"La historia del Prenauta Alonso Sánchez”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas”

'La historia del Prenauta Alonso Sánchez”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas”
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sábado 09 de enero de 2021, 11:11h
'La historia del Prenauta Alonso Sánchez”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas”
'La historia del Prenauta Alonso Sánchez”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas”
Otro de los enigmas de Cristóbal Colón va referido al hecho del descubrimiento de América. ¿Cómo sabía Colón que iba a encontrar tierras después de navegar setecientas cincuenta leguas? ¿Y cómo predijo con tanta precisión su llegada a la isla Dominica en su segundo viaje, cuando ni siquiera había pasado cerca de ella en el primer viaje? Nos hace pensar que Cristóbal Colón tuviera indicios bien fundados de la existencia de tierras a esa distancia tan exacta. En el preámbulo de las Capitulaciones de Santa Fe, el contrato que firman los RRCC y Cristóbal Colón, hay una afirmación sorprendente: “Las cosas suplicadas e que vuestras altezas dan y otorgan a don Christoval en alguna satisfacción de lo que ha descubierto en los mares océanos y del viage que agora con la ayuda de dios ha de facer en servicio de vuestras altezas…” O sea se patrocina un viaje a un lugar ya descubierto en el Océano.
'La historia del Prenauta Alonso Sánchez”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas”

Repetimos, Colón daba por sentado que iba a encontrar tierra después de navegar setecientas cincuenta leguas en un plazo de un mes. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo estaba tan seguro? ¿Había hecho un viaje anterior a esas tierras o alguien se lo había dicho? Si Colón hubiera estado previamente en las tierras que después da por descubiertas, sería un secreto a voces, pues habría muchos más que también habrían estado en esas tierras incógnitas del otro lado del mar Tenebroso, ya que en aquella época no era posible la navegación en solitario. Es más lógico pensar que Colón hubiera estado en contacto con algún naufrago que venía de aquellas tierras. Ocurre que, cuando en el siglo XIX con sus aires románticos se mitifica a Colón, el que ya supiera de antemano lo que descubrió es como rebajar al héroe, desmitificarlo. Pensamos que porque tuviera noticias de la existencia de unas tierras al otro lado del mar Tenebroso, no es desmerecerlo, al contrario, gracias a su insistencia y empeño se pudo conocer y entrar en contacto con un mundo ignoto para los europeos y, también, para los habitantes de aquellas tierras.

A veces grandes huracanes cruzan el Atlántico

Los vientos alisios que soplan desde el este son interrumpidos, a veces, por grandes huracanes que se generan sobre el Sahara y ganan potencia cruzando el Atlántico hacia el Caribe. Si uno de esos huracanes atrapa alguna embarcación de mucho aparejo y poco calado, inexorablemente la arrastra hacia el Oeste hasta estrellarla en los arrecifes e islas que circundan el mar Caribe o el golfo de Méjico. Precisamente el mismo Colón en su segundo viaje encontró en aquellas tierras los restos de una nave europea que pudo haber sufrido esa trágica suerte. Además, encontraron en una choza indígena de la isla de Guadalupe, un madero esencial de los navíos, el quedaste, pieza fundamental de los barcos de aquella época. También encontraron un cazuelo de hierro, metal desconocido por los habitantes de aquellas tierras. En el primer viaje alguien hizo la observación de que algunos niños de los nativos tenían rasgos europeos, como la tez blanca, ojos azules, aunque en aquel momento no se le dio excesiva importancia a este hecho.

Es posible que algún barco de los que iban a Guinea y en la denominada “Volta da Mina” sufriera semejantes huracanes, pero sobreviviera y pasaran varios meses explorando y trazando mapas de las islas del Caribe y, en el viaje de regreso, un fuerte temporal hundiera la maltrecha nave, carcomida por la taraza, (diminutos moluscos bivalvos que abundan en las aguas cálidas de las climas tropicales y perforan la madera sumergida de los barcos) y unos pocos en estado muy precario, a causa de la sífilis que contrajeron en aquellas tierras, pudieran salvarse con el batel. Martín Alonso Pinzón, por ejemplo, regresó muy tocado de la sífilis y superando una terrible tormenta a la altura de las Azores, que arrastró a la “Pinta” hasta el puerto de Bayona, muere al poco de arribar a Palos.

No es descabellado pensar que cuando Cristóbal Colón se fue a vivir con su recién esposa a Porto Santo (Islas Madeira), arribaran unos náufragos y antes de morir le explicaran, no solo la existencia de unas tierras desconocidas, sino también la ruta para llegar a ellas y la distancia. O puede que quien recibiera esa información fuese el suegro de Colón, cuando era Gobernador de Porto Santo. Para el caso es lo mismo, porque Colón se quedó con todos los papeles, instrumentos y cartas de su suegro cuando muere.

Cronistas de la época ya hablan del Prenauta

Fray Bartolomé de las Casas, en su obra Historia de las Indias, afirma que Colón despachó personalmente en su propia casa de Porto Santo con un piloto onubense que llegó enfermo tras un largo viaje de retorno del Atlántico. Las Casas lo refiere así:

“Díjose que una carabela o navío que había salido de un puerto de España- no me acuerdo haber oído señalar el que fuere, aunque creo del Reino de Portugal, se decía- y que iba cargado de mercancías para Flandes o Inglaterra, o para los tractos que por aquellos tiempos se tenía, la cual, corriendo terrible tormenta y arrebatada de la violencia e ímpetu de ella, vino diz que a parar a estas islas y que aquesta fue la primera que los descubrió(…) Colón quiso inquirir dél la causa y el lugar de donde venía. Porque algo se le debía traslucir por secreto que quisiesen los que venían tenerlo. Mayormente viniendo tan maltratado, o porque por piedad de verlo tan necesitado el Colón recoger y abrigarlo quisiese, hobo, finalmente de venir a ser curado y abrigado en su casa, donde al cabo diz que murió; el cual en reconoscimiento de la amistad vieja o de las aquéllas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir descubrió a Cristóbal Colón todo lo que les había acontecido y dióle los rumbos y caminos que había llevado y traído por la carta de marear y por las alturas, y el paraje donde esta isla dejaba o había hallado, lo cual todo traía por escripto”.

La paternidad del piloto misterioso habría que atribuírselo a otro historiador sobresaliente, Gómez Suárez de Figueroa, llamado el Inca Garcilaso de la Vega, quien se lo habría oído contar a su padre, servidor de los Reyes Católicos. En el Capítulo III de sus Comentarios reales (1609) presenta una minuciosa reconstrucción de los hechos:

“Cerca del año de mil y cuatrocientos y ochenta y cuatro, uno más o menos, un piloto natural de la villa de Huelva, en el Condado de Niebla, llamado Alonso Sánchez de Huelva, tenía un navío pequeño, con el cual contrataba por el mar, y llevaba de España a las Canarias algunas mercaderías que allí se le vendían bien, y de las Canarias cargaba de los frutos de aquellas islas y las llevaba a la isla de la Madera, y de allí se volvía a España cargado de azúcar y conservas. Andando en esta su triangular contratación, atravesando de las Canarias a la isla de la Madera, le dio un temporal tan recio y tempestuoso que, no pudiendo resistirle, se dejó llevar de la tormenta y corrió veinte y ocho o veinte nueve días sin saber por dónde ni adonde, porque en ese tiempo no pudo tomar el altura por el sol ni por el Norte. Padecieron los del navío grandísimo trabajo en la tormenta, porque no les dejaba comer ni dormir. Al cabo de este largo tiempo se aplacó el viento y se hallaron cerca de una isla; no se sabe de cierto cuál es, mas de que se sospecha la que ahora llama Santo Domingo.

Cuando llegó a un puerto extraño construido por los indígenas, desembarcó con los pocos marinos que le quedaban de la tormenta. Los indígenas lo recibieron bien porque eran más altos y tenían barba (los indígenas eran imberbes) y porque su religión les decía que desde el mar vendrían los dioses. Los indígenas les dieron comida, oro y le ofrecieron a sus mujeres como regalos. Después de todo esto empezaron a preparar el viaje de vuelta, pasaron aproximadamente una o dos semanas, y volvieron con un cálculo aproximado de cuando fueron conducidos por la tormenta. Después de casi un mes atracaron en la isla de Porto Santo donde residía Cristóbal Colón. Alonso Sánchez, enfermo y siendo uno de los pocos sobrevivientes, siempre según estas historias orales, tomaría contacto con el navegante, al que trasladó toda la información que recogió el marinero”.

También este mismo hecho es mencionado en la obra Historia General de las Indias del cronista Francisco López de Gómara (1511-1566) en tales términos:

“Navegando una carabela por nuestra Mar Océano tuvo tan forzoso viento de Levante y tan continuo, que fue a parar en tierra no sabida ni puesta en el mapa o carta de marear. Volvió de allá en muchos más días que fue; y cuando acá llegó no traía más que al piloto y a otros tres o cuatro marineros que, como venían enfermos de hambre y de trabajo se murieron dentro de poco en el puerto. He aquí como se descubrieron las Indias por desdicha de quien primero las vio, pues acabó la vida sin gozar de ellas y sin dejar, a lo menos sin haber memoria de cómo se llamaba, ni de donde era, ni que año las halló. Bien que no fue culpa suya, sino malicia de otros o envidia de la que llaman fortuna (…) concuerdan todos en que falleció aquel piloto en casa de Cristóbal Colón, en cuyo poder quedaron las escrituras de la carabela y la relación de todo aquel largo viaje con la marca y altura de las tierras nuevamente vistas y halladas. Muerto que fueron el piloto y marineros de la carabela española que descubrió las Indias, propuso Cristóbal Colón irlas a buscar”.

Alguien hubo de decirle a Colón con el tipo de gente que encontraría

Es sorprendente la cantidad de baratijas que lleva Colón en su primer viaje: cascabeles, cuentas de vidrio, sortijas de latón, espejitos, telas de diferentes colores. ¿Cómo sabía Colón antes de llegar allá que podría engatusar a los indios con esas bagatelas? ¿Pretendía impresionar al Gran Kan de Catay o a los poderosos señores de Cipango con cascabeles? Las mercadurías destinadas al trueque es prueba evidente de que sabía que iba a unas islas de gente primitiva, como los nativos africanos, y no a las ricas y refinadas sociedades orientales. Colón sabía que iba a unas islas con unos habitantes fáciles de dominar y de cristianizar, distintos de China y Japón, países muy avanzados. Colón no era tan ingenuo para exigir ser virrey de las tierras descubiertas si pensaba que eran la China, con sus grandes ejércitos y un cuerpo de guardaespaldas de doce mil hombres. Alguien hubo de decirle con qué tipo de población que habría de encontrarse.

¿Por qué Colón, una vez en las Antillas, no avanza hacia el Oeste y se dedica a perder el tiempo costeando diversas islas que claramente veía que no eran de los reinos anhelados de Cipango o Catay? Si de verdad creía que estaba en el Cipango o Catay, ¿cómo es que se atrevió a tomar posesión de unas tierras que bien sabía que tenían reyes y, además, muy poderosos. Cuando navegaba a lo largo de la costa de la Española con rumbo a España vieron en el punto más septentrional de la isla un promontorio unido a tierra por un istmo bajo, Colón dio a entender conocerlo diciendo que era Monte Christi, a pesar de ser la primera vez que pasaba por allí. Y es que ese accidente geográfico era el punto de referencia de las minas de oro de Cibao. Alguien hubo de explicar a Colón que esa referencia geográfica indicaba la posición de la zona rica en oro.

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