MORIR RIENDO, por José Biedma López

(Ilustración: Cementerio hugonote, Midi francés)
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(Ilustración: Cementerio hugonote, Midi francés)
jueves 14 de mayo de 2020, 11:02h
Morir es un mal rollo. Da yuyu porque ni sabes lo que te espera ni si te espera algo. Además, la muerte es fea, sólo mueren con gracia los héroes de ficción de las epopeyas, las tragedias o el cine, los santos y las traviatas (extraviadas) de ópera… ¡También los filósofos! Bueno, no todos, además ellos son, como cualquiera de nosotros, criaturas sujetas a todas las pejigueras y achaques de la carne. No obstante, muchos sabios hicieron de su muerte un último aforismo o su último manifiesto de protesta, o propusieron con su requiesco un estimulante enigma. Ya la filosofía maduró, en tiempos de Platón, definiéndose así: “filosofar es aprender a morir”.
MORIR RIENDO, por José Biedma López

Crisipo, jefe de la escuela estoica hacia 230 a. C., murió de risa. Antes, Empédocles se lanzó al cráter del Etna dejando como testigo una sandalia de bronce. Los eruditos se preguntan si buscaba así la inmortalidad o se accidentó por científica curiosidad. De Diógenes Cínico cuentan que se suicidó conteniendo la respiración (¡toma autocontrol, ni los gurús de la India!). Lo mismo se dice de Zenón de Citio, fundador de la Estoa en 300 a. C. Lucrecio (99-55 a. C.), más hedonista y erotómano, enloqueció y murió intoxicado por un filtro de amor. También se cuenta de Avicena que la espichó por una sobredosis de opio, tras otra de sexo. Montesquieu murió dulcemente en brazos de su amante dejando inconcluso un tratado sobre el gusto.

A Hipatia la asesinó una chusma fanática de Alejandría en el 370 d. C., y a Boecio lo decapitó el bárbaro Teodorico hacia el 525, igual suerte corrió santo de Tomás Moro, al que liquidó en 1535 el sinvergüenza de Enrique VIII de Inglaterra porque el gran humanista no se plegó a sus sobornos ni quiso justificar sus “crímenes de Estado”. Estas muertes no son voluntarias, pero muestran lo mal que sienta el pensar crítico a los poderosos y los riesgos que asume el filósofo al tener “su propia fe”, así como la “mala reputación” o mala leche con que le señala el populacho –como cantó Brassens- por razonar libre y originalmente, el filósofo. Fue el caso de Giordano Bruno, que ardió vivo en la hoguera de la Inquisición después de haber imaginado otros mundos habitados; o el de nuestro Miguel Servet, descubridor de la doble circulación de la sangre, al que Calvino quemó con leña verde para mayor gloria de su dios; o el de Condorcet que fue asesinado por los jacobinos durante los años del terror revolucionario; o de Moritz Schlik, también físico, fundador del Círculo de Viena, al que disparó un alumno descerebrado, que luego se hizo hitleriano. A Edith Stein (de religiosa Teresa Benedicta de la Cruz) la exterminaron los nazis en Auschwitz, mientras que al neohegeliano Giovanni Gentile, ideólogo de Mussolini, le ejecutaron los partisanos “antifascistas”. Hay fuego para todos.

A algunos filósofos sólo los mató la curiosidad. Ejemplo, Francis Bacon (1561-1626), profeta de la utopía tecnológica, que murió en las calles de Londres rellenando de nieve un pollo para estudiar los efectos de la refrigeración. Al pobre Descartes lo mató la curiosidad de la reina Cristina de Suecia, que le comprometió a darle clases en las gélidas mañanas del invierno de Estocolmo, el viejo René murió de una pulmonía que agarró yendo a palacio. Los excesos perjudican también a los filósofos, mortales son, es obvio. El ateo La Mettrie (1709-1751) pagó con creces su gula materialista al morir de una indigestión por paté de trufas. No sabemos que haya jamás causado el mismo efecto nuestro sabroso paté de perdiz de Sierra Morena que tanto elogió el príncipe filósofo Jan Potocki, quien se suicidó con una bala de plata que se entretuvo en pulir durante semanas. También Diderot se asfixió atragantado por un albaricoque. Más interesante fue la experiencia de Freddie Ayer que, casi asfixiado por un trozo del salmón, vio a los Amos del universo. O eso creyó, el famoso autor de Lenguaje, verdad y lógica (1936).

Importa recoger como legado las últimas palabras de quienes tanto reflexionaron durante su vida. Kant se conformó con pronunciar en el lecho de muerte solo una, y en latín: Sufficit, “ya basta” o “es suficiente”. A Hegel se lo llevó por delante una epidemia de cólera, en sus últimos momentos hizo gala de su narcisismo al decir: “Sólo un hombre me ha comprendido…, y aún creo que no del todo”. Es claro que se refería a sí mismo, aunque Hegel nunca fue claro en absoluto, o del todo. Para vanidad, la del utilitarista Bentham que se hizo disecar. Allí lo tenéis, acartonado en una urna de cristal del University College de Londres, por si os fuera de utilidad.

Nietzsche se dejó caer en la muerte por el pozo de la locura tras dar un beso piadoso de despedida a un caballo maltratado en Turín. Todavía contó con su hermana para que le limpiara las babas y le corrompiera los textos. Parece que la sífilis que contrajo en un lupanar de Colonia y el abuso del opio, que fumó para mitigar migrañas, tuvieron parte de culpa en su demencia. Wittgenstein, al que muchos consideran el filósofo más importante del siglo XX, y que vivió como un santo, dejó un mensaje para los amigos, a la señora Bevan que le cuidaba durante su cáncer terminal: “Diles que he tenido una vida maravillosa”. El genial autor del Tractatus (1921) trabajó hasta el último día en su manuscrito Sobre la certeza (1951). Se refería a la posibilidad lógica de la certeza, sin duda, porque auténtica certeza no tenemos más que una: moriremos o, por decirlo heideggerianamente, somos “seres para la muerte”.

Gracias a Dios, no conocemos ni el momento ni la hora. A Max Stirner, maestro del anarquismo individualista, le picó un insecto en el cuello y murió de la infección. A Roland Barthes, gigante de la crítica literaria, le atropelló una furgoneta. Acababa de reunirse con el ministro de cultura francés… No conocemos cuándo ni dónde, a no ser, claro, que decidamos quitarnos de en medio, eutanasiarnos, lo que cuesta una pasta gansa, pero puede hacerse en Suiza muy dignamente. Los filósofos casi nunca han condenado el suicidio, más bien es una solución razonable si la vida se vuelve insoportable o indigna. A Simone Weil (1909-1943), tan filósofa como mística o, por lo menos, beata, le dolían todas las miserias del mundo, por eso se mató de hambre protestando por la ocupación nazi de Francia. Gilles Deleuze, no hace mucho, en 1995, se defenestró en París atormentado por un enfisema o, quién sabe, tal vez por no poder ya fumar…

Algunos entierros de filósofos han sido la mar de tristes, como el del pobre Leibniz, que después de ser consejero de reyes cayó en picado y olvidado de todos murió solo, y fue enterrado con nocturnidad y alevosía ante un único amigo. Todo lo contrario que Voltaire, cuyos restos mortales, tras una vida acosado y exiliado, fueron devueltos a París en una gran ceremonia (1791) y colocados en el Panteón de hombres ilustres, santuario de la Revolución. El cortejo fúnebre iba encabezado por un regimiento de caballería, cuatro hombres disfrazados teatralmente portaban su estatua dorada seguidos por académicos y, por fin, un ataúd dorado con los 92 tomos recién editados de sus obras completas. Años después, ultras católicos robaron lo que quedaba de sus restos y los tiraron a la basura, sólo se conserva su corazón disecado en la Bibliothèque Nationale.

Siglos antes, nuestro paisano musulmán Averroes (1126-1198) también fue acusado de herejía y exiliado. Murió en Marrakech, pero sus restos fueron trasladados a Córdoba en una mula. Dicen que estos se equilibraban en las angarillas de la bestia con sus obras filosóficas, pero no está claro si eso significa que escribió mucho o que sus huesos pesaban poco. Su paisano, el sabio judío Maimónides (1135-1204) acabó fichado como “crack” de la medicina por el sultán Saladino, su tumba en Tiberiades (Israel) es visitada como un santuario.

Los filósofos conjuran la muerte con valor. No hay que temerla –decía Sócrates- porque, o es nada o hay una sanción ultraterrena, pero el hombre honrado nada puede temer de un juicio de las almas. Epicuro, que era materialista, nos regala su tetrafarmakón (cuádruple remedio) para curarnos del temor a la muerte: No hay que temer a los dioses, porque si existen no les importamos; los males pasan y si son insoportables tienes el camino de salida de la vida expedito, donde no hay vida ya no se sufre. Elimina el ansia de inmortalidad, quien vive siempre se aburre mortalmente. Si la vida es una enfermedad mortal, la muerte es su sueño curativo. Tal vez fuese por esto, por lo que Sócrates, en su momento final. encargó a sus amigos que le ofrecieran en sacrificio un gallo a Esculapio, dios de la medicina, eso en el trágico momento en que la cicuta acababa con su vida terrenal (399 a. C).

(Ilustración: Cementerio hugonote, Midi francés)

Para saber más: Simón Critchley. El libro de los filósofos muertos, Madrid 2008.

Del autor:

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https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

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