indias: hombres con un solo ojo (cíclopes) hombres con cabeza de perro (cinocéfalos), hombres sin cabeza (acéfalos) y con ojos en los hombros (esternoptalmos), hombres de un solo pie con el que se protegían del sol abrasador (esciápodes), hombres que tenían el empeine al revés (opistodáctilos), etc. Habla de las aguerridas amazonas, mujeres flecheras de una sola mama, de los terribles grifos, de la fuente de la eterna juventud, países donde la arena es oro puro, como el oro en la playa de Ofir que se cogía a espuertas, sin el menor esfuerzo.

Los mitos se ensortijan unos con otros. Basta con que aparezca uno de ellos para que, tras él, salgan en tropel los demás. El encuentro con un monstruo es señal inequívoca de que se está cerca del objetivo: la tierra maravillosa con cuyas riquezas y bondades se podrá disfrutar de una vida regalada. De ahí el júbilo, no exento de temor, con el que registraron los conquistadores la existencia de animales o seres humanos portentosos. Donde hay amazonas, por fuerza habrá pigmeos, acéfalos y demás ralea prodigiosa, pero allí también se encontrará la mina inagotable de oro, perlas, diamantes y demás pedrería.

Se trata de mitos imperecederos, ya que tocan cuestiones tan esenciales para el hombre como el acceso a la inmortalidad, la posesión de riquezas infinitas o la posibilidad de llevar una vida dichosa en un paraíso terrestre. De aquí se infiere que, por virtud de su propia perdurabilidad, los mitos, en vez de morir, se trasladan de lugar, ya que, una vez que se ha comprobado su inexistencia en el territorio explorado, se refugian en lo que está más allá, en lo que todavía no ha sido descubierto. Por esta razón el mito es esencialmente algo propio de la frontera, de ese límite siempre huidizo e inestable tras el cual comienza lo desconocido.

Así fue ayer. Hoy los mitos de la frontera se han trasladado a las profundidades marinas, al centro de la Tierra y al espacio sideral, como lo prueban de manera fehaciente las películas de ciencia ficción, que se nutren, en parte, de personajes que inventaron los griegos y seres de nueva creación, como alienígenas, robots, inteligencias artificiales y entes de toda índole.

Los mitos, además, enseñan una moraleja: nada se puede lograr sin esfuerzo. Para conseguir el oro hay que luchar con dragones, o bien hacer frente a hombres no menos monstruosos. Aunque los viajes por rutas desconocidas eran, además de tediosos y monótonos, sumamente peligrosos, se transforman así en un una especie de rito iniciático en el curso del cual el viajero debe salir airoso. No se explica sino que se alistaran para hacer grandes viajes en las precarias condiciones en que lo hacían.

Los mitos clásicos en la América del siglo XVI

Nos podemos hacer a la idea del asombro que sintieron los españoles en el siglo XVI al contemplar las inmensidades del Nuevo Mundo. Todo era extraordinario, exuberante, exótico, el verdor de las selvas, árboles portentosos, el plumaje de las aves…Nada tiene de extraño que Cristóbal Colom se dejara embriagar por esos paisajes al navegar por el mar de las Antillas, pensando en los portentos de la India. A cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo. La cercanía al Paraíso Terrenal demostró sus benéficos efectos con hechos bien palpables que el primer almirante se encargó de destacar convenientemente. En efecto, su gente no enfermó durante el primer viaje, antes bien, hasta sanó un hombre que sufría del riñón.

Pero no solo era Colom el único en estar embriagado por el mundo mítico de las Indias. La imaginación de las gentes de la época estaba cautivada por los mitos y leyendas que aún acrecentaban las novelas de caballería. Cuando Cristóbal Colom, por muchos pregones que hiciera no encontraba a nadie que se quisiera embarcar con él por ser un total desconocido que no proponía una finalidad comercial concreta, entonces apareció Martín Alonso Pinzón, un curtido y sensato patrón que, seducido por las grandezas y maravillas de las Indias, no tardó en convencer a sus convecinos para que se alistaran a este viaje a las Indias. ”Amigos que andáis aquí misereando- arenga a la gente del puerto de Palos-, andad acá, íos con nosotros esta jornada, que avemos de descubrir tierra con la ayuda de Dios que, segund fama, avemos de fallar las casas con tejas de oro, y todos vernéis ricos e de buena ventura”.

Y eso que Pinzón no había leído el libro de Marco Polo, donde se afirmaba que el palacio del rey de Cipango estaba recubierto de oro fino y que los templos de aquella isla se techaban no con plomo, sino con plata. Pero sí había escuchado al viejo piloto Pere Vázquez de la Frontera que le suplicó: “Amigo Martín, te pido que fagas todo lo posible para que este viaje se lleve a cabo. Yo ya soy mayor, aun así me quedo con las ganas de ferlo. La otra vez, hace cuarenta años, de no haber sido por la cobardía que nos entró, podríamos haber llegado a las tierras e islas de que habla el Sr. Colomo. Es que entramos en un mar de yerbas y nos asustamos y retornamos. En realidad ese mar de yerbas, aunque parezca una pradera inacabable y que los barcos se queden atrapados, no es así, pues las quillas acariciaban las plantas verdes sin ninguna fatiga. Tiramos la sonda creyendo que esas yerbas crecían de ocultos arrecifes, pero descendía centenares de brazas sin hacer fondo. Pero nos asustamos y decidimos retornar. Hicimos un gran arco hacia el norte buscando los vientos que soplaran de occidente y descubrimos la isla de las Flores. Y arribamos a Lisboa sin contradicción. Tiene razón el Sr. Colomo, se puede arribar a occidente con los vientos favorables y regresar teniéndolos a popa”.

En las páginas del Diario de a bordo de Cristóbal Colom abundan a cada paso las tradiciones clásicas. Y eso que al llegar a las Indias no había encontrado “ombres mostrudos, como muchos pensavan”. Todos, desde el almirante hasta el último grumete, creyeron a pie juntillas que se había descubierto la isla soñada “Haití (Feytí)”, a la que Colom bautizó como La Española, que fue identificada con dos países míticos: Cipango y Ofir. En 1495 Bartolomé Colom creyó haber descubierto en La Española las minas construidas por los enviados del rey Salomón. El 3 de febrero de 1500, pocos días antes de ser apresado por Francisco de Bobadilla, Colom escribió a los Reyes Católicos una carta que fechó “en la isla Española, olin Ofir, uel Feití”.

La fuente de la eterna juventud

Este mito de la fuente de la eterna juventud, como los que también los otros que comentaremos, viajó en las naves del Almirante. La existencia de una fuente que devolvía a los hombres la juventud perturbó la mente de los descubridores y conquistadores. En el Diario del primer viaje colombino podemos leer el júbilo y la admiración de la marinería cuando descubren una tierra de impresionante belleza. Estalla el júbilo y la admiración de los marineros cuando, tras dejar atrás en España un campo agostado por el sol, desembarcan en una isla de exuberante vegetación, un paraíso de verdor y lleno de aromáticas fragancias en el que suenan por doquier los trinos incesantes de los pajaritos. Árboles gigantes y acá y allá salpicadas palmeras de flexionado tallo, cabeceando a una sutilísima brisa. De pronto todos prorrumpen a gritos de asombro cuando divisan un grupo de hombres desnudos, con la piel morena pintada de negro, blanco y rojo. Son hombres amables y pacíficos, así como sus sociables mujeres, todos en cueros, con una desnudez virginal. “Andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren (…) En estas islas fasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento(…)Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años, muy bien hechos, e muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallos.”

De esta descripción nos interesa sobremanera ese detalle de que todos los indios “eran mancebos”. Salta a la vista la intención del almirante al anotar este pormenor. Los hombres que viven cerca del Paraíso Terrenal por fuerza han de beneficiarse de sus efluvios bienhechores, y este influjo se traduce en que viven un sinfín de años, si no es que se conservan siempre en perfecta juventud. Colom destacó otro detalle fundamental al observar que ninguno tenía más de 30 años. La razón de este límite cronológico salta a la vista. A los 30 años, según la concepción medieval, el hombre llegaba a la edad perfecta. A esa edad había comenzado a predicar Jesús; esa edad tenía Adán cuando fue creado y con esa edad, según se pensaba, habría de resucitar el hombre cuando despertase de su sueño milenario al resonar con estruendo las trompetas del Juicio Final. Si ninguno sobrepasaba la edad perfecta, si nadie se hallaba en el umbral de la vejez, es porque en la mente de Colom, aunque este no lo llegase a expresar claramente, se había asentado la idea de que esas gentes se hallaban en la eterna juventud. Es claro que la hermosura de su complexión física impresionó vivamente al primer almirante de las Indias.

La longevidad puede ser un don de la tierra, pero también se consigue por otros medios. Una comida o una bebida pueden procurar la inmortalidad. Narra la Historia legendaria de Alejandro Magno que, en la incursión victoriosa de los macedonios por la India extrema, el cocinero que preparaba la cena al ejército quiso cocer unos peces en el agua cogida de una fuente. Ante su sorpresa, los peces recobraron la vida al caer en el caldero. Una vez partidas las tropas de aquel lugar, se cayó en la cuenta de que esa agua era el agua de la vida, pero la fuente maravillosa, desgraciadamente, quedaba ya muy atrás, y Alejandro Magno no quiso desandar sus pasos, deseoso de proseguir su serie incesante de conquistas. En la Edad Media se retomó esta vieja tradición en el gran poema épico dedicado al caudillo griego, “Le roman d’Alexandre: “Quien tiene siete veces veinte años –traducimos-, para nada os miento, si se baña y se mete en el agua, vuelve de inmediato a la edad de treinta años”. Alejandro se aproxima a la fuente de la juventud, que impregna de un perfume embriagador los parajes circundantes en un radio de legua y media. Algunos de sus soldados veteranos hacen la experiencia, se bañan en el agua y recobran la lozanía de sus años mozos. De esta guisa, quedó confirmada por varias vías la existencia de una fuente de la juventud, fuente que se situó en diversas partes del mundo. El gran sofista que fue Juan de Mandeville aseguró haber bebido tres veces de esa agua en la región de Quilón, (India), de lo que quedó muy reconfortado y lleno de nuevo vigor.

Con la leyenda alejandrina confluyó la tradición judeocristiana, según la cual se curaba de su enfermedad quien se bañase en ciertas aguas bendecidas. En la mitología popular el río Jordán pasaba no solo por limpiar los pecados, sino también por sanar a los enfermos y devolver la juventud. Todavía hoy los hindúes consideran al Ganges como el rio sagrado y se bañan en él para curar toda clase de enfermedades. Como esto es un artículo me permito anotar una anécdota personal. Por los años juveniles hice con otro amigo una escapada en plan mochilero por países europeos. En Lourdes, a fin de tener alojamiento y comida gratuita, nos presentamos como peregrinos. Y, aunque no era obligatorio, en plan de experimento nos pusimos en la cola de la piscina milagrosa con el dorso descubierto. Delante de mí iba un señor mayor con toda la espalda llagada. Ya no podía desertar Y lo sumergieron de medio cuerpo en la piscina. A continuación hicieron lo mismo conmigo. Yo pensé que el verdadero milagro sería que no me contagiara. La fe mueve montañas.

Pero volvamos al recién descubierto Nuevo Mundo. En 1511 Juan Ponce de León se hallaba no solo defraudado en sus expectativas, sino también indignado ante el curso de los acontecimientos. En vez de confirmarlo en sus privilegios como primer colonizador que había sido de Puerto Rico, don Diego Colom, el segundo virrey de las Indias, lo había despojado de su poder al nombrar alcalde mayor de la isla a Juan Cerón. Y, para colmo, en ese año el Consejo de Justicia de Castilla había dado la razón a don Diego, corroborándolo en la gobernación de la isla de San Juan. La única manera de encarrilar el negro futuro que se le avecinaba era emprender una nueva jornada. Incansable, Ponce vuelve a España y consigue del rey Fernando el Católico una capitulación para el descubrimiento y población de la isla de Bímini. Y el 3 de marzo de 1513 parte del puerto de San Germán en busca de aquella isla con dos carabelas, el Santiago y la Santa María de la Consolación y el carabelón San Cristóbal. El domingo de Resurrección divisan tierra. Herrera lo narra así: “Y pensando que esta tierra era isla, la llamaron la Florida, porque tenía muy linda vista de muchas y frescas arboledas, y era llana y pareja; y porque también la descubrieron en tiempo de Pascua Florida, se quiso Juan Ponce conformar con el nombre con estas dos razones. Juan Ponce fue a buscar la fuente de Bímini y en la Florida un río, dando en esto crédito a los indios de Cuba y a otros de la Española, que decían que, bañándose en él o en la fuente, los hombres viejos se bolvían moços.”

Juan Ponce, al igual que Colom veinte años atrás, fue víctima del mismo espejismo: paisaje verde, eterna primavera, perenne juventud. O sea, los españoles buscaron en las Indias lo que ellos pretendían encontrar y Juan Ponce encontró, según su parecer la fuente de la juventud. Sin embargo, cuando en 1521 intenta la colonización de la Florida, regresó herido mortalmente de una flecha. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. En ese mismo año la Corte española recibe con alegría la atractiva noticia que traía Lucas Vázquez de Aillón acerca de una tierra llamada Chícora, situada al norte de Florida, donde reinaba un gigante, Datha, en compañía de su no menos gigantesca mujer. También en La Española cundió el entusiasmo al anunciar Aillón su propósito de ir a descubrir las maravillas que encerraba aquel país en su seno. Una verdadera avalancha humana partió en 1526 de Puerto de Plata, tal y como había ocurrido en 1493. La expedición acabó en otro fracaso. Herrera remata la noticia sobre la fuente de Bímini con estas palabras: “Oi porfían algunos en buscar este misterio, el qual vanamente piensan algunos que es el río que aora llaman Jordán, en la punta de Santa Elena, sin considerar que fueron castellanos los que le dieron el nombre el año de veinte, quando se descubrió la tierra de Chicora”. No repara el cronista en que si los españoles le dieron ese nombre tan significativo al río fue por algo; y ese algo no pudo ser otra cosa que el convencimiento de que el bañarse en sus aguas proporcionaba la ansiada juventud.

Las siete ciudades

Durante la Edad Media, y aun antes, las fábulas de los navegantes poblaron de islas fabulosas el Atlántico: San Brandán, Brazill, Antilia… Pero la isla de las Siete Ciudades es un mito exclusivamente hispano, en cuya búsqueda zarparon con terca insistencia los marinos portugueses a finales del siglo XV. Contaba la leyenda que, después de la invasión de los musulmanes, el arzobispo de Oporto con sus seis obispos dependientes habían abandonado Hispania, refugiándose en una isla en la que cada uno de ellos fundó una ciudad. El arzobispo cercó de espesa niebla toda su costa, a fin de ocultar su escondrijo a la codicia rapaz del enemigo y a la curiosidad del resto del mundo. Y se contaba también que, hacia 1447, una nave lusa, derrotada por una tormenta, había arribado a dicha isla. Sus habitantes, que seguían hablando portugués, preguntaron a los marineros si la Península se hallaba todavía dominada por el Islam; parece ser que aquella clausura insular en las Siete Ciudades habría de terminar cuando se acabase la Reconquista. El contramaestre del navío, previsor, se llevó unos puñados de arena de la playa, que vendió a un orfebre de Lisboa; y este, al refinar la arena, obtuvo de ella una buena cantidad de oro, lo que dio mucho de hablar en la Baja Edad media. En 1474 el rey Juan II dio permiso a Fernaö Tellez para descubrir esta isla de las Siete Ciudades, pero fracasó. Y más tarde, en 1486, también lo intentó Fernão d’Ulmo. ¿Cómo es que el avezado rey portugués dio luz verde a estos viajes en pos de una quimera y le denegó a Colom el viaje que le propuso? Creemos que es porque el mallorquín no sufragaba los gastos del viaje, mientras que los otros financiaron toda la expedición.

Esta isla de la Siete Ciudades que jamás se encontró por más que se buscó figuró, curiosamente, en varios mapamundis. La dibujó, dándola por “muy conocida”, el gran astrónomo florentino Paolo del Pozzo Toscanelli en la famosa carta de navegar, que envió al canónigo lisboeta Martins. En 1492, puesta en la latitud de las Azores, fue representada por Martín Behaim. En 1589 Iodicus Hondius aún la sitúa un poco más arriba del trópico de Cáncer en la Descriptio del viaje de Drake.

Las amazonas

Retornemos de nuevo a los mitos griegos para terminar hablando de mujeres, pero no de mujeres normales. La amazona, violenta y amante del combate, encarna al antihéroe que, aliado con las fuerzas del mal, lucha contra quienes defienden el bien. Esto iba contra los griegos que propagan el orden, la justicia y la civilización: Aquiles, Hércules, Teseo... Por ser representación de una virilidad antinatural, su figura repele, y a la vez, fascina a la mentalidad masculina: prueba de ello es que no hay epopeya en que no aparezca alguna de estas mujeres guerreras. El hábitat de las amazonas está ligado indisolublemente con el agua. Su antigua capital, Temiscira, estuvo emplazada a orillas del río Termodonte, uno de los ríos que desembocan en la costa oriental del Mar Negro.

Tras las campañas de Alejandro Magno, la imaginación helenística, más burguesa y, por ello, más amante de la aventura que de la guerra, trasladó su asiento a una isla de la India, en la que vivían pacíficamente aisladas y tenían intercambio sexual una vez al año con los gimnosofistas, ‘los sabios desnudos’, esto es, los yoguis. En la Edad Media la isla de las Mujeres se desplazó a las cercanías de Socotorá, donde también se situó la isla de los Hombres, sus compañeros accidentales, dado que su efímera unión tenía como único objeto asegurar la propagación de tan extraña especie.

Como no podía ser menos, Cristóbal Colón creyó oír hablar de las amazonas en los primeros días de 1493, cuando emprendía el regreso a España. El 13 de enero un indio le informó de la existencia de “la isla de Matininó (…), que es toda poblada de mugeres sin hombres,(…) en ella ay mucho tuob, que es oro o alambre”. Al mismo tiempo, se le anunció que muy cerca de ella había otra isla llamada Carib. Al escuchar las dos noticias, la imaginación del almirante se disparó y pensó en lo que había leído sobre el mito de las amazonas: “Era cierto que las avía (las mujeres sin hombres), y que cierto tiempo del año venían los hombres a ellas de la dicha isla de Carib, que diz qu’estava d’ellas diez o doze leguas; y si parían niño, enbiávanlo a la isla de los hombres, y si niña, dexávanla consigo”. Bajo estas condiciones, en efecto, se producía el ayuntamiento de las amazonas con los yoguis. Es lo que había referido, por ejemplo, Marco Polo: “Las mujeres no van nunca a la isla de los hombres, pero los hombres van a la isla de las mujeres y viven con ellas durante tres meses seguidos. Habita cada uno en su casa con su esposa, y después retorna a la isla Masculina, donde permanece el resto del año. Las mujeres tienen a sus hijos varones consigo hasta los xiv años, y después los envían a sus padres”.

El viajero veneciano introdujo en su relato algunas variantes de bulto (mujeres y hombres son cristianos; la educación del hijo varón dura hasta su pubertad), pero las líneas fundamentales de la leyenda siguen siendo claramente reconocibles tanto en su narración como en la de Cristóbal Colón, quien, por cierto, tuvo que combatir con estas supuestas amazonas en su viaje de vuelta a España en 1496. A partir de entonces, las amazonas pasaron a ser habitantes predilectas del continente americano, asociadas siempre a un contexto acuático. Primero se asentaron cerca del Dorado, en las riberas del Orinoco. Hasta un flemático inglés se dejó arrullar por estos cantos de sirena. Sir Walter Raleigh tuvo una entrevista con las amazonas del Orinoco, que se declararon muy dispuestas a aliarse con la reina Virgen en su lucha contra los españoles, pues la soberana, por su soltería, no podía sino ganarse el favor de unas mujeres enemigas mortales del matrimonio. Orellana creyó pelear con las hembras guerreras al descender en 1542 por el río al que dieron nombre de Amazonas.

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