MISERIA EN LA ABUNDANCIA, por José Biedma López

(Ilustración: Acople de Palomena viridissima, hemípteros pentatómidos)
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(Ilustración: Acople de Palomena viridissima, hemípteros pentatómidos)
miércoles 08 de julio de 2020, 09:17h

Vivimos en una sociedad desorientada e insegura. Aunque a algunos pueda resultarle excitante, la inseguridad es peligrosa, uno se siente vivir si tiene que hacer uso de la libertad a cada paso, eso emociona, pero la exposición al peligro puede resultar tan temeraria que acabe mal, porque cualquiera puede equivocarse y entonces el ala delta se precipita con el inquilino al barranco, ¡espachurrado!

MISERIA EN LA ABUNDANCIA, por José Biedma López

A fines del siglo pasado, en unos de los artículos recopilados en La familia irreal inglesa, Medardo Fraile, que vivía felizmente casado en Glasgow, se manifestaba preocupado por la ola de separaciones y abandonos: De los hogares británicos desaparecen decenas de miles de casados, lo que afecta a cientos de miles de niños... Y es que…

"Antes la gente, al casarse, se engranaba en un mundo y en el mundo; ahora muchos se unen para abandonar su mundo y exigir y gallear derechos. Antes se compraba el juguete del matrimonio para añadirle piezas, engrasarle y conservarle a punto; ahora es para destriparlo, para abandonarlo, tal vez, y gritar: no hay dentro lealtad, ni felicidad, ni comprensión, ni hondura, ni entretenimiento...".

Y es que no basta con emparejarse, hay que hacer por el bien común todos los días, mirar por la casa. Querer querer. Y contenerse sobre todo por la seguridad de los hijos. Saber conformarse. Pero la conformidad es un vicio anticuado; ser inconformista viste mejor y luce más, y hago lo que me sale “porque yo lo valgo”…

En otro artículo sobre el mismo tema, titulado muy expresivamente “Good-bye, Darling”, sigue diciendo Medardo:

"Lo que me extraña de todo esto es, precisamente, que suceda en régimen de libertad. ¿Quién miente a quién? ¿Dónde empezó la diáspora? ¿Fue en la escuela, donde en lugar de explicar sexo hay que enseñar amor? ¿Quién necesita casarse en una sociedad "permisiva", abierta, democrática? ¿Se persigue un ideal común o se casan dos ideales distintos? ¿Es cuestión sólo de incorporarse a la rutina social mediante el matrimonio? Ningún régimen como el democrático sabe tanto de la imperfección de sus súbditos y también -digámoslo enseguida- de sus cualidades, que encuentran cauces para discurrir. La libertad es un arma de fuego; hay que saber manejarla. Quizá, socialmente, no haya grandes problemas para esos hijos del desamor o del odio, aunque el corazón -que no es más que un víscera- se les pudra. Pero son cosas de la vida, y si, para bien y para mal, el Estado piensa y siente, ¿por qué hacerlo yo?".

Hace tiempo que los miembros de muchas familias, sobre todo las llamadas “monoparentales” o “desestructuradas”, descargan sus obligaciones educativas en el Estado, en sus instituciones, colegios e institutos. Puede que The modern family sea un buen artificio cómico e inclusivo, pero es también fuente de inseguridades y de problemas pedagógicos. He visto y sufrido durante más de treinta años cómo muchos de mis alumnos y alumnas se agarraban a mi pantalón buscando desesperadamente al padre huido o, más raro, a la madre ausente. Lo siento pero un(a) profe, por comprensiva o afectuoso que sea, sólo puede ser un pobre sucedáneo de padre y madre. Padres que no tienen tiempo para los hijos y los sobornan, niños como pelotas de ping-pong que saltan de una casa a otra y, ¡cuidado!, no se les riñe en ninguna. Padres incapaces de hacer de aguafiestas, que es lo que le corresponde hacer a un padre, no a un abuelo. En fin…

La libertad es un licor de alta graduación, y no son precisamente los demagogos sus más prudentes escanciadores. Pero no es sólo una cuestión de dosis: la reducción coactiva de la libertad no nos llevará directamente a la virtud, sino más bien a la hipocresía. De lo bueno, cuanto más mejor; igual, de la libertad. Pero es que la capacidad para ser verdaderamente libre depende del autoconocimiento, de la capacidad racional de generalizar y de la formación del espíritu de cada cual, del señorío que ejerza sobre sí mismo y de la justeza de los fines que se proponga en la vida y la fuerza que emplee en su procura consciente. Y es aquí donde las cosas parecen estar fallando, a juzgar por la degradación y miseria progresiva de las relaciones humanas y la multiplicación de adolescentes dislocados, necesitados de un “hermano mayor” que los redima del caos y de la violencia.

Desconfío por instinto de los fustigadores del vicio, esos que, como decía Spinoza (s. XVII), se complacen en hacer de menos a los hombres reparando con ánimo morboso sólo en los peores aspectos de su conducta. Observad por ejemplo -sugería el genial sefardita- de qué modo es el mismo avaro, cuando además es pobre, quien no para de hablar del mal uso de la riqueza y de los vicios de los ricos..., o cómo es, seguramente, el amante despechado quien no hace sino propalar la perfidia de las mujeres y su inconstancia, para echarlo todo en olvido en cuanto que una le acoge en sus brazos. En efecto, "al ordenar nuestros pensamientos e imágenes debemos siempre fijarnos en lo que cada cosa tiene de bueno, para, de este modo, determinarnos siempre a obrar en virtud del afecto de la alegría", "quien procura regir sus afectos y apetitos conforme al solo amor por la libertad, se esforzará cuanto pueda en conocer las virtudes y sus causas, y en llenar el ánimo con el gozo que nace del verdadero conocimiento de ellas, pero en modo alguno se aplicará a la consideración de los vicios de los hombres..." (Ética. "Del poder del entendimiento y de la libertad humana”).

Ni Medardo ni un servidor pretendemos ser más papistas que el Papa. Ni todo el que reacciona contra la memez dominante merece ser tildado de "reaccionario" o de “fascista”. Yo sugeriría el uso de la voz “reactivo”. Agudamente reactivo se muestra Medardo cuando dice: "Mucho me temo que, sin los bellos riesgos y útiles sacrificios que implica el sexo femenino, la mujer va a ser menos atractiva en el futuro (...). El hombre parece cansado de la guadaña. Y la mujer, históricamente menos madura, la coge ahora en sus manos...". No sé si Medardo se atrevería hoy a escribir esto.

Desde luego, no parece que tampoco los varones casados estén por la labor de renunciar a algo, lo que les venga en gana, aunque la satisfacción prometida sea muy superior al sacrificio realizado. Son demasiados los que abusan de su fuerza física o de sus ingresos económicos para humillar al más débil o disolver cruelmente sus frustraciones. El divorcio es en muchos casos un mal menor, y puede estar mejor justificado que la superficial unión que revoca; el propio matrimonio no es más que un equilibrio complejo e inestable que sólo perdura si media la buena voluntad de arreglarlo cada día.

Del autor:

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