FEAS Y SUBLIMES BATALLAS, por José Biedma López

Caballero de espadas, arcano menor del Tarot (Art Nouveau, Lo Scarabeo, Turín).
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Caballero de espadas, arcano menor del Tarot (Art Nouveau, Lo Scarabeo, Turín).
martes 22 de marzo de 2022, 07:52h
FEAS Y SUBLIMES BATALLAS, por José Biedma López

Los pueblos vencen y crecen y progresan –o disgresan como Sterne- sólo cuando entre sus poblaciones hay más concordia que discordia. “Con la concordia crecen las cosas pequeñas; con la discordia se hunden las más grandes” –escribió Salustio. Cicerón, enorme humanista, cayó víctima de la discordia pero dejó dicho que la que difunden los mandamases genera ruina y tiranía. Nuestros políticos deberían leer a Cicerón.

Numerosos autores latinos hablaron de la Concordia discors (valga el oxímoron), del acuerdo discordante como una difícil armonía lograda a partir de disensos y conflictos de ideas e intereses. Por esos consensos debieran trabajar nuestros caudillos (en inglés se dice “líderes” o “lideresas”). ¡Para eso les pagamos! Y no para que galleen.

En general es más fácil evitar una disputa que salir de ella (Séneca. De ira, III) y quien se complace en riñas prepara el desastre de la discordia. Eso reza la Crónica de Fredegunda que sin embargo lleva el nombre de la Reina sangrienta, la cual antes de ser reina fue criada y concubina (¡no sirvas a quien sirvió!) y estranguló en 568 a Galsvinta, legítima esposa del merovingio rey de Nestria: Chilperico. La estranguló para casarse con el viudo y tener consideración y poder de reina. Luego, Fredegunda acabó con unos y con otros hasta conseguir que su hijo Clotario se quedara con todo. Femme fatal! Violencia de género…, femenino.

Mujeres letales, haylas, como meigas en Galicia. No es posible hablar del bien sin saber del mal. Pero, dejando las discordias merovingias y volviendo al asunto que nos ocupa, el de la concordia, recordaré que quienes luchan por separado son vencidos juntos (Tácito). El consenso es lo que nos hace fuertes, por eso los clanes se agruparon para formar tribus y las tribus se unieron para fundar ciudades, aún quedan huellas de estos orígenes en nuestras cofradías semanasanteras, asociadas también a antiguos clanes y viejos gremios. El acuerdo es particularmente útil, urgente e imprescindible, en medio de la injusticia y de la adversidad.

Pésimos gobernantes serán los que siembren discordia y sectarismo entre sus gobernados. No saben qué hacer, andan como perdidos, y esa es la causa psicológica de que caigan o puedan caer en extremismos rojos o azules, que son los colores de El Colgado del Tarot. Cuando uno siente que se ahoga se agarra también a una espada al rojo vivo. Tristísimo es que haya tantos dispuestos a pelearse por el pelo de una cabra. “¡Para ti la perra gorda!” (el céntimo de euro), dirá el prudente y huirá de la pendencia. Si uno no quiere, dos no se pelean. Cabe también hacer lo que el tío Shandy de Sterne y, en lugar de contestar al vehemente que grita y jalea, ponerse a cantar por toda refutación (Argumentum fistulatorium). Es parecido a lo que hace mi amiga Luisa María cuando cree oír algo falso o absurdo que dice “su chico” Alfonso. No se molesta en replicarle, no entra en peloteras, sino que se pone a bailar. Así se divierte, nos alegra y evita la controversia y el choque.

A “bellum”, palabra latina que significa guerra, le buscaron algunos una etimología a contrariis: “Bellum a nulla re bella”, la guerra real o palabrera por ninguna causa es bella; de bonita no tiene nada la discordia que pasa a las manos, las armas y las bombas para quienes la sufren de cerca. Por desgracia, también puede convertirse en espectáculo televisivo. Sólo concibo una excepción, la simulación del campo de batalla mediante un tablero de sesenta y cuatro escaques y la sustitución de los ejércitos por los trebejos, peones y figuras, del Rey de los juegos. Más esencialmente que otros deportes, el ajedrez es una sustitución sublime e inocua de la guerra. El hecho de que sus reinas sean las piezas más poderosas y sus reyes las más protegidas guarda un raro misterio simbólico.

Aún recuerdo el famoso match del siglo entre Spassky y Fischer (Reykjavik, Islandia, 1972) siendo yo adolescente. Flotaban en el aire gélido las últimas nieblas de la guerra fría. Estuvo a punto de no celebrarse porque Fischer pedía más pasta. Al final, un banquero inglés, Jim Slater, entusiasta del ajedrez, añadió a la bolsa cien mil libras. Ganó el norteamericano, que luego se exilió y se volvió medio loco. La derrota de Spassky fue acogida por los moscovitas con amargura. Era la primera vez después de un cuarto de siglo que la URSS cedía el título de campeón mundial. La guerra es cosa de bárbaros; el ajedrez, de caballeros.

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