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LECTORES

El inspector, Porfirio Marín

El cadáver presentaba tres impactos de bala: dos a la altura del corazón y uno en la cabeza. El lugar del crimen: un estrecho camino de tierra, sin salida, cuyos laterales eran las paredes de un edificio de dudosa reputación y otras plastificadas de un invernadero.

Arrolobos

Agradecimientos

Esta novela es una recopilación de historias y leyendas que circulan de boca en boca entre las gentes de la de las Hurdes, contadas de forma distinta según quien lo hace y que a unos agrada y a otros molesta, no siendo esta última, mi intención.

Ni los lugares, en los que suceden los hechos donde se desarrolla la trama, aunque algunos existan, ni los personajes que aparecen en esta novela, ni los hechos que se les atribuyen se corresponden con la realidad, si bien es posible que por el cariño y el respeto que les tengo a algunos amigos hurdanos, haya quien se sienta reflejado.

Con mi agradecimiento a las personas que han hecho posible esta novela, montada sobre historias verdaderas o no y en especial a Valentín, el hombre más tranquilo del mundo y del que tanto he aprendido, a Carlos guarda forestal y padre ideológico de alguno de los episodios junto al Tío Cirilo, a Cali, mi primer amigo en las Hurdes, artífice de algún episodio, a Miguel Ángel Sendín, buen amigo y mejor persona con el que tan buenos ratos pasé y tantas cosas me contó, a Jesús y Benita que muchos días me quitaron el hambre mientras me hablaban de su tierra, de sus gentes y de sus vivencias, a Miguel Roncero, con quien conocí Ríomalo de Arriba, donde se desarrolla parte de la trama, a Jairo, hombre crítico y justo, que me hizo ver en algunas de estas historias hasta donde llegaba la realidad y que había de ficción, y en especial a Estanislao Martín natural de Casares de las Hurdes, un enamorado de su tierra, gran conocedor de sus gentes y servicial como pocos, al que jamás olvidaré por lo mucho que de él aprendí, y a Estanislao Sánchez “ Tene”, culpable de esta aventura, un cachondo y mejor contador de historias al que un día le hice la promesa de pasar al papel lo que me relataba.

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