LIMPIAR LA ERA por José Biedma López

LIMPIAR LA ERA por José Biedma López
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miércoles 22 de enero de 2020, 11:55h
Nuestra poderosa civilización elabora productos cada vez más efímeros en embalajes cada vez más perfectos, tan buenos como esos plásticos que resisten mejor que nosotros diluvios, vendavales, tifones y terremotos. Y el mismo proceso tiene lugar en la esfera de los bienes espirituales, por cuanto la maquinaria de producción en masa se ha convertido en una ordeñadora mecánica de las musas: la Red de redes (WWW), las bibliotecas y los kioscos revientan inundados de “papers”, blogs, periódicos, revistas, libros, ídolos e iconos, que nadie puede asimilar con precaución o profundidad, igual que los monitores abruman con un flujo perpetuo de imágenes condenadas al fracaso por su propia fuerza numérica. Y lo que es peor, antes de poder alimentarnos con semejantes maravillas, las asfixiamos bajo toneladas de nuevas impresiones que las convierten en basura, cuatro billones de veces más numerosa. De hecho, cada español produce en basura cinco o seis veces su peso al cabo de un solo año
LIMPIAR LA ERA por José Biedma López

En su obra Perycalipsis, el profeta alemán Joaquín Fersengeld, resucitado por el genial escritor polaco Estanislao Lem, prueba, con argumentos inobjetables, que el apocalipsis se ha cumplido ya. Por eso Joaquín no es en realidad un pro-feta, sino un "retro-feta". La consumación del apocalipsis se percibe por los siguientes Signos: aburrimiento, superficialidad y embotamiento; aceleración, inflación y masturbación. En primer lugar, la Internacional Publicitaria nos onanizó espiritualmente. La publicidad es una especie degenerada de Revelación divina propia del Pensamiento Mercantil, tan distinto del Pensamiento Personal. Después, la masturbación se ha extendido a todas las artes como resultado del fanatismo de la Salvación por el consumo de mercancías.

La maduración paulatina de talentos y su selección cuidada y armónica dentro de normas más o menos consensuadas y dictadas por el buen gusto, son fenómenos extintos. Los únicos estímulos que perduran son la vocinglería y el escándalo, la rabiosa novedad y el gesto infamante o insidioso, malinterpretados por la crítica como síntomas geniales, pero que no son más que vicios, alucinaciones y compulsiones de señoritos superficialmente formados, embotados y aburridos, pero comercialmente mucho más relevantes que el equilibrio moral del prudente.

Por ello, y dada la hiperinflación galopante de mercancías espirituales, el autor de Perycalipsis propone la organización de un Fondo para la Salvación de la Humanidad. El capital del Fondo permitirá pagar a inventores, tecnólogos, científicos, filósofos, pintores, poetas, dramaturgos, novelistas, diseñadores y periodistas, según las normas siguientes: quien no escriba nada, ni proyecte, ni pinte, ni patente o proponga nada, cobrará una pensión vitalicia que le permita consumir dignamente. Quien, por el contrario, y a pesar de las advertencias, se empeñe en crear nuevos productos o en practicar las actividades antes mencionadas, recibirá proporcionalmente menos. Quien haga un nuevo invento, administre un canal con más de cincuenta videos, produzca una serie de más de tres capítulos o una película de más de una hora, o aquel que edite dos libros al año, todos ellos pierden el derecho a la pensión. Gracias a este sistema sólo crearán los espíritus altruistas y ascéticos cuyo amor al prójimo supere el de sí mismos, deteniéndose automáticamente la superproducción de basura narcisista que se vende y desecha ahora. Se prevén grandes multas y castigos especialmente severos para quienes clandestinamente introduzcan en la sociedad ideas o memes virales cuyos trágicos efectos puedan compararse con los de las plagas del automóvil o de la televisión.

Después de haber regulado así la cuestión, es decir, después de haber salvado a la Humanidad generosamente, el autor de Perycalipsis se plantea con coraje el último problema pendiente..., limpiar la era. Bien, mediante el Fondo tal vez conseguiremos detener el frenesí de nuevas producciones destinadas irremediablemente al descomunal basurero, pero ¿qué hacemos con el disforme y monstruoso alud de cosas que ya existen? Fersengeld se muestra radical y terminante: “Todo cuanto ha sido creado en el siglo XX no vale nada”. Puede que entre tanta mercancía obsoleta se escondan joyas admirables del intelecto o el arte, pero resulta que no hay modo de distinguirlas en medio del océano de publicidad, superchería, autobombo y basura. Por lo tanto, el nórdico utopista postula la limpieza hercúlea de "los establos de Augias": un universal "auto de fe" que, al contrario que las salvajadas inquisitoriales del pasado, será profiláctico, y en verdad progresista.

Menos mal que, como autor consecuente y por lo tanto suicida, Joaquín Fersengeld aconseja o más bien ordena en el último párrafo de su curiosa obra que Perycalipsis sea también destruida inmediata y totalmente, de modo que ni siquiera pueda ser reciclado el papel en que se expresa su trágica profecía.

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