AY, FELIPE, CADA VEZ QUE HABLAS, por Luis Miguel Sánchez Tostado

AY, FELIPE, CADA VEZ QUE HABLAS, por Luis Miguel Sánchez Tostado
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sábado 01 de mayo de 2021, 11:17h
AY, FELIPE, CADA VEZ QUE HABLAS, por Luis Miguel Sánchez Tostado
No puedo negar que conseguiste EL CAMBIO, pero se te olvidó decirnos que te referías al tuyo.
AY, FELIPE, CADA VEZ QUE HABLAS, por Luis Miguel Sánchez Tostado
Pana, boina y tractores. Eran otros tiempos. Mitin de Felipe González en Albacete en 1979 utilizando un tractor como atril. (Foto: El País).
Pana, boina y tractores. Eran otros tiempos. Mitin de Felipe González en Albacete en 1979 utilizando un tractor como atril. (Foto: El País).

Ay, Felipe, Felipe. Aún recuerdo cuando nos seducías en nuestra prístina adolescencia, con esos labios lúbricos que hablaban de cambio, con aquellos discursos sobre un remolque de tractor, ataviado de pana proletaria y susurrando palabras de seda a los currantes. Y te creyeron. Y te creí. Y te voté. Muchas veces. Demasiadas.

¿Cuánto hace, Felipe, que no te miras en el espejo? Te has convertido en un rottweiler con pedigrí aznariano. Esnifando ínfulas y nostalgias, aún te crees con caninos que mostrar a tu propio partido, y hasta ridiculizas y faltas el respeto a tu compañero, el presidente del Gobierno, a tu secretario general, que fue elegido en primarias. Y desoyes, como el cuento del rey desnudo, a los que te advierten que haces el ridículo mostrando desdentadas las encías. Sí, ya sé que Aznar también lo hace, pero no deja de ser patético pregonar desde tu exilio en el barrio de Salamanca, o desde tu chalet en Somosaguas, o desde tu finca de 50 hectáreas en Navalmoral de la Mata, o desde tu privilegiado escaño en Gas Natural Fenosa de puertas giratorias, o desde el mirador de tu excelsa pensión vitalicia. Desde tan privilegiadas atalayas, aún te permites sentenciar sobre el bien y el mal, lanzar exabruptos carpetovetónicos y salir en defensa de ministros represores y monarcas corruptos. Aún no asumes que existe otro PSOE, otros socialistas, otros problemas y otro tiempo en el que ya no se te ubica. Un tiempo difícil en el que tus compañeros se parten el cobre frente a una pandemia asesina y el peligroso avance del sectarismo ultraderechista.

Se da la circunstancia, Felipe, que estudiando a fondo la Transición española y tu papel en ella, encontré trapos que te dejaste en la mudanza, y que ahora apestan. Me he topado con los servicios secretos franquistas dando cobertura a tu candidatura en el congreso de Suresnes en el 74 para debilitar al PCE, con organizaciones criminales de sicarios y asesinos pagadas con fondos públicos y fraguadas en tu propio gobierno, con tus altos cargos en la cárcel, con tics represivos heredados de la vieja guardia del régimen, con la tutela yanqui, con el conocimiento, sobrado y previo, de la “Operación Armada” con aquellas reuniones de Madrid y Lérida para derrocar a Suárez, salvar al rey y formar un gobierno de salvación nacional que hubiera presidido el general Armada. Estabas tú en la lista como vicepresidente. Seguro que te acuerdas. Fracasado el 23F fingiste no saber nada, cogiste la pancarta contra del golpismo, levantaste el puño y miraste para otro lado silbando la Internacional. O el montaje fraudulento de las “Listas de Sangre” con las supuestas 3.000 personas que iban a ser asesinadas de haber triunfado el 23F y que hizo tu grupo de confianza para sembrar el miedo en la campaña electoral del 82. Aún perdura el bulo cuarenta años después. No extrañan, pues, las alabanzas que recibes tanto del PP como de VOX. Los ultras verdes hasta te propusieron como candidato ideal para presidir un gobierno de concentración. Y con esas mimbres aún quieres tejer cestos de credibilidad.

Sí, Felipe, como republicano y progresista, me sonrojo cada vez que sales a la palestra mediática. Y no me gustaría estar en tu pellejo, porque no debe ser plato de gusto ver cómo la generación que antaño te idolatrábamos, ahora te vemos como el mito caído que fraguó una gigantesca decepción. Qué pena no disponer del Cronovisor del padre Ernetti para viajar al pasado, plantarme en aquellos colegios electorales de los ochenta y noventa en los que te deposité mi confianza y recuperar mis papeletas cautivas por tus cantos de sirena. Pese a todo, no puedo negar que conseguiste EL CAMBIO, pero se te olvidó decirnos que te referías al tuyo.

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