DEL SABER SOBRE-NATURAL , por José Biedma López

DEL SABER SOBRE-NATURAL , por José Biedma López
Secciones cónicas
Secciones cónicas
Esquema de la hipérbola
Esquema de la hipérbola

En su libro sobre el nacimiento de la ciencia y la filosofía en la Jonia del siglo VI a. C. (Pitágoras, 2019), Víctor Gómez Pin explica el hito creador y paso de frontera entre la ciencia y la filosofía, es decir, entre un pensar que se propone dar razón y cuenta de la naturaleza (physis) y otro que incluye la interrogación sobre la ciencia misma, o sea sobre nuestro modo de conocer lo que sucede y nuestra forma de interpretarlo (y aplicarlo técnicamente): ¿Qué significa que frente al ser natural haya un ser de razón, el humano, que exige cuentas y busca sentidos?

El físico Erwin Schrödinger (1887-1961) también fue un notable filósofo. Como físico llegó a la conclusión de que, según las conjeturas de la física cuántica, un gato puede estar muerto y vivo al mismo tiempo; como filósofo le parecía suficiente la condición menesterosa del hombre, las miserias inevitables de la vida, para que nos aferremos a una vaga esperanza de que el mundo y la vida se inserten en un contexto de más alta significación, por más que esta significación (o divino camino) nos resulte inescrutable. Schrödinger denuncia la división entre el sendero de la pura razón y el sendero del corazón. Pero ese muro entre las humanidades y las ciencias no ha estado siempre ahí. Si miramos atrás, hace dos mil años el muro brillaba por su ausencia. Schrödinger pensaba que merecía la pena mirar atrás para ver qué puede aprenderse de aquella atractiva unidad original, que contrasta con la división fatídica e insufrible de nuestros días entre “ciencias” y “letras”.

Víctor Gómez Pin refuta la idea positivista de que la ciencia suponga una superación de la filosofía, más bien cabe decir que la filosofía surge como un corolario o escolio de las ciencias, una consecuencia de las aporías a las que se ven abocados los saberes todavía no falseados y las teorías científicas. Y es que uno debe creer en los métodos y resultados científicos sin por eso tomar como dogma las teorías implícitas en ellos, pues la actitud crítica es también científicamente imprescindible.

La interrogación filosófica general incluye así la cuestión del ser del hombre que nace de la interrogación sobre la naturaleza (physis). Por su parte, la filosofía no puede olvidar que está concernida por cualquier novedad científica, la cual está por su parte obligada a devenir filosofía. Es lo que ha sucedido con las aporías de la mecánica cuántica (como la de “el gato de Schrödinger”) que han convertido a los físicos en meta-físicos, a veces (caso de Stephen W. Hawking) en meta-físicos rústicos por su ignorancia de la meta-física ya existente.

En los albores del siglo XX, cuando se la creía extinta, la Metafísica como ciencia del ser en cuanto tal y de sus primeras causas, esa generalización sobre qué sea real y qué sea verdad, bien, justicia, belleza…, la también llamada “Filosofía pura o primera” renació bajo las máscaras de la ciencia ficción y de la divulgación científica. Lo cierto es que en la práctica de la filosofía se actualiza un rasgo determinante de la humanidad. Aristóteles lo dejó claro, que después del nacimiento de los saberes necesarios (agricultura, ganadería, forja, cerámica…) y de las artes ornamentales, el saber no se detiene y, cubiertas las necesidades de la vida y las exigencias de confort y recreo, empezó a buscarse un saber libre, una ciencia que no tiene otro objetivo que sí misma. Ello sucedió y sigue sucediendo en bares, plazas, salones, jardines, ateneos o academias, donde todos los hombres –no todos- gozan de verdadera libertad (Metafísica, 981-982). También Kant afirmó que aunque desapareciera la física devorada por la barbarie, la metafísica –oficio de la razón pura- subsistiría como libre y aun contradictoria especulación.

El pensamiento científico, el matemático y el filosófico son algo en lo que el hombre encuentra su realización de animal racional y por tanto esos pensares valen por sí mismos. Más que un trabajo, son un juego, un juego de lenguaje (Wittgenstein) en continuo y necesario contraste con la experiencia, pero en esos juegos también nos va la vida, la más propiamente humana. Gómez Pin pone un ejemplo brillante de la independencia del pensar matemático o pitagórico y de su altura de miras: la teoría de las secciones cónicas. Los matemáticos griegos estudiaron la elipse, la parábola y la hipérbola cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo, pero su primera aplicación, que luego se volverá útil para situar satélites en órbita, no se hallará hasta la cosmología de Kepler (1571-1630).

“Las preguntas filosóficas surgen de una inquietud sobre las respuestas científicas” (Gómez Pin), surgen del desasosiego de la duda. El estar en la duda es también un modo de estar en la creencia –dice Ortega-, pues que no sé es también algo que creo. La filosofía baila con esa hada melancólica del saber: la señora Duda, ya que la interrogación sobre el ser de las cosas naturales y los principios de lo real abarca igualmente la cuestión del ser de razón, del ser del hombre. Ya en sus orígenes, la física de los primeros que filosofaron contiene más de una razonable conjetura, empezando por aquella que les llevó a pensar que el mundo es inteligible, que sus arcanos (arjai) pueden ser desvelados por la razón, que en el cosmos hay una necesidad lógica de que ocurra esto o lo otro y la tempestad o el terremoto no son simplemente resultado del capricho o aburrimiento de los dioses, pero dicha necesidad admitió y admite distintas y sucesivas interpretaciones, diversos paradigmas explicativos.

Más bien parece que esta crisis que origina la controversia de teorías científicas es campo abonado para el desarrollo del pensamiento filosófico. ¿En qué quedamos, es determinado o indeterminado el principio de todo? ¿Es agua, aire, átomos materiales, pura energía? ¿Es el movimiento una ilusión o la ilusión consiste en creer que el flujo del acontecer puede congelarse en la identidad del concepto y la estabilidad de las ideas? Florece la filosofía en las situaciones en que no sabemos a qué atenernos ni qué hacer, en situaciones que llama Gómez Pin “de emergencia”.

Si bien en el totum revolutum y fragmentario de los presocráticos podemos disfrutar de aquella unidad perdida en que el pensar abstracto ni siquiera se distingue del pensar poético, aún lo hallamos en el momento en que, dando por verdaderos sabios a los pitagóricos (“las fronteras entre pitagorismo y platonismo son porosas”, dice Gómez Pin), Platón determina el carácter especial de la filosofía como Ciencia de las ideas: “la inmersión en el campo de las ideas supondrá que el hombre se instala en lo que constituye propiamente su morada” (Ibidem, pg. 72). En esa práctica de la filosofía se actualiza un rasgo determinante de la humanidad, pues lo mismo que no podemos vivir sin creencias, tampoco nos humanizamos sin ideas.

Se trata de una interrogación que viene “después de” (meta-, en griego) la física, y hoy diríamos después de la biología, pues esta se ha convertido en ciencia estrella. Por tanto, se trata de una interrogación meta-física o meta-biológica; se trata de una cuestión “sobre-natural” -podríamos decir, sin dar a esta expresión ningún sentido mágico-. Y “sobre-natural” es calificativo que le viene muy bien a este saber de segundo orden, porque el hombre, además de naturaleza, tiene historia. Sin embargo, conviene no olvidar que tal interrogación nace de la ciencia misma, pues no cabe hacer ciencia y no acabar preguntándose por lo que haces. Y no me refiero sólo al método (epistemología) sino también a la cuestión de los intereses, fines, intenciones y propósitos con que se produce ciencia. Téngase en cuenta que si, tal vez, el conocimiento científico es un bien en sí, no lo es en cuanto nos referimos a la tecno-ciencia (J. Echeverría. Ciencia del bien y del mal, 2007).

Se trata también, desde luego, de la búsqueda de lo incondicionado -por decirlo al modo kantiano- que para algunos intelectualistas es la Inteligencia misma. Se olvidan de un importante resto. Pero es la exigencia y emergencia de determinar el ser de la naturaleza la que conduce a tomarse muy en serio la irreductibilidad del hombre a especie natural. Esa extraña cosa, la vida humana, no es ni cosa física ni cosa psíquica, sino “un puro acontecimiento de carácter dramático”, “eso que nos pasa” en conexión con lo que les pasa a otros (Ortega). Y es que pugnamos groseramente por conciliar la razón física con la razón vital e histórica. La armonización práctica de naturaleza y biografía (o de naturaleza e historia) garantizaría la posibilidad tanto de la paz interior como de la exterior y aseguraría la eventualidad de la alegría.

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