SECRETO NATURAL por José Biedma López

SECRETO NATURAL por José Biedma López
viernes 06 de septiembre de 2019, 11:38h

Escribe Gracián en El Criticón que Naturaleza tiene condición de linda porque quiere ser atendida y celebrada. Suponerle a la naturaleza una personalidad o una intención ya es temerario y hasta pudiera merecer imputación de panteísmo, pero el porque sí del materialismo es mucho más insatisfactorio. ¿La cola del pavo real? . -Porque sí”. ¿Y la conciencia humana? – Necesidad y azar, o sea, porque sí.

SECRETO NATURAL por José Biedma López

Gusta a la naturaleza ocultarse –sentenció Heráclito. Kant pensaba que esa “oscura y secreta intención de la naturaleza” también determina la historia humana, asignándole oculta un rumbo, un fin de fines. Pretender que la belleza sea fruto de la necesidad y la casualidad (J. Monod) es como decir que han sido el hambre y el azar quienes han juntado las piedras con todos sus demás elementos para que la catedral de Burgos se sostenga y quede resultona. Nos olvidamos con frecuencia de que nosotros somos también naturaleza y nuestras obras no aguantarían un día en pie si no aceptaran su regla general, en la que existe un germen que naturalmente apunta hacia lo alto.

La naturaleza no sólo quiere que le prestemos atención y aplaudamos sus maravillas, pues como cualquier madre reclama atención y cuidado de sus hijos, “Antonio ¡qué tienes madre!”, sino que es menester igualmente que agradezcamos su extraordinaria diversidad viviente, su prolija variedad. ¡Quién nos iba a decir que de los filamentos de un modesto honguillo cavernario saldría el medicamento que ha salvado más vidas en la historia de la humanidad! O sea, el antibiótico. A fin de cuentas –como decretó Francis Bacon, profeta de la revolución tecnológica- sólo podemos poner la naturaleza a nuestro servicio obedeciéndola. Si no lo hacemos, simplemente la naturaleza pasará de nosotros y nos suprimirá.

Creer que podemos acabar con la naturaleza achaca ridícula soberbia, exceso muy propio del hombre cuando los demás vicios son sólo de humanas bestias. Cuando uno se entera de que el borde del universo observable (el que se deja ver) está a casi cincuenta mil millones de años luz, o cuando a uno le aseguran que existen al menos dos millones de millones de galaxias, siendo así que nuestro sol con todos sus planetas orbita en el brazo exterior de una de ellas (Vía Lactea), uno entiende lo imprescindible que resulta predicar humildad, esa virtud tan olvidada.

La admiración es hija de la ignorancia, pero también es madre del gusto, de la ciencia y de la filosofía. La sorpresa estimula el ingenio y no se admira el que no advierte. Por desgracia, reclaman nuestra atención cosas y sucesos, no por grandes y nobles, sino por nuevos. No se repara ya en los superiores y necesarios empleos y ocupaciones del hortelano, del artesano, de la madre o del padre de familia, del pastor, no se repara en el canto del grillo o en la trova de los álamos…, por conocidos, y así andamos mendigando niñerías en la novedad para acallar nuestra curiosa solicitud con la extravagancia. Resulta patética la búsqueda desesperada de noticias como “serpientes de verano” para ofrecer a la audiencia incesantes y emocionantes “novedades” cuando casi no las hay o las que hay resultan redundantes, banales e irrelevantes.

Lira armónica, llamó Pitágoras a la Naturaleza, cuya melodía nos deleita y suspende (hoy diríamos “nos alucina”). Concierto agradable de divinos atributos, sentenció Hermes Trismegisto, el filósofo egipcio de existencia legendaria. Filón, el Platón judío, habla de la Naturaleza como convite para todo buen gusto donde el espíritu se remansa y serena. Sin embargo, todo ese idealismo naturalista resulta contradicho por los hechos, pues entre los frutos de la naturaleza los hay dulces y nutritivos, pero también amargos y venenosos; y entre sus días, los hay claros y tormentosos; y entre sus sones, cuentan tanto los trinos del ruiseñor como los estruendos criminales del alud.

La naturaleza no se comporta como una madre cariñosa, sino muchas veces como las hermanas de Cenicienta o la madrastra envidiosa de Blancanieves, o le importamos un pimiento o se empeña en destruirnos, y las flores que nos deleitan mientras estallan fragantes nos entristecen después cuando se afligen marchitas.

Retrato es también este de la humana fragilidad. Siendo la hermosura agradable ostentación del comenzar como arrebolada luz de toda risueña aurora, comenzamos a vivir entre risas y caricias, a las que siguen las emocionantes fiestas de la lozana juventud, “fiestas del contento, vigilias del pesar”, ya que todo “viene a parar en la tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse, y en la fealdad de un morir” –sentencia Gracián.

Aunque esa belleza que en todo el universo natural resplandece no fuera más que flor de un día, merecería la pena mirarse en su espejo de hermosura y utilidad, cercano y lejano, terrestre y celestial, en el que se da tanto el concierto como la contrariedad, tanta mudanza como permanencia, portentos dignos de aplauso y veneración, enigmas que reclaman desciframiento…

Merece la pena contemplarse en ese espejo de la Naturaleza, en cuyo fondo infinito late una intención oscura, extraña y secreta.

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