PLAGAS Y CULPAS por José Biedma López

(Ilustración: un himenóptero, avispilla de la familia Crabronidae y el género Cerceris, parasitada por ácaros en el dorso del tórax, liba en una menta silvestre)
(Ilustración: un himenóptero, avispilla de la familia Crabronidae y el género Cerceris, parasitada por ácaros en el dorso del tórax, liba en una menta silvestre)
viernes 03 de abril de 2020, 10:23h
PLAGAS Y CULPAS por José Biedma López
No son nada nuevo. Una peste acabó con Pericles durante la guerra del Peloponeso, interminable contienda por la hegemonía entre las dos grandes potencias de la Hélade durante la segunda mitad del siglo V antes de Cristo: Atenas, liderando la Liga de Delos; y Esparta, la del Peloponeso. Como Atenas era superior a Esparta por mar (talasocracia) y los espartanos imbatibles por tierra, la guerra no se decidía. Atenas cerraba sus dobles murallas que guardaban la ciudad y el puerto del Pireo por el que se suministraban de víveres, y dejaba que los espartanos asolaran la provincia: Campesinos y ganaderos del Ática se refugiaban al amparo de las enormes dobles murallas de la metrópolis y con la aglomeración llegaban las epidemias. Marcos Chicot cuenta todo esto muy bien en El asesinato de Sócrates (Planeta, 2016), amena y bien documentada novela histórica.

Los antiguos echaban la culpa a los dioses por las pestes, los medievales a los demonios o a sí mismos, pensando que la pestilencia era un castigo de Dios por sus vicios y pecados. Cuenta Antonio de Guevara (1480-1545) cómo cinco años después de la muerte de Antonino Pío, suegro del emperador filósofo Marco Aurelio, vino una pestilencia en Italia, una de las cinco que soportó ¡y resistió! el Imperio romano. Duró dos años y pensaron que los dioses querían exterminarlos por algún enojo que tenían contra ellos. Lo mismo morían ricos que pobres, grandes que pequeños, mozos que viejos, y escaparon de la peste menos que murieron. Más o menos como ahora, pero mucho peor. Pensaban los romanos que tales desastres eran anticipados por algún tipo de señal prodigiosa. Así, dos años antes de que el cartaginés Aníbal entrase con su ejército de elefantes en Italia los romanos vieron llover sangre y leche; una pitonisa auguró guerra y plaga. En tiempos de Sila, de doscientos cincuenta mil romanos no quedaron más que cuarenta mil. Mucho después, en tiempos de Marco Aurelio, estando el emperador en el templo de las vírgenes vestales entraron dos puercos que a sus pies murieron. A los pocos días, dos milanos asidos de las garras cayeron del cielo ante el séquito del emperador y la palmaron… Los sacerdotes entendieron que los dioses castigarían a Roma por algún delito. Parece ser que durante la peste el emperador pilló calenturas, pero sobrevivió refugiado en la Campania.

San Agustín, padre doctrinal de la Iglesia católica, afirmó que el pecado de Adán corrompió la naturaleza entera, no sólo fue el origen de la enfermedad y de la muerte, sino también de la lujuria incontenible y del mal uso que le damos a nuestra libertad si no contamos con el don divino de la gracia. ¡Demasiada culpa por una manzanita de nada! Tanta fue la culpa contraída por Adán y Eva, según el obispo de Hipona, que exigió el sacrificio del Hijo de Dios mismo para lavarse, para hacer borrón y cuenta nueva. Algunos autores han insistido en que mientras la cultura griega se basaba en la vergüenza (aidos), la judía dependía de los sentimientos de culpa. Si enfermamos y morimos, será por algo malo que hemos hecho, o que hicieron nuestros padres. La noción oriental de Karma también recoge esto.

La idea de que la culpa es un invento de los sacerdotes para manipularnos, reprimirnos e imponer el control social a nuestras mentes, embaucando a una mayoría crédula y asustadiza, no se sostiene. Elaine Pagels, brillante historiadora de las religiones nacida en 1942, afirma que la tendencia humana a culparse por los infortunios se da lo mismo entre ateos, agnósticos y creyentes, lo mismo entre los hopi que entre los antiguos judíos y cristianos, al margen o incluso por encima de las creencias religiosas.

Indistintamente de las circunstancias políticas, mucha gente necesita encontrar la razón de sus desgracias y sufrimientos, porque en general preferimos sentirnos culpables a sentirnos desvalidos y menesterosos. Si no fuera por esto, sería inexplicable que la idea agustinista del pecado original como génesis de todos nuestros males hubiera sobrevivido siquiera al siglo V y, mucho menos, que se hubiera convertido en la base de la doctrina cristiana durante mil seiscientos años.

Sociópatas, psicópatas y asesinos en serie son los únicos que no se sienten culpables cuando hacen las cosas mal. La culpa, como la vergüenza, tiene una imprescindible función social: invita al que sufre a revisar elecciones pasadas, a enmendar la conducta, a reparar la negligencia y, quizás, por estos medios, a perfeccionar la propia vida (cfr. E. Pagels. Adán, Eva y la serpiente, Critica, Barcelona, 1980). ¡Que así sea!

Hoy sabemos que la plaga que tanto nos fastidia no es ni un diablo ni un castigo de Dios por nuestros pecados, pero lo que sabemos es muy distinto de lo que sentimos, aunque corazón y razón anden mezclados, como decía Pascal “el corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender”. Podemos echarles la culpa a los chinos o al gobierno, pero ¡algo malo habremos hecho, hasta universalmente, para padecer la enfermedad o el cautiverio! Puede incluso que, como creían algunos gnósticos, este mundo sea de hecho nuestro infierno. O que sólo existamos de paso, y a prueba.

(Ilustración: un himenóptero, avispilla de la familia Crabronidae y el género Cerceris, parasitada por ácaros en el dorso del tórax, liba en una menta silvestre)

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