CONSILIENCIA , por José Biedma López

CONSILIENCIA , por José Biedma López
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lunes 29 de julio de 2019, 10:54h
No soy partidario de importar términos del inglés habiendo disponibles en nuestra lengua palabras de sobra, como esa horrible costumbre cada vez más extendida de pretender elevar una acción por el procedimiento de emplear una raíz bárbara con la terminación -ing del
ambiguo gerundio inglés. Así que uno no corre sino que hace running, etc. Mis alumnos sonreían cuando yo usaba en clase el neologismo “canalear”, más económico -si de economía y no de estética se trata- que la expresión “hacer zapping”
CONSILIENCIA , por José Biedma López

Sin embargo he de admitir la utilidad de algunos anglicismos. Es el caso de Consiliencia, del inglés Consilience, y que representa la voluntad de unir los conocimientos y la información proporcionada por distintas disciplinas en un marco unificado de conocimiento. Prefiero usar la voz consiliencia como un desiderátum, como una meta o utopía: la de la unificación y conciliación de esas dos culturas que se han diversificado y enfrentado desde nuestro Renacimiento, como si refiriesen a mundos distintos e inconciliables.

¡O eres de Letras o eres de Ciencias! “Es que soy de letras” –dicen algunos para evitarse el esfuerzo de comprender la oscura matemática de la declaración de Hacienda, o para no molestarse en hacer un cálculo elemental que les impida gastar más veneno de la cuenta en la huerta, el jardín o la piscina.
¿Por qué los humanistas y artistas despreciaron a los físicos? ¿Por qué nuestros ingenieros no reciben una formación humanística y estética, y ni siquiera poseen en general conciencia de la historia de su propia disciplina? El dogmatismo ideológico arraiga fácilmente como mala hierba en quienes desconocen el origen de sus ideas, esto es, el modo tentativo en que han ido consolidándose las teorías, su fragilidad frente a la tenacidad inexorable y tantas veces sorprendente de los hechos.

El dualismo de las culturas resulta especialmente improcedente por cuanto las llamadas ciencias humanas hacen uso frecuente de la matemática y la estadística, así la sociología o la economía, y las “ciencias duras” sólo pueden conseguir nuevos adeptos si saben divulgarse con gracia y amenidad en el marco de la escuela o la plazuela pública del periodismo.

No extrañe que la gente busque consuelo frente al prosaísmo de los textos científicos en la magia de los superhéroes, el estudio sin objeto de los extaterrestres o el espiritualismo perverso de las sectas. Pareciera que hemos de elegir entre las fantasías extravagantes de un alma sin cuerpo o la desesperanza de un universo sin alma.

Un ejemplo extraordinario de consiliencia lo ofreció el sabio francés Jean-Henri Fabre (1823-1915), el “Homero de los insectos”, que por ser un científico riguroso atento a los hechos y al experimento no desdeñó mostrarse también un excelente maestro y un notable poeta. Y sin embargo, la Historia general de las ciencias traducida al español por Manuel Sacristán en su volumen diez (Orbis, 1988) apenas le dedica unas líneas al “solitario de Avignon”. Apasionado de la naturaleza, no sólo la estudió sino que también la exaltó como escritor inspirado.

Nació Fabre con una inteligencia excepcional y a los diecinueve ya logró el título de maestro. Tras dos licenciaturas y dos doctorados, al fin consiguió ser profe de instituto (Licée). Voluntariamente introdujo a mujeres y obreros en los rudimentos y maravillas de las ciencias naturales dando clases casi clandestinas. Y buscaba también aplicaciones prácticas de sus conocimientos. Inventó una parva o “caldera de Fabre” que todavía usan los apicultores.

Muchos le consideran el padre de la entomología moderna. Sus Recuerdos entomológicos. Estudios sobre el instinto y las costumbres de los insectos se tradujo a quince idiomas. Influyó en Darwin, y eso a pesar de que Fabre se mantuvo reticente ante la teoría de la evolución. En su Hamas de Sérignan (Provenza) se mantiene en pie la casa de campo que tantos esfuerzos le costó como museo consagrado a sus trabajos. Gracias al éxito de sus libros y manuales escolares y al reconocimiento con la Legión de Honor pudo comprar un terreno y una casa maltrecha que transformó en jardín de plantas propicias para los insectos que estudiaba. Cuando sus libros pasaron de moda, amigos y admiradores le organizaron un solemne jubileo al venerable nonagenario.

Tras su muerte, su editor produjo una edición admirable de los Souvenirs Entomologiques en diez volúmenes. Nuestro cineasta Luis Buñuel, que fue introducido en los secretos de la entomología por el jesuita Longinos Navás, su profesor en el Colegio del Salvador de Zaragoza, dejó dicho que si un incendio destruyera su biblioteca, él salvaría “los libros de Fabre”.

Ofrezco una muestra de su ameno y lírico estilo literario de naturalista. Comienzo del capítulo sobre “El escarabajo sagrado”: “Así pasaron las cosas. Éramos unos cinco o seis; yo, el más viejo, su maestro y, más todavía, su compañero y amigo; ellos, jóvenes de corazón ardiente, de imaginación risueña, rebosando esa savia primaveral de la vida que nos hace tan expansivos y deseosos de saber. Charlando de esto o de aquello, por un sendero limitado por espinos en cuyos corimbos ya abiertos la cetonia dorada se embriagaba con aromas amargos, íbamos a ver si el escarabajo sagrado había hecho ya su primera aparición en la meseta arenosa de Les Angles, y rodaba su pelota de estiércol, imagen del mundo para el viejo Egipto”.

Ramón y Cajal llama a Fabre “el ermitaño de Serignan”, que vivió robusto y dichoso hasta los noventa y seis consagrando su vida al estudio de los instintos de los insectos. Fue Fabre quien descubrió que la avispa Cerceris paraliza a sus presas pero no las mata, inyectando su ponzoña en los ganglios de su cadena nerviosa, de este modo sus crías tienen en sus cámaras subterráneas carne fresca para alimentarse.

A desentrañar la geometría de las arañas y la prodigiosa ciencia quirúrgica del Sphex y del Cerceris o las maravillosas previsiones maternales del escarabajo pelotero –dice nuestro premio Nobel- dedicó Fabre su talento, subordinando a un pensamiento central y permanente todas las energías de su espíritu.

¡Gigantes sabios y laboriosos, de curiosidad insaciable, que merecerían más atención por parte de los historiadores y educadores que Césares y Napoleones!

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