INTELECTUALES, por José Biedma López

De izquierda a derecha: Antonio Machado, Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, Segovia 1931.
De izquierda a derecha: Antonio Machado, Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, Segovia 1931.
domingo 01 de mayo de 2022, 09:38h
INTELECTUALES, por José Biedma López

Quien ya ha visto mucho y conocido a muchos sabe que a Maesa Inteligencia le gusta sentirse acompañada por la Hermana Modestia. Son virtudes hermanas. El hombre seguro de sí, que no asume al ignorante que lleva dentro, vive sumergido en el océano de las opiniones comunes que son los prejuicios dominantes, de moda. Y lo peor del necio es que, al contrario que el malvado, no descansa.

El sentirse en perpetuo peligro de pensar o decir necedades es lo que hace humilde al inteligente, hasta podría decirse que lo propio del inteligente es no estar nunca seguro de serlo. La señora Inteligencia, como doña Verdad, son damas muy finas que no se dejan poseer por nadie ni son propiedad de instituciones académicas, gubernativas o judiciales. La fulguración y el acto inteligente son discontinuos, aleatorios y casi casuales, serindipias, que en romance llamábamos chiripas. Por eso la reserva, como la honradez, es y ha de ser la condición misma de la vocación y ejercicio intelectuales.

La perspicacia de la inteligencia debe ser una conciencia alerta, vigilante ante la estulticia. Una opinión relevante que aportó Ortega en una de sus últimas conferencias (Lisboa, 1944) es que la inteligencia no consiente en ser profesionalizada. Se puede ser contratenor de profesión como el angelical Philippe Yaroussky, pero no se puede ejercer de inteligente. (Matizaré esto más adelante). A pesar de ello –dice Ortega- desde 1740 a 1929 el intelectual ocupó en Occidente un puesto privilegiado. Hacia 1900 mandaban en el mundo el dinero y el intelectual. Durante el Siglo “de las Luces”, es decir de la Inteligencia, el pensador, el enciclopedista, el filósofo, sintieron el apetito y afán de mandar. La vocación de poder no era nueva para la inteligencia. Platón había dejado escrito en su República (Politeía) que la ciudad no sería justa ni por tanto pacificada mientras no se hicieran filósofos los gobernantes o gobernaran los filósofos. Ortega quita importancia a esta célebre afirmación alegando que Platón no hablaba en sus diálogos en serio, sino en ático, ocultando la espada de la seriedad en la vaina de la gracia, o sea, irónicamente, pues en el fondo el divino ateniense considera el gobierno de los intelectuales tan ideal y utópico como paradójico. Es cierto que Platón no gobernó más que su escuela, la Academia, pero asesoró a Dionisio de Siracusa y al cuñado del tirano, su amigo del alma, y al hijo de aquel, Dionisio II, quien como premio por los consejos del filósofo, lo encerró en una torre de plata. Sin embargo, D’Alambert, Diderot o “el lunático Rousseau”, sí quisieron mandar e inocularon este prurito a sus epígonos. También los anarquistas y Marx y los marxistas manejaron la palabra, principal instrumento de la inteligencia, como saeta, lanza y espada; su pluma panfletaria como “estilo”, esto es como punzón, que es abreviatura de arma.

La fe que iluminaba a estos hombres decayó sin remedio después de dos terribles guerras mundiales. Y ha decaído todavía más después, con los peligros del cambio climático y la proliferación suicida de armas nucleares y biológicas. Era la confianza ilusa en el Progreso Ilimitado, autovía que recorrería la Humanidad, montada gentilmente en el vagón de la Cultura, hacia las cimas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, confín de la historia que nos haría felices para siempre. La fuerza creadora de esa cultura progresiva o “progresista” era la diosa Razón. De ahí el prestigio social de los intelectuales, verificable hasta los tiempos postrománticos en que Nietzsche se puso a hablar con un caballo previendo como profeta visionario que serían los deportistas, los charlatanes y periodistas de tres al cuarto (o las estrellas pop) los que desplazarían al maestro o al catedrático como voceros y caudillos de la opinión pública (ya convertida en cuarto poder).

El término “intelectual”, como piedra arenisca, quedará erosionado por el turbión de la Historia, deconstruido realmente, desmenuzado en figuras deformes: la del “intelectual orgánico” ( ideólogo de partido izquierdista) y más tarde, con la proliferación, extensión o globalización de los Mass Media, desfigurado en personajes menores y, estos sí, más o menos profesionalizados: el enseñante, el experto, el líder de opinión, el influencer, el pedagogo, el terapeuta, el relator, la novelista, el divulgador, el tertuliano, el “todólogo” (que sabe de todo sin haber profundizado en nada), el adivinador de tendencias, el consultor, el asesor, el prospectivista, etc.

Estoy de acuerdo con Ortega en que la pretensión de mandar del intelectual es un “error formidable”. Sucedió que el humanista, el hombre de letras, el filósofo, se impuso al guerrero y al monje fuera este reformador o trentino, y acabó padeciendo la “intoxicación por la victoria” que padecen todos los vencedores según el historiador Toynbee. Pero una vez más la Historia giraría sobre sí misma como peonza con el declinar de la idea moderna y la desilusión del progreso (insostenible). Los partidos “progresistas” aún no se han percatado de la insuficiencia radical de aquel pensar dieciochesco que mal asimilado ya se ha vuelto indigesto, prueba o síntoma de ello son las connotaciones peyorativas y hasta ridículas que va cobrando entre nosotros la palabra “progre”. Lo dejó escrito Augusto Comte: “Toute participation dans le commandement est radicalment degradante”.

A lo largo de mi vida he visto a intelectuales admirables, excelentes maestros y profesores mayormente, acudir solícitos al llamamiento político y acabar al poco tiempo huyendo asqueados de la baraúnda y el enredo de la política. El mismo Ortega acabó escaldado tras su experiencia republicana. En efecto, en 1931, junto con Marañón y Pérez de Ayala, Ortega había promovido la Agrupación al Servicio de la República (ASR), un movimiento político creado con vistas a “movilizar a todos los españoles de oficio intelectual para que formen un copioso contingente de propagandistas y defensores de la República española” (el subrayado es mío). Ortega creía en la democracia liberal y fundó la ASR “por deber y como a disgusto”, pero acabaría renegando (“¡no es esto, no es esto!”), desilusionado por el radicalismo bifronte o bicorne que detestaba, de una República que saltaba por sus extremosas costuras, amenazada de muerte por quienes buscaban, bien una revolución totalitaria, bien una reacción retrógrada, que fue la que se impuso tras el desastre fratricida de la guerra “incivil”.

En su conferencia de 1944, Ortega tiende a pensar –como los ácratas- que el poder degrada la inteligencia, porque cuando se quiere mandar es forzoso violentar la libertad del pensamiento propio para adaptarlo al temperamento de las muchedumbres o del ideario del partido. “Poco a poco las ideas pierden rigor y transparencia, se empañan de patética” y nada causa mayor daño a una ideología que el afán de convencer a los demás de ella. La misión del intelectual no es pues mandar, sino renovar principios, forjar nuevos valores y normas que puedan con provecho social sustituir a las antiguas. Y para tal menester es necesario el recogimiento de la inteligencia sobre sí misma, en soledad, una soledad asistida por los clásicos, añadiría yo.

El caso es que los intelectuales han pasado en las sociedades postmodernas, de ser mucho, a ser casi nada. Ni siquiera son escuchados, apenas leídos, y la vida se organiza dominada por la opinión común o pública, esa mezcla indecorosa de pasiones, apetitos, intereses, propaganda, publicidad, entusiasmos ciegos e inercias. Para Mila Losada este ocaso del intelectual no tiene que ver tanto con la pérdida de la fe en el progreso como con la decadencia y mediocridad de la cultura en la sociedad de masas. En cualquier caso, hay que reconocer que la inteligencia (de intus legere, leer dentro) es “adinámica”, por sí misma no posee fuerza ninguna. Y lo que ha sido propio del intelectual en todas las épocas es ser perseguido, encarcelado, apaleado, quemado, desterrado, ridiculizado, o ignorado. A veces incluso, para sobrevivir, el intelectual tuvo o tiene que disfrazarse de bufón, de payaso o de “animador sociocultural”. En general es “la voz que clama en el desierto”. Debe decir a los demás –como el profeta del Antiguo Testamento- lo que en su fértil soledad descubre, pero lo suele hacer braceando náufrago en un mar de dudas. La Duda es la dama triste con la que baila siempre la Inteligencia más alta, porque prefiere su arriesgada, heroica vocación, a descansar y aborregarse sobre una creencia petrefacta. Sin embargo, resuelta a salir de la duda y a estar en lo cierto, amiga de la verdad, la inteligencia no se casa con ninguna ideología, no padece de hemiplejia cerebral haciéndose de derechas o de izquierdas. Eso sería como caer en el lecho de Procusto. Es honesta, en el sentido de comprometida antes con la verdad que con el interés propio.

Segregado del técnico y del científico con los que se confundió durante dos milenios, el intelectual sólo se ocupa hoy de forjar opiniones. Es un opinador bien formado e informado, sobre los grandes temas que nos importan y comprometen. Sus raíces se hallan igual en el profeta que en el sofista y el filósofo. Tiene algo de visionario, de alquimista de ideas, de mago de las palabras a las que fuerza a expresar cosas distintas de las que suelen nombrar. Su libertad compensa su soledad. Un hombre –o una mujer- desde su individualidad oponen su opinión a la que es manida y pública, su ingenio se eleva en para-doxa sobre y contra la doxa dominante. Pone de manifiesto las contradicciones corrientes de estos o aquellos. Desde su “soledad sonora”, los profetas Amós o Jeremías elevan su voz contra su propio pueblo: Israel. La inteligencia es así, siempre, minoritaria y contingente, un opinar contra la convención, la prevención, el prejuicio dominante. ¿No tendrá por fuerza que ser impopular? ¡Lo será! Como comentó Hume con humor, el filósofo sospechará de la justeza de su obra si esta se convierte en popular, si su obra pasa por best-seller. Porque la misión del intelectual es corregir el pensar popular y ¿a quién le gusta que le despierten y que además le riñan?: “la opinión del intelectual que es siempre contra-opinión será inevitablemente ironía –hasta cruel sarcasmo- y paradoja. En efecto -como dice Ortega-, la Historia de la filosofía es una serie ininterrumpida de paradojas (La Razón histórica, II, Lisboa, 1944).

La validez de la opinión del intelectual reside precisamente en que no expresa su interés individual. Ha hecho el vacío en sí mismo mediante la duda para dejar que después el Noûs o Entendimiento, que Averroes o Tomás pensaban como una energía anónima y universal, manifieste su verdad. Pero no basta con que una opinión se evidencie o demuestre argumentativamente como verdadera, verosímil. Los seres humanos no se hallan por naturaleza abiertos a la evidencia racional, cerrados como están en sus respectivos mundos de fantasía, en sus celdas de confort alfombradas y cubiertas de ilusiones, creencias y ensueños. Como la inteligencia por sí misma no tiene fuerza, ha de dejarse acompañar por la gracia haciéndose plausible (digna de aplauso). El ingenio y el humor tocan la flauta con que el intelectual ensaya seducir al dragón y a la cobra de la pasión y la impulsividad. Y es aquí donde el auxilio de la retórica bien entendida y asociada al sentido común, al buen gusto, la ironía (que es la manera más cortés de provocar) resulta imprescindible, como el mismo Platón reconoce al final del Gorgias.

El intelectual se atreve así a decir, aludir o insinuar, lo que no debe o puede ser dicho. Nada que ver por tanto con lo “políticamente correcto”. No extrañe que por ello sus palabras hayan disgustado siempre al pusilánime y al tirano. Como el primer motor de Aristóteles –analogía orteguiana- la Inteligencia mueve inmóvil, atrayendo con su belleza y perfección, la de su análisis o la de su proyecto.

Del autor:

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