LA BURRA DE BALAAM, por José Biedma López

LA BURRA DE BALAAM, por José Biedma López

Para unos, Balaam fue un adivino del Éufrates que reverenciaba a Yavé; para otros, un hechicero codicioso obligado por la omnipotencia divina a bendecir a Israel contra su voluntad. Balak, hijo de Sippor, rey de Moab, le hizo buscar para que maldijera a los hebreos que le estaban comiendo el territorio tras su diáspora de Egipto. Por entonces, los poderosos aún temían a los espirituales, magos o visionarios.

LA BURRA DE BALAAM, por José Biedma López

Llegaron los emisarios a casa de Balaam, pero el profeta se resiste porque Yavé se niega a perjudicar a su pueblo elegido. El rey moabita no se conforma y manda a sus principales con la promesa de honores y regalos, así que Balaam, tentado, determina por fin marcharse con ellos y apareja a su humilde burra como cabalgadura. Pero a poco de iniciar la marcha se les planta delante un ángel con una espada flamante y el animal que lo ve se aparta del camino y se va a campo traviesa.

Balaam, que no ve al ángel, le pega a la pollina para hacerla volver a la senda con los jeques de Moab. Entre las dos paredes de una viña el mensajero de Yavé bloquea el camino, la burra se arrima tanto a uno de los padrones que raspa el pie del profeta, que insiste, por segunda vez, en castigarla. Por fin, en una estrechez, la pobre asna no halla hueco para salvar la amenaza del ángel y se derrumba con Balaam encima. El mago se enfurece y esta vez le pega a la burra con un palo…

“Entonces Yavé abrió la boca del pobre équido, que dijo a Balaam: ¿qué te he hecho para que me pegues con esta ya tres veces?”.

Balaam, muy cabreado, respondió como quien amenaza a un enemigo, que si tuviese una espada la mataría.

- Soy tu sierva desde hace tiempo y siempre nos hemos llevado bien –replicó el asna-. Te he servido fielmente en el trabajo y en los caminos. ¿Acaso acostumbro a portarme así contigo?

- No. Sin embargo…

Fue entonces cuando Balaam pudo ver por fin al ángel, amenazante, de pie y majestuoso ante sí. Era enorme, luminoso, y portaba una gran espada desenvainada en la mano, que brillaba como un rayo. Balaam se postró asustado y, anonadado, escuchó en silencio lo que el ángel le decía: básicamente, que el camino emprendido hacia la gloria prometida por el rey a cambio de la maldición de Israel desagradaba a Yavé.

- Pues ahora mismo, ¡si eso le parece mal, me vuelvo!

- Sigue con esos hombres, pero no digas más de lo que Yavé ponga en tu boca –mandó el ángel.

Reunido con el rey Balak, éste intenta por una vez y después de hacer numerosos sacrificios de cabras y carneros, que el adivino maldiga a Israel, pero Balaam se retira al monte pelado, escucha a Yavé y luego canta sus bendiciones al pueblo elegido “que vive aparte y no es contado entre las naciones”. Una y otra vez la presunta maldición se vuelve cántico de bendición a los judíos, hasta que el rey moabita, frustrado, se enfurece y lo despacha:

- ¡Lárgate a tu tierra, tan inútil y pobre como viniste!

- Ya te dije que nada diría, sino lo que Yavé me confía –reponde Balaam.

Antes de partir para su pueblo, el profeta canta su oráculo de varón clarividente, vaticinio del que escucha los dichos de Dios, viendo ya como el cetro de Israel aplasta las sienes de Moab…

El caso es que el adivino acertaba y las tribus de Israel se establecieron en aquellos territorios. “Y el pueblo se puso a fornicar con las hijas de Moab” (Números 25, 1), señoritas moabitas que debían ser, además de hermosas y seductoras, bastante persuasivas, porque los jóvenes israelitas, si no todos muchos, no tardaron en someterse a los dioses de sus queridas, lo cual encendió la ira de Yavé, dios celoso y colérico, contra Israel… Pero esa es otra historia, también sagrada.

La voz de la asna de Balaam atraviesa los milenios. El episodio es mencionado por san Pedro en una de sus epístolas: “un mudo jumento, hablando con voz humana, impidió la insensatez del profeta”. Son incontables las referencias al episodio en la literatura medieval y hasta tallado en los capiteles románicos. Domina la interpretación que enfatiza la inspiración verbal divina. El humanista sevillano Pedro Mejía en su diálogo “El porfiado” traza el elogio del asno en general, citando a su parienta, la burra parlante del profeta bíblico.

¡Qué injustos hemos sido con esa pacífica y dócil servidora cuya leche hacía milagros en el cutis de Popea, esposa de Nerón! Cuando Gerard Brenan se estableció en nuestras serranías béticas no comprendía que en España se rindiera culto al caballo, cuando el animal más indicado y previsible para triscar por nuestra endiablada geografía o trabajar en las labores agrícolas era más bien el asno, o sus híbridos mulares.

Que los animales pueden comportarse mejor que los humanos es un hecho comprobado, que ven, oyen y sienten lo que nosotros no podemos catar, también es cierto. A veces parecen más sensatas las mascotas, que sus dueños... Los animales presienten inundaciones, incendios, terremotos… y huyen de las sustancias tóxicas… Sus comportamientos son acciones significativas. Sabemos que hará frío cuando el grajo vuela bajo…

Fue un milagro que la asnilla viera al ángel, pero lo es más aún que se lanzase a hablar y conversara con su amo y que éste, en lugar de salir despavorido, entrase en razón. El trinitario Hortensio Paravicino, contemporáneo de Quevedo, justifica la naturalidad con que Balaam habla con su pollina por su carácter de adivino, hechicero y falso profeta: “gran indicio de hechicería no extrañar prodigios –sigue en esto a san Agustín-, pues acostumbrado a ver embelecos, no le asombró el oír hablar a un bruto”.

En el Siglo de Oro el empleo de la fábula se desliza hacia lo burlesco de que una bestia tenida por necia hable. Quevedo pone a platicar a una mula vieja, tradicional cabalgadura de médicos, y él mismo se identifica con el asna de Balaam, pero temiendo ser desacreditado por ello. Quevedo hace un uso político del relato del Antiguo Testamento sirviéndose de la analogía de que la burra habla con la humildad del vasallo al ministro incompetente de turno, ve lo que el ministro no ve, mientras el poderoso abusa de ella, o sea explota al vasallo, presionándola para que ande el mal camino, el que lleva el pueblo a la ruina.

En la interpretación de Francisco de Sales traducida por Quevedo, el profeta llevaba mala intención y el ángel quería matarle, siendo la burra quien le salva, el ángel mismo lo confiesa la tercera vez que Balaam injustamente golpea al animal: “Si ella no se hubiera apartado de delante de mí, yo te hubiera muerto y la hubiera reservado”. El pecado de Balaam es que castiga los efectos y no ataja sus causas. Esto pasa continuamente y es pecado capital de nuestras políticas: “Previó Dios más obediencia en una jumenta que en el profeta Balaam y por eso ordenó que a la jumenta y no a Balaam se apareciese un ángel” (Quevedo, Carta a Luis XIII).

Fernán Caballero en La Familia de Alvareda emplea el motivo en un chiste popular y Rosa Chacel ilustra con él un cuento puro, sin contenido burlesco ni teológico. Santiago Fernández Mosquera lamenta que se olviden estas historias bíblicas, que tanto juego edificante han dado en nuestra tradición cultural… Como en estos versos de Quevedo:

Teme la asnilla al ángel, sufre el palo:

y halló el cielo obediencia más perfecta

en mala bestia que en ministro malo.

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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