TOLERANCIA O RESIGNACIÓN, por José Biedma López

Busto de Faustina la Menor, Louvre.
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Busto de Faustina la Menor, Louvre.
TOLERANCIA O RESIGNACIÓN, por José Biedma López

Annia Galeria Faustina o Faustina la Menor (125/130-175), hija del emperador Antonino Pío y Faustina la Mayor, casó con Marco Aurelio (145) y fue nombrada Augusta por el senado. Dice de ella Boccaccio que era de tan peregrina hermosura que algo divino parecía haberse mezclado con su mortalidad. Se la tuvo por mujer licenciosa de impúdicas costumbres, atribuyéndosele enjambre de amantes, a pesar de lo cual su marido se mostró siempre indulgente con Faustina. Lo peor fue que cayó enferma de amores por un gladiador, llegando a deprimirse, consumida por el deseo y la pasión.

Cuentan que el emperador, temiendo por su vida, juntó a médicos, astrólogos, hechiceros y sabios, por ver si entre todos la curaban. Los más decidieron sacrificar al gladiador y hacer beber su sangre a la obcecada Faustina, para acostarla luego con su paciente marido. Así sanaría. Hay cronistas que rabajan el vampirismo de la escena diciendo que Faustina sólo se lavó o ungió con la sangre del gladiador muerto, antes de yacer con su marido. El suceso maravilloso fue que Faustina en efecto perdió la pasión que la destruía y que del jollamamiento que tuvo con Marco Aurelio concibió dos mellizos: Antonino, que murió con cuatro años, y Cómodo, que luego fue emperador tan sanguinario y cruel que parecía hijo del gladiador. ¡Cualquiera sabe! Por entonces no estaban disponibles los testados de paternidad y no sabemos si Faustina se conformó con la sangre ni si fue sólo sangre lo que tomó del gladiador, ni por donde.

No obstante, es cierto que Faustina se redimió –o lo intentó- acompañando a su marido en la campaña del norte (170-174) atacada su frontera por los bárbaros y luego en la del este (175), en la Capadocia, donde la emperatriz augusta cogió una grave enfermedad con los fríos y murió en Halala, luego Faustinópolis, en 176. Marco Aurelio fundó un establecimiento de beneficencia y unos baños públicos en Mileto, todo en su honor. Llegó incluso a deificarla dedicándole un templo con monjas y vírgenes consagradas a su culto (faustinianas).

Tras describir su belleza, Boccaccio la tilda de “honesta ramera”, hoy tal vez diríamos “de moral distraída”, a pesar de lo cual su marido le hizo altares y túmulos como si fuera “diosessa de los gentiles”. El caso –dice el italiano- es que “alcanzó más gloria por la benignidad de su marido que por sus obras” (De las mujeres ilustres en romance por Paulo Hurus, 1494, cap. XCVIII).

Ejemplo singular de serenidad estoica el que dio este sobrio y sabio emperador soportando el peso de la cornamenta, sin caer en la ira, y hasta curando piadosamente las locas veleidades de Faustina como si no se tratara más que de corregir las travesuras de una niña malcriada, aunque no eran de edades muy dispares.

No menos ejemplar también fue el comportamiento de Seleuco Nicátor, antiguo general de Alejandro Magno y rey de Siria (354-280 a. C.). Su hijo Antíoco se había enamorado en secreto de la madrastra y había determinado dejarse morir de amor, sin declararse. El padre sufría por la melancolía del hijo y el perspicaz médico Erasístrato se percató, palpando la muñeca del príncipe, que el pulso se le aceleraba cuando entraba en escena la bella madrastra. Se lo contó a Seleuco que, confirmando el hecho, en lugar de cabrearse, hacer degollar o deportar al hijo, le cedió la mujer como esposa, pues por su edad y hermosura venía ese casamiento más conforme con el hijo que con el padre. Cuenta los detalles de la historia Plutarco en la biografía de Demetrio en sus famosas Vidas paralelas. Antíoco fue feliz con su madrastra, convertida en su esposa y soberana de Siria y otros territorios conquistados por su belicoso padre, reinando hasta el año 260 antes del nacimiento de Nuestro Señor.

Seleuco no tuvo que soportar el bullebulle corrosivo de los celos, porque en ningún momento quienes recogen la historia relatan que su madrastra estuviese enterada del amor que le profesaba su hijastro ni que hiciese nada para provocarlo o seducirlo.

Las malas lenguas dicen que Marco Aurelio soportaba las infidelidades de Faustina porque a fin de cuentas debía en parte el trono a su matrimonio con la hija del emperador Antonino Pío, benjamina y seguramente muy mimada. La época de los Antoninos la tienen los historiadores por la más pacífica y feliz del imperio romano. El padre de Faustina, Antonino Pío, fue siempre para Marco Aurelio ejemplo viviente de equidad y firme autoridad. Era su tío político, padre adoptivo y suegro.

No obstante, lo cierto es que no faltaron consejeros que animasen al emperador a ejecutar a Faustina o a divorciarse de ella a causa de sus escandalosos devaneos. Soportar los celos y, peor, los dimes y diretes del populacho es propio de un gigante del estoicismo como lo fue este emperador. Llevó a su vida el ideal estoico de la a-patía o control absoluto de las pasiones, llamadas por Séneca un siglo antes morbos o enfermedades del cuerpo y del alma. El estoicismo, que fue la ética más apreciada por los romanos cultos, acabaría influyendo en el cristianismo, en el que la serenidad e imperturbabilidad de ánimo estoica se llamaría resignación, interpretada como aceptación de la voluntad de Dios, mejor que como fatalismo. Tanto fue el maridaje entre la primitiva moral cristiana y la estoica, que la tradición inventó una supuesta correspondencia entre Séneca y Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles.

La muerte de Faustina causó enorme pena a su esposo. En treinta años de matrimonio le había dado trece hijos de los que sólo sobrevivieron Cómodo y cuatro niñas. En sus Meditaciones o Soliloquios, “botiquín filosófico de primera urgencia”, se les ha llamado, que escribió bajo la tienda de campaña mientras compartía el rancho de sus soldados, da gracias a los dioses por haberle dado “una esposa tan obediente, tan amorosa, tan sencilla”. Estudiosos modernos como Renan no dan crédito a la maledicencia que los rumores cortesanos vertieron sobre Faustina, tachándolos de calumniosos. En septiembre del mismo año de la muerte de su esposa, Marco Aurelio visita Atenas y funda cuatro cátedras de filosofía, una para cada una de las grandes escuelas: la platónica, la aristotélica, la epicúrea y la estoica, y se inicia en los misterios de Eleusis.

No obstante, durante su reinado se reprimió duramente el cristianismo. “Marco Aurelio tenía la fe y tenía la caridad; lo que le faltaba era la esperanza”, escribió sobre él U. Wilamowitz. En el año 180 murió de peste en la frontera del Danubio, este apasionante ejemplo de humanidad que concibió el mundo como una ciudad y a la naturaleza como un único ser viviente, convencido de que lo que debe impulsar nuestro afán es un pensamiento justo, actividades consagradas al bien común, un lenguaje veraz y una disposición para abrazar todo lo que acontece como necesario y familiar (Meditaciones IV, 33).

Del autor:

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