'Francisco Pizarro, conquistador de Imperios', por Pedro Cuesta Escudero, profesor jubilado de Historia.
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"Francisco Pizarro, conquistador de Imperios", por Pedro Cuesta Escudero, profesor jubilado de Historia.

domingo 23 de enero de 2022, 10:09h
'Francisco Pizarro, conquistador de Imperios', por Pedro Cuesta Escudero, profesor jubilado de Historia.

Es muy difícil encontrar otra generación de conquistadores como la de Francisco Pizarro. Con invencible firmeza, y afrontando todo tipo de peligros y enfermedades, consiguieron dominar nuevas tierras. Francisco Pizarro gustaba de la aventura y, sobre todo, de la guerra. Taciturno, parco en palabras, decidido, dispuesto a dar a los demás y siempre en el lugar de más peligro, su figura de conquistador indiano es, junto a la de Hernán Cortés, la máxima gloria soldadesca de España en el Nuevo Mundo. La magnitud de sus empresas, la dureza de las condiciones que debieron afrontar y lo escaso de su número convierte la acción de los conquistadores en gestas impresionantes. El juicio posterior sobre su motivación real no desmerece las increíbles hazañas que lograron estos hombres.

'Francisco Pizarro, conquistador de Imperios', por Pedro Cuesta Escudero, profesor jubilado de Historia.
'Francisco Pizarro, conquistador de Imperios', por Pedro Cuesta Escudero, profesor jubilado de Historia.

Breve biografía

Francisco Pizarro nació en Trujillo hacia 1478 como hijo ilegítimo del hidalgo Gonzalo Pizarro y de Francisca Gonzáles. Se dice que en su infancia guardó cerdos y que huyó a Sevilla para evitar represalias por habérsele escapado algunos. De la capital hispalense pasó a Italia como soldado del Gran Capitán y posteriormente, en 1502, viajó a las Indias como paje de Nicolás de Ovando. Combatió con Alonso de Ojeda en Caribana, donde quedó como lugarteniente en el fortín de San Sebastián, la primera fundación española en el continente americano. Con Núñez de Balboa asistió al descubrimiento del Mar del Sur (océano Pacífico) en 1513 y con Pedrarias Dávila a la fundación de Panamá, donde se convirtió en rico e influyente vecino. Pizarro consiguió además superar su analfabetismo y llegó a ser regidor, alcalde y teniente de gobernador de Panamá o Castilla de Oro.

Su jefe directo, Pedrarias Dávila, implacable gobernador de Castilla de Oro desde 1513, que mandó decapitar a Vasco Núñez de Balboa, había convertido Panamá en un activo núcleo descubridor. Su lucrativo sistema de compañías que cuidaban de la financiación, de la explotación de tierras y del reparto convenido de los beneficios demostró ser realmente eficaz. Con este ambiente Pizarro no duda en abandonar su vida cómoda para ir en pos de nuevas tierras.

El descubrimiento del Perú

Las primeras noticias de la rica región de “Birú” llegaron tras la expedición de Andagoya, quien costeando por el Pacífico alcanzó casi el ecuador. Por su cargo en la gobernación de Panamá Pizarro tuvo conocimiento de esta rica región, por lo que en 1524 decidió asociarse con Diego Almagro y como socio capitalista con el clérigo Hernando de Luque, que figura en la empresa como testaferro de Gaspar de Espinosa, con el fin de apoderarse de esa región tan prometedora. Antes de lanzarse en su conquista realizan tres viajes exploratorios. El primero lo realizan a finales de 1524 y en el que reconocieron las costas occidentales de la actual Colombia. La aventura fue un fracaso y, además, Almagro perdió un ojo de un flechazo en su encuentro con los nativos.

La relación entre Pizarro y Almagro se fue agriando y, durante la segunda expedición que emprendieron en 1526, a punto estuvieron de batirse en duelo cuando Pizarro salió en defensa de los soldados, a los que Almagro había insultado llamándoles “gallinas”. En esta segunda expedición el hambre y las enfermedades diezmaron la escasa tropa, y Almagro tuvo que regresar a Panamá en busca de provisiones, dejando a Pizarro en la isla del Gallo. El gobernador de Panamá se niega a prestarles ayuda e incluso envía tropas a la isla para que trajeran de vuelta a los expedicionarios. Pizarro, que veía cerca el éxito, no iba a consentir que nadie acabara con su aventura y, tras trazar con la espada una raya en la arena, pide que la cruzaran quienes desearan continuar el viaje. “Al Sur se va a una tierra por descubrir que promete honra y riquezas; el buen castellano que escoja lo mejor”. Solo trece cruzaron la raya –Los Trece de la Fama- y juntos huyeron de las tropas del gobernador hasta llegar en una frágil balsa a la isla de Górgona. Allí les recogió Almagro, que también había desobedecido las órdenes del gobernador. Juntos continuaron hacia Guayaquil y a la bahía de Túmbez. Durante este viaje acumulan riquezas, raptan a tres indígenas hablantes de quechua que navegaban en una balsa y los bautizan Felipillo, Francisquillo y Martinillo, para que les sirvieran de intérpretes. Por ellos se enteran de la guerra fratricida que dividía el imperio inca, en la que Huascar y Atahualpa, hijos del difunto Huaina Capac se disputaban la mascaipacha, la tiara, símbolo del poder inca.

Ante la negativa del gobernador Pedrarias para seguir explorando, Almagro y Pizarro decidieron pedir permiso directamente al emperador Carlos I, tarea para la cual Pizarro regresó a España. En 1529 se firmaron las capitulaciones para la conquista de Perú. Cuando Pizarro vuelve a Panamá en compañía de sus hermanos Hernando, Gonzalo y Juan tuvo que enfrentarse a otro contratiempo: Almagro le acusó de haberle arrebatado el título de Adelantado y Gobernador de Nueva Castilla, nombre otorgado a las tierras peruanas.

Tahuantinsuyo o Imperio Inca

Los incas o “señores” denominaban a su imperio Tahuantinsuyo, que quiere decir “los cuatro puntos cardinales juntos”. Esta palabra representa el etnocentrismo propio de los pueblos expansionistas, ya que los incas se sentían señores del mundo. Su centro urbano era Cuzco, que significa textualmente “ombligo”. Según la tradición, Manco Inca y Manua Oclla emigraron del lago Titicaca, enviados por el dios Viracocha, con unas barras de oro que debían hundir en el suelo. Cerca de Cuzco las barras entraron con facilidad en la tierra, siendo la prueba de que era allí donde debía estar la cuna del futuro imperio. Históricamente el Imperio Inca fue fundado en el siglo XI d. de Cristo. Esta organización política se impuso a todos los pueblos autóctonos, extendiendo sus dominios por un territorio cuatro veces mayor al de España, aunque la selva le impidió proyectarse hacia el este.

El imperio era una monarquía absoluta, hereditaria y teocrática. La sociedad se estratificaba según un principio jerárquico. El Inca era el líder, nadie podía mirarle de frente y quienes se le acercaban lo hacías descalzos. Se casaba con las mujeres más hermosas, llamadas coyas, y vivía rodeado de una amplia corte de parientes, amantes, guardianes del quipu- el complicado sistema de comunicación- y soldados. Por debajo de la nobleza estaban los sacerdotes y, por último, el pueblo. El sistema administrativo incaico propiciaba una sociedad sin miseria, aunque se rigiera en provecho de una minoría. Al estar establecido oficialmente el colectivismo agrario, no existía el concepto de propiedad privada.

Hasta catorce Incas se sucedieron a lo largo del tiempo, siendo Huaina Capac el penúltimo de ellos. Cuando llegó Pizarro el imperio tenía doce millones de habitantes, una estructura compleja y un notable desarrollo agrícola. Al morir Huaina Capac se repartió el imperio entre sus hijos Atahualpa y Huáscar, que pugnaron por el control total dando lugar a una guerra civil que creó una situación muy inestable,

Rivales hasta la muerte

La rivalidad entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro, socios en una empresa tan inverosímil como la conquista, pone de relieve la individualidad que caracterizaba a los conquistadores españoles de América. Sin embargo la estructura piramidal del imperio inca, donde el individuo solo era una pieza dentro de la maquinaria social, facilitó su derrumbe cuando en Cajamarca falló, precisamente, el liderazgo.

Pizarro inició la nueva expedición costeando por San Mateo y Coaque a finales de 1531, mientras que Almagro se quedó en Panamá ocupándose de los trámites, reclutando nueva tripulación y asegurándose de que Pizarro recibiera cuanto necesitara, sirviéndose de las riquezas que su socio iba remitiéndole. El avance por mar y por tierra era muy penoso, pero con los refuerzos enviados por Almagro pasaron a Puná, donde hicieron frente al cacique de la isla. De allí a Túmbez y después al rio Chivá, en cuyas márgenes se fundó San Miguel de Tangarará, ciudad que se convertiría en la base costera de la conquista, plaza fuerte donde recibir refuerzos y a la huir a toda prisa en caso necesario. Pizarro deja en San Miguel una guarnición al mando de Sebastián de Benalcázar y, sin esperar los refuerzos de Almagro, ascendió a Cajamarca con una fuerza de 160 hombres. No lejos, tomando unos baños sulfurosos en Putumarca, se encontraba Atahualpa, el Inca del territorio de Quito, que acababa de derrotar a su hermano Huáscar, hasta entonces Inca de Cuzco. Atahualpa era un indio recio, de unos 35 años de edad, que vestía riquísimas telas y lucía adornos en la cabeza.

Estando todavía en Panamá reclutando más hombres para la tercera expedición, Almagro se enteró de que la Corona le había nombrado mariscal y contador de tierra firme, y le había otorgado un escudo de armas. Sintiéndose así justificado para tomar el control, en presentó en Cajamarca con su tropa y allí descubrió que su socio había logrado apresar al inca Atahualpa. Almagro nunca pudo superar el resentimiento que sintió cuando Pizarro regresó de España habiendo obtenido el título de gobernador de las tierras que se conquistaran, Su inquina aumentó al ver como Pizarro trajo a sus hermanos como aliados para la empresa.

La emboscada de Cajamarca

Pizarro llegó a Cajamarca en noviembre de 1532 y como la ciudad estaba desierta, el español aprovecha para disponer estratégicamente sus tropas y emplazar la artillería. En las afueras, en un lugar denominado Pultumarca, estaba el campamento de Atahualpa, reciente vencedor de la guerra civil, a quien Pizarro deseaba someter.

Atahualpa había oído nuevas de su desembarco a lomos de bestias enormes, y había tomado a los recién llegados por dioses, hijos de Viricocha; incluso mató al espía que, tras ser enviado al campamento español, regresó diciendo que no eran nada más que un puñado de ladrones salidos del mar. Por eso, cuando Pizarro envió como emisarios a Hernando de Soto, Hernando Pizarro y otros jinetes para que invitaran al Inca a reunirse con él en la ciudad, éste no dudó en aceptar. Al día siguiente los caminos que conducían a Cajamarca se cubrieron de batallones indios que entraron en la ciudad, ocupando la plaza. Al poco tiempo, Atahualpa hizo su entrada triunfal, sentado en una litera de oro y rodeado de un enjambre de servidores y mandatarios, siendo aclamado estruendosamente.

Pizarro era un buen estratega y había distribuido la caballería en tres cuerpos ocultándolos tras unos cobertizos que daban a la plaza. Lo mismo hizo con la infantería, mientras que él mismo con dos docenas de peones, se escondió en un templete de piedra que había en el centro de la plaza. Cuando el inca Atahualpa llegó a la plaza de Cajamarca, no encontró a nadie. Ya se disponía a enviar guerreros en busca de los recién llegados cuando se oyó un murmullo y la multitud india se hizo a un lado para dejar pasar a tres personas que se dirigieron hacia el Inca: era el capellán Valverde, el soldado Aldana, que conocía algo de la lengua quechua y el intérprete Felipillo. Cuentan las crónicas que el capellán intentó explicar a Atahualpa que había un Dios, un Papa que le representaba en la tierra y un emperador que, por donación papal, les enviaba para apoderarse de aquel reino. Cuando Atahualpa preguntó quién decía todo aquello, el capellán contestó que estaba escrito en la Biblia y le dio el libro. El Inca lo sacudió esperando que le hablara y cuando no ocurrió lo lanzó al suelo furioso. Temiendo que Atahualpa pudiera lanzar sus ejércitos contra los tres enviados, Pizarro ordenó disparar un arcabuz y agitar una bandera blanca. Esta era la señal convenida para que los soldados y la caballería lanzaran una carga desde diferentes puntos contra los indios, mientras que la artillería descargaba al aire. Los hombres de Atahualpa, que hasta entonces no habían tenido contacto con la pólvora, quedaron tan sorprendidos que no atinaban a defenderse. Pizarro aprovechó este momento de confusión para entrar en la plaza junto con sus soldados más leales y hacer prisionero al inca Atahualpa.

Al día siguiente, Hernando de Soto fue enviado a saquear el campamento inca y regresó con miles de prisioneros que no habían opuesto ninguna resistencia. Pronto descubrieron que se trataba de partidarios de Huascar, el hermano de Atahualpa, contra el que había luchado para hacerse con todo Perú. Atahualpa pensó que podía negociar su libertad apelando a la codicia de los españoles por lo que ofreció a Pizarro una habitación llena de oro y dos de plata a cambio de su liberación. Pizarro, deslumbrado, acepta la oferta. La fortuna conseguida fue más de lo esperado, cuando lo obtenido en Cajamarca se sumó a lo que trajeron Gonzalo Pizarro de Pachacámac y Hernando Pizarro de Cuzco. También llegó Almagro y vituallas frescas. Mientras tanto desde su prisión Atahualpa ordena que maten a su hermano Huascar para evitar que se alíe con los españoles. Al final los ejércitos del Inca, acosados por los quechuas aliados de los españoles, que les negaban su apoyo, deciden regresar a Quito.

A los españoles se les presentaban dos problemas de urgente solución: el reparto del botín y la suerte de Atahualpa. Almagro y los oficiales reales presionan a Pizarro para que se procesara a Atahualpa y se le condenara a muerte alegando que el Inca estaba movilizando fuerzas indias contra los españoles. Para demostrarlo señalaron un ejército quiteño en la distancia y Pizarro decidió la muerte del Inca sin percatarse que aquel ejército huía en vez de atacar. Atahualpa fue ajusticiado en la plaza de Cajamarca, conmutándosele la pena de hoguera por la de garrote gracias a su conversión al cristianismo. Se repartió el botín con Almagro, excepto el quinto real -100.000 pesos de oro y 5.000 marcos de plata-, que Pizarro llevó personalmente a España.

El amargo final

Pizarro y Almagro parten hacia Cuzco con el grueso de toda la hueste y sus aliados quechuas. Pero antes, para dar cierta legitimidad a la política de los indios, Pizarro ciño la mascaipacha a Tupa Hualpa, hermano de Atahualpa. Sin embargo murió envenenado por el camino y fue otro hermano Manco Capac quien entró con los españoles en Cuzco, la capital del imperio. Almagro y Pizarro se disputaron de inmediato el gobierno de Cuzco, pero debieron aplazar la querella cuando el primero tuvo que acudir a Quito para detener el avance de Pedro de Alvarado. Por su parte Hernando Pizarro se encargó de solicitar a la Corona nuevas mercedes, consiguiendo para su hermano el título de marqués, así como la ampliación de su gobernación. Para Almagro obtuvo la creación de la gobernación de Nueva Toledo, el actual Chile.

En 1535 Pizarro fundó en la costa la Ciudad de los Reyes –actual Lima- para que fuera capital de Nueva Castilla, dejando a su hermano Gonzalo el mando de Cuzco. Pero disfrutó poco tiempo de sus conquistas, pues los abusos contra los indios provocaron la rebelión de Manco Capac, que sitió Cuzco, al tiempo que el general quechua Titu Yupanqui asediaba Lima. Pizarro consigue defender Lima, sobre todo después de que el hambre hiciera mella en sus enemigos, mientras que en Cuzco sus hermanos pudieron contar con el ejército de Almagro quien, al regreso de su fallida intervención en Chile, logró expulsar a Manco Capac. Este se retiró a la selva desde donde inició una guerra de guerrillas mientras que en la ciudad, Almagro aprovecha para encarcelar a los hermanos Pizarro. Pero estos pudieron huir y derrotaron y capturaron a Almagro en la batalla de Salinas. Procesado por traición, Almagro fue ajusticiado el 8 de julio de 1538. El hijo de Almagro, llamado Diego Almagro el Mozo, decidió vengar la muerte de su padre, por lo que junto con sus seguidores asaltó la residencia de Francisco Pizarro en Lima. Las crónicas dicen que el viejo conquistador s batió bravamente con la espada, pero que al final sucumbió, no sin antes besar una cruz que el mismo trazó en el suelo con su propia sangre. Actualmente los restos de Francisco Pizarro se encuentran en la catedral de Lima.

Y para colofón de esta pequeña crónica trasladamos las irónicas palabras de Eduardo Galdeano: “Mil hombres van barriendo el camino del Inca hacia la vasta plaza donde aguardan, escondidos, los españoles. La multitud tiembla al paso del Padre Amado, el Solo, el Único, el dueño de los trabajos y las fiestas; callan los que cantan y se detienen los que danzan. A la poca luz, la última del día, relampaguean de oro y plata las coronas y las vestiduras de Atahualpa y su cortejo de señores del reino. ¿Dónde están los dioses traídos por el viento? El Inca llega al centro de la plaza y ordena esperar. Hace unos días, un espía se metió en el campamento de los invasores, les tironeó las barbas y volvió diciendo que no eran más que un puñado de ladrones salidos de la mar. Esa blasfemia le costó la vida. ¿Dónde están los hijos de Viracocha, que llevan estrellas en los talones y descargan truenos que provocan el estupor, la estampida y la muerte?

El sacerdote Vicente de Valverde emerge de las sombras y sale al encuentro de Atahualpa. Con una mano alza la Biblia y con la otra un crucifijo, como conjurando una tormenta en alta mar, y grita que aquí está Dios, el verdadero, y que todo lo demás es burla. El intérprete traduce y Atahualpa, en lo alto de la muchedumbre, pregunta:

—¿Quién te lo dijo?

—Lo dice la Biblia, el libro sagrado.

—Dámela, para que me lo diga.

A pocos pasos, detrás de una pared, Francisco Pizarro desenvaina la espada. Atahualpa mira la Biblia, le da vueltas en la mano, la sacude para que suene y se la aprieta contra el oído:

—No dice nada. Está vacía. Y la deja caer.

Pizarro espera este momento desde el día en que se hincó ante el emperador Carlos V, le describió el reino grande como Europa que había descubierto y se proponía conquistar y le prometió el más espléndido tesoro de la historia de la humanidad. Y desde antes: desde el día en que su espada trazó una raya en la arena y unos pocos soldados muertos de hambre, hinchados por las plagas, juraron acompañarlo hasta el final. Y desde antes aún, desde mucho antes: Pizarro espera este momento desde que hace cincuenta y cuatro años fue arrojado a la puerta de una iglesia de Extremadura y bebió leche de puerca por no hallarse quien le diera de mamar.

Pizarro grita y se abalanza. A la señal, se abre la trampa. Suenan las trompetas, carga la caballería y estallan los arcabuces, desde la empalizada, sobre el gentío perplejo y sin armas”. De su libro Memorias del fuego. I Los nacimientos Editorial Siglo XXI, 1982.

Como estamos viendo la organización y financiación de los ejércitos que conquistaron América corrió a cargo de particulares, ya que la Corona estaba más interesada por los asuntos europeos. Y los dominios crecían sin que el rey de España se preocupase nada más que de gastar el oro que le llegaba. El conquistador estaba obligado a reclutar, armar y avituallar las tropas, y los hombres se alistaban por lo que les correspondiese de los botines incautados y del reparto de las tierras conquistadas. Y también por el prestigio del capitán y por la fama de las tierras a conquistar. En las huestes no solo iban soldados, sino también médicos, cirujanos, capellanes y los oficiales reales. Estos eran un tesorero, un contable y un notario, que eran los encargados de fiscalizar y separar para el rey el quinto del botín. Indios porteadores e indios aliados, ya fueran intérpretes o guerreros completaban el ejército, al cual seguían piaras de cerdos, recuas de mulas cargadas con armas, ropa y toda suerte de provisiones, además de baratijas como espejos, cascabeles, campanillas, bonetes para efectuar rescates o trueques. El negro africano también tuvo un papel en la conquista, ya fuera como esclavo o como verdugo. El efecto que provocaron en los indios fue tremendo ya que no concebían que pudieran existir criaturas tan extrañas.

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