1 de mayo de 1521: Un grito desacordado por encima de las olas, por Pedro Cuesta Escudero autor del libro "Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo"

1 de mayo de 1521: Un grito desacordado por encima de las olas, por Pedro Cuesta Escudero autor del libro 'Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo'
sábado 01 de mayo de 2021, 11:03h
1 de mayo de 1521: Un grito desacordado por encima de las olas, por Pedro Cuesta Escudero autor del libro 'Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo'
1 de mayo de 1521: Un grito desacordado por encima de las olas, por Pedro Cuesta Escudero autor del libro 'Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo'
Cuatro días después de la muerte de Magallanes los más significados de la escuadra caen asesinados en la isla de Cebú (Filipinas) Volvemos a reproducir de nuestro citado libro Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo este luctuoso suceso. Como se aprecia con estas reproducciones, el enfoque del libro difiere del ensayo, erudito y árido, y de la invectiva de la novela histórica. Es una historia novelada, historia en el fondo y novela en la forma. Sin perder el rigor histórico se presenta de una forma amena, visual.
1 de mayo de 1521: Un grito desacordado por encima de las olas, por Pedro Cuesta Escudero autor del libro 'Y sin embargo es redonda. Magallanes y la primera vuelta al mundo'

“A los expedicionarios se les ve más nerviosos, como si tuvieran prisa. Pretenden hacer rápidos trueques y lo más ventajoso posible. Despunta la codicia por el oro, pues ha desparecido el freno que antes tenían. Ya no les importa sembrar, sino recoger y cuanto más, mejor. El almacén ha sido desmantelado y no han dejado nada de valor. Es una prueba de desconfianza que los indígenas advierten y les ofende. Ahora solo se presentan chucherías de escaso valor y, además, no dejan que sea examinada la mercancía como antes. Los nativos se dan cuenta que muchas veces son embaucados. Ningún personaje de rango de las islas viene a visitar a los extranjeros. Ya no hay la animación que había antes. Sin embargo, los expedicionarios, que se creen con pingües ganancias, van recobrando la confianza. Aunque ninguno se aventura a deambular solo por el poblado como antes se hacía.

-¿Qué le pasa a Carlos Humabón que todavía no ha venido a saludarnos?- pregunta molesto Duarte Barbosa-A ver si se cree que por el desgraciado incidente de Mactán ya hemos dejado de ser superiores. A estas gentes no hay que dejarles que se tomen confianzas.

-Hemos de cerrar tratos con él y marchar cuanto antes- manifiesta Serrano.

-¿No había prometido joyas y buenos regalos para el emperador y para nosotros?- pregunta interesado Carballo-. ¿A qué esperará para dárnoslo?

-Me parece que le dijo a Enrique que las joyas las había mandado pedir –aclara el vecino de Ayamonte Luis Alfonso de Gois, que ahora es capitán de la Victoria y antes era sobresaliente de la Trinidad-. Por lo visto deben ser joyas de gran valor.

-Mandemos otra delegación a Carlos Humabón- decide Barbosa-¿Y Enrique…dónde coño está Enrique?

-Me parece que aún no está recuperado del todo de lo de Mactán-le aclara Luis Alonso.

-¿Cómo que no está recuperado? Es un haragán. Ya le dije esta mañana que no hay tiempo para holgazanear -se expresa enfadado Barbosa- ¿Pero qué se habrá creído ese maldito batak? A estos perros indios hay que tratarlos con dureza. En cuanto les das un poco de confianza ya se creen iguales. Llevadme a la Trinidad, que le enseñaré a obedecer.

Enrique aparece cobijado en una manta en el sollado de la Trinidad. Se le aprecian heridas y magulladuras, aunque no del todo graves. Pero el batak, que tenía consagrada su vida a su amo, siente en lo más profundo de su ser el dolor y la desesperación.

-¿Qué haces ahí echado? – le grita Duarte Barbosa- ¿No te dije esta mañana que todos hemos de trabajar? ¿No me ves a mí? ¿Y tú que te has creído, gandul?

Enrique levanta la vista y ve a su alrededor a varios compañeros. Esta reprimenda delante de todos hiere su sensibilidad.

-¡Levántate ya de una vez, perro indio!- y le propina un puntapié- ¿A ver si te crees con derecho a holgazanear, como si ya no fueras esclavo porque haya muerto tu amo. Estás muy confundido, pues cuando regresemos a Sevilla continuarás siendo esclavo. Y, mientras tanto, aquí ándate con cuidado, sino tu piel catará el látigo de los perros.

Un destello cargado de odio sale de los ojos de Enrique, pero calla mordiéndose su dolor y su afrenta. De sus pensamientos nada deja traslucir, como si no hubiera pasado nada. Fingiendo ignorar las injurias se levanta todo humilde y sumiso.

-Ve al palacio del rajá Carlos Humabón- le ordena Barbosa- y salúdale de nuestra parte. Pregúntale si está enfermo, pues aún no ha venido a saludarnos. También dile si ya tiene preparado el regalo que ha de hacer al emperador, pues nosotros ya debemos zarpar. Y después de estas diligencias te quedas donde se hacen los trueques sirviendo de lengua, ¿entendido? Y que no tenga que llamarte más la atención.

Diligentemente Enrique cumple todo cuanto le ha ordenado su nuevo amo. Dócilmente va al palacio de Humabón, dócilmente ejecuta su oficio de trujamán en la compra y venta. Muestra en sus deberes más actividad e inteligencia que antes.

-No hay nada como una reprimenda a tiempo- se expresa con satisfacción Barbosa.

Por fin Carlos Humabón, con su cortejo, se acerca a saludar a los hermanos de religión. El rajá de Cebú abraza con cordialidad sorprendente a los nuevos gobernadores de la escuadra.

-Ya tener regalo de piedras preciosas para emperador de la Cristiandad- traduce Enrique el discurso del rajá-. No dar antes porque pedir y no traer. Ahora querer dar fiesta a los hermanos cristianos que tener que marchar. Rogar que venir a comer a mis reales mesas los más importantes de barcos. Querer dar regalos también a todos. Después de comer hacer fiesta, dar regalos y despedir con lágrimas.

-Asistiremos muy gustosos -le contesta Barbosa- . Pero hemos de ir a bordo para ponernos nuestros mejores atavíos y corresponder a tan grata fiesta.

-Nosotros poner flores a calles y preparar banquete.

Entre los europeos vuelve a reinar la confianza perdida. El mismo rajá de Cebú, que no había comparecido desde la muerte de Magallanes, ha venido a decirles que ya tiene preparas las preseas para el emperador.

-El trágico accidente de Mactán- comenta Barbosa- nos tenía tan preocupados que parecía como si tuviéramos miedo. No hay nada que temer. Ya habéis visto con qué amabilidad ha venido Carlos Humabón a visitarnos. El pobre estaría todo preocupado porque no le enviaban las joyas que había prometido. Por esta razón se había encerrado en su palacio, ya que le daría vergüenza venir a nosotros sin los regalos. Yo soy el primero en lamentar la muerte de Magallanes. ¿Qué le diré a mi hermana? De todas formas todo continúa igual que antes. Poneos vuestras mejores galas, como si fuerais a una fiesta en España. No es para menos la fiesta que nos ofrece el bueno de Humabón.

*¿Ya estáis listos?... Venga, al esquife. Y pasemos por las otras naos a recoger a los otros. Cuídate, Albo, de que en el mismo momento en que pisemos tierra sean disparados los cañones en cerrada descarga. Hemos de dar la solemnidad de siempre.

Veinte y nueve son los expedicionarios que se embarcan en el esquife para acudir a la fiesta que Carlos Humabón ha preparado de despedida. Son lo más cualificados de la escuadra. O los que los nuevos dirigentes consideran como tales. Además de los tres capitanes, Juan Serrano, Duarte Barbosa y Luis Alfonso de Gois, se ven en el esquife a los pilotos Andrés de San Martín y Juan López Carballo, y al hijo de este; el piloto Juan Rodríguez Mafra no asiste por estar aquejado de unas fuertes fiebres; también van los escribanos Sancho de Heredia y León de Ezpeleta, el clérigo Pedro de Valderrama, el tonelero Francisco Martín, el calafate Simón de la Rochela, el despensero Cristóbal Rodríguez, los hombres de armas Francisco de Madrid, Hernando Aguilar, Juan de la Torre, el lombardero Tanegui, los sobresalientes Pedro Herrero Hartiga, Juan de Silva, Piti Juan y Francisco de la Mezquita, Francisco, entenado del capitán Serrano, Nuño, que fue criado de Magallanes, el lenguaraz Enrique, los marineros Antón Rodríguez, Juan Segura, Francisco Picora y Francisco Martín y los grumetes Antón de Goa y Rodrigo de Hurrira.

Algunos visten la cota, pero por pura ostentación, para deslumbrar. La mayoría va en jubón y medias calzas. La espada al cinto es más por vestir que por precaución. Por la parte superior del jubón les blanquea la camisa, que cubre escotes y cuellos. Cadenas, birretes plumeados o con dijes o con medallas, empuñaduras rutilantes, confieren a los expedicionarios tal elegancia que sería la admiración de los más encopetados cortesanos de Valladolid.

-¿Qué dice tu horóscopo sobre esta fiesta?-pregunta Carballo al astrólogo.

-Pues que vamos a llenar los estómagos de ricos manjares- le responde Andrés de San Martín- Ese Carlos Humabón sabe preparar lo que nos gusta. Y además habrá un buen regalo para cada uno de nosotros.

Carlos Humabón espera a sus invitados en la playa. Una fuerte descarga de artillería da solemnidad al desembarco. El rajá, ceremonioso siempre, lo es en extremo en esta ocasión. Abraza a cada uno de los invitados. Los profusos agasajos halagan la vanidad de los europeos.

-¡Cuánta ceremonia gasta este tío!, comenta Carballo hijo-. Menos cuento y al grano, ¿no te parece, padre?

-Sí, me escama tanta amabilidad. ¿Te acuerdas allá en el Brasil?..., bueno, tú aún eras pequeño. Pues también hubo una invitación parecida y lo que querían era degollarnos. También gastaban mucha ceremonia como ahora.

-Pues ahora tampoco deberíamos fiarnos demasiado. Fíjate como han engalanado todo esto. Aquí parece que hay gato encerrado.

La comitiva atraviesa por calles y cabañas empavesadas. Todos van risueños, profundamente confiados.

-Padre, fíjate en Enrique, fíjate qué miradas se cambia con el rajá.

-Sí, se miran con cierta complicidad. ¡Pues no me gusta un pelo! Ese Enrique tiene que hacernos traición por fuerza. Barbosa le insultó gravemente delante de nosotros. Y estos orientales son resentidos y taimados. Andemos sobre aviso, hijo.

-¿No es aquel el hermano del príncipe heredero, el que curó milagrosamente?... ¿Por qué aparta al capellán Valderrama y se lo lleva?

-Hijo, esto huele a encerrona, ya no me cabe la menor duda. Al capellán se lo llevan para librarlo, pues le está agradecido por lo que hizo en su curación. No hay duda de que preparan una traición. Demos media vuelta, ¿no te importa perderte el banquete?

-No, no, vayámonos antes que sea demasiado tarde.

- Espera, que aviso a los demás. Oye Serrano, esta gente no me inspira mucha confianza.

-¿Por qué lo dices compadre?

-No sé, pero me da mala espina.

-Bah, son falsas apreciaciones tuyas.

- Aquí hay tramada una traición. Mira como apartan al cura.

-¿Y qué?

-Pues que lo quieren librar de la matanza.

-Eres un desconfiado. Los dedos se te hacen hasta duendes. Desecha esas manías y piensa en el banquete que nos vamos a dar.

-Pues mi hijo y yo nos volvemos a las naos.

- Haz lo que quiera, vosotros os lo perdéis.

Padre e hijo se abren paso por entre la multitud. Cogen el esquife y con remada vigorosa regresan a las naos.

-¿Qué pasa? -pregunta extrañado Gómez de Espinosa- ¿Por qué regresáis vosotros dos solos?

-Coged el cabo y amarrad el esquife -dice Carballo lanzándolo, al tiempo que él y su hijo trepan presurosos a la Trinidad.- Quizás sean falsas apreciaciones, pero hemos observado algunos detalles en los indios que no nos han gustado. Estemos preparados por si acaso. Subid la artillería. ¿Qué os parece que aparten al capellán Valderrama del grupo? Y precisamente se lo ha llevado a su bohío el mismo que curó milagrosamente. ¿No significa una conjura y quieren salvar al capellán?

Todavía no ha terminado Carballo de expresar sus sospechas, cuando se oyen unos espantosos alaridos. En los barcos quedan todos paralizados de miedo. Se imaginan la masacre que están haciendo a sus compañeros desembarcados. Los ayes de dolor son ahogados por los aullidos de la muchedumbre. Es un espeluznante griterío que aterra al más pusilánime. Y con impotencia y rabia observan como cuadrillas de indígenas arrastran a los compañeros muertos para arrojarlos al mar.

-¡Pronto, levad anclas y acerquémonos más a la costa! –ordena Carballo a los afectados tripulantes-. Acabemos con esos asesinos.

Las piezas de artillería disparan sobre las casas de Cebú. Las balas caen sobre algunas cabañas, que quedan destrozadas.

-¡Lombardead sin tregua! –arenga Carballo- ¡No dejemos vivo a ninguno de estos miserables!

-¡Eh, mirad por entre aquellas palmeras! –señala Gómez de Espinosa- Parece que se ha salvado un compañero. ¡Es nuestro capitán Juan Rodríguez Serrano!

El bravo capitán, maniatado y desnudo, es conducido hasta la orilla. Haciendo uso de los últimos recursos de fuerza grita a sus compañeros. Más que voz parece un suspiro vital.

-¡No lombardeéis!! ¡No lombardeéis más que me asesinarán!

Es una escena de la que jamás se olvida uno. Los sicarios que llevan a Serrano tienen puesto un puñal en su garganta. Un chorro de sangre mancha la arena.

¡Alto el fuego! –ordena Carballo- ¿Qué ha pasado compadre?

El fuego de la artillería cesa y le sigue un gran silencio, solo roto por el rumor del mar estrellándose en el arrecife y los gritos de súplica de Serrano.

-A todos los demás los han degollado, menos a Enrique, que se ha pasado a los isleños. ¡Compadre, rescátame, por el amor de Dios!

No es una súplica, es un ansia mortal. Pero haría falta un hombre de la talla de Magallanes para rescatar a Serrano. A otro Serrano, en parecida situación, le salvó de las garras asesinas.

-¿Qué hacemos? –pregunta irresoluto Carballo- ¿Damos mercancías por él?

-Pues claro, démosles todo lo que pidan- responde sin titubeos Gómez de Espinosa .

-Mala cosa es volver a tener tratos con esta maldita gente- se expresa Diego Arias.

- ¡Compadre, ¿qué piden por tu rescate?- pregunta Carballo al amigo prisionero.

-¡Traed lo que sea, pero daos prisa! ¡Dadles dos lombardas y algunas armaduras!

-¿Y hemos de llevarlo allí?- vuelve a preguntar Carballo.

-¡Traedlo aquí, sino no me sueltan!- responde Serrano que está en una situación crítica y lastimosa.

-No nos podemos fiar de esta gente asesina- dice Fernán López-. Se quedarán con la mercancía y además matarán al capitán Serrano. Lo querrán como trofeo de guerra, lo mismo que Lapu Lapu hizo con nuestro capitán general.

-Además los que lleven el batel también serán degollados –afirma Diego Arias.

-Sí, claro, esta gente no respeta a los mensajeros –deduce Carballo.

-Pero no podemos abandonarlo –dice Gómez de Espinosa con expresión dolida por ver al capitán prisionero y por ver la falta de humanidad en los compañeros- Es nuestro capitán y tenemos que rescatarlo como sea.

Carballo está lúgubre, ceniciento. Rastreros pensamientos asaltan su mente. “Nuestro capitán…! Si lo rescatamos será el capitán general, no cabe duda, y yo volveré a ser un segundón. Pero si no lo liberamos yo seré el capitán general de esta escuadra. Ya no queda nadie con más categoría que yo…”

-¿A qué esperamos –pregunta Diego Arias-. ¡Larguémonos de una vez!

- No podemos hacer nada por él –concluye Carballo-. ¡Lo asesinarán de igual forma!

-Tú no quieres rescatarlo, porque así el mando de la escuadra te corresponde, ¿no es así? –denuncia con valentía el cirujano Juan Morales.

-¿Quién te ha dado licencia para que hables de esa forma?-pregunta amenazador Carballo-¡Haré que te muelan a palos como a un perro sarnoso!

Mientras tanto acosan a muerte al desdichado capitán. Serrano hace uso de las últimas fuerzas de su vida. La única esperanza que le queda depende de sus compañeros.

-¿Por qué tardáis…?- suplica- ¡Pagad el rescate, por Dios! ¿Acaso me vais a abandonar?

Con sus ojos devora el esquife, que está amarrado a la Trinidad. Conocedor de las maniobras de abordo, ve con ojos febriles como sus compañeros se disponen a zarpar y lo dejan abandonado. Un frío sudor le corre por la frente.

-¡No os hagáis a la mar! ¡Me darán muerte en cuanto hagáis velas!

Los trapos de las naos empiezan a desplegarse.

-¡No, no puede ser que mis compañeros me abandonen tan cobardemente! Mi mejor amigo no me puede abandonar. Estarán haciendo alguna maniobra para rescatarme.

La Trinidad tiene hinchado el velamen y se mueve rumbo al mar abierto. Las otras dos naos hacen lo mismo.

-¡Dios mío, y se van! ¡Por el amor de Dios, no me abandonéis! –implora llorando su agonía- ¡Venid en mi auxilio! …¡Juan López Carballo- grita con desesperación desgarradora-, serás maldito entre todos los hombres! ¡El día del Juicio Final Dios te pedirá cuentas por tu villanía!

Es un grito desacordado por encima de las olas. Es una maldición bíblica que resuena por todo el ámbito indiferente. Es una imprecación que queda clavada en el alma de los que huyen tan cobardemente.

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