FAUSTO Y PROMETEO por José Biedma López

FAUSTO Y PROMETEO por José Biedma López
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jueves 28 de noviembre de 2019, 11:44h

Hace diez mil de años, en los primeros compases de la historia escrita, los sumerios dejaban constancia en sus tablillas de arcilla de su nostalgia por la tierra idílica de Dilmun, un paraíso perdido donde sus antepasados fueron completamente felices. Hace dos mil setecientos cincuenta años, el poeta griego Hesíodo recordaba una Edad Perdida en que los hombres vivían como dioses, tranquilos y alegres en una tierra superguay. La nostalgia de los edenes felices es una constante de todas las civilizaciones. Tal vez estos mitos refieran a esa época en que los hombres, pocos, cazadores y recolectores, neandertales o cromañones, vivían una vida sencilla, en armonía con la naturaleza. Sabemos que el Neanderthal enterraba a sus muertos en lecho de flores hace cincuenta mil años y que aún formas primitivas de vida humana, supervivientes en los desiertos de África o en el Mato Grosso brasileño, son compatibles con la salud, la longevidad y la alegría de vivir. Parece ser que los agricultores de la revolución neolítica, que dio paso a la ganadería y la agricultura, y con ello a los primeros Estados y asentamientos urbanos, vivían menos años que los cazadores del Paleolítico

FAUSTO Y PROMETEO por José Biedma López

La leyenda de una Edad de Oro, de un Jardín del Edén, sin duda es un mito que, como todos, idealiza simbólicamente realidades vividas, poetizadas tan delicada y ricamente que la leyenda siempre consiente nuevas interpretaciones, renovadas utopías de regreso a la caverna o a la tribu o al clan con jefe alfa y todo: la comunista fue una de estas utopías fracasadas, la jipi otra. Pero su fracaso fue en parte su realización. La explotación del hombre por el hombre disminuye y el respeto a la naturaleza aumenta a nivel global

Al sueño de una Arcadia feliz se opone la vida inaugurada por los favores del gigante Prometeo, benefactor de los humanos, que nos regaló la bendición y la maldición del fuego, pues lo mismo que nos sirve para cocinar, calentar nuestras casas, hacer de la noche día y alejar a las bestias feroces, nos sirvió para forjar herramientas de destrucción y muerte. Platón se dio cuenta de que la técnica por sí misma no podría salvar al hombre, por eso hace que Zeus mande a Hermes para entregar a los hombres la vergüenza, es decir, el sentimiento moral que permite un buen uso de los poderes de la técnica (Protágoras). Prometeo representa la cultura material y la insobornable rebelión del hombre frente a la Naturaleza, los pueblos y las ciudades, que son de origen humano, pero también la selva transformada en prado, campo de cultivo o jardín. Lo que hoy llamamos “naturaleza”, el entorno en que vivimos actualmente, ha sido creado por la historia prometeica, es decir por la historia técnica del hombre. El mito de Prometeo simboliza la liberación del hombre de su esclavitud animal y la ampliación de sus posibilidades creativas, pero también, si usamos la técnica -que el fuego prometeico simboliza- para mal y de un modo egoísta, la ampliación de sus poderes (auto)destructivos.

Por desgracia hemos identificado el progreso (ese mito ilustrado) únicamente con la conquista instrumental del mundo externo y el crecimiento económico. Incluso un fundador del ecologismo como el norteamericano George P. Marsch afirmaba el dominio del hombre sobre la naturaleza: “La vida del hombre es una lucha perpetua contra la naturaleza externa. Sólo rebelándose contra sus dictados y sometiéndose a sus fuerzas logrará el ser humano alcanzar sus fines más nobles y plasmar su propia creación… Donde no pueda ser su amo, no será más que esclavo”.

La actitud del Fausto de Goethe es un símbolo de esta impaciencia por dominar el mundo sin reparar en las consecuencias que ello pueda acarrear. El hombre fáustico moderno no dudó en poner en peligro el futuro de la humanidad en su afán por alcanzar sus metas. La indisciplinada avidez de energía eléctrica está en la base de desastres tan graves como el de Chernobyl. De otro modo que Fausto, el hombre moderno ya no pide ayuda al diablo Mefistófeles para satisfacer su codicia o su ambición: le basta con echar mano de la ciencia y de la tecnología sin pensar en el futuro, camino que lleva sin remedio a la decadencia de la civilización, si no a la desaparición de nuestra especie.

Renunciar al regalo de Prometeo (la técnica) es imposible. No hay vuelta atrás. No me cansaré de decir que el problema de la conservación de la naturaleza es ya tecno-científico. En nombre de la (re)construcción utópica de una Arcadia terrenal se han cometido crímenes y exterminios masivos. Las puertas del Paraíso terrenal ya fueron definitivamente selladas. Sin embargo, la actitud fáustica también merece corrección y una toma de conciencia activa respecto del bienestar de las generaciones futuras en la planificación tecno-científica de lo que consideremos “progreso” de la humanidad. Y la verdad, no parece muy “progresista” seguir apostando por la disolución de la familia, el consumismo o el crecimiento urbano.

La mayoría de las civilizaciones fueron destruidas por conquista militar, pero luego de haber entrado en profunda crisis, de manera que sus enemigos externos no tuvieron más que asestarles un tiro de gracia. Una de las razones principales de su decadencia fue que llevaron hasta el absurdo aquello que había contribuido a su esplendor inicial. Las catedrales góticas se elevaron más y más sobre ojivas y vitrales hasta que la bóveda de la catedral de Beauvais, que aspiraba a ser unos metros más alta que la de Amiens, se derrumbó tres veces. Los coches han sido buenos hasta que su proliferación ha vuelto irrespirable el aire de las ciudades. El uso del aire acondicionado consiste básicamente en enfriar el interior privado calentando aún más el exterior de todos. En nuestra civilización, la exención del trabajo físico ha degenerado en menosprecio del mismo (la labor del “pringao”), la lucha por la igualdad de derechos ha llevado a creer que existe la igualdad de talentos, el crecimiento económico y el consumismo se persiguen por pura inercia, aunque nuestras casas estén ya repletas de cachivaches y ello suponga degradación ecológica. Desde las instituciones y los Mass Media se estimula el despilfarro, no el ahorro. Incluso la austeridad, que fue virtud, es vista por nuestra izquierda como “austericidio”. ¡Océanos de petróleo, montañas de carbón, soles y vendavales convertidos en energía eléctrica para emplearla en generar molesta publicidad y tendenciosa propaganda política!

Bernard Rudofsky señaló que los principios de la arquitectura primitiva son en general más acertados que los de la actual. En muchas partes y si construyéramos como los antiguos, no harían falta aparatos de aire acondicionado ni tantos radiadores durante el invierno. Las monstruosas ciudades contemporáneas y sus babélicos rascacielos con velocísimos ascensores son también un pozo de vileza deshumanizada, rodeada de arrabales de cochambre y de porquería cada vez más venenosa.

Cierto poeta romántico, Friedrich Schlegel ya lo advirtió: “En el campo, los seres humanos pueden estar todavía juntos sin apretarse odiosamente. Entonces, si todo fuera como debiera ser, bellas viviendas y lindas cabañas adornarían como frescas plantas y flores el verde suelo y formarían un digno jardín de la divinidad” (Lucinde). Lo que hace falta no es más electricidad para poder disponer de aire acondicionado, sino una arquitectura más sensata. El hecho de que consumamos más no nos hace más felices. De hecho, la gente feliz no asalta los supermercados del día de las rebajas. Ni los europeos son menos civilizados que los norteamericanos por consumir la mitad de electricidad que ellos.

El nihilismo de “viva yo, perezca el mundo” o el de “vamos al desastre, no tenemos solución” son propios de huidizos y cobardes. En ningún caso hay que perder la esperanza de que Hermes devuelva a los humanos la vergüenza y Prometeo vuelva a visitarnos, esta vez con un rastrillo en una mano y un extintor en la otra.

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