PRAGMÁTICA DEL SOMBRERO, por José Biedma López

PRAGMÁTICA DEL SOMBRERO, por José Biedma López
martes 14 de junio de 2022, 08:22h
PRAGMÁTICA DEL SOMBRERO, por José Biedma López

Hace poco disfrute de un formidable vídeo, joya arqueológica, donde aparecían fantasmas de principios del siglo pasado. Gentes de Barcelona. Todo el mundo llevaba sombrero. Se podía distinguir la clase, el estatus social y hasta el oficio por la forma de los tocados de varones y mujeres...

De más altura que el bombín, tan anglosajón, era la chistera o sombrero de copa plana y ala amplia, que desapareció a comienzos del siglo XX, salvo en actos nocturnos y gran etiqueta de la gente de postín. En el vídeo se veían chisteras por las calles y a pleno día. Abraham Lincoln usaba la variante de tubo usamericana. El bombín es un sombrero semiesférico hecho en fieltro o con pelo de castor, de copa baja y rígida. Fue un sobrino del conde de Leicester quien encargó este sombrero duro para proteger las cabezas de los guardabosques. Fue popularizado por Charlie Chaplin, que lo hizo interclasista. Sabina lo ha usado con gracejo.

Por supuesto, los sombreros femeninos en el video de marras eran muy diferentes, las señoras los llevaban enormes. Ahora son imprescindibles las pamelas, en las playas y en los acontecimientos sociales, y hasta frecuentes en las bodas los canotiers hechos de paja, de corona plana y ala ancha y rígida. Parecido al sombrero cordobés, el canotier lleva siempre una cinta abrazando su copa y fue muy popular al principio del siglo XX. Creo que es industria cordobesa la que nutre de sombreros a esos hebreos fundamentalistas que usan también largas patillas rizadas.

Como todo lo que el hombre hace y porta se convierte en símbolo y signo, el adolescente muestra su idiosincrasia o rebeldía llevando gorra de beisbol al revés, con amplia visera en la coronilla. Estas gorras las popularizaron los fans de los Yankees en los noventa. Se llaman Snapback por el cierre trasero, ajustable, que permite la fabricación de talla única.

Hace poco, mi prima Nani tuvo la amabilidad de regalarme un ligerísimo Trilby, variante del Borsalino. Pues bien, mi esposa, mucho más atenta y sensible que un servidor a los devaneos, sentires y señales de la moda, me dijo que de eso nada, que el sombrerito blanco me hacía más viejo de lo que ya soy. En efecto, pronto reparé en que eran hombres de setenta y más, los que protegían sus calvicies y ralas pelambreras con los borsalino enano, que también se llamó fedora, pero lo inventó mi tocayo el italiano Giuseppe Borsalino y es el sombrero italiano por antonomasia. Los italianos son geniales en esto de las tendencias de moda -y en el empaquetamiento del producto en general, sea aceite o un subproducto de residuos de la uva como el vermú. Son maestros internacionales reconocidos en el diseño de trajes y corbatas. También era el borsalino el sombrero preferido por los gánsteres italianos de los años veinte, en el Chicago del siglo pasado.

El trilby de los setentones y octogenarios de mi pueblo tiene el ala más estrecha. Hay otras variantes más sofisticadas como el Player y hasta los hay que añaden distinción con el atavismo de una plumita irisada y lateral. El caso fue que mi señora dijo que ¡de borsalino o trilby nada! y en desagravio me compró dos sombreros de ala ancha que andan entre el tradicional de “segaor”, el colonial panamá y el de cowboy. Son frescos y seguramente han sido fabricados en China con paja de arroz (los he fumigado con alcohol), pero protegen la sesera del sol inclemente de la Bética. Acepto con naturalidad la asesoría estética de mi señora y para nada ha servido mi argumento de que el trilby suele verse habitualmente en las carreras de caballos y entre gente fina. Dice mi señora que dónde están esas carreras de caballos…, y que aquí son los pensionistas muy veteranos los que se tapan la calva con él, aunque no la cara, pues el borsalino en general hay que llevarlo bien calado atrás.

El Panamá es de origen incierto. Puede que del Ecuador contra lo que dice su nombre, y se fabricaba con hojas trenzadas. Es ligero y transpirable. Lo peor es que no puedes arrugarlo, doblarlo o meterlo en un bolsillo. Por eso prefiero la gorra que uso en invierno. Cuando hago fotos de bichos en el campo o en el monte (safari fotográfico) me calzo el sombrero de pescador, que tampoco gusta a mi señora, pero tiene ala maleable que facilita el enfoque y disparo de la cámara. Aprendí a usarlo imitando a los frikis con los que, un año sí otro no, celebro excursiones entomológicas. Se ha hecho habitual entre skaters (tribus urbanas patineras). Suele fabricarse en tela impermeable y es ideal para aguantar la lluvia porque su ala caen hacia abajo (deprimente).

La dialéctica de las modas y el uso de los sombreros tienen su lógica, pero también su sinrazón o, si se quiere, su incomprensible misterio. De hecho, ningún sociólogo se explica cómo se ha puesto de moda el citado sombrero de los pescadores y agricultores irlandeses que nació hacia 1900. Sobre todo, donde cada vez llueve menos. Pero Prada, Gucci, Vuitton, Versace, etc. suben tocados con él a sus ninfas y apolos de pasarela. Bucket hat es su nombre técnico, algo así como “sombrero balde” y es que tiene esa forma de cubo que –mi señora lo sabe- no favorece a nadie. Pero parece que eso a los turistas les importa bien poco. El caso es que en los años 20 lo adoptó el ejército israelí para protegerse del sol del desierto, con unos ojetes arriba para que traspirase. Y luego los abanderados de la subcultura Mod (Jazz moderno), y en los 80 los raperos, que también usan gorros de lana y pasamontañas.

Estoy deseando que vuelva el invierno para dejar los sombreros chinos y taparme con las gorras europeas (esas planas que usaban los trabajadores del vídeo que cité al principio). Aunque su origen es rural, cada vez más se las ve sobre urbanitas y gente famosa, fabricadas en lana, tweed y algodón. Protegen del frío por donde es más peligrosa su entrada: por el “cartonchino”, que dicen los italianos. Menos corriente es el Nesboy que infla panel en la parte superior con cima de botón. Recuerda a la gorra de marino, una de mis favoritas. También poseo boina negra, de cuando era estudiante, pero no sé por qué se me ha encogido. Tengo menos pelo, así que seguramente se me ha hinchado la cabeza viendo la tele, ¡menos mal que todavía conserva su rabito o borla!

Del autor:

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