"El nacionalismo en Cataluña", por Pedro Cuesta Escudero, autor de “La escuela en la reestructuración de la sociedad española (1900-1923)”

'El nacionalismo en Cataluña', por Pedro Cuesta Escudero, autor de “La escuela en la reestructuración de la sociedad española (1900-1923)”
miércoles 23 de junio de 2021, 11:03h
'El nacionalismo en Cataluña', por Pedro Cuesta Escudero, autor de “La escuela en la reestructuración de la sociedad española (1900-1923)”

Dada la situación de confrontación que hay en Cataluña conviene saber de dónde venimos los catalanes para saber a dónde vamos. Aunque creemos que es más importante que se nos conozca mejor fuera de Cataluña, ya que la ignorancia se presta a la manipulación. Cuando vine a vivir a estas tierras con mi educación franquista me chocaba que aquí, siendo España, la gente se expresara en otro idioma. Afortunadamente los profesores que tuve en la universidad me hicieron ver que en estas tierras, no sólo había otra lengua, sino también otra cultura y otra Historia tan merecedoras de aprecio como la castellana. También supe que, al igual que en Cataluña, existían otras realidades culturales en Galicia y en Euskadi. Que España no es uniforme sino variada y diversa. Esa es la riqueza de España, que la Constitución de 1978 quiso articular, pero se quedó en “regiones y nacionalidades”. Lo de España una, grande y libre pesaba.

'El nacionalismo en Cataluña', por Pedro Cuesta Escudero, autor de “La escuela en la reestructuración de la sociedad española (1900-1923)”
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El despertar del nacionalismo catalán

Durante el siglo XIX y principios del XX Cataluña da muestras de una gran vitalidad. Renace tras un largo periodo de debilidad y apatía colectiva. Salta al primer plano de la realidad española. Ya en el siglo XVIII, principalmente durante el reinado de Carlos III, y gracias a la libertad de comercio con América, la abolición de las aduanas interiores, el fomento de la industria, etc., se inicia la revolución industrial en Barcelona –igual ocurre en Bilbao-, por sus formidables puertos y mayor proximidad a los centros de decisión económica europeos.

Como consecuencia de ello, además de una mayor convivencia con el resto de España, surge una pujante burguesía que, en su deseo de adueñarse del mercado español, está dispuesta a modernizar toda España. Lo demuestra en las Cortes de Cádiz que con gran amplitud de miras actúa de cara a reformar todo el Reino, sin plantear ninguna reivindicación netamente catalana o localista. Los liberales de las Cortes de Cádiz cifran su esperanza en el poder de esa burguesía industrial catalana para acabar con las viejas estructuras del Antiguo Régimen.

Cataluña, país de contrastes

Sin embargo, frente a esa burguesía urbana y progresista, se alza la otra parte de la sociedad catalana –igual ocurre en Euskadi-, rural, retrógrada y apegada a las tradiciones como en ningún otro lugar. Solo basta recordar que el Claustro de la Universidad de Cervera se desprende de la funesta manía de pensar, o se exige a Fernando VII que restaure la Inquisición y anule novedades como la instrucción pública. Seguramente para evitar que Barcelona se convierta en la nueva Sodoma, esa sociedad aborrece los progresos técnicos y la uniformidad impuesta por la civilización industrial. Aferrada a los usos y costumbres de la tierra, rechaza la centralización moderna en nombre de un foralismo caduco, de un tradicionalismo inmóvil. No en vano la Cataluña rural, al igual que el país vasco-navarro, menos los focos industriales, constituyen el feudo del carlismo, del absolutismo neto y duro.

De esta manera, Cataluña se nos presenta como un país de contrastes, una mezcla incoherente de progreso y atraso, de egoísmo estrecho y de altruismo. Es el resultado de la confrontación de la civilización urbana y la civilización rural. A veces la burguesía catalana hacía un llamamiento a los trabajadores para que piensen en la situación que quedarían si ganaban los carlistas, como la circular enviada el 23 de Diciembre de 1836 por la Comisión de Fábricas a los obreros de Cataluña:

”Sabed, pues, si llagase el caso, lo que por otra parte, no es posible, de que esos díscolos (los carlistas) consiguiesen su intento de declarar a la Cataluña independiente y separada del Gobierno de S. M. la Reina, en el momento os veríais sumergidos en la indigencia y no os quedaría otros recurso que mendigar de puerta en puerta vuestro pan o de expatriaros de Barcelona y del Principado. La primera providencia que tomaría el Gobierno sería prohibir la venta de nuestras manufacturas en todas las demás provincias del Reino, pues serían miradas y declaradas de contrabando. En este concepto todas las fábricas catalanas tendrían que cerrarse, y el poco trabajo que a costa de sacrificios mantenemos los fabricantes con esperanzas fundadas de aumentarlo quedaría perdido totalmente (…) Los españoles mirarían a los catalanes como enemigos suyos y no querrían tener ningún comercio con nosotros. Los capitalistas huirían de Cataluña con sus caudales e irían a establecerse a otras provincias del Reino o emigrarían al extranjero”.

La industria catalana no consigue superar su debilidad estructural

Como vemos, la burguesía catalana empieza teniendo las simpatías liberales y, al mismo tiempo, un enemigo claro: el carlismo. Pero su deseo de tranquilidad y de orden le da un carácter un tanto ambiguo, que con el tiempo se va traduciendo en conservadurismo político y social, pues prefiere tener acallada y sometida a la clase obrera, en vez de hacer la revolución con su apoyo. Algunos reciben títulos nobiliarios como Juan Güell i Ferrer, un indiano que amasó una enorme fortuna en Cuba y fue promotor de diversas industrias a su vuelta a Barcelona. Alfonso XIII le concedió el título de Conde de Güell y se casó con la hija del Marqués de Comillas.

La burguesía industrial catalana necesitaba para el desarrollo de sus industrias una profunda transformación económica y política de España. Para potenciar y ampliar el mercado interior había que modernizar el Estado y la Administración, elevar el nivel adquisitivo de los españoles con una profunda reforma agraria y mejorar o desarrollar la red de comunicaciones. Pero va pasando el tiempo y no hay mejora en la sociedad española. Las desamortizaciones no potenciaron, sino todo lo contrario, el poder adquisitivo de los campesinos, que hubiera dado desarrollo y prosperidad a la industria catalana. Al faltarle un potente mercado, la industria catalana no consigue superar su debilidad estructural, por lo que no está en condiciones de competir con su homóloga europea. Es por ello que la burguesía catalana, en contradicción de los principios liberales, es rabiosamente proteccionista y no tiene más exigencia de los gobiernos que impongan fuertes barreras aduaneras. Los latifundistas castellanos y andaluces, sin embargo, prefieren el librecambismo para poder exportar mejor sus productos agrarios. Aparece la rivalidad Madrid- Barcelona, pues para los liberales de Madrid los beneficios del libre cambio eran algo axiomático. Decían que la protección era la causante del elevado y fluctuante precio del trigo, que los villanos de la historia eran los proteccionistas catalanes y que el proteccionismo era regionalismo bastardo. Por su parte, para los defensores catalanes de la “industria nacional” los terratenientes eran logreros parásitos.

Contradicciones de la burguesía industrial catalana

Con la revolución de 1868 la burguesía catalana cree que puede tener acceso directo al poder español, y de esta manera llevar a cabo la transformación burguesa del Estado español y su modernización. Pero el sesgo de la revolución provoca temores en la burguesía catalana, pues la revolución da también cancha al librecambismo y, por otra parte, propicia que las masas obreras empiecen a organizarse contra sus intereses (Fanelli, discípulo de Bakunin, funda la I Internacional, siendo Cataluña y Andalucía donde más afiliados hay al anarquismo) Entonces es cuando la burguesía catalana no duda en pactar con la oligarquía agraria para restaurar el orden. Y así vemos como con Cánovas la burguesía industrial encuentra amplio margen para desarrollarse y enriquecerse. Son los años del crecimiento de la industria textil algodonera y lanera, de la fundación de la Trasatlántica, de la Compañía de Tabacos de Filipinas, de la explotación de las colonias y del alza de los valores bancarios.

Pero con la consolidación del caciquismo a la burguesía catalana se le queda cerrado el camino hacia el Poder. Y así no hay forma de desarrollar el mercado interior. Los años de euforia alcista entran en crisis. A lo que hay que añadir el desprestigio total del Estado español en el exterior y las crecientes dificultades que va presentado la explotación de las colonias, que desemboca en el Desastre del 98 en que se pierden Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

Ahora es cuando surge la primera conjunción entre las fuerzas de la burguesía industrial y los ideólogos del incipiente catalanismo. Se plasma en el Memorial de Greuges. Lo que les acerca al nacionalismo catalanista es la toma de conciencia de su particularismo de grupo frente al resto de España, agraria y atrasada, a través de la lucha por el proteccionismo. Solé Tura supo captar las contradicciones de la burguesía industrial catalana. “Todo esto daba a la alta burguesía catalana una gran inestabilidad política y doctrinal. Era una clase íntimamente reaccionaria que desempeñaba un papel revolucionario en el contexto hispánico, una clase conservadora y corporativista que se proponía europeizar, modernizar, liberalizar el país; una clase esencialmente urbana e industrial, profundamente vinculada a un campo conservador e inmovilista”.

La Reinaxença y el catalanismo

Lo primero que hemos de tener en cuenta es que la conciencia de la personalidad colectiva de Cataluña, a pesar de los conceptos uniformistas de la Corona y del poderoso e inevitable proceso de penetración del castellano, no se perdió nunca. Y a través de las luchas populares del siglo XIX –carlistas, liberales, demócratas- esa conciencia va cobrando cada vez más fuerza. Y así observamos como la expresión cultural y política catalanas son una realidad cada vez más manifiesta desde la segunda mitad del siglo XIX. Es, como se sabe, la Reinaxença, o proceso de recuperación cultural catalana, que progresivamente se va impregnando en todos los aspectos de la vida de Cataluña. Con la Reinaxença se recupera el catalán como lengua de cultura. También se vincula de una forma directa con la Reinaxença el sentimiento de recuperación nacional en todos los ámbitos, incluido el político. La Renaixença es un proceso originado en buena medida gracias a la irrupción del Romanticismo en un momento en que en Cataluña ya se va produciendo una recuperación económica y demográfica importante.

Una de las características del Romanticismo es considerar a los pueblos como seres orgánicos que se prolongan más allá de la vida de los hombres que los integran dotados con un espíritu que se refleja en la lengua y cultura propias, con un fin histórico que cumplir y con un pasado vivido y sentido en común. Este pensamiento, lógica consecuencia de la ideología de los revolucionarios franceses de afirmar la soberanía de los pueblos frente a los derechos patrimoniales de los reyes, da lugar a los nacionalismos. Tras la revolución francesa surge el nacionalismo, llamémosle liberal, el de la nación soberana y de voluntad general como compromiso de racionalismo universalista e igualitario frente al irracionalismo de una sociedad estamental de privilegios, de grupos aislados e inmutables. La burguesía mercantil, industrial y financiera es la que se siente portadora de la misión de afirmar la unidad del pueblo frente a las jerarquías tradicionales, frente a los obstáculos económicos e institucionales de la unificación económica. Ahora bien, cuando el orden burgués se va consolidando y quedan frente a frente los intereses contrapuestos de la burguesía y del proletariado, el nacionalismo experimenta un giro para hacer abiertamente irracionalista. Ahora se trata de la defensa de sus intereses de clase frente a la acometida del movimiento obrero. Frente al optimismo universalista oponen el culto romántico y sentimental de la tradición, una visión organicista e interesada de la Historia, el culto a los supuestos valores de la raza y una búsqueda y sobrevaloración de signos diferenciales y propios.

La irrupción algo tardía del Romanticismo en España induce al desarrollo de esta segunda corriente nacionalista en las dos regiones de mayor desarrollo industrial, Cataluña y Euskadi. Lengua, derecho e historia independiente proporcionan la base de la argumentación nacionalista en Cataluña, mientras que en Vascongadas los fenómenos lengua, raza y derechos (fueros) sirven al mismo fin.

El mapa político e ideológico de Cataluña a comienzos del siglo XX

En el último tercio del siglo XIX el mapa político e ideológico de Cataluña se va enriqueciendo. Ya no vemos como únicas fuerzas, y contrapuestas, a los carlistas y tradicionales por un lado y a la burguesía liberal e industrial por otro. Junto a la alta burguesía que va a posiciones conservadoras y nacionalistas, surge una nutrida pequeña burguesía, urbana, revolucionaria y anticlerical. Y todo ello dentro de un contexto de violenta lucha de clases, por lo que el proletariado se les escapa de sus manos, no solo en la práctica política, sino también en los proyectos culturales y nacionalistas.

Por otra parte, las fuerzas tradicionales, en alianza con la Iglesia y ya derrotado el carlismo, experimentan una evolución hacia el campo nacionalista. Las clases agrícolas eran las depositarias de las tradiciones y constituían el núcleo de la fuerza centrípeta de la sociedad catalana, y las que se sienten más fuertemente enraizadas en la tierra. El campesino catalán, que vive en explotaciones agrícolas de tipo medio –la masía-, y que gracias a la institución del “hereu” mantiene su poder económico, es un elemento de conservación y resistencia ante el dinamismo de los centros urbanos, especialmente de Barcelona. Valentí Almirall hace una descripción cabal de la mentalidad del “pagès” catalán. “La que muy gráficamente se ha llamado “aristocracia de alpargata”, o sea, estos jefes de la familia que en la alta Cataluña viven como vivían sus abuelos, que como padres dominan a sus hijos, como “herederos” a sus hermanos y como “amos” a sus mozos, aparceros y colonos; esos pequeños autócratas en sus casa que no han tenido necesidad de separarse de ella ni diez leguas, que por lo mismo nada han visto, que por su falta de ilustración y sus hábitos tradicionales no respetan más autoridad que la de una religión que practican automáticamente, ni acatan otros mandatos que los del cura, en cuanto no se oponga a su autoridad familiar; estos propietarios que tienen siempre repletos sus graneros y corrales y provistas sus despensas, son la principal fuerza del carlismo y deben su existencia casi exclusivamente a la trasnochada organización de la familia en Cataluña”.

El clero catalán, que se ve reforzado por el que se expatría de Francia tras las medidas laicizantes de Ferry, es quien mentaliza y da contenido ideológico a la sociedad rural catalana. El centro más importante donde se combaten las corrientes modernas en materia educativa, social y política, y donde se proporcionan armas ideológicas a toda la iglesia catalana, es el seminario de Vic. En torno a él surge un grupo de escritores, de doctrinarios y de activistas, que pronto se convierte en el intérprete más autorizado del tradicionalismo catalán. Uno de los más destacados de ese grupo es el Obispo Torras i Bages, que pone al día ese tradicionalismo rural y crea el catalanismo que entronca con las esencias de la tradición catalana con la cristiana. Glorifica la Cataluña rural y medieval, cuna y fundamento de la idea de patria. Para él los soportes del sentimiento de patria es la familia (la tradicional, patriarcal y jerárquica) y la lengua ( el elemento más importante de cohesión después de la religión) Pero la Iglesia catalana era un pozo de contradicciones con respecto a la lengua catalana, porque las órdenes religiosas que se dedicaban a la enseñanza utilizaban el castellano ignorando el catalán, no solo como lengua escolar sino también en los rezos y vida piadosa (Y no nos referimos a la época franquista) Incluso la alta burguesía también educa a sus hijos en castellano, como vemos en la denuncia que hace Andreu Nin del elitista Col.legi Mont d’Or:”…no podem estar identificats amb disentació castellanista y religiosa del “Nou Mont d’Or. Es cert, és clar, que l’escola és com dèiem al principi, aristocrática, i, per aquest motiu, s’ha de caure en doloroses claudicacions”.

Mañé i Flaquer es el que traduce en programa de acción política la concepción historicista y orgánica de Cataluña. Y preconiza la apertura hacia las fuerzas tradicionales y confesionales y rechaza el acercamiento hacia la izquierda, hacia el nacionalismo liberal de Almirall.

Junto a la alta burguesía catalana va surgiendo una pequeña burguesía cada vez más nutrida que, junto con los profesionales liberales, los artesanos y los obreros cualificados e ilustrados, forman un estrato social de corte progresista, urbano, laico y anticlerical. Socialmente reformista y políticamente republicanos. Cuando la revolución de 1868 lleva a Madrid a sus mejores representantes, a los hombres que hablaban de progreso, de libertad, de la nueva y poderosa fuerza del industrialismo. Y entre todos destaca Pi i Margall. Su principal principio es la absoluta soberanía del individuo. Y considera el federalismo como la única deducción lógica en política de las premisas de la libertad individual. Su federalismo, en principio individualista y anarquizante, contradictoriamente prevé una visión organizada de España, al reconocer la personalidad de cada una de las regiones históricas, pero, al mismo tiempo, una mayor integración de todas ellas dentro de España con un marco político moderno. Los sujetos del pacto no son solo los individuos sino también las colectividades. Contra el sistema centralista, burocrático y oligárquico Pi i Margal preconiza una organización que dé a la periferia el peso político que merece por su peso económico y social. Y el motor de las reformas ha de ser los núcleos industriales y urbanos. Pi i Margall comprende que la realidad española era de un país atrasado con profundas diferencias estructurales, sometida al dominio de una oligarquía agraria, con islotes industriales y modernos incapaces por sí solos de transformar el país. Pero su desastrosa experiencia como gobernante le demuestra lo difícil de la necesaria transformación. Creía que siendo presidente de la I República convertiría a España en un país moderno e industrializado. Pero al mismo tiempo de tomar posesión de su cargo se sublevan los cantones de Cartagena y de Alcoy haciendo que entre en la contradicción de tener que acabar con esos cantones para resguardar la integridad de España sin reconocerles los derechos de su propia personalidad. Se ve obligado a dimitir sin haber estado en el poder ni dos meses constatando lo difícil que es reestructurar España respetando la personalidad de cada una de las regiones.

Valentí Almirall, uno de sus mejores seguidores, le pide a Pi i Margall que se prime a Cataluña, su región, que puede evolucionar por sí misma y después vendría la preocupación por las demás regiones. Pi i Margall es reticente, pues lo que le preocupa es la transformación de toda España, no solo de Cataluña, pues el proyecto autonomista sólo es factible cuando todas las regiones lo sean a la vez. La nación la identifica Pi i Margall con España, mientras que Prat de la Riba identifica nación con Cataluña y solo ve a España como la simple entidad artificial del Estado. Almirall es el eslabón entre el federalismo de Pi i Margall y el nacionalismo de Prat de la Riba. “El catalanismo regionalista –explica Almirall- aspira a romper la unidad uniformadora que nos ahoga, pero con la misma fuerza desea la unión que ha de darnos salud y fortaleza. No queremos vivir amarrados y atados, pero si enlazados con las demás regiones de la península”.

Valentí Almirall fue el que redactó el Memorial de Greuges en 1885, que se presenta al Rey, constituyendo un hito muy importante en la historia de Cataluña. Almirall rompe con la base obrera y artesanal del federalismo e intenta una aproximación a la alta burguesía catalana. Cree que para la necesaria transformación democrática de España la alta burguesía industrial y urbana, hegemónica en Cataluña, habría de encabezar todas las clases sociales, todos los sectores de Cataluña. Pero la alta burguesía catalana, asustada por la rebelión de las masas proletarias urbanas, se siente mejor representada por el prudente regionalismo de Mañé i Flaquer, por el tradicionalismo rural y confesional de Torras i Bages y el apoyo de los propietarios rurales de Cataluña, con su carga de autoritarismo y conservadurismo, que por la agresividad laica y expansionista de los seguidores de Almirall.

Las Bases de Manresa de 1891, presididas por Torras i Bages y redactadas, entre otros, por Prat de la Riba se alejan del proyecto federalista y del posibilismo del Memorial de Greuges para proponer la vuelta a la Cataluña anterior a 1714. Las Bases son el acta de nacimiento del catalanismo político. Es un proyecto autonomista, en absoluto independentista, de talante tradicional y corporativista. Prat de la Riba crea la Lliga Regionalista. La voluntad que mueve a los hombres de la Lliga es la de llegar al poder del Estado español para llevar a cabo la revolución burguesa. Refleja, pues, grandes contradicciones: el afán industrializador coexiste con una profunda vinculación al campo tradicionalista; el impulso político renovador coexiste con el corporativismo y el paternalismo más estrecho en la cuestión social; el afán de expansión económica con la defensa a ultranza del viejo proteccionismo; el positivismo con el tomismo; la aspiración a liderar a todo un pueblo (el catalán) con un estrecho interés de clase. La alta burguesía catalana se ve a sí misma como hegemónica y se permite el lujo de hablar en nombre de todo el pueblo catalán. Se consigue crear la Mancomunitat (agrupación de los cuatro presupuestos de las diputaciones provinciales) y la preside Prat e la Riba, sucediéndole a su muerte Puig i Cadafalch.

El sector de la población - pequeña burguesía, profesional, artistas, intelectuales, artesanado y obreros cualificados-, que constituían la base social del proyecto de Almirall queda fluctuando con su anticlericalismo en el partido de Lerroux o en el movimiento libertario, con su nacionalismo en la LLiga y con su autonomía como fuerza política en el republicanismo nacionalista o en el socialismo.

El primer político que fue a visitar a Primo de Rivera cuando instaura la Dictadura militar fue el presidente de la Mancomunitat Puig i Cadafalch.

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