¡TENEMOS COLMILLOS! por José Biedma López

¡TENEMOS COLMILLOS! por José Biedma López
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lunes 01 de julio de 2019, 12:39h
¡TENEMOS COLMILLOS! por José Biedma López

Carpe diem!, gritan algunos. “Y el que venga detrás que arree”, piensan otros, o los mismos. Pero sólo los animales viven al día, y ni siquiera ellos, pues el instinto les mueve a planificar. Y así urde despensa la ardilla para el invierno. Me congratulo de que la mayoría no padezca esa “anorexia del proyectar” que denunciaba Marina. Más que racional, el humano es sobre todo el animal imaginativo y memorioso, imaginar futuros mejores es lo propio del humano. “Llega a ser el que eres”, mandaba Píndaro, queriendo decir con ello que todos tenemos un potencial de maduración y crecimiento. Pero si uno no quiere verse en los tristes brazos de la frustración, de la depre o de la desesperación, ha de partir de ese otro mandamiento apolíneo: “¡Conócete a ti mismo!”. Es decir, uno debe de empezar por conocer sus limitaciones para no exigirse a sí mismo lo que no puede dar de sí, pues el futuro siempre puede ser mejor, pero también todo es empeorable.

Digo esto porque observo en “veganos” y “animalistas” y en otras sectas bien intencionadas una ingenuidad proveniente del desconocimiento de la naturaleza humana. Los biólogos hablan de organismos autótrofos y organismos heterótrofos. Los primeros, como la mayoría de las plantas, son capaces de sintetizar por sí mismos todas las sustancias que necesitan para sobrevivir y les exige su metabolismo. Aunque también los hay parásitos de otras plantas, e incluso semicarnívoros, la mayoría de los vegetales para su nutrición no necesitan de otros seres vivientes, por eso se dice que las plantas son autó-trofas, o sea, que se alimentan por sí mismas. Y no sólo fabrican sus nutrientes a partir del aire, el sol y el suelo, sino que también se automedican o producen repelentes y espinas contra parásitos y enemigos.

Pero nosotros, como los hongos y todo el reino animal, incluyendo a la mayoría de las bacterias y protozoos, dependemos de los autótrofos, es decir, obtenemos la energía que necesitamos para movernos y hacer planes de futuro rompiendo las moléculas de los seres autótrofos que comemos, y si comemos sólo carne, igualmente dependemos indirectamente de las plantas, ya que la energía que obtenemos de la presa, de la res o del pollo sacrificado, procede en última instancia de los seres autótrofos que estos comieron.

No puede haber “pecado” en conformarse y aceptar lo que uno es, y uno conoce que es un viviente heterótrofo que necesita del esfuerzo o sacrificio de otros seres vivos para sobrevivir, crecer y reproducirse o, en general, para estar sano. Técnicamente, se podría decir que somos parásitos de las plantas. Y dependemos de ellas y de otros vivientes que dependen de ellas, pues somos omnívoros o polífagos, como muchos insectos y como los osos, o sea que nuestro régimen natural es comer de casi todo: crudo, frito, cocido, al horno, o asado.

Entre los heterótrofos, la cuestión es comer o ser comido. El paraíso de los animales en realidad era y es una jungla salvaje, bestial. Sí, hay algo brutal y hasta cruel en esta relación del depredador con su presa, del parásito con su huésped. Vida que se alimenta de otra vida, a veces hasta su muerte, que necesita robar energías o matar para seguir siendo vida. Pero esta relación bárbara no es algo que hayamos elegido y no somos responsables de lo que no escogemos libremente. La naturaleza en sí misma no es ni buena ni mala, no es inmoral, sino pre-moral o a-moral. La ola de Vida asciende bajo el látigo de Muerte, crece, se diversifica sin límites, salta a la extrañeza. Se hincha y emerge encrespada, lanzada en trayectorias audaces para escapar de Dolor. Lleva siempre a la enemiga dentro: Muerte es el poder de su impulso.

Por otra parte, los antropólogos están de acuerdo en que el extraordinario desarrollo de nuestro cerebro no hubiera sido posible a base de una dieta “vegana”. Nuestros parientes los monos antropoides pierden demasiado tiempo buscando, pelando, masticando y digiriendo verduras, semillas y frutos, para poder mantenerse, por eso apenas disponen de ocio creador o tiempo para ensimismarse.

Por descontado que la naturaleza humana pide un complemento ético que minimice o evite dolores inútiles y crueldades innecesarias a otras especies de las que dependemos. Pero aceptemos que cada uno de nosotros dispone de dos pares de colmillos que no evolucionaron por mero azar, ni están en la boca como adorno. Y no atribuyamos a los irracionales altruismos y compasiones de las que en general carecen; mueve el rabo el perro por el premio y la zalamería del gato es un egoísmo refinado. Ni siquiera está claro quién ha domesticado a quién. Su impronta hacia nosotros no es un signo de amor desinteresado, sino de dependencia utilitaria. Podrá ser un sucedáneo de amigo, pero jamás haremos de él un verdadero amigo. Como dejó dicho Aristóteles, tampoco el esclavo puede ser amaigo, porque la amistad exige igualdad, y con ello asume notables riesgos.

José Biedma López

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