"El ocaso de los taínos de La Española", por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom

'El ocaso de los taínos de La Española', por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom
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miércoles 05 de enero de 2022, 09:02h
'El ocaso de los taínos de La Española', por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom
'El ocaso de los taínos de La Española', por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom

Al grito de “Colón genocida” son derribadas las estatuas del Descubridor en Estados Unidos, Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador,.. Da la casualidad que en ninguno de esos países estuvo Cristóbal Colom. No pasó de las islas del Caribe y de Centroamérica y murió obsesionado en la creencia de que había llegado a los aledaños de las costas asiáticas. Estableció contacto con los ciboneyes, arevacos, caribes, tainos… de las Antillas Mayores y Menores. Donde únicamente se estableció Cristóbal Colom fue en la isla que denominó La Española (las actuales repúblicas de Santo Domingo y de Haití) Analizaremos el ocaso de esos pueblos caribeños, esencialmente los tainos, que eran los habitantes de La Española. Su desaparición motivó la presencia del pigmento negro en América, portador de otros elementos culturales que originan modalidades insospechadas sobre el mapa cultural.

'El ocaso de los taínos de La Española', por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom
'El ocaso de los taínos de La Española', por Pedro Cuesta Escudero autor de Colón y sus enigmas y de Mallorca patria de Colom

Situación de los grupos antillanos a la llegada de Colom

Se suele presentar al taíno como un grupo homogéneo; de hecho, habitualmente se utiliza el término para señalar a los habitantes de la isla La Española anteriores a la llegada de los europeos. Sin embargo, se trata de una errónea simplificación de la realidad, pues estos representaban tan solo la fase más avanzada de las distintas oleadas migratorias que habían llegado desde la costa oriental venezolana. Los tainos habitaban en la banda norte y fueron con los que contactó el almirante Cristóbal Colom cuando fundó La Isabela. Habían llegado en oleadas, procedentes de la costa venezolana y de algunos puntos de Centroamérica. La presión demográfica y la falta de tierras, por el agotamiento del sistema de roza, les obligaron a saltar a las islas caribeñas en busca de nuevos terrenos sobre los que pudieran sustentarse. Habían cultivado la tierra en la selva tropical del Orinoco y en La Española implantaron el mismo tipo de agricultura de roza que conocían. Cultivaban yuca (de donde extraían el cazabe), maíz, ajes, maní, etc., bebían el maíz fermentado (chicha) y vivían en poblados de entre 500 y 1.000 personas.

Junto a la sociedad taína pervivían grupos de ciboyenes, situados en la costa, que vivían en cuevas, carecían de agricultura, pues se dedicaban básicamente al marisqueo, y no formaban un grupo homogéneo, pues habían llegado en distintas oleadas adoptando patrones de comportamiento diferentes; se agrupaban en bandas de entre 30 a 100 individuos. Los caribes, ubicados en poblados, empleaban piedras sin pulimentar, hachas de piedra, cerámica, y practicaban, junto con la agricultura, el canibalismo. Aún había los macorixes, residuales que mantenían formas de organización más primitivas y arcaicas, no agrícolas. Es decir, en La Española antes del Descubrimiento, primó la pluralidad frente a la unidad cultural, no existiendo ningún grupo de naturales que actuara como dominador e impusiera sus patrones culturales. Como decimos, estos grupos arcaicos habían llegado a la isla, saltando desde la costa oriental de Venezuela a la isla Trinidad y desde las Antillas Menores a las Mayores.

Habitantes que había en La Española a la llegada de los españoles

El problema de la cifra exacta de pobladores indígenas dr La Española en 1492 no es fácil de solucionar por la carencia de fuentes seguras. Solo se podrá establecer una aproximación, seleccionando bien las poquísimas cifras fiables y estableciendo comparativas con las densidades propias de la Edad de la Piedra. Y este problema de cuantificación es extensible a todo el continente americano, e incluso, a buena parte del mundo en esas mismas fechas. Se han exagerado las cifras de amerindios existentes en la época del Descubrimiento, al igual que el número de españoles que hubo varias décadas después del primer contacto. Por citar algunos ejemplos significativos, se han abultado las cifras de pobladores europeos en la isla, pues se estimaban en varios miles cuando estudios recientes cifran la población de la isla en 1528 en 800 vecinos, 100 más en 1598. Pero estas cuantificaciones recargadas o divergentes también se dan en el resto del continente americano. La cuantificación en épocas pre-estadísticas hay que tomarla con extrema cautela y hasta con escepticismo.

Centrándonos en las fuentes sobre la población aborigen en la isla, empezamos por los cronistas a los que, a nuestro juicio, no se les puede conceder la más mínima fiabilidad. Desde Cristóbal Colom a Girolamo Benzoni, pasando por Pedro Mártir de Anglería, fray Bartolomé de Las Casas o Gonzalo Fernández de Oviedo, no pueden ser tomados en consideración a efectos numéricos por dos motivos: primero, porque hicieron las estimaciones a bote pronto sin pararse a contar; y segundo, porque exageraban todo lo que veían, multiplicando los contingentes de naturales a los que se enfrentaban o comparando las ciudades que encontraban con Salamanca, Toledo o Roma. Señalemos algunas de esas estimaciones: Pedro Mártir de Anglería afirmó que la isla estuvo poblada por más de 1,2 .millones de naturales. Dado que nunca viajó a las Indias, ¿de quién se informó? Pues nada más y nada menos que del almirante Cristóbal Colom, el mismo que, dando pábulo a sus delirios mesiánicos, creyó encontrar en el Nuevo Mundo la isla de Cipango, Catay y hasta el Paraíso Terrenal que ubicó exactamente en las bocas del río Orinoco. Afirmó que solo en el Cibao había 50,000 caribes, que vio pueblos con más de 1,000 casas, que se enfrentó a ejércitos de 100,000 efectivos y que la isla poseía un perímetro superior al de España. Hay que tener en cuenta que el Almirante estaba teniendo problemas para encontrar oro y más aún al Gran Khan o a algún otro rey. No tardó en idear la posibilidad de rentabilizar la isla exportando indios esclavos, por lo que le interesaba afirmar que había “cuantos quieran cargar”, es decir, casi infinitos.

Por su parte, fray Bartolomé de Las Casas cambió de opinión en varias ocasiones, oscilando sus versiones entre los 1.1 millones, y “los más de tres y cuatro” millones, mientras que en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias se quedó con una cifra intermedia de 3 millones. El encendido relato de Bartolomé de Las Casas y de otros frailes que, como él, denunciaron sin sonrojo las atrocidades cometidas por los conquistadores en su avance por las tierras de Ultramar, hinchan sus relatos con exageraciones y errores manifiestos para subrayar los excesos de los españoles y proteger a los desdichados indios. Las Casas fue un honrado cruzado, pero en modo alguno puede reconocérsele como un historiador honesto. Del mismo modo, los documentos de la época –las cartas y probanzas de los contemporáneos– ofrecen un indudable caudal de información, pero muy raras veces son imparciales puesto que todos ellos se guían por motivos ocultos o por interesadas demandas. Creemos que los ejemplos expuestos son suficientes para avalar la idea de que las cifras numéricas de los cronistas no son en absoluto fiables,

En cuanto a las fuentes documentales, a nuestro juicio solo hay dos datos relativamente fiables, el recuento del Repartimiento de 1510 y el de 1514. Y decimos que su fiabilidad es relativa por varios motivos: primero, porque aunque obviamente hubo un conteo, no se incluyeron muchos naturales que se encontraban en áreas poco accesibles, sobre todo en las sierras y selvas subtropicales. Y segundo, porque es posible que esas ausencias estén compensadas con la incorporación, sobre todo en el Repartimiento de 1514, de algunos contingentes importados de las islas comarcanas, es decir, de efectivos que no eran originarios de la isla. En relación al primero, es decir, al de 1510, se confeccionó para realizar el Repartimiento de Diego Colón, estimándose la población en 33,528 aborígenes, según reflejó un extracto de Juan Bautista Muñoz.

El segundo recuento, realizado en 1514 se estimó la población, no eran todos los aborígenes, pues una parte estimable de ellos estaba en zonas montañosas fuera del alcance de los hispanos. Bastante más desconfianza genera otras dos estimaciones de la época que hablan de 60,000 a finales de 1508, coincidiendo con la llegada a la isla del tesorero Miguel de Pasamonte, y de unos 40,000 un año después. Y decimos que no son fiables por dos motivos: uno, porque el propio redondeo del número evidencia que no proceden de un conteo sino de una estimación. Y otro, porque proceden del padre Las Casas, el mismo que ha dado pruebas sobradas de ser extremadamente impreciso cuando se trata de ofrecer datos cuantitativos o estimativos.

Y para colmo, si ya de por sí las fuentes ofrecen variaciones considerables, a estos desacuerdos hay que añadir la cuestión ideológica, pues los partidarios de la Leyenda negra inflan las cifras para destacar el genocidio, Dando pábulo a los informantes alcistas, defendieron la cifra de casi ¡8 millones de pobladores!, igualando la población de la España de ese tiempo, pese a que tenía una superficie más de 6 veces superior. Las cifras de Cook y Borah son impensables, porque eso implicaría una de las densidades demográficas más altas del mundo en esos momentos. Considerando que los taínos, aunque practicaran una rudimentaria agricultura de roza, estaban en la Edad de Piedra y su capacidad para mantener a grandes poblaciones era escasa. No podían mantener densidades superiores a 3 o 4 habitantes por km2

Defendemos que, a falta de fuentes fiables, lo único que se puede usar para acercarse al volumen demográfico de la isla en 1492 es el sentido común y las comparaciones con las densidades demográficas de áreas en un grado de desarrollo similar. Es importante señalar que es imposible saber la población exacta que había, dada la inexistencia de fuentes seriadas. Por ello, trataremos solo de alcanzar una cifra aproximada, razonable, razonada y convincente. Es cierto que es difícil saber si fueron 95,000, 100,000, 135,000 o 180,000, pero no mucha más población pudo albergar la isla. Y para defender dichas cifras esgrimimos varios argumentos que exponemos lo más sintéticamente posible en las líneas que vienen a continuación: Primero, se ha dicho que había zonas agrícolas densamente pobladas, pero se soslayó que más del 60% del territorio isleño era accidentado y no se podía practicar una agricultura eficiente. La isla posee una extensión de 75.980 Km2, solo en un 37% del territorio se podía practicar la agricultura, es decir, en unos 28,112 km2 aproximadamente. Ahora bien, no se debe olvidar que para el cultivo de la yuca se usaba el sistema de tala y quema. Dado que las parcelas se usaban unos 5 años y, tras quedar agotadas, había que abandonarlas para su recuperación durante 2 décadas, las tierras cultivadas ascendían a 5,622 Km2. Eso equivaldría a unas 562,200 hectáreas cultivadas, es decir, el 7.4% de la extensión total de la isla. Y de todas ellas, había muchas dedicadas a otros cultivos, además de la yuca, como el maíz, los frijoles, los ajes, la calabaza, etc. Pero, suponiendo que la mitad estuviesen dedicadas al cultivo de la yuca, se obtendrían unas 281,100 hectáreas dedicadas a la producción de casabe. Cada nativo necesitaría unos 120 montones de yuca al año para su subsistencia, es decir, más o menos ½ hectárea, lo que daría una carga poblacional máxima de 562,200

La cifra nos sigue pareciendo muy elevada, pero hay que tener en cuenta que son máximos, aunque es posible que nunca se alcanzaran esas cifras máximas que ponían a los isleños en riesgo permanente de hambruna, en aquellos años en los que la cosecha fuera escasa. En el resto del territorio había extensas sabanas, bosques subtropicales y zonas montañosas, con cimas superiores a los 3.000 metros en la extensa Cordillera Central. Allí había grupos humanos que no practicaban la agricultura sino que se dedicaban a la recolección, a la caza y, donde se podía, a la pesca. No olvidemos que los recursos alimenticios en zonas de montaña o en la selva tropical son tan limitados que cualquier persona foránea que llegase sin las alforjas bien repletas moriría en poco tiempo de hambre.

Aplicando una densidad razonable para la zona de economía agrícola, no excedentarias sino de subsistencia, de 4 habitantes por km2 y de 0.5 habitantes por Km2 en las zonas marginales, donde predominaba la caza y la recolección, se llega a las siguientes cifras: un total de 136,384 habitantes para la isla en 1492, con una densidad media global de 1.79 hab/km2. Reconociendo un margen de error, suponiendo que la densidad de la zona agrícola alcanzara los 5 hab/km2 y la zona no agrícola 1 hab/km2 la población alcanzaría un total de 188,430 habitantes para toda la isla.

Alguien podría pensar que estas densidades sensiblemente inferiores a 2 hab/km2 son excesivamente bajas, dado que los cronistas hablan de 5 cacicazgos más o menos evolucionados que requerirían de una compleja estructura socio-económica. Sin embargo, pese a estas estructuras caciquiles, ya hemos explicado que en una buena parte de la isla seguía dominando la caza, la pesca y la recolección, mientras que en la otra, pese al avance que supuso la técnica del montón, seguían practicando una agricultura de roza y coa (palo endurecido al fuego que usaban los tainos para labrar), extremadamente primitiva.

Por establecer algunas comparaciones, se estima que la población aborigen de toda Australia en el siglo XVIII era de entre 300,000 y 750,000 habitantes. Es cierto que poseían una estructura socioeconómica más atrasada que la de los taínos de La Española, pero la densidad demográfica era verdaderamente ínfima. Asimismo, en Argelia, se estima que en 1830, poco antes de su conquista por los franceses, vivían unos 3 millones de personas, es decir, una densidad por km2 de 1.26. Dado que en 1510 quedaban solo 33,528 aborígenes, cifra que es relativamente segura, hemos de hablar de un descenso de la población entre 1492 y 1510 del 74.94%. Se trata de cifras factibles ya que hay que tener en cuenta que se habla de porcentajes de descenso de la población que no eran equivalentes al porcentaje de mortalidad, porque habría que sumar los nacidos en esos años, aunque se sabe que la tasa de fecundidad descendió drásticamente desde la llegada de los hispanos. Asimismo hay que tener en cuenta que el impacto provocado por los europeos en la demografía indígena entre 1492 y 1502 debió ser necesariamente limitado; solo controlaban unos pocos centros neurálgicos y gran parte del interior de la isla debió quedar fuera de su control.

Y por último, cabría pensar que la estructura socioeconómica taína era más atrasada que la castellana. Pues bien, si se acepta que hubiese 1 millón de habitantes daría una densidad de 13.1 hab/km2, cifra solo ligeramente inferior a la de España que en esa época tenía 16.2 hab/km2

. De lo dicho hasta ahora se pueden extraer dos conclusiones: una, el problema del número de taínos a la llegada de los hispanos es irresoluble. Los datos históricos fiables son muy escasos y la arqueología, hasta el momento, no ha aportado los datos suficientes. Y otra, aun partiendo de la base de que es imposible la certeza en números exactos, son en cualquier caso insostenibles cifras de población superiores a los 200,000 o a lo sumo 300,000 habitantes.

Causas de derrumbe demográfico

Tanto si partimos de 136,384 aborígenes como si lo hiciéramos desde 300,000 o desde ½ millón, el desplome fue tal que, a mediados de siglo, los taínos estaban en vías de extinción. Casi todos los cronistas que vivieron en primera persona la conquista se plantearon sus causas. Y, en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una causalidad múltiple: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo.

No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas. Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de La Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente ‒afirmó‒ la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las epidemias. De hecho, la enumeró en último lugar, cuando en realidad hoy se sabe que fue la principal.

El padre Las Casas fue mucho más explícito al señalar, como primera causa, los malos tratos y las matanzas de amerindios. Concretamente dijo: “Desde hace más de cuarenta años que los españoles están allí, no han hecho otra cosa que asesinar indios, hacerles sufrir, afligirlos, atormentarlos y destruirlos[…]. La causa por la que han muerto y destruido a tantas personas ha sido por tener el oro y henchirse de riquezas en muy breves días.” Parece obvio que el cenobita, no percibió bien la importancia de las epidemias, o bien, interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos.

Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente la viruela. Lo más curioso es que explicó esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refirió a los 2 millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insistió nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo “de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios”. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando entre las primeras las epidemias, empezando por la de la viruela. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

Enfrentamientos con los indígenas

A Cristóbal Colom se le tacha de genocida, cuando la realidad indica todo lo contrario. A pesar de la tragedia del fuerte Navidad, siempre hablaba de la mansedumbre de los indios, asegurando que por no conocer su lengua aún no eran cristianos. Cuando Margarit, el alcaide de la fortaleza Santo Tomás de Cibao, reclama el regreso de Colom porque había oído que el cacique de los caribes Caonobó se estaba preparando para atacarles, el Virrey, mientras organiza las naves para su viaje explorador de Cuba, decide enviar al interior de la isla al capitán Alonso de Ojeda con 400 hombres con la orden de visitar los territorios de los diferentes caciques y de explorar la isla de manera que ni Caonobó ni ninguno otro cacique se atreviera a planear un enfrentamiento con los españoles. Incluso escribe a los monarcas que "porque no aya rrazón de enojar a los indios – vemos en la Carta Relación de la exploración de Cibao- yo enbié una persona, y otra enbió el thesorero, con caxcabeles y cuentezuelas y otras cosas; que vaian y compren todos los mantenimientos que con ellos fueren menester e otra persona enbió el teniente de los contadores mayores porque en su presençia se compre todo, y lo que se rresgate de oro sea por antél”. Lo de la mansedumbre de los indios podemos verlo en la Instrucción a mosén Pere Margarit de 9 de abril de 1494. De manera clara y directa manda que se respete a los indígenas e insiste en la necesidad de compensarlo por los mantenimientos que utilicen de ellos.

Con arreglo a este plan, todos los hombres sanos, excepto los oficiales y artesanos que debían concluir las obras de la villa, tomaron las armas, reuniendo un ejército de 250 ballesteros, 110 arcabuces, 16 caballos y 20 oficiales755 dirigidos por Ojeda hasta Santo Tomás. El capitán debía llevar a los hombres hasta la fortaleza, donde permanecería como alcaide, entregando los hombres al cargo de Margarit, así como unas instrucciones del Almirante para que recorriera la isla, pacificándola. Camino de Santo Tomás, y una vez cruzado el Río del Oro, Ojeda apresó al cacique de la zona, junto a un hermano y un sobrino, enviándolos encadenados a la Isabela. Así mismo, "mandó cortar las orejas a un vasallo de aquél en la plaza de su pueblo, porque viniendo de Santo Tomás tres cristianos a la Isabela, dicho cacique les dio cinco indios que pasasen a ellos y sus ropas a la otra parte del río"- nos cuenta Hernando Colón. Los indios, una vez en medio del río, se volvieron a su pueblo con la ropa de los cristianos. El cacique, lejos de castigar el robo, decidió quedarse con las pertenencias de los españoles. Viendo lo mucho que esta acción molestó al jefe del grupo, un cacique vecino, del otro lado del río, acompañó a los prisioneros ante Colom con intención de interceder por ellos. Sin embargo, el Almirante "mandó que dichos indios, con las manos atadas, en la plaza, fueran con público bando sentenciados a muerte." El cacique vecino pidió angustiado que no se les cortara la cabeza, accediendo finalmente el virrey a liberar a los prisioneros.

En ese mismo instante llegó un jinete de la fortaleza, que al pasar por el pueblo del cacique cautivo había encontrado cinco españoles en poder de los indios. Aprovechándose del miedo que los caballos producían en los indios, utilizó el suyo para hacer huir a más de 400 indios, hiriendo a varios en su persecución. El hombre que venía de Santo Tomás cuenta que "pasado luego a esta parte del río, vio que [los indios] tornaban contra dichos cristianos, por lo que hizo muestra de acometerles volviendo contra ellos; pero por miedo de su caballo huyeron todos, temiendo que el caballo pasase el río volando”.

Tras la dura acción de los castellanos al castigar el robo de la ropa, y las instrucciones entregadas a Margarit, Colom considera que la pacificación de los indígenas era un hecho. Por lo tanto, el mallorquín decide salir de la isla de La Española para explorar las costas de Cuba, dejando las cosas en orden en la isla que abandona temporalmente.

Cuando regresa de esta exploración encuentra en la isla una situación poco halagüeña. Los cristianos no son los únicos descontentos. La situación inestable de los españoles afectó directamente a los indios de La Española, los cuales decidieron actuar. Así, para intentar evitar que los extraños se asentaran en la isla, se valieron de todos sus recursos, desde el enfrentamiento directo, a dejar de cultivar las tierras para intentar que los españoles se fueran a causa del hambre. Los españoles, al carecer de la figura de un capitán al que respetar y obedecer, acabaron con las escasas reservas alimenticias de los indígenas pues “uno de los españoles comía más en un día que toda la casa de un vecino en un mes (¿qué harían cuatrocientos?).” nos relata Bartolomé de las Casas. El dominico continúa su relato anotando que los hombres para imponer su voluntad en la isla llegaron incluso a realizar serias “amenazas y no faltaban bofetadas y palos, no sólo a la gente común, pero también a los hombres nobles y principales.”. Pedro Mártir de Anglería también recoge los improperios realizados en la isla por parte de un grupo de españoles. Este grupo “no quería más que libertad para sí de cualquier modo que fuera, no podía abstenerse de atropellos, cometiendo raptos de mujeres insulares a la vista de sus padres, hermanos y esposos; dados a estupros y rapiñas, habían perturbado los ánimos de todos los indígenas”.

El mayor enemigo de los españoles era Caonabó, cacique de la Maguana de origen caribe, el mismo que había asesinado al destacamento de la Navidad. Al ver que los cristianos levantaban el fuerte de Santo Tomás en el centro de sus dominios, su indignación no pudo ser mayor. No obstante, mientras el ejército de españoles permaneció en la Vega se abstuvo de actuar. Al marchar Pedro Margarit tan sólo quedaba una guarnición de 50 hombres a cargo de Alonso de Ojeda, considerando el cacique que había llegado el momento de intervenir. Mártir de Anglería nos dice que Caonabó y sus hombres “habían tenido sitiado dentro del castillo de Santo Tomás al mismo Hojeda con cincuenta soldados por espacio de treinta días, y no habían levantado el sitio hasta que vieron que venía el mismo Almirante con gran escuadrón”. Las Casas relata que Alonso de Ojeda montado a caballo y nueve soldados atrapan al cacique mediante una estratagema. “se hincó de rodillas y le besó las manos, y dijo a los compañeros "Hacé[d] todos como yo. Hízole entender que le traía turey de Vizcaya y mostróle los grillos y esposas muy lucias y como plateadas, y, por señas y algunas palabras que ya entendía, hízole entender que aquel turey había venido del cielo y tenía gran virtud secreta y que los Guamiquina o reyes de Castilla se ponían aquello por gran joya … suplicóle que fuese al río a holgarse y a lavarse, que era cosa que mucho usaban, y que allí se los pondría donde los había de traer, y que después vernía caballero en el caballo y parecería ante sus vasallos como los reyes o Guaminiqinas de Castilla.”

Caonabó acude al río con algunos hombres de su casa sin miedo alguno pues tan reducido número de cristianos nada podrían hacer en sus dominios, donde se sentía totalmente seguro. El rey indígena, tras refrescarse, quiso “ver su presente de turey de Vizcaya”. En este momento el capitán español comienza a ejecutar su plan tal y como nos lo cuenta el dominico:

“Hojeda hace que se aparten los que con él habían venido un poco, y sube sobre su caballo, y al rey pónenle sobre las ancas, y allí échanle los grillos y las esposas los cristianos con gran placer y alegría, y da una o dos vueltas cerca de donde estaban por disimular, y da la vuelta, los nueve cristianos juntos con él, al camino de la Isabela, como que se paseaban para volver, y poco a poco, alejándose, hasta que los indios que lo miraban de lejos, porque siempre huían de estar cerca del caballo, lo perdieron de vista.”.

Una vez sujeto con grilletes, los hombres que acompañaban a Ojeda le atan al cacique para evitar que este último cayera del caballo al atravesar las abundantes sierras o intentara escapar, y lo llevan ante el Almirante.

Colom, atendiendo los deseos de los monarcas, envió a su hermano don Diego a la península para que informase sobre los últimos descubrimientos, Y le confía para que los entregue a los reyes los siguientes documentos: el nombramiento de Adelantado a su hermano Bartolomé, la Carta Relación del viaje a Cuba y Jamaica, y el traslado del juramento de Cuba como tierra firme. En su obsesivo deseo de demostrar la rentabilidad de las nuevas tierras e indemnizar a los soberanos de los gastos que había hecho el tesoro real, envió también más de quinientos indios, tomados como esclavos tras el enfrentamiento producido con la mayor parte de los caciques de la isla y proponiendo que se vendieran como esclavos en Sevilla. Según Cuneo, se reunieron en la Isabela "MDC personas entre mujeres y hombres de aquellos indios; de los cuales cargamos en las dichas carabelas los mejores, DL almas entre machos y hembras, el 17 de febrero de 1495.". El italiano continúa con su relato, anotando lo que pasó con el resto de los indígenas: "En cuanto a los demás que quedaron, salió un bando para que, quien quisiera, los tomara a su antojo; y así se hizo. Cuando cada cual se proveyó de indios, sobraron como cerca de CCCC, a los que se concedió permiso de ir adonde quisieran."

(Continuará)

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