DIÁLOGO DE BESUGOS, por José Biedma López

DIÁLOGO DE BESUGOS, por José Biedma López
domingo 05 de julio de 2020, 10:37h
Armando Matías Guiu (1925-2004) creó el género humorista del “diálogo de besugos” en la Edad de Plata de la literatura española, cuando el periodismo andaba atado a la censura pero bastante libre de consignas. La política es a veces eso, un diálogo de besugos. En palabras del propio Armando: “Nadie dice lo que piensa; algunos, no piensan lo que dicen; aquellos, piensan y no dicen; éstos, nadie sabe lo que piensan; de los de más allá una piensa que piensan, pero ellos no piensan que una piensa… En mi soledad mental pienso que el pienso es el mejor pensamiento. Mientras haya pienso, aunque no se piense, se piensa en la paz”.
DIÁLOGO DE BESUGOS, por José Biedma López

Mientras haya pienso…, ¿para qué pensar mucho? En su obra Rayuela, miscelánea más que novela, Julio Cortázar, argentino nacido en Bruselas, vierte el siguiente DIÁLOGO TÍPICO DE ESPAÑOLES:

López.- Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y...

Pérez.- ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García...

López.- De 1925 a 1926 en que fui profesor de literatura en la Universidad.

Pérez.- Le decía yo: "Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso."

López.- Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.

Pérez.- Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío...

López.- Y claro, cuando se ha vivido allí más de un año, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.- Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros...

El diálogo de sordos sigue por el mismo estilo hasta aburrir al protagonista Oliveira. La mayoría de las veces éste ha sido el "método dialéctico" de nuestros políticos e intelectuales. Dios nos dio dos orejas y una sola boca para que escucháramos el doble de lo que hablamos, pero muchos no usan ninguno de sus oídos. Cada loco con su tema… “¿Dónde vas? Manzanas traigo”. Peor todavía es que le señales al interlocutor la luna y se te queda mirando el dedo. Y pasa.

Además, determinados asuntos, los principales a veces, o los que exigen charlar con la cabeza fría, parecen hurtarse por miedo o pereza, por encono o fe, a la discusión razonable, tal vez porque sabemos que nos es imposible intercambiar puntos de vista con el interlocutor serenamente, sin alterarnos, sin que nos coja el toro o creamos que nuestra identidad está siendo amenazada o agredida. Peor todavía si uno cree que su identidad es un ser esto o lo otro, y no un mero estado, una situación. De este modo, el problema principal se pudre y la distancia entre los corazones aumenta hasta hacerse abismal, irresoluble. Pasa en las casas catalanas y vascas, por lo que me cuentan mis amigos vascos y catalanes. Ciertos asuntos son como el nombre del maligno: ¡ni nombrarlo! Porque no existiendo, se aparece.

Mi amigo Medardo Fraile (1925-2013) lo escribía de otra manera, que parafraseo de memoria: el español cuando habla no se siente partícipe de una comunidad, si además tiene auditorio, se aísla y se crece y, para ser más grande y mejor, empeora las cosas que le rodean. Y, con frecuencia, le da por pensar como un dios, en vez de como un hombre...

Fue el profesor Domingo Blanco quien nos recordó el pasaje de Rayuela en la judería de Córdoba, donde está la facultad de Filosofía y Letras, a un paso de la Mezquita, ante un auditorio de filósofos y maestros de filosofía, junto a la estela memorable y fantástica de Séneca, Maimónides y Averroes. No deja de ser extraño que haya que animar a dialogar y enseñar los rudimentos que hacen posible la conversación inteligente incluso a los profesores de esta disciplina universal, cuando la Filosofía nació precisamente del diálogo, de la plática racional, conversación a la que Tarde llamaba "flor estética de las civilizaciones". Pero así es. Llevamos tantísimos años conviviendo como súbditos (sub dictum, bajo el dictado)... tantísimas generaciones pensando el Estado y el poder como algo distinto de cada uno de nosotros mismos, de nuestras relaciones cotidianas e intereses profesionales, como algo extraño y de lo que no somos responsables, que cada uno se ha constituido en sátrapa de su soledad y víctima de su aislamiento…

La civilización no se improvisa. La democracia no sólo otorga carnet de ciudadanía, sino que exige formación ciudadana, civismo, lo que antaño se llamó urbanidad, buena educación y amabilidad, lo que en Francia cobró con su término politesse un bello significado sentimental. La democracia también se lleva mejor con la autonomía del pensar que con el sectarismo fanático. Es difícil llegar a ser ciudadano, alcanzar “la mayoría de edad” que, en lugar de pertinaces contradictores, nos convierte en comunicadores respetuosos con el punto de vista del otro, esto es, en interlocutores inteligentes.

Es muy curioso observar cómo pueden coexistir históricamente el anarquismo real y la tiranía estructural. Mientras el Generalísimo y sus consejeros y técnicos adláteres decidían por nosotros, aquí estábamos, no obstante, acostumbrados a que cada uno fuera a lo suyo sin tener que dar demasiadas explicaciones, ni siquiera cuando uno se aliviaba de basura tirándola al cauce más cercano. Tal vez por eso soportamos muy mal ajustar nuestro paso al del semejante, aún sabiendo que nos es lícito acordar el trayecto y cuando sabemos que, marchando juntos, podríamos más, tal vez incluso conseguiríamos que otros colectivos repararan en nuestra existencia, que otras naciones nos respetaran mejor, que otras profesiones nos tuvieran en cuenta.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://www.amazon.es/Criaturas-Luz-Luna-Fantas%C3%ADas-profec%C3%ADas/dp/B087L31GMK

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios