“EN LA U.C.I. POR CULPA DE LA COVID-19”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Atrapado bajo los escombros”

“EN LA U.C.I. POR CULPA DE LA COVID-19”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Atrapado bajo los escombros”
sábado 27 de febrero de 2021, 11:07h
“EN LA U.C.I. POR CULPA DE LA COVID-19”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Atrapado bajo los escombros”
¿Nos hemos atrevido a pensar lo que sienten los que son intervenidos en la U.C.I. por culpa de la Covid-19? Están solos, sin nadie que amorosamente le acompañe en ese trance tan inopinado y trágico. La última visión que recuerdan son unos seres enmascarados, embutidos en trajes como extraterrestres, que lo están manipulando. Después…, después la oscuridad. Sólo queda el pensamiento.
“EN LA U.C.I. POR CULPA DE LA COVID-19”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Atrapado bajo los escombros”

En recuerdo de todos los que han sufrido y sufren esta insólita situación me atrevo a trasladar unas escenas que describo en mi libro “ATRAPADO BAJO LOS ESCOMBROS”.

¿Qué es esa sima tan profunda que se abre a mis pies?... ¿Caigo?... ¡Estoy cayendo en un pozo oscuro y sin fondo! ¡Qué sensación más horrible! ¡No llego nunca al final! ¡El vértigo remueve todas mis fibras!

-Socorro! ...

Nadie me oye. Y no me puedo agarrar a ninguna parte, porque las paredes parecen gelatinosas. Estoy rodeado de un ambiente nebuloso.

¿Qué son esas figuras irreales de color violeta?

¡Caigo vertiginosamente! ¡Qué experiencia más terrible! ¡Hacia abajo, aún más abajo, cada vez más abajo! ¡Qué vértigo más espantoso siento en este infinito de descenso! Noto como mi corazón se agita tumultuosamente, que me da la sensación que se va a salir por la boca a borbotones. ¡Qué frenético pavor!

¡Allá abajo, allá abajo entre círculos concéntricos, allí se ve el final de este gran vacío! ¡Reventaré irremisiblemente! ¡Estallaré en mil pedazos! ¡No puedo aguantar más esta angustia! ¡Que acabe pronto esta horrible pesadilla!

Sigo vivo.

¿Sigo vivo?...

Debo seguir vivo, en caso contrario no lo notaría.

Pues no he reventado contra el suelo. ¿Cómo es posible después de esta vertiginosa caída?...

¡Qué extraño! ¡Si caía a una velocidad endiablada!

¿Me estoy viendo? ¿Cómo puedo verme yo mismo desde arriba? Porque ese soy yo. ¡Es insólito! No se me ve nada roto, estoy entero.

¿Qué me está pasando? No tengo dolor alguno. Al contrario, siento una placidez agradable.

¿Dónde estoy? Esta nebulosa que me está envolviendo no me deja ver. Noto así como frío. Sí, me está entrando frío.

¡Qué sensaciones más extrañas me están sucediendo!

¿Estoy solo?... No veo a nadie más. Gritaré con todas mis fuerzas. ¡No puedo!... ¡Mi voz apenas sale de mi garganta!

¡Qué repentina inmovilidad en todo lo que me rodea! ¡Qué sensación de insipidez y de humedad! ¿Este es el inefable reposo que no espera en la tumba?

¡Yo no he muerto! ¿Me habrán enterrado vivo? ¡Me espanta la idea de estar enterrado vivo! ¡No puede ser… no estoy enterrado vivo! ¡No estoy enterrado! ¡Me han abandonado! ¡No quiero estar solo!

¡Auxilio! ¡Socorro!

Mi voz retumba como cavernosa. Me hace temblar el sonido de mi propia voz. ¡Nadie me oye!

Noto como respiro con verdadera angustia. ¿Falta oxígeno?... Me rodea un misterioso vapor, apenas perceptible, de color plomizo.

¿Qué es ese clamor quejumbroso?... Parece como el sollozo de un niño… ¡Ahg! Mis oídos estallan. ¡Qué grito infrahumano! Como si brotara del infierno. ¡Es un espeluznante alarido de gargantas de condenados a horribles torturas!

¡Dios mío, apiádate de mí! ¡Sácame de esta región de horrores! ¡Te lo pido con toda mi alma, Dios mío!.

¿Estoy en el infierno? ¿He caído en el infierno?

¡No, no…, yo no debo estar aquí! ¡No es justo! ¡No he hecho nada malo! ¡Madre mía! ¡Dios mío, no me abandones en este lugar infernal!

¡Qué región más lúgubre! ¡Qué larga agonía! ¿Cuándo moriré? ¿Cuándo acabará todo esto? Quiero desaparecer para siempre. Ya no aguanto más. ¡Que venga el final!

¡Pero si yo no estoy muerto!

¿Cómo muerto?... ¿Acaso hay otra vida después de la muerte? ¿Es verdad lo que decían que había otra vida después de la muerte?

La Iglesia nos dice que después de la muerte terrena hay otra vida, una vida eterna.

¿Eterna, para siempre jamás?

¡Que no me abandone la fe en estos momentos tan críticos! Los curas siempre decían que para alcanzar la salvación eterna había que tener fe. También nos repetían machaconamente que en los momentos más críticos el diablo trataría de arrebatarnos la fe para que nos condenáramos eternamente. ¡Creo firmemente, Dios mío! ¡Ayúdame a superar este trance! ¡No me abandones!

¡Cada vez hay más claridad sulfúrea! ¡Dios mío, qué figuras más aterradoras están surgiendo en tromba del centro de esa nebulosa! Un rojo más oscuro se extiende sobre esas horribles figuras sangrientas.

¡Que no me vean! ¡No me puedo mover! ¡Qué sensación de impotencia más desagradable!

¡Son espectros con cabezas de fuego! ¡Ojos grandes, fosforescentes, licuescentes!

¡No tengo escapatoria! ¡Noto como pupilas demoniacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavan desde mil sitios distintos! ¡Me someterán a experimentos extraños y a las torturas más pavorosas que jamás mortal haya imaginado! ¡Qué angustia más espantosa percibo! ¡Mi corazón va a estallar!

-¡No os acerquéis! ¡Fuera!... ¡No me toquéis!

¡Ah!... ¡No había visto al que se me ha tirado por la espalda! ¡Qué sentimiento de repugnancia más estremecedor advierto! ¡Sus negros e hirsutos pelos me han rozado la nuca y la cara! ¡Qué asco más espantoso!

¡Cómo me duele el brazo! Es un fuerte dolor agudo. ¿Con qué me habrá pichado? La herida me abrasa.

-¡Fuera!... ¡Os trituraré a todos! ¡Largo… largo de aquí seres inmundos!

Han desaparecido esos seres inmundos.

No se han ido por ellos mismos, sino que yo los he ahuyentado de aquí. El esfuerzo que he tenido que realizar ha sido tremendo. Me duele todo el cuerpo.

¡Qué pesadilla más espeluznante!

¿Sólo ha sido una pesadilla? ¿He despertado de una terrible pesadilla? ¿NO ha sido verdad lo de esos seres demoniacos?

La nebulosa que me envolvía ha desaparecido. Todo ha desaparecido. Por fuerza ha tenido que ser una pesadilla.

¿Y por qué no hay nada ahora?

Puede que todo esto sea la horrible experiencia del final de la vida. Ahora todo está acabado. Se terminó la vida.

No puede ser que esté todo acabado. Estoy pensando. Si pienso, como dijo Descartes, es que existo.

Puede ser que por inercia mi mente continúe pensando y yo, sin embargo, ya estoy muerto. Deben ser los últimos fluidos de la mente.

Pero noto el movimiento tumultuoso de mi corazón y el rumor de sus latidos.

Puede que todo forme parte de los últimos fluidos. Dentro de poco ya no notaré nada, todo se habrá acabado.

Tengo sensación de movimiento y de tacto. Tengo la sensación de estar tendido. No… estoy medio incorporado. Me levanté para expulsar a esas aterradoras figuras.

¿No fue pesadilla? ¿Fue una lucha real?

Este enorme malestar que siento en todo mi cuerpo ha sido por el vigoroso esfuerzo que he realizado para expulsar a esos seres inmundos. Perfectamente noto el dolor agudo de mi brazo. No ha sido una pesadilla. El brazo me duela a causa de la punzada que me dieron con el tridente.

No veo nada y, sin embargo, me doy cuenta de que tengo los ojos abiertos. Los abro y los cierro. Pero no veo nada.

¿También me habrán cegado?

Posiblemente me hayan abrasado los ojos cuando estaba inconsciente.

No noto ningún dolor en los ojos.

Con una luz muy viva te pueden cegar sin que notes dolor físico alguno.

No, no puede ser. Aquello fue una pesadilla.

Pero el dolor del brazo es real. Tengo el dolor agudo de la carne desgarrada.

¡Qué incertidumbre más aterradora! ¿Cómo distinguir las sombras del desmayo de las sombras de las tumbas?

Me rodea la negrura de la noche eterna. Estas tinieblas me oprimen y me sofocan. En la oscuridad no hay nada. Aunque percibo que la atmósfera es intolerablemente pesada.

¿Otra pesadilla?

De momento tengo el sentimiento de existencia. Estoy pensando y estoy existiendo. Además percibo la sensación de existencia física, no me cabe la menor duda. La sangre se me acelera en torrentes. La noto por la garganta como si me abrasara.

Extenderé los brazos alrededor y por encima de mi cabeza. ¡Un momento! Lo que toco ahora es mi cabeza.

¿Qué me está pasando? ¿Dónde estoy? No comprendo nada de lo que me está sucediendo. Emplearé la razón con calma. Buscaré la razón que me explique la situación en que me encuentro. He de luchar por entrar en razón.

En primer lugar tengo que averiguar por qué estoy aquí, qué es lo que me pasa. A mi mente acuden infinidad de imágenes.

Ya me doy cuenta, esas imágenes son de Barcelona. Si…, exactamente, eso es Barcelona. La Meridiana, la Plaza de Virrey Amat, el Buen Pastor, la Trinidad Vieja, la calle de los Postes, las torres de la Sagrada Familia, las Ramblas, la Plaza de Catalunya, el Parque de la Ciudadela… Las imágenes se suceden a la velocidad de vértigo.

¿Y qué hago yo aquí? ¡Qué negrura! Sólo noche, silencio, quietud. No se oye nada. Me aterra este silencio. No veo, no distingo nada. ¡Dios mío, qué terrible experiencia!

¿No veo nada porque estoy ciego o es porque no hay ninguna luz en esta estancia? No hay ni una brizna de luz y por eso no veo nada. No estoy ciego, pues de estarlo tendría dañados los ojos y lo notaría.

En mi interior, en mi mente, en mis recuerdos, sí que hay luz e imágenes. ¡Qué hermosa es Barcelona!

Subo por la Diagonal. ¿Andando? Siempre he pasado la Diagonal en coche. No, en esta ocasión he querido dar un largo paseo.

Exactamente, vivo en el barrio de San Andrés. Y eso es la Meridiana. Desde luego no se puede comparar con la Diagonal. La Diagonal es toda verde, luminosa, elegante. Sin embargo, la Meridiana es toda polución: coches y más coches que pasan con prisa y unos bloques de viviendas como colmenas que la flanquean. La Diagonal también es una vía de salida de la ciudad, pero es una avenida de lujo. Y es porque la Diagonal atraviesa la parte de la ciudad donde vive la clase acomodada de la sociedad barcelonesa. La Meridiana es de la era Porcioles, cuando la masiva afluencia de emigrantes, cuando la charnegada.

Cogí el autobús. Tenía que haber bajado a la altura de las facultades, pero no sé por qué preferí hacerlo en la Plaza de Calvo Sotelo.

¿Caprichos del destino? ¿Acaso tenemos marcado de antemano nuestro devenir? ¿O somos nosotros quienes lo vamos forjando?

Pienso que no está trazado nuestro destino, aunque son las circunstancias que nos rodean las que lo van condicionando y casi definiendo. Se podría decir que los seres humanos somos una combinación de factores genéticos, ambientales y circunstanciales. Nuestra intervención en esa combinación, en nuestro propio devenir, aunque exiguo, es determinante. Sin embargo el grueso de nuestro destino está en manos de esa suma de factores, cuya combinación es casual. ¿O es Dios su causa?

No debería dudar de la existencia de Dios en momentos de tanta tribulación. No hace mucho le imploraba. ¡Te necesito, Dios mío, para que me ilumines y me saques de esta situación tan desgraciada en que me encuentro! ¡No me abandones a las fuerzas del mal! Debes comprender que si mi pensamiento especula es debido a la debilidad mental que me proporciona esta grave desorientación que atravieso.

Razonando como ahora mismo lo hago estoy demostrando fortaleza y vigor mental como en mis mejores tiempos.

Vuelvo otra vez a la duda. Humildemente te pido perdón, Dios mío. Dame fuerzas para tomar conciencia de mi situación.

¿Pero qué me pasa? ¡No veo nada! ¿Qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¡Qué desesperación más terrible! ¡Qué desamparo!

¿Por qué iría a aquella fiesta? No fue una decisión acertada…

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