LOS INQUISIDORES DE GRANADA

LOS INQUISIDORES DE GRANADA
sábado 13 de julio de 2019, 14:00h

PRÓLOGO

Poco faltaba para que se cumplieran ocho años desde que nuestro sultán Boabdil, ahora llamado El Desdichado, nos dejase en manos de los reyes de los castellanos. El frío propio del último mes del año hacía tiritar la ciudad, obligándola a exhalar los humos de los hogares, que siendo noche bien entrada, resguardaban a las gentes de la helada que la sierra cubierta de nieve nos trasladaba. Próximos al año de mil quinientos del calendario cristiano que ahora regía nuestro tiempo nos preparábamos para la entrada del nuevo siglo. Rogué a Alá el Misericordioso que el nuevo año trajese la prosperidad a aquella nuestra tierra, antes musulmana y ahora cristiana.

Después de la entrega de las llaves de la ciudad, una vez firmadas las Capitulaciones, nuestros derechos como pueblo, nuestra religión y nuestras costumbres, en mayor o menor medida, habían sido respetados, no sin que a menudo notásemos cómo se sucedían incidentes que buscaban mermar nuestra autonomía, y a pesar de que eran cada vez más numerosos, solían sobrellevarse comedidamente, sin que consiguieran alterar el ritmo de nuestras vidas. Habíamos conservado nuestra religión, lo que no significaba que nuestros conquistadores no quisieran imponernos la suya, evangelizando a nuestra gente de forma contraria a lo que habíamos hecho nosotros. Sin embargo, aquellas nuestras creencias, durante tantos años arraigadas en nuestros corazones, hacían difícil el éxito de su misión, aunque entre los nuestros hubiera quienes, acercándose al poder, se bautizasen, al principio en secreto y más tarde saliendo a la luz, con el objeto de beneficiarse de la exención del pago de las alcabalas, pechos y otras cargas que sus hermanos musulmanes sufríamos y que los reyes cristianos perdonaban a los que cambiaban su credo y se convertían mediante el bautismo. Eran estos por lo general gente pudiente, deseosa de no perder su sitio entre los principales de la villa, sin importarles en nada servir a los hijos de Alá o a sus nuevos amos bajo el signo de la cruz.

Como cadí de Granada recién iniciado en mi tarea procuraba impartir justicia en justa medida, tal y como mi maestro me había enseñado, y así resolver los muchos pleitos que tras la toma de la ciudad se habían suscitado entre los musulmanes, a los que las Capitulaciones otorgaban que podían mantener sus propiedades, y los cristianos nuevos, quienes a cambio de haber asumido una nueva identidad se creían con más derechos que los que hasta entonces habían tenido sus hermanos. Estaban, además, los cristianos viejos venidos de otras tierras, y que al haber guerreado participando en la conquista de nuestro reino, reclamaban en justo pago a su gesta una recompensa que bien pudiera ser la tierra del moro al que habían vencido, lo que creaba una difícil disyuntiva, pues como cadí podía intervenir en causas que afectasen a musulmanes, pero no en aquellas relacionadas con cristianos, por lo que los pleitos entre ambos debían se dirimidos por tribunales mixtos. En la madraza, donde ese año había comenzado a impartir la doctrina, habían sido muchas las veces que mi maestro, y yo mismo por no hacerle un desaire al hombre al que debía mi carrera, habíamos dado gracias al Santo Alfaquí , pues era mucha la benevolencia y el respeto con que había tratado a nuestro pueblo. Me explicaba que durante su mandato al frente de la Iglesia de Granada, el Santo Alfaquí cumplió fielmente el compromiso escrito de tratar al vencido con respeto, así como de dejar a nuestro pueblo gestionar la educación de sus hijos. Hasta ese día aciago en que vi llegar a los hombres de la Iglesia vestidos con sus hábitos, escapularios y rosarios, y a un gran número de soldados, jamás hubiera imaginado cómo habría de cambiar todo en tan poco tiempo, ni que admiraría en tan gran medida la labor del hombre por el que Shakir Ben Amara, el alfaquí de la madraza, además de mi maestro y amigo, sentía lealtad y gran devoción.

El ASALTO A LA MADRAZA

Las fuertes voces llamándole despertaron al alfaquí del placentero sueño del que disfrutaba en esos momentos. Eran muchos sus años y a su edad resultaba conveniente echarse un rato después de la comida. Esta, al menos, había sido la recomendación que le hiciese su médico después de que intensos dolores de huesos se apoderasen de su cuerpo. Obligado, había tenido que obedecer a riesgo de que Sara, que andaba todo el día a su cuidado, se enfadase en gran medida, como solía hacer cada vez que este se saltaba las recomendaciones del médico y dejaba su diván frente a la chimenea para salir al patio. En realidad, era yo el que desde la calle daba grandes voces, mientras resollaba fuertemente para recuperarme. Tomé aliento apoyado en el quicio de la puerta antes de entrar en la casa en la que vivía mi maestro, en el barrio que llamaban de los Halconeros, muy cerca del lugar en que se hallaba la mezquita mayor del Albayzín, hasta la que había llegado corriendo sin pararme desde la madraza, el lugar en que impartía mi clase de derecho y al que acudía dos veces por semana.

—¿A qué viene tanto vocerío, Amín? ¿A qué viene esa forma de perturbar la paz y el descanso de este viejo? —me preguntó el alfaquí con claros gestos de enfado, no sé si por estarlo de verdad o por justificarse ante su hija Sara, después de que Nadima me abriese la puerta y me dejase entrar, evitando que la derribase de tantos golpes como inconscientemente había dado con mi puño contra la madera.

Volví a tomar aliento antes de hablar.

—Han asaltado la madraza, maestro; se llevan todos nuestros libros —respondí con un hilo de voz.

La cara de Shakir expresó gran horror al conocer la noticia.

—Perdona mi enfado, pues no creí que fuese asunto tan grave el que te trae. ¿Sabes, Amín, si se han llevado el Corán, el único de entre todos?

Afirmé con la cabeza, pues la emoción que sentía me impedía hablar.

—Sara, hija —llamó el alfaquí a la muchacha, que al escuchar mis voces entraba veloz desde el huerto situado en la parte trasera de la vivienda—, trae al joven Amín un poco de agua —le indicó—. Ven hijo, acércate a la lumbre, pues a pesar del calor que ahora tienes no es conveniente que se enfríe tu cuerpo y cojas algún mal. Ahora atiende la consigna que voy a darte y que habrás de llevar a cabo con gran diligencia si queremos evitar que el Corán que nos entregase el sultán Boabdil para su custodia perezca quemado en las llamas y con ello su valiosa enseñanza y todo lo que para nosotros los musulmanes ese Santo Libro representa.

Tomé el vaso de la mano de la muchacha rozando sus dedos con los míos y sintiendo gran temblor. Mientras bebía me fijé en los ojos verde esmeralda de Sara, en los labios perfilados que tantas noches había soñado besar y en su cara morena de fieros rasgos que tanta fama de mujer bella le habían dado.

—¿Qué sucede, padre, que tan afligido os veo? —se interesó la muchacha, lanzando una mirada de indignación al que supuso era el causante de haber perturbado la paz de aquella casa y el descanso de su padre enfermo.

—La tropa inquisitorial del arzobispo mandado por los reyes castellanos ha asaltado la madraza y ha saqueado todos los libros, entre estos, nuestro sagrado Corán.

—¿A qué razón responde, padre mío, tan ignominiosa acción? —quiso saber la muchacha.

—Ese hombre que ahora prevalece en la Iglesia cristiana de Granada8 pretende destruir la memoria escrita de nuestro pueblo, que no habremos de consentir, pues con su actitud contraviene los acuerdos a los que los reyes cristianos se comprometieron con nosotros. Por más empeño que pongan y por más humillaciones que suframos no podrán hacernos renegar de nuestra historia y de nuestras creencias, como así pretenden —dijo el alfaquí cuando se dio cuenta que bajo el dintel de la puerta que daba al patio se encontraba Fernando Benjumea, el hijo de un zegrí9 de noble estirpe convertido en cristiano nuevo al igual que toda su familia, y que desde hacía tiempo venía cortejando a Sara para mi envidia y desvelo. No en vano debía de ser la muchacha más bonita de todo el Albayzín y a la que yo quería con toda mi alma desde la niñez.

—Si lo precisáis, puedo hablar con mi padre —ofrecióse Fernando Benjumea al padre de Sara, siendo recompensado con la mirada candorosa de la muchacha, que no pasó desapercibida para mí.

Al alfaquí le asaltaron dudas al escuchar el ofrecimiento de Fernando Benjumea, que si bien era cierto que su padre era hombre importante en la ciudad y podía ayudarnos en esta causa, no menos cierto que resultaba poco apreciado entre los musulmanes de la villa por ser considerado un traidor a sus hermanos. Miré a Shakir mostrándole mi desaprobación, mientras el renegado lo hacía esperando una respuesta favorable, como finalmente se produjo, para satisfacción de este y desagrado mío.

—Si te andas preguntando por qué he dicho sí al ofrecimiento de Fernando Benjumea, la respuesta se llama prudencia —me explicó cuando él y yo nos quedamos a solas, después de que Fernando abandonase la casa para hablar con su padre, Sara saliese a despedirlo y el viejo alfaquí viese la cara de consternación que yo tenía.

—Prudencia decís, maestro; no entiendo por qué debemos ser prudentes y humillarnos ante un traidor como Abdalá Muleya. Vos sabéis que ese hombre es un prestamista y un usurero que se aprovecha de los que fueron sus hermanos.

—Por eso mismo, porque de esta manera, no enfrentándonos a él, se mostrará confiado creyendo que nos engaña, sin saber que somos nosotros los embaucadores.

Y dado que no resulta conveniente el enfrentamiento cuando la batalla la tenemos de antemano perdida, es mejor táctica unirse al enemigo, ser miembro de sus filas, creyendo este que luchamos a su favor y que como él nos manda, nosotros somos sus vasallos. Y si de altanero se viste su persona, de humildad cubriremos la nuestra, y si sus aguas bajan bravías por las peñas, las nuestras haremos que, aunque mansas, muevan palas de molino.

—Cuánta razón llevan vuestras reflexiones, maestro mío. Mandadme, pues, qué he de hacer, que arrojo no me faltará para llevar acabo vuestra encomienda.

—No es arrojo lo que en estos momentos preciso de ti, Amín, pero sí templanza y grandes dotes de inteligencia, que faltarte no te falta, aunque eso sí, has de saber utilizarla adecuadamente o habrá de fracasar nuestra empresa. Si mezclas el ímpetu propio de tu edad con la mesura propia de la edad mía, verás que la combinación es letal. Sólo de esta manera podremos ganar la partida—afirmó convencido y convenciéndome a mí el sabio hombre por el que tanto respeto yo profesaba y tanto debía, pues gracias a su empeño hoy yo era cadí.

—Atiende a lo que voy a decirte, pero antes cierra la puerta con la aldabilla para que nadie nos moleste, ni haya comentarios que causen disgusto en el corazón enamorado de mi hija, ya que voy a hablarte de quienes a poco tardar serán su familia.

Al escuchar la noticia sentí un gran pesar en mi corazón, por comprender que ya nunca habría de besar aquellos labios.

—Es necesario que cojas cálamo y pergamino y escribas lo que habré de dictarte para que lo lleves de inmediato al Santo Alfaquí, antes de que los patriarcas cristianos y con estos, Abdalá Muleya, quien tomó por cristiano nombre el de Alonso Benjumea de Loja, se hagan con el Libro Sagrado, como intuyo que pretenden.

Sorprendido por la contundente afirmación que había hecho mi maestro, hice al instante lo que me demandaba. Después de escribir lo que el alfaquí me dictara, calenté la cera y la puse sobre el cordel para que este pusiera encima el anillo con su sello.

—Maestro, ¿no habría sido mejor escribirlo en castellano para que así el Santo Alfaquí lo pudiese entender sin necesidad de mandar llamar a un intérprete?

—Prudencia, joven Amín, antes de hablar piensa siempre lo que dices, pues si te he mandado escribirlo en árabe alguna razón habré de guardar, y esta no es otra que el conocimiento que de nuestra lengua tiene la persona a la que has de entregar la carta —me explicaba el alfaquí cuando oímos que empujaban la puerta.

—Amín, guarda la carta entre tus ropas y abre, o tendremos que sufrir la irritación de mi hija, pues como ves, mis piernas se muestran desobedientes a mi cabeza y no hacen caso a lo que su dueño les manda —dijo mi viejo maestro intentando incorporarse sin conseguirlo.

Cumplí su petición sin que a juicio mío mereciese la mirada enérgica y enfadada que me lanzase la mujer que me quitaba el sueño. Sin decir una palabra, siquiera de despedida, salí de la estancia al patio y de allí a la calle con la intención de llevar a cabo el cometido que mi maestro me había encomendado.

—Creí que entre vos y yo, padre, no había secretos, y sí confianza que hiciera que jamás las puertas de esta casa estuviéranme vedadas al paso o cerradas para que mis oídos no escucharan lo que tras ellas se habla.

—No es desconfianza, hija mía, lo que hay en esa acción, y sí el deseo de Amín de preservar ante los demás el consejo que me ha solicitado sobre su reciente amorío —mintió el alfaquí, a la par que despertaba el interés de su hija y veía como esta contraía su rostro sin que ella misma supiese el porqué. Aunque sí el alfaquí, a quien los galanteos de Fernando Benjumea con Sara en nada complacían, a pesar de que no se había inmiscuido por temor a romper con los preceptos que había inculcado a su hija sobre la libertad de las personas para elegir libremente su destino.

Crucé con paso ligero la alcaicería10 hasta llegar a la plaza de Bib-Rambla11, cuando hube de apartarme para dejar paso a un carro tirado por una mula y cargado con los cientos de libros que los soldados del arzobispo habían requisado de la madraza. Escoltado por una veintena de soldados iba un hombre con hábito de monje franciscano, cabeza tonsurada y rostro de piedra toba; a su lado caminaba otro eclesiástico, este con vestimenta sacerdotal; y algo más rezagado un individuo alto de abultado vientre que vestía un sucio hábito marrón, el cual portaba una gran cruz que apoyaba sobre su barriga y al que le costaba coger el paso del que iba delante suya, un hombre que parecía ser su superior en la Orden.

Detrás, rodeado de soldados fuertemente armados, les seguía el carro que minutos más tarde haría entrada por la puerta principal del palacio, el mismo que antes habitara el arzobispo Fray Hernando de Talavera y que ahora ocupaba el primado Jiménez de Cisneros.

Con disimulo busqué un lugar desde el que observar sin despertar la atención de los soldados, a los que vi haciendo guardia delante del portón por el que se accedía al palacio. Esperé largo rato hasta ver salir de nuevo al animal tirando del carro, esta vez con paso más ágil pues el carro se encontraba vacío. Al ver que el hombre que manejaba el animal, a pesar de sus vestimentas, era musulmán, corrí hasta él.

—Buen hombre, ¿podríais decirme dónde habéis dejado los libros que esos individuos se han llevado de la madraza?

—Le conozco, buen señor, sé que es el nuevo cadí, ¿no es así?

—Así es, buen hombre, y también musulmán como vos —dije para darle confianza y que contestase así a la pregunta que le había hecho, si no por voluntad propia, sí por la vergüenza que debía sentir.

—Cristiano nuevo, querrá decir, por imposición de mi señor Alonso Benjumea de Loja, quien me ha ordenado que lleve a cabo tan doloroso trabajo —me aclaró sin poner impedimento alguno, y contestando voluntariamente a mi pregunta, pudiendo no hacerlo por estar fuera de mis atribuciones interrogarlo al no ser musulmán—. Escuche mi consejo y no quiera saber aquello que de conocer sólo le traería problemas. Si como veo en sus ojos tiene intención de entrar en el palacio arzobispal, que Alá el Compasivo no lo quiera, pues encontraría sin remisión la muerte, he de decirle que son muchos los hombres que custodian esos libros en una sala situada junto a los aposentos habilitados para el otro arzobispo, y que en nada habrán de respetar que seáis cadí, dándoos acaso muerte si fuera menester, pues para ellos sois un musulmán más, como tampoco respetan los acuerdos que hace ocho años firmaron, quizás por ser los nuestros los primeros que los incumplen actuando según conveniencia.

—No temáis, buen hombre, pues la pregunta es fruto de la curiosidad, ya que mi cabeza no alberga intención de llevar a efecto tal despropósito —mentí, pues había surgido en mí el ímpetu y no la mesura y había sido esta mi primera intención, aunque tras su información la descartase.

Me despedí del carretero agradecido a la vez que preocupado por la información que me había proporcionado, viendo confirmado lo que el alfaquí sospechara con respecto a esos hombres, y entre ellos, especialmente, Alonso Benjumea de Loja, del que había oído hablar pero al que jamás había tratado. Volví sobre mis pasos y me tiré largo rato observando los movimientos de los centinelas que hacían guardia en el palacio para ver si existía alguna posibilidad de entrar sin el peligro que suponía ser descubierto, y comprobando que no la había, al menos por aquella puerta, que era la principal.

Aquella eventualidad me había hecho perder mucho tiempo, por lo que con paso acelerado me dirigí a la casa donde el Santo Alfaquí tenía su nueva morada, una casa humilde que en nada destacaba sobre las restantes aledañas y que Fray Hernando ocupaba desde que Cisneros resolviera quedarse en la antigua capital del reino nazarí e instalarse en el palacio arzobispal; el mismo palacio al que Fray Hernando sólo acudía para despachar los asuntos oficiales. Esperé frente a la puerta hasta verlo salir escoltado por su guardia personal. Al intentar acercarme, un guardia me impidió el paso. Comprobé con desespero cómo aquel hombre de rostro afable subía al carruaje y emprendía la marcha alejándose de allí e impidiéndome que pudiese entregarle la misiva, por lo que no tuve por más remedio que correr tras él, poniéndome a su par.

—¡Mi señor, traigo un mensaje para usted del alfaquí Shakir Ben Amara! —grité en árabe para que el Santo Alfaquí lo entendiera sin que lo hiciesen sus guardias.

Invoqué a Alá el Supremo Soberano rogando que se parase y me atendiera, como así sucedió, antes de que su guardia, creyendo que fuese mi intención atentar contra su persona, optara por detenerme.

Oí la voz que salía del interior del carruaje pidiendo al cochero que parase. Después, el hombre de gesto afable abrió la puerta y quedose mirándome detenidamente; a continuación, alargó su mano para que yo la cogiese.

—Sube, muchacho, nada temas —me dijo en lengua árabe—; si mal no he oído, traes un mensaje de mi buen amigo Shakir, el alfaquí.

—Así es, mi señor —dije sacando la carta que guardaba entre mis vestimentas y entregándole la misma.

La leyó y durante un rato se quedó pensativo, valorando cuál sería su respuesta, y yo deseando que hiciese lo que Shakir le solicitaba, pues no era poco el desasosiego que sentía tras ver cómo aquellos soldados maltrataban tan preciada carga.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Amín Hamza, mi señor.

—¿No tienes nombre cristiano?

—No, mi señor, pues no considero justo que debamos cambiar el nombre de nuestros antepasados deshonrando su memoria, como entiendo que tampoco sería justo que nosotros lo hubiésemos hecho con los cristianos viejos cuando vivían en estas tierras y los sultanes gobernaban el Reino de Granada.

—Valor no te falta, joven Amín, como tampoco sinceridad, pues son pocos los que se hubieran atrevido a hablarme como tú lo has hecho, y aunque la razón te asista, no es menos cierto que será ahora cuando los musulmanes habréis de penar por obviar mis consejos. Hace tiempo que requerí de vuestra comunidad, que no os lo impuse, que adoptarais nuestras costumbres y os convirtierais al cristianismo, bautizándoos, sabiendo que si bien no lo aceptabais de buen grado y sí con disimulado fingimiento, al menos tendríais la posibilidad de abrazar vuestra religión en secreto, algo que no ha mucho tardar no podréis hacer con la libertad que actualmente gozáis, pues más temprano que tarde, se os obligará a ello. »Decid a mi sabio amigo Shakir Ben Amara que buscaré la forma de reunirme con él sin llamar en demasía la atención y así atender a su demanda en la medida en que pueda hacerlo, pues ha de saber que mi autoridad en Granada está en menoscabo, y si bien mi deseo sería acudir en su ayuda como hasta ahora siempre he hecho, es muy probable que ya nada pueda hacer.

—Os agradezco, señor, vuestras sinceras palabras, que habré de trasladar de inmediato a mi maestro —contesté antes de descender del carruaje y perderme por las sinuosas y estrechas calles que componían la alcaicería granadina.

EL MORISCO

Fue al segundo día cuando el alfaquí recibió en la misma mañana dos comunicados; uno del arzobispo Fray Hernando de Talavera que trajo un mensajero, y otro de Alonso Benjumea que llevó hasta su casa un criado del mismo.

—¡Sara! —llamó a su hija.

—Decidme, padre, qué se os ofrece. Shakir pidió a su hija que me mandase aviso con Nadima para que yo fuese en su busca y le acompañase, ya que aunque sus piernas habían mejorado ostensiblemente gracias a los baños de agua caliente que el galeno le había recomendado, no resultaba conveniente fiarse y confiar demasiado en las fuerzas traidoras de estas.

—Nadima, ¿tú sabes dónde vive Amín? —quiso saber la muchacha.

Después de que la criada le explicara el lugar donde se hallaba mi casa, quiso ir ella en vez de mandar a esta, por lo que se colocó un velo de color blanco en la cabeza y se encaminó hacia la cuesta de la Alhacaba, donde preguntó por el sheij Muley Hamza, de quien rápidamente le dieron las señas del lugar en que vivía, y a quien encontró en el pórtico de la casa que habitaba podando una rosaleda, que al llegar la primavera embellecería con primor la blanca fachada de cal.

—¿Sois vos Muley Hamza, abuelo de Amín?

El anciano se volvió y miró a la muchacha que le requería.

—Jamás imaginé que mi rosaleda floreciese tan pronto y mostrase a mis cansados ojos tan bella flor como la que aparece ante mí preguntando por mi nieto, al que en este momento envidio. Aquí vive, aunque en estos momentos no se halle. Sin embargo, no ha de tardar mucho en llegar, por lo que si la prisa no os apremia y queréis dar compañía a este anciano, pasad junto a la lumbre donde os habré de ofrecer una deliciosa infusión de hierbabuena mientras esperáis, que os hará grande bien, por ser mucho el frío que la sierra nos trae.

—Decidme sheij, ¿qué clase de rosas cultiváis?

—Las más bonitas y olorosas de todo el Albayzín, pero ninguna que pueda compararse a vos, bella Sara.

—¿Conocéis mi nombre? —se extrañó la muchacha.

—Son muchas las veces que lo he oído en esta casa, aunque no sea yo quien lo diga, ni tampoco que quien lo hace sea consciente de haberlo dicho, por ser el sueño traicionero y lenguaraz. He de deciros que al veros vuestro nombre me suena más agradable que antes lo hiciera, pues la imaginación de este viejo nunca habría podido componer un rostro tan hermoso como el que tengo delante. »Tomad, probadlo, a ver qué os parece, pero antes endulzadlo con un poco de miel traída de mi tierra, a la que llaman del Almanzora, por atravesarla un río con ese nombre —le ofreció el venerable hombre instantes antes de que yo llegase y me sorprendiera su presencia.

—¿Sucede algo, Sara? —me mostré preocupado, pues no recordaba que jamás hubiera estado en mi casa.

—Mi padre me ha pedido que te dé aviso, necesita que vayas a casa de inmediato —me aclaró.

Después de despedirse del anciano, y tras guiñarme este el ojo de manera picarona, suponiendo que hubiera algún romance entre Sara y yo, que de buen grado lo deseaba, dirigimos nuestros pasos hacia la casa de mi maestro y a la vez padre suyo.

—Dime, Amín ¿qué vas a hacer ahora?

—Aún no lo sé. Imagino que ejercer mi oficio y aplicar la ley tal y como he aprendido de tu padre.

—¿No temes los problemas que pueda acarrearte?—se interesó Sara, desviando su mirada al cruzarse con la mía y dirigiendo esta hacia las cumbres nevadas que teníamos frente a nosotros.

—Es mi deber, así me lo ha inculcado tu padre y también el hombre que me acogió en su casa siendo yo un niño, el que me ha criado y al que llamo abuelo, aunque no lo sea de sangre, a pesar de que yo, como tal, lo sienta.

—¿Y tú vas a casarte con Fernando? —quise saber por solicitármelo mi burlado y orgulloso corazón.

—Así me lo ha pedido —contestó cuando sin casi enterarnos habíamos llegado al final del recorrido, donde aparcamos la conversación para más tarde, por ver salir diligente de la vivienda al alfaquí, que parecía haber recobrado las energías perdidas, pues mostraba un andar resuelto y ligero.

Cogido de mi brazo estaba Shakir —mientras mis ojos seguían pendientes de Sara; y los de ella de mí, como pude comprobar—, cuando dejamos atrás el lugar y llegamos a la Alcazaba Cadima14. Después, bajamos las pronunciadas cuestas que habían de llevarnos hasta la calle Ilbira, situada al pie de la colina donde se asentaba la ciudad, y que era el lugar donde se erigía la lujosa vivienda en que habitaba Alonso Benjumea de Loja, y en la que al llegar pude ver de nuevo al carretero, que como bien me dijera prestaba servicio en aquella casa.

Cruzamos nuestras miradas sin que ninguno de los dos dijésemos nada ni diésemos muestras de conocernos.

—Maestro, antes de entrar quisiera deciros algo, por si pudiese ser de interés.

—Habla y no te detengas porque la duda asalte cuestión alguna que yo pueda ayudarte a dilucidar —se ofreció cortésmente. Y mientras un sirviente que había salido a nuestro encuentro, después de decirle quienes éramos, entraba en la vivienda y daba aviso de nuestra llegada, aproveché para contarle al alfaquí la conversación que había mantenido con el hombre que transportaba los libros al palacio y la contestación que éste me había dado.

Shakir se mostró pensativo mientras aguardábamos en un patio empedrado y pulcramente engalanado en el que destacaba una gran cruz de mármol blanco situada en su centro mismo. Rodeando este se encontraba la vivienda, distribuida en dos plantas porticadas que dejaban ver abiertamente las múltiples puertas que daban acceso a las dependencias, de una de las cuales salió Fernando Benjumea.

—Shakir, sed bienvenido a esta casa. Si no os parece inconveniente, acompañadme al interior. Mientras, diré a mis sirvientes que atiendan a vuestro criado —dijo refiriéndose a mí—Habremos de aguardar un poco pues mi padre está acabando unos asuntos, aunque ha dejado dicho que enseguida os atendería —anunció Fernando, al que mi presencia, supuse por el trato descortés, había incomodado grandemente, del mismo modo que a mí sus hirientes palabras.

—Disculpadme que no os haya presentado pensando que ya os conocíais —habló Shakir dirigiéndose a Fernando—. Debo aclarar que el que suponéis mi criado no es tal y sí un acreditado colega, y si bien es cierto que un día fui su maestro, no es menos cierto que ahora he de tratarlo de igual a igual, por poseer el título de ulema y ser docto en la sharía y el estudio de sus fuentes, siendo además de todo esto, el nuevo cadí —aclaró sabiamente el alfaquí, dando una lección al que se postulaba como su yerno.

—Como sabéis, Shakir, en esta casa no practicamos la religión que vos profesáis por haber conocido la religión verdadera, así que de nada me sirven las enseñanzas de las que me habláis, pues son propicias a desaparecer. Vos haríais bien en abrazar nuestra religión, ya que ello haría más fácil que mi padre diese su aprobación para que vuestra hija se convierta en mi esposa.

—No os confundáis, joven Fernando, pues no es vuestro padre quien ha de daros el consentimiento, sino yo, algo que al parecer ya dais por hecho y que no será así hasta el día en que mi hija acepte ser vuestra esposa, pues es decisión de ella y de nadie más, incluido vuestro padre.

—Shakir, si queréis que vuestra hija sea mi esposa y disfrute de las riquezas que vos no habéis sabido o no habéis podido darle, y que un día yo heredaré, deberá convertirse al cristianismo —dijo categórico Fernando.

—No seré yo quien se lo impida si así lo desea, pero tampoco el que le imponga renunciar a Alá y sus creencias. Sabed que como a mí, a ella poco le importan vuestras riquezas materiales y sí la riqueza de espíritu de aquel que habrá de compartir su vida.

—Vos sabéis como yo que la religión de los musulmanes pronto habrá de extinguirse.

—No os confundáis, Fernando, nunca una legión de hombres podrá derribar a un solo Dios, pues Él no es visible a los ojos de los hombres por hallarse en su alma, y esta, como sabéis, es a su vez imposible de ver.

—Shakir, no es mi intención hablar de temas banales cuando hay otros de más interés para vos, que son por los que habéis venido, y que habréis de abordar con mi padre, que como vos también sabéis es hombre poderoso y muy influyente —se vanaglorió el joven.

—Maestro, estaré fuera esperándoos —anuncié con gran satisfacción por las palabras del alfaquí en mi favor y por las aclaraciones que había hecho a Fernando respecto de sus pretensiones con Sara.

No obstante, noté en mí una gran rabia al conocer por su boca lo que este proyectaba, creyéndose dueño de la mujer a la que yo amaba. Esta vez, aunque con gran dolor de corazón y pese a no quererlo, sí había practicado la mesura siguiendo las enseñanzas de mi maestro.

Mi maestro esperaba paciente sin pronunciar palabra con el que se postulaba como su yerno. A pesar de ser un buen orador y persona ducha en el uso de la palabra, no era hombre que gustase de perder el tiempo, y menos con alguien poco dado a los razonamientos y con el que

conversar resultaba un ejercicio tan pobre como infructuoso. Al momento entraron en la vivienda, ricamente amueblada, y cruzaron varias estancias hasta llegar a un amplio salón con una gran chimenea que daba al espacio un ambiente confortable, y donde Shakir hubo de esperar para ser recibido por Alonso Benjumea de Loja.

—Pedid por vuestra boca, que yo habré de dároslo—requirió el morisco.

—No sé, lo que me pedís es muy arriesgado —contestó el fraile.

—Pensadlo y respondedme cuanto antes.

—Vuesa Merced sabe que me juego ser acusado de herejía si el inquisidor o el arzobispo llegan a saber que he sido yo el que ha robado el Corán para entregárselo a un converso como vos.

—Todo tiene sus riesgos, y vos sabéis, fray Bernardo, que con las riquezas que os entregaré por ese trabajo, podréis retiraros y vivir una vida placentera el resto de vuestros días, y que nadie notará entre tantos libros uno de menos.

—Dejad que me lo piense. También vos debéis pensar en doblar esa cantidad que en principio me ofrecisteis, pues he comprobado que queréis que viva una vida placentera y es bueno que sepáis que si bien no hay en mi grandes vicios, sí soy amigo del buen yantar y del escanciar vino en abundancia cuando me siento a la mesa.

—Grande es vuestra petición, más aún al duplicar lo que yo entendía de antemano una oferta generosa, no obstante la aceptaré de buen grado si vos, fray Bernardo, os comprometéis al acuerdo aquí y ahora.

—Así lo haré, don Alonso, si en contrapartida y como muestra del acuerdo me entregáis una señal que por su importe merezca que, aquí y ahora, como solicitáis, selle con vos mi compromiso. Digamos la mitad—solicitó el fraile.

El morisco se mostró pensativo, sabiendo que no podía dar marcha atrás, sobre todo después de que el fraile supiese cuáles eran sus pretensiones.

—Está bien —anunció Alonso Benjumea—, accederé a vuestra petición. Venid esta noche para que os entregue ese adelanto que, como comprenderéis, por ser suma importante, no se halla en una humilde casa como la mía.

—No olvidéis que habréis de entregarme el importe restante cuando os dé el libro —añadió el avaricioso fraile de rostro sonrosado y amplia barriga, sobre la que entrelazaba los dedos de sus manos.

—Me sorprendéis, fray Bernardo. Jamás pensé que tuviese ante mí a un hombre tan dado al trato, al que sin los hábitos de franciscano bien podría haber confundido con un mercader.

—Eso fui, amigo mío, antes de ordenarme fraile, aunque a decir verdad, jamás la fortuna pasó por mi puerta como ahora lo hace, por eso procuro subirme a ella con la seguridad de que esta no habrá de hacerme descabalgar.

—Venid esta noche como ya os he dicho y hacedlo cuando el sol caiga, pues como entenderéis, habré de hacer por reunir esa notable suma.

—Quedad con Dios, don Alonso —se despidió el fraile.

—Que Nuestro Señor os acompañe —contestó el morisco.

Una vez saliese el fraile de la casa, Amín supo enseguida dónde lo había visto antes. Al pasar a su lado pudo percibir el rancio olor que su grueso cuerpo exhalaba y que, sin necesidad de tortura, sería más que suficiente para hacer confesar a cualquier renegado adulador del mismísimo demonio. Se preguntó qué haría allí. Recordó que un sirviente de Alonso Benjumea de Loja había sido el encargado de transportar los libros al palacio y que, por tanto, alguna relación entre el morisco y el fraile debía existir.

Shakir oyó abrirse una puerta, también pasos acercándose, por lo que supuso que la visita que Alonso Benjumea despachaba había tocado a su fin; y así lo confirmó segundos más tarde, cuando la puerta del salón se abrió dando paso a un hombre alto y elegante, de cabello tirando a cano, barbilampiño, de ojos oscuros y manos largas y sarmentosas, como comprobó el alfaquí cuando al acercarse el morisco extendió sus manos, por ser costumbre cristiana, y tomó la suya fuertemente. Sus dedos eran largos y afilados como la hoja de una daga y su mano fría como el acero de una espada. Con rostro impasible se dirigió al alfaquí, con gesto serio y dotes de superioridad.

—Tengo entendido que precisáis de mi ayuda, ¿por qué ahora lo hacéis cuando nunca antes en tiempos de bonanza me habéis tenido en cuenta?

—A nadie se ha de molestar cuando las aguas descienden mansas y sí cuando las mismas bajan bravías. Es entonces cuando aprecias la mano del amigo que coge la tuya para ayudarte a salir y evitar que la corriente te ahogue. ¿Sois vos ese amigo?, porque si no es así, no habré de importunaros por más tiempo y me iré por donde he venido —contestó el alfaquí.

—No podré ayudaros hasta no conocer cuál es el problema que os acucia. Hablad, que os escucho.

—Como bien conoceréis, hace dos días que, incumpliendo las Capitulaciones a las que los reyes de los cristianos se comprometieron con nuestro pueblo, donde se hacía constar que la madraza seguiría funcionando como tal —explicaba el alfaquí—, ésta ha sido... —no pudo terminar por ser interrumpido de manera impetuosa por el morisco.

—Desconozco que así sea. Que yo sepa, las puertas de la madraza siguen abiertas —quiso dejar claro Alonso Benjumea.

—De nada sirve tener un pozo si este no tiene agua, como de nada sirve dejar a la casa del saber sin libros con los que poder enseñar.

—No tenéis de qué preocuparos; pronto dispondréis de otros libros con los que poder enseñar —anunció—; libros cristianos, claro está —añadió el morisco.

—Os recuerdo, señor, que los acuerdos entre hombres de honor, reyes incluidos, son para cumplirlos, y nuestro pueblo recuerda muy bien la obligación adquirida por los que son ahora vuestros reyes, Isabel y Fernando, en la que se estipulaba que no seríamos forzados a convertirnos al cristianismo, ni tampoco podríamos ser molestados por mantener nuestras costumbres.

—No resulta conveniente que llevéis al extremo los compromisos, que si bien pudiera ser así, no se corresponden con los tiempos que vivimos y a los que hemos de adaptarnos —sugirió Alonso Benjumea.

—Soy hombre de leyes y como tal debo velar por el cumplimiento de las mismas, pues donde vos decís compromiso, yo digo obligación, y donde vos habláis de desconocimiento, yo hablo de connivencia entre hombres; hombres que como vos, ayer abrazabais nuestra religión, y que ahora practicando la cristiana, insultáis a nuestro pueblo con vuestro proceder, mancillando a los que antes fueron vuestros hermanos y justificando de forma impune una acción ilegal disfrazándola sin rubor de lícita.

—¡No tolero que me insulten en mi propia casa! —arremetió Alonso Benjumea.

—No es insulto alguno decir verdad, pues no es desconocedor de los hechos quien a su sirviente manda como carretero, y sí es connivente cuando no queriendo escuchar la explicación, mintiendo niega los hechos y defiende la agresión. Que Alá esté con vos —dijo el alfaquí levantándose y saliendo de la sala, mientras los ojos ensangrentados del morisco pugnaban por no salir de sus cuencas, y su boca no dejaba de soltar exabruptos que rebotando en las mamposterías y bajo el auspicio de los silenciosos arcos se propagaban por todo el palacio.

—Jamás tendrás mi consentimiento para mezclar nuestra sangre con la sangre de ese bastardo, por muy bella que sea la mujer de la que dices haberte enamorado.

Juro por Alá, el que todo lo escucha, que te desheredaré si lo haces y habrás de vivir de la caridad si me desobedeces —dijo rabioso y jurando de forma hipócrita ante el más Santo, al que si bien desacreditaba en público, veneraba en privado.

»Permitido te es hacer de ella tu barragana si así deseas gozar de sus encantos, que yo con gusto habré de aplaudirlo, para de esta manera poder vengar la humillación de la que he sido objeto por ese hombre, pero no habré de consentir que matrimonies con la hija de semejante badajuelo, ¿queda claro?.

—No veréis jamás de quien os habla, padre mío, actitud alguna que anteponga el placer a vuestros deseos—contestó Fernando a su padre, produciendo en este gran satisfacción.

No era esta una decisión difícil de tomar. Hacía mucho que Fernando practicaba el no ser hombre de una sola mujer, y aunque en principio había tomado la determinación de tomar por esposa a Sara, no encontró en nada desacertada la resolución que su padre barajaba y disponía.

—Jamás prediques con un ingrato pues nada conseguirás sino alterar tu corazón, como yo he alterado el mío —me dijo el alfaquí al salir.

—Explicadme qué ha sucedido para que os encontréis tan ofuscado —quise saber.

—Ese hombre soberbio creía poder engañarme fingiendo buenas maneras, pero el hábito no hace al monje, y aunque por sus vestimentas y modales parezca cristiano, en su interior es musulmán... y a la vez enemigo de musulmanes. Desdichado él por ser hombre que nada entre dos orillas sin saber a cuál de ellas ha de ir, pues por un lado necesita distanciarse de sus hermanos musulmanes para ser bien visto por los cristianos, pero por otro aborrece el yugo que la religión cristiana le impone.

—Antes de que abandonaseis la casa ya daba por hecho que así se sucederían los acontecimientos, pues salió de la vivienda un hombre del que si bien desconozco su nombre no así su cara, por hallarse este entre la comitiva que trasladase nuestros libros al palacio episcopal. El fraile del que os hablo acompañaba a otro del que he sabido que es juez principal de la temida Inquisición, y que llámase Diego Rodríguez Luzero19, y que a su vez se hallaba al lado de un segundo arzobispo, de nombre Francisco Jiménez de Cisneros.

La noticia despertó el interés de Shakir, aunque también su temor a que la terrible institución cobrase fuerza en Granada. Shakir se mantuvo durante unos minutos reflexivo, intentando dilucidar lo que se traía entre manos Alonso Benjumea, de quien tenía la certeza que no daba puntada sin hilo, pues había restado importancia a la requisa de los libros, dando a entender que lejos de ser un tema de mucha gravedad era un asunto trivial y carente de la importancia que el alfaquí le concedía. Por fortuna, nada le había dicho mi maestro del Corán, ni le había mostrado interés especial por alguno de los libros, de modo que pudiera hacerle sospechar la verdadera razón que hasta allí nos había traído. Dejamos atrás la casa y nos dirigimos a la mezquita de la alcaicería, donde rezamos e hicimos tiempo hasta terminada la plegaria del mediodía, pues habíamos de vernos con Hernando de Talavera en la madraza de las cercanías del templo y habíamos llegado antes de la hora prevista.

Cuando el Santo Alfaquí llegó, fueron muchas las muestras de aprecio que los hombres que en la mezquita se encontraban, y a la que no era la primera vez que acudía, le hicieron, y que este agradeció por encontrar en ellos justa recompensa a su labor y sus desvelos. Era cosa que sus reyes no parecían apreciar y que había motivado que el arzobispo Jiménez de Cisneros, miembro del cortejo de sus majestades durante la última visita regia a la ciudad, resolviese permanecer en Granada a fin de acelerar el ritmo de las conversiones. Su papel en Granada resultaba preocupante para la estabilidad de unas tierras que hasta entonces descansaban tranquilas, pero que ahora amenazaban con mostrar los primeros signos de inquietud.

Después de despedirse de las personas que agradecidas besaban su mano, todas pidiéndole que devolviesen nuestros libros a la madraza, pasó a una pequeña sala a la que Shakir y yo le acompañamos para hablarle del asunto que tanto nos preocupaba.

—Shakir, buen amigo, no sabéis cuánto lamento no haber podido evitar el horrendo acto cometido contra vuestro pueblo. Los reyes se han cansado de la tolerancia con que os he tratado, pues como sabéis, lejos de obligaros a que adoptaseis nuestras costumbres os las he sugerido, lejos de imponeros que hablaseis nuestra lengua os la he aconsejado. He procurado evangelizar sin utilizar jamás la coacción o la fuerza, aunque he de confesaros que el resultado ha sido escaso, pues ni tan siquiera he conseguido que os convirtierais al cristianismo, si no con convicción, al menos con fingimiento. »Qué más quisiera que poder otorgaros la ayuda que me solicitáis y que con gusto os daría si en mi mano estuviera. Por mucho tiempo que pase, jamás habré de hallar tanta dicha como la que Granada me ha dado durante los años que aquí he ejercido mi apostolado, y que en gran medida es consecuencia del trato afable que vuestro pueblo me ha dispensado. Como bien sabéis, por haber sido vos mi instructor, he aprendido vuestra lengua y he conocido vuestras costumbres, por ser mi ferviente deseo conocer mejor a vuestro pueblo y así actuar en justicia. Quería convenceros en vuestra propia lengua del beneficio que os haría abrazar el cristianismo, pero no habiéndolo conseguido, hoy mi alma pena en silencio, al entender que yo tal vez tenga culpa de lo sucedido.

—Ninguna culpa es achacable a quien con bondad y no por la fuerza pretende inculcar sus enseñanzas, que por quienes somos y por nuestras creencias, no habéis conseguido que las adoptemos, pero no dudéis, amigo mío, que en parte lo hayáis hecho, pues como habéis comprobado nuestro pueblo acude a vos a abrazaros, siendo esta una forma de abrazar vuestra religión; y si los vuestros no os lo agradecen, sí lo hacen los nuestros, que lejos de veros como un extraño, os refieren por el Santo Alfaquí, por sentiros muy cercano a nuestros corazones y a nuestro pueblo. »En cuanto a los consejos que nos dieseis, cierto es lo que decís, sin embargo, de la misma manera que no se nos ofrece a los musulmanes pedir a los cristianos que renunciéis a vuestras creencias, tampoco es de justicia que los cristianos nos obliguéis a rezar a un Dios que no es el nuestro, pues lo haríamos de manera hipócrita.

—No soy yo quien dicta las leyes, ni tampoco el que las incumple y mucho menos el que las cambia a su libre conveniencia. Dad gracias a vuestro Dios que yo se las daré al mío. De momento os podéis dar por satisfechos, pues aún habrán de llegar tiempos peores, donde lejos de solicitar vuestra conversión como yo os lo hiciera, os la habrán de imponer por la fuerza —le aclaró Fray Hernando de Talavera.

—Vos, como yo, sois hombre de paz y no de guerra, es por ello que quiero pedir vuestra ayuda para recuperar uno de los libros requisados, que si bien son todos importantes, este lo es más, y de ser quemado como así algunos pretenden, movería a la guerra entre nuestros pueblos, por ser Libro Sagrado para nosotros y muy venerado —solicitó el alfaquí.

—¿De qué libro se trata?

—De un Corán de incalculable valor por haber pertenecido a los primeros seguidores del Profeta, que habiendo sido celosamente guardado y legado de generación en generación por vínculo de sangre, llegó misteriosamente a poder del primer sultán nazarí de Granada, y tras este, vía sucesión del sultanato, acabó en manos de Boabdil, el último de los suyos, quien lo entregó al pueblo de Granada antes de partir al exilio. A pesar de ser el Libro Santo que todo musulmán venera y conoce en esta villa, pocos saben de su verdadero origen, incluso habiendo sido expuesto en la madraza como reliquia, al igual que pocos son los que conocen las restantes maravillas que se han llevado de la misma. »Creemos que ha de estar entre todos esos libros que el arzobispo de Toledo ha llevado consigo a palacio, sin que por fortuna nadie haya sabido hasta el momento qué es y cuál es su auténtica valía. Si actuamos con rapidez, es muy probable que podamos dar con él y recuperarlo, evitando así un baño de sangre entre musulmanes y cristianos.

—Difícil tarea me encomendáis, viejo amigo, más veré qué puedo hacer. Os tendré al tanto —se despidió Fray Hernando, sabiendo de la mucha gravedad que encerraba aquel asunto.

Cuando salimos a la calle tras ver partir al Santo Alfaquí lleno de buenas y sinceras intenciones, el frío arreciaba con fuerza, por lo que hubimos de abrigarnos antes de tornar a casa de mi maestro, pues la tarde comenzaba a languidecer y la cuesta era larga y pronunciada para las cansadas piernas de un anciano. Al llegar a la calle Ilbira vi un rostro conocido entrando nuevamente en la casa de Alonso Benjumea. Con paso lento entramos a la plaza del Sembrado, donde tuvimos que hacer una nueva parada para que Shakir recobrase el aliento. Cuando finalmente llegamos a la casa, donde hacía rato que Sara esperaba con el alma en vilo, nos tenía preparada una infusión de valeriana que sintiéndome inquieto tomé con premura. Tras despedirme sin dar explicación alguna y renunciar con gran dolor de corazón a la cena que Sara me ofrecía, desanduve el camino y volví a la calle Ilbira, y más concretamente al lugar en que me había cruzado
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