¿UTILITARISMO SOCRÁTICO?, por José Biedma López

¿UTILITARISMO SOCRÁTICO?, por José Biedma López
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Dedicado a Juan Carlos García-Hierro

¿UTILITARISMO SOCRÁTICO?, por José Biedma López
¿Fue Sócrates utilitarista? Si sólo tenemos en cuenta al Sócrates idealizado por Platón, es difícil responder afirmativamente a esta pregunta. En el diálogo socrático Cármides la Ética resulta ser esa “ciencia del bien y del mal” imprescindible para saber qué hacer con el saber, un meta-saber de los fines, un conocimiento difícil y reflexivo, pero decisivo porque los conocimientos, los de un médico por ejemplo, se pueden usar para bien o para mal, para sanar o para envenenar.

A pesar de la dificultad que reconoce a la hora de definir la excelencia (areté), el Sócrates platónico está convencido de que jamás conviene obrar mal, este convencimiento tiene que ver con una voz interior, la de su famoso “demon”, algo así como nuestro “ángel de la guarda” o voz de la conciencia moral, por la que algunos han acertado a ver un fondo religioso en el “intelectualismo” socrático.

Piensa el Sócrates platónico que nunca conviene hacer el mal porque entraña la corrupción del alma propia. Hacer el mal es lo mismo que hacerse daño. Y nadie se hace daño a sí mismo por gusto, salvo un loco o un necio, este último porque se desconoce a sí mismo, de ahí la importancia del mandamiento apolíneo “conócete a ti mismo”.

La moral socrática es “intelectualista”, quien se conoce a sí mismo, sabe qué le conviene, conoce el bien y obra libremente lo conveniente, es decir, el malvado, más que un egoísta, es un equivocado, un ignorante. Su redención dependerá por tanto, mejor que del castigo, de la educación, o de la reeducación si es que ha sido mal instruido y confunde lo malo con lo bueno.

El intelectualismo moral ha tenido una ilustre tradición en nuestra cultura. Incluso Erasmo tenía a Sócrates por un santo precristiano y rezaba “Sancte Sócrates, ora pro nobis!”. Si se lo exagera, el intelectualismo ético tiene defectos, que no me voy a entretener ahora en aclarar. El caso es que los diálogos socráticos de Platón (llamados “socráticos” porque se supone que Platón ofrece en ellos el testimonio vivo de las enseñanzas de su maestro Sócrates ¡que no dejó nada escrito!) apuntan a un ideal del bien absoluto que emerge en los diálogos de madurez como un principio metafísico “más allá de lo que existe”, el Soberano Bien es la idea de las ideas y el fundamento divino de la realidad para el Platón de República, aunque tal idea o ideal nos resulte indeterminable, porque es algo así como una posibilidad de mejora de lo real, una posibilidad lógica de la cual, a los limitados mortales, sólo nos cabe un vislumbre. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo bueno en absoluto, que es como decir, en palabras del Evangelista Juan, que nadie ha visto nunca a Dios.

Sin embargo, el Sócrates de las Memorables de Jenofonte es más terrenal y práctico. En III, VIII de sus Recuerdos de Sócrates cuenta el militar e historiador ateniense cómo preguntó el hedonista Aristipo a Sócrates si tenía algo por absolutamente bueno. Lo hizo con la astucia de esperar que Sócrates dijera que buenas son comida, bebida, riqueza, salud, fuerza, etc., de modo que Aristipo pudiera contradecirle enseguida diciéndole que todo eso, a veces, es un mal. Pues, ¿de qué le sirve el dinero al terrorista o al pródigo?, ¿la fuerza, al energúmeno?, ¿la bebida, al borracho?...

No obstante, Sócrates considera que lo bueno que buscamos, sobre todo, es librarnos de lo que nos hace sufrir. Anhelamos la salud cuando la perdemos, la bebida cuando tenemos sed… Sócrates devuelve la pregunta a Aristipo: “¿Me preguntas si conozco algo que sea bueno para la fiebre, o para el hambre, o para los ojos?... Pues si me preguntas por algo bueno que no sea bueno para nada, no sé que lo haya, y ni siquiera tengo necesidad de conocerlo”. Parece que esta respuesta de Sócrates pone en duda la posibilidad de que el Tábano de Atenas creyese en la existencia de algo así como “lo bueno en sí”, “la forma perfecta del bien” o “el ideal de lo perfecto”.

La relatividad del bien es paralela, además, a la relatividad de la belleza, porque hay gran variedad de cosas bellas y son muy diversas, así como la belleza de un escudo apto para la defensa se diferencia de la belleza de una jabalina hecha para volar con fuerza y velocidad. Sócrates alude así al valor típicamente ateniense de la kalokagathía, de lo bueno que por serlo es bello, de lo bello que es también bueno, es decir, a la identidad de bien y belleza: “¿Es que crees –le dice a Aristipo- que una cosa es lo bello y otra lo bueno? ¿No sabes que todas las cosas buenas son por esa misma razón bellas?”… “Todo lo que puede ser útil a los hombres es bello y bueno relativamente al uso que de ello se pueda hacer”.

Entonces –replica Aristipo- un cesto de basura, ¿puede ser bello? Sí –contesta Sócrates-, y un escudo de oro podrá ser feo si el cesto está hecho convenientemente para su fin y el escudo no. Análogamente, las mismas cosas pueden ser buenas y malas. Así, lo que es bueno para el hambre, puede ser malo para la fiebre y lo bueno para la fiebre puede ser malo para el hambre. Lo que es bonito para ir a bañarse al mar, puede resultar feo para presentarse ante el juez y, por consiguiente, las cosas son bellas y buenas según el uso para el que están destinadas. Sócrates pone como ejemplo de ello la belleza de un edificio que se cifra en su utilidad. Por eso buscaremos, si se trata de una casa, que resulte cálida en invierno y fresca en verano orientando sus muros, ventanas y estancias, de acuerdo al curso del sol, y esto será más valioso que su ornamentación. Y si es un templo, será más conveniente emplazarlo en un lugar descubierto, limpio y aislado…

Este Sócrates de Jenofonte parece anticipar puntos de vista utilitaristas o funcionalistas que hoy nos parecen muy modernos. Discutí en el siglo pasado con un ingeniero utilitarista (el mismo al que dedico este artículo) contra el utilitarismo extremoso… La utilidad es sin duda un valor, pero no debe tomarse por absoluto, como tampoco es un valor absoluto la belleza, por mucho que se empeñan los esteticistas. De hecho, la verdad es mejor que la mentira, pero es probablemente infinita la cantidad de verdades inútiles, incluso indeterminable la cantidad de aquellas que somos capaces de alcanzar, lo que no nos interesa para nada saber, como el peso de las escamas de piel que se me caen al día. A la inversa, el saber puede ser útil sin ser verdadero, igual que hay saberes perfectamente inútiles, como la cartomancia, la astrología predictiva, la erudición del famosista o la chismología de barbero. Y sin embargo, para el brujo que se gana la vida echando cartas en la tele local, la utilidad de su saber no admite duda. Cambia también, fluye en el tiempo, la relación entre bondad, conveniencia y utilidad. Durante siglos se pensó que los matrimonios de conveniencia eran buenos porque eran útiles para conservar patrimonios y haciendas o unir señoríos y reinos…

Desde otro punto de vista, Leszek Kolakowski llamó la atención muy justamente sobre los excesos a que puede llevarnos la reducción del concepto de verdad al de eficacia. Contra el utilitarismo extremoso siempre se podrá argüir a contrario reconociendo que, a veces, y aunque tenga las piernas muy cortas, la mentira puede ser más útil que la verdad, incluso mejor, sin que por esto sea buena en sí. Es el caso del buen samaritano y protector de hebreos inocentes que responde “no” a la pregunta de la Gestapo cuanto le preguntan si alberga o esconde judíos en su casa. Ser concausa o cómplice de un asesinato siempre será peor que mentir.

No obstante, la ocultación, la deformación, la manipulación, la resistencia a la información, el autoengaño acomodaticio, el ocultamiento, la exageración, el sofisma... de todas estas y otras muchas especies de Falsedad y de todas esas máscaras de Mentira hay en el mundo más adictos que de cualquier otra droga, y demasiadas veces nos resulta muy útil el (auto)embuste, incluso lo empleamos para bien sin que sea bueno; es el caso de la mentira piadosa, de cuyo género forman parte un montón de eufemismos consoladores, políticamente correctos. Cierto, podemos ocultarnos utilitariamente que estemos cojos, ciegos, idiotas, decrépitos, malvados, vagos, acojonados…, usando para ello eufemismos y perífrasis, pero eso no impedirá que nos hagamos viejos, por más que nos llamen “señores de la tercera edad”.

De las hipocresías “caritativas” sabemos mucho; menos, de las dobleces y ficciones “solidarias”. De eso nos ocuparemos en otra ocasión.

Del autor:

https://filosofayciudadana.blogspot.com/?m=1

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