ANIMAL INQUISITIVO, por José Biedma López

ANIMAL INQUISITIVO, por José Biedma López
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ANIMAL INQUISITIVO, por José Biedma López

Agradezco a Lykofrán la confianza con que me cuenta cómo “se aterra” por las “preguntas estúpidas” que ha podido leer en los grupos de filosofía de las redes sociales… -Amigo, aterran los terroristas, no los preguntones, aunque estos pueden cansar, como los niños cuando se empeñan en saberlo todo. Le recomiendo a Lykofrán tolerancia y misericordia.

Siempre he animado a mis alumnos a preguntar con el argumento de que no hay preguntas tontas ni falsas. Lo primero, porque quien pregunta demuestra no ser tonto al interesarse por conocer. Lo segundo, por lo mismo que ninguna pregunta puede ser verdadera ni falsa en sentido lógico. Eso sí, una pregunta puede ser psicológicamente insincera (“pregunta retórica”, la llamamos impropiamente): “¿Eres idiota?”. El que grita así suele estar afirmando, más que preguntado. Pero yo no puedo responderle: “tu pregunta es mentira”, en todo caso es la insidiosa afirmación implícita la que podría ser falsa si no soy idiota.

También es cierto que una pregunta puede ser indecorosa, impertinente, no venir a cuento: “¿Te masturbas mucho?”. Una pregunta puede estar mal escrita, pero no puede ser lógicamente falsa sensu stricto. Enseñar al que no sabe respondiendo a su cuestión –si es que podemos-, es servicio de misericordia, acto de caridad u oficio de maestro. El hombre es animal inquisitivo. Todos nos hemos preguntado alguna vez qué puñetas hacemos aquí orbitando alrededor de una enorme bola de fuego en la periferia de una galaxia entre millones de ellas, en un universo de proporciones inhumanas. Todos nos hemos preguntado por qué sufre la inocencia. Ningún mono por listo que sea se pregunta por el sentido de su existencia.

El hombre es animal preguntón por lo mismo que es filósofo a natura y hasta puede ser que la filosofía sea más un arte de preguntar que de responder. Su historia, un elenco de sofisticadas cuestiones. La lección inaugural de su tradición son los diálogos de Platón, que están saturados de preguntas. De un verbo griego que significa preguntar, ironeîn, viene la famosa “ironía” del Tábano de Atenas. Algunos la han querido reducir a una simple simulación de ignorancia, pero en verdad Sócrates, a propósito de qué sea el bien en sí, sabe que no sabe, y por eso (se) pregunta, duda y hace dudar. De lo único que está seguro es de que la respuesta no vale nada si no es racionalmente consistente.

El filósofo es un buscador del saber (philo-sophos), no un sabio (sophos) ni siquiera un perito o experto (sophistés). Platón sólo consideraba sabios a los pitagóricos, teniéndose él mismo por un clasificador de ideas, un buscador de razones seguras y un amador de la verdad, que nunca encontró del todo.

Por lo tanto, nada más natural en un grupo de filosofía, y sobre todo entre quienes se inician en ella, que un inocente, incesante y hasta infantil preguntar. Dice Félix Duque que en realidad preguntamos siempre por lo mismo: por lo que somos, por nuestro ser y nuestro hacer. Por eso también el hombre es “lo más pavoroso y admirable”, según definición de Sófocles en su Antígona. Es la sorpresa mezclada con el temor la emoción que moviliza el preguntar y que nos enfrentó en el génesis con la naturaleza y con el mismo Dios, con lo extraño y lo otro. ¿Por qué no puedo comer del árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cuál es la raíz de tal prohibición? ¡Porque el Yavé bíblico prohíbe, pero no da razón de por qué prohíbe! Es la serpiente la que explica… “Si coméis, le haréis la competencia, seréis como dioses”.

Y en efecto, la ambición de nuestro ingenio nos lleva al pesado destino feliz y desdichado de los creadores. Creamos paraísos artificiales, ¡e infiernos! Desearíamos que donde hubo naturaleza haya historia, nuestra creación, y que donde descubrimos leyes físicas de cumplimiento necesario ¡haya espacio y tiempo para la libertad!

“Pavoroso” (tò deinótaton) es el animal humano porque su capacidad de depredación y destrucción está tan bien probada como su capacidad creadora y constructiva. Hace doce mil años –por ejemplo- nuestros antepasados asiáticos irrumpieron por el estrecho de Behring en el continente americano y ni siquiera necesitaron arcos ni flechas para acabar en unos miles de años con mamuts, mastodontes y caballos. En nuestra época –ya con rifles- el bisonte se ha salvado de milagro. Pero esta condición “pavorosa” es también la que ha facilitado nuestra supervivencia y expansión. No se olvide. Podemos ver en ella un mal esencial, como san Agustín veía en el alma la corrupción del pecado original (la soberbia de haber querido ser como dioses) o añadir que somos “la lepra del planeta Tierra” (Nietzsche), pero también podemos enfatizar el otro extremo del binomio sofocleano, pues somos en efecto el animal más admirable, “pastor del ser”, según Heidegger.

¡Tampoco somos tan “malos” ni tan violentos en comparación con otras especies! Las hormigas también se hacen la guerra. Somos depredadores sociales, sí, los más eficaces y crueles entre los mamíferos, tal vez. Pero entre los microorganismos y los artrópodos pululan formas que no nos van a la zaga. Es más, algunos de ellos pueden diezmar a la población humana en un lustro o menos. No obstante, al contrario que estos, que sólo cambian lentamente por evolución natural, nosotros hemos inventado el transformismo social rápido, además de andar detrás del transformismo biológico (transhumanismo). Cambian los usos, las costumbres, las conciencias, de una generación a otra, con una aceleración histórica que da vértigo.

Esto no debe llevarnos a pensar –como Ortega- que ya no somos naturaleza, sino sólo historia, que sólo conservamos “muñones de instintos”. Como toda mujer lleva de partida en su interior a una madre, todos llevamos al depredador dentro, lo demuestra nuestra visión estereoscópica, la liberación de las manos que consiente el uso de armas, la traslación bípeda y económica, la activación sensorial en las horas inciertas del día y el gusto por el pescado y la carne, que digerimos mejor que las legumbres…

Mas también, gracias a Dios, llevamos dentro el preguntar que nos pone en camino de la educación y –aplacado o satisfecho el bicho íntimo- en la senda del arte, de la ciencia, de la conversación, del amor…, o sea: de la civilización. “Nace bárbaro el hombre, redímese de bestia cultivándose; hace personas la cultura” –decía Gracián. Querer “volver a la naturaleza” y renegar de la civilización y de la cinegética sólo puede caber en mentes colonizadas por Walt Disney y por la pintura –por otra parte encantadora- que de la naturaleza (“madrastra”, la llamaba Kant) hizo en sus películas el genio norteamericano. Sin embargo, reconozco que es difícil sacudirse esa nostalgia de bosque y del valle. Los hay que le dan curso viajando –convenientemente vacunados, eso sí- al “Tercer Mundo”, en busca de sensaciones fuertes. Más común es dominguear en el parque natural más próximo, técnica y políticamente conservado, senderismo, naturalismo, esparraguismo…, todo eso está muy bien, como tener huerto propio además de biblioteca. Pero, ¡ojo!, también los puede haber que –como en el Cuento de la criada de Margaret Atwood- promuevan una teocracia ecologista, autoritaria y violenta, para que las mujeres cumplan su “destino biológico”. Pero la naturaleza sin técnica (empezando por el dominio del fuego) y sin ciencia, nunca será para nosotros un lugar seguro. Y poco vale la seguridad si no va acompañada de los riesgos de la libertad.

Desde luego, no podemos cortar el cordón umbilical que nos une a la Tierra, como el gigante Anteo estaremos perdidos si levantamos los dos pies del humus del que procedemos, pero el Paraíso perdido no es más que un mito, incluso mayor y tan peligroso como el Reino de Dios o la Utopía prometida por puritanos, nacionalistas o comunistas. Somos seres limítrofes –como dice Trías- nos alimentamos en el límite con lo que nosotros mismos construimos, clareando el bosque y domesticando –de un modo cada vez más crítico y decisivo- nuestra propia naturaleza.

Tiene razón Félix Duque cuando afirma que es el desarrollo del equipamiento técnico del hombre lo que genera, al mismo tiempo, y desde hace milenios, nuevos o renovados ámbitos “naturales” (Filosofía de la técnica de la naturaleza, Madrid 2019). Hay desde luego en la simple razón instrumental y en la acción técnica algo de impiadoso, y es ciega como una gallina sin cabeza sin una razón del bien que la oriente. No obstante, el agricultor que abre la tierra con su tractor señala esa escisión del hombre y la naturaleza con su inteligente y esforzada labor, porque nosotros somos también límite de complejidad natural y el producto más admirable de la naturaleza, hijos geniales y contestatarios. No somos monos dementes, sino quienes hemos medido, pesado y clasificado a los monos, nuestros parientes, descubriendo lo mucho que se nos parecen. Pero los monos ni pueden ni saben preguntar. Que sepamos, sólo nosotros padecemos ese síndrome irónico, esa inquietud cognitiva, esa curiosidad insaciable.

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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