SANTOS ECOLOGISTAS por José Biedma López

SANTOS ECOLOGISTAS por José Biedma López
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sábado 02 de noviembre de 2019, 11:31h
SANTOS ECOLOGISTAS por José Biedma López

Hay quien sostiene que la tradición judeocristiana es responsable de la profanación de la naturaleza. Se acude al capítulo I del Génesis bíblico donde se cuenta que Dios otorgó al hombre el dominio de la naturaleza, excusa perfecta para su explotación desalmada, ¡y armada!, a gran escala y sin previsión de sus consecuencias para la propia naturaleza humana. Pero en el capítulo 2 del mismo libro se dice que Dios puso el hombre en el Jardín del Edén para que lo cultivase y guardase, no para que lo destruyese, o sea, más como administrador que como propietario

El cristianismo ha tomado en su larga historia rumbos muy distintos. Ha sido activo y contemplativo a la vez, beligerante y manso, y no han faltado cristianos ecologistas avant la lettre. Francisco de Asís (1182-1226), maestro de la humildad (virtud tan despreciada hoy), rindió culto a todos los reinos de la naturaleza. Su creencia instintiva en la hermandad de todos los vivientes, incluidas las plantas (“hermana encina”), fue corroborada siglos después por la teoría darwiniana de la Evolución.

Además, la desforestación y erosión humana del planeta comenzó diez mil años antes de que se escribiera la Biblia. En los compases de la Edad de Piedra, con la expansión de la agricultura, los asirios, por ejemplo, fueron tan feroces exterminadores de grandes mamíferos –leones, elefantes- como de humanos. Los aborígenes australianos, antes de la llegada del hombre blanco, provocaban grandes incendios, como quien limpia la era. Recuerda Debos que los hombres primitivos, ayudados por el más útil y nocivo de los animales, la cabra mediterránea, seguramente causaron más desforestación y erosión que todas las motosierras y excavadoras cristianas juntas. Hombrecillos de menos de metro y medio, armados con lanzas y hachas, acabaron con los mamuts, que no tardaremos en desextinguir o recrear.

Nuestra capacidad de destrucción no depende de ninguna doctrina en particular. Hace doce mil años nuestros antepasados asiáticos llegaron a América por el estrecho de Behring y, todavía sin arcos ni flechas, acabaron con toda la caza mayor americana en unos miles de años: mamuts, mastodontes y caballos, entre otros, luego los europeos sacrificaron bisontes a mansalva. También en China la desforestación y erosión del suelo se debe a incendios provocados y al exceso de apacentamiento. La vida salvaje está tan diezmada en el Japón actual que de las docenas de aves que hace un siglo sobrevolaban Tokio no quedan más que gorriones y golondrinas.

Creer que la Naturaleza se puede conservar como está, en foto fija, es desconocer su esencial e incesante dinámica global, acelerada por el avance de los sistemas humanos de transporte. No obstante, la naturaleza seguirá más allá, evolucionando, en metamorfosis incesante, aunque desaparezcan los olmos, el lince ibérico o el cóndor de los Andes. Y el hombre no es el único agente capaz de alterar la composición biológica del medio ambiente y su cambiante equilibrio. A la destrucción suele seguir la recreación. El castaño americano se extinguió en 1906 afectado por un hongo asiático, lo mismo que está pasando en España con la palmera datilera y la canaria a causa del gorgojo invasor de indonesia, el picudo rojo, eso si el hombre no lo impide. El mantillo de los castaños muertos americanos alimenta hoy a diversas variedades de roble. Muerte de unos es vida para otros. Ese es el trágico ciclo natural.

Sin embargo, aunque sólo sea por razones egoístas, debemos conservar en lo posible la diversidad viviente y mantenernos en armonía con el entorno. Así que el culto a la naturaleza no es un lujo ni una herejía panteísta, sino que nos interesa esencialmente, tanto para proteger su humanización, esa conversión de la selva en jardín, como para cuidar nuestra salud síquica y mental, la salud del gigante Anteo, hijo de Gea (la Tierra), que no puede cortar el cordón umbilical con el que se nutre de su Madre sin perecer.

San Francisco compuso su Cántico a las criaturas, también conocido como Cántico del hermano sol, poco antes de su muerte hacia 1225. Su oración inspiró al papa Francisco su encíclica “Laudato si”, conocida como “encíclica ecologista”. Al Cántico del de Asís pertenece esta estrofa: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”.

Del benedictino ‘Ora et labora’ (Reza y Trabaja) hablaré otro día. Baste decir hoy, día de todos los santos, que Benito de Nursia fue el primer erudito con las uñas sucias de tierra, y los cistercienses, que continuaron su obra, supieron respetar el “genio del lugar” allí donde plantaron sus monasterios, desecando ciénagas para acabar con las mosquitas que transmitían la malaria. Y es que la vida humana conlleva difíciles decisiones respecto al gobierno de sistemas naturales y la creación de nuevos entornos a partir del medio ambiente. Se puede y se debe rendir admiración o culto a la naturaleza aceptando al mismo tiempo con humildad y seriedad la responsabilidad de administrarla de forma sostenible, limpia y creativa.

(Ilustración: Campos de Asís, en la Umbría italiana, al fondo la basílica de San Francisco, fotografía del autor, 2009).

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