"La era atómica", por Pedro Cuesta Escudero

'La era atómica', por Pedro Cuesta Escudero
sábado 12 de junio de 2021, 10:12h
'La era atómica', por Pedro Cuesta Escudero
A propósito del artículo que publicamos el 15 de Mayo de 2021 titulado “Planes de futuro” en donde se rescatan escenas del libro “Atrapado bajo los escombros” que hablaban de una hecatombe nuclear, hemos investigado para saber cómo empezó la era atómica. El Comandante del “Enola Gay”, Paul W. Tibetts, nunca se imaginó que aquel avión que pilotaba iba a cambiar de manera trascendental el curso de la historia. Cuando se abrieron las escotillas para liberar la bomba atómica, de nombre “Little Boy” (Niño pequeño), la humanidad no sabía que se encontraba ante el inicio de una nueva era. Eran las 8:15 horas de la mañana de aquel 6 de Agosto de 1945, justo en el momento en que cayó sobre la ciudad nipona de Hiroshima la primera bomba atómica. Decenas de miles de seres humanos murieron en el acto, pagando con su sangre “el costo del parto de la historia”.
'La era atómica', por Pedro Cuesta Escudero
'La era atómica', por Pedro Cuesta Escudero

La bomba atómica

En ese momento, y conforme a la crónica proporcionada por los oficiales estadounidenses, ni siquiera sus mismos creadores tenían un puntual conocimiento del verdadero alcance de semejante invento, que volvería a ser arrojado, en esta ocasión sobre Nagasaki, tan sólo tres días después.

La bomba atómica desencadenó una sucesión de acontecimientos históricos que marcaron el devenir de aquellos días de Agosto de 1945, entre ellos, el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de una nueva posguerra sobre la que, de inmediato, caería una larga sombra de dudas y sospechas sobre el futuro inmediato de la energía nuclear. Fue Estados Unidos, creadores del artefacto atómico, los primeros en percatarse de su propia fragilidad en el supuesto de que el secreto de su fabricación podía caer en manos de potencias enemigas, tal y como podía haber sido la Alemania de Hitler o, más adelante, la URSS de Stalin. Por eso, y de las muchas lecturas que puede hacerse de aquella coyuntura histórica, una de ellas destaca sobremanera, la imperiosa necesidad de Estados Unidos y sus aliados cercanos, principalmente Gran Bretaña y Canadá, por establecer un férreo control informativo sobre la fabricación de aquel artefacto devastador y de asegurar, por encima de todo, el secreto atómico.

Por su importancia, éste será el tema central del presente trabajo que vertebraremos en dos artículos: en el primero, se presenta una visión en conjunto de la fabricación de la bomba atómica por parte de los Estados Unidos, de los pormenores de su lanzamiento sobre Hiroshima y Nagasaki, así como de la conmoción mundial que generó el conocimiento de su devastador impacto. En el segundo artículo, analizaremos el problema del control de la energía nuclear que se generó a partir de entonces, haciendo hincapié en las grandes dificultades para decidir quién o quiénes deben hacerse cargo del control de semejante artefacto científico y militar.

El inicio de la era atómica

La bomba atómica se gestó en el ámbito de la comunidad científica. Expertos en física nuclear como Eugene Paul Wigner y Leó Szilárd, ambos judíos de procedencia húngara, estaban convencidos de las posibilidades reales de fabricar una nueva bomba partiendo de los grandes avances experimentados en torno a la fisión del átomo. Conscientes de sus insondables repercusiones, no ocultaron su preocupación acerca de los progresos científicos que, en materia nuclear, se venían obteniendo en los laboratorios de la Alemania nazi, llegando, incluso, a la conclusión de que un arma tan poderosa podía guiar a Adolf Hitler a la consecución de su sueño de dominación mundial. Alertados por esta circunstancia, decidieron invitar a uno de los científicos estelares del momento, por otra parte, enemigo acérrimo del nazismo: Albert Einstein. Previa aceptación, y como integrante del equipo de investigación, Einstein fue uno de los firmantes de una carta, junto con otros hombres de ciencia, como Enrico Fermi o el propio Szilárd, que fue remitida a Franklin D. Roosevelt con fecha de 2 de Agosto de 1939.

Grosso modo, en la misma hacían saber al presidente estadounidense de su puntual conocimiento de los últimos resultados obtenidos por científicos como Fermi y Szilárd, lo que le llevaba a la conclusión de que “el principio de la operación de una bomba atómica o de una planta eléctrica basada en la fisión del uranio es relativamente sencillo”.

La energía atómica, en vez de fines militares, podría convertirse “en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato”. Más allá de esta observación, Einstein ponía el acento sobre “ciertos aspectos” que habían surgido “de la situación” y que, por su gravedad, parecían necesitar de una “vigilancia especial” y de “una rápida acción por parte de su gobierno”. En materia de argumentos, y recordando los hallazgos científicos obtenidos por Frédéric Joliot Curie, en Francia, y de Fermi y Szilárd, en Estados Unidos, advertía de la posibilidad de “provocar una reacción en cadena en una gran masa de uranio, por medio de la cual se generará una vasta cantidad de energía y gran cantidad de nuevos elementos semejantes al radio”. Por todo ello, Einstein estaba convencido de que “tal cosa se logrará en el futuro inmediato” y que, por consiguiente, podían “construirse bombas de un nuevo tipo, en extremo poderosas”.

Conocedor de tan privilegiada información, el Presidente Roosevelt estuvo de acuerdo con el proyecto propuesto por la comunidad científica, convencido de que los resultados obtenidos podían generar un alto impacto, de entrada, en el posterior devenir de la Segunda Guerra Mundial. Con su visto bueno, se daba inicio al llamado Proyecto Manhattan, una iniciativa macro estadounidense apoyada por Gran Bretaña y Canadá. En sus comienzos, nadie podía imaginar cuál habría de ser el resultado final, ni mucho menos que Japón habría de ser el blanco donde sería arrojada la primera bomba atómica, una mañana de Agosto de 1945. Desde el principio, todo parecía indicar que el objetivo militar sería Alemania. Al morir el Presidente Roosevelt, el 12 de Abril de 1945, Harry S. Truman asumiría la presidencia de los Estados Unidos, convirtiéndose, en consecuencia, en el jefe de Estado que habría de tomar las decisiones finales.

El Proyecto Manhattan representó el proyecto científico, tecnológico, militar y económico más ambicioso de Estados Unidos en el marco de la segunda gran guerra. Con el mismo, el Presidente Truman, un político inexperto en cuestiones internacionales, se encontró con una carta escondida, especialmente después de que el 16 de Julio de 1945 fuera exitoso el ensayo de explosión de la primera bomba atómica, en un enclave de Nuevo México.

Trinity se convirtió en el comienzo de una nueva era inquietante

Trinity fue el nombre en clave de la primera detonación de un dispositivo nuclear, realizada por el Ejército de Estados Unidos en el desierto de Nuevo México. Científicos, personal militar y otros testigos se reunieron en búnkers de observación distribuidos a gran distancia de la zona cero. El físico Julius Robert Oppenheimer estaba al cargo de la prueba, pasando, por ello, como “el padre de la bomba atómica”. Se llamó al gobernador de Nuevo México para advertirle que tendría que declarar la ley marcial si las cosas salían mal. Durante la noche una tormenta con truenos y relámpagos barrió la zona poniendo en peligro la prueba. A las 4h de la mañana los cielos empezaron a despejarse.

Se colocaron las máscaras de soldador para ver la prueba y quince segundos antes de las 5.30 a m del 16 de Julio de 1945, sobre un área del desierto de Nuevo México, un lugar implacablemente seco que los primeros viajeros lo bautizaron como “Jornada del Muerto”, aparece un nuevo sol que se eleva rápidamente hacia el cielo. Fue aquí donde se vio por primera vez el destello atómico, la nube de hongo y las consecuencias de la radiación. A medida que el verdadero sol salía por el horizonte unos minutos después de la prueba, a muchos de los presentes les quedaron pocas dudas de que estaban en un tiempo nuevo.

Impresiones de los que vivieron esta experiencia

Conforme la nube de hongo hervía hacia arriba un oficial militar, creyendo que la explosión encendería la atmósfera y, de ser así, se destruiría el mundo entero, pierde la fe en los científicos (pelos largos, como les llamaban), y dicen que exclamó: “¡ Dios mío, los pelos largos han perdido el control!”

William Laurence, que observó la prueba a 32 km. de distancia, escribió en el The New York: “Un gran supersol verde subió en una fracción de segundo a una altura de más de 2’5 km, elevándose cada vez más alto hasta tocar las nubes, al tiempo que iluminó la tierra y el cielo con un brillo deslumbrante por su intensidad”.

La proliferación de adjetivos persigue detallar la experiencia como si no se pudiera seguir el ritmo de la profusión hirviente de olores.

“Es la luz más brillante que he visto o que creo que alguien haya visto. Estalla, se dispara, te atraviesa. Fue una visión que se veía más que con los ojos”.

“Cerré los ojos por un segundo, pero allí estaba de todos modos, una luz increíble, como si no necesitara la vista para existir”

“Una fuerza elemental fue liberada de su lazos después de estar encadenada por miles de millones de años ya que, por primera vez, los humanos usarán una fuente de energía que no tiene su origen el sol”.

“Fue hermoso. Fue aterrador”.

“El cielo estalló en una luz cegadora a kilómetros de distancia, las montañas que eran negras se vieron iluminadas con una luz abrasadora. El color salpicaba el paisaje con tonos amarillos, morados, carmesís, grises. Cada pliegue en la montaña se convirtió en líneas audaces, se puede ver cada valle, cada pico que se mantuvo impasible”.

George Kistiakowsky, que dirigió el grupo que construyó el mecanismo de detonación, dijo que la prueba fue “lo más cercano al día siguiente del juicio final que uno podría imaginar”.

Hiroshima y Nagasaki

En un mes se lanzaron dos bombas en el Japón: la primera, “Little Boy”, un arma de uranio en Hiroshima, la segunda “Fot Man”, un arma de plutonio de diseño de implosión, el probado en Trinity, en Nagasaki.

En 1922 los japoneses se sintieron ofendidos por el Tratado Naval de Washington, que limitaba el número de barcos que podían poseer, y que aseguraba la supremacía naval de las flotas estadounidense y británica. Entonces Japón firmó el Pacto Tripartito con Alemania e Italia, lo que alineaba a Japón con las «Potencias del Eje». En Julio de 1941 Japón invadió con sus tropas el sur de Indochina, territorio controlado por Francia, por lo que Estados Unidos decidió tomar represalias, las cuales consistieron en embargos comerciales y la reducción del suministro de petróleo al país en un 90 %. Debido a estas sanciones, así como las impuestas por británicos y neerlandeses, el comercio exterior de Japón disminuyó en un 75 %. Entonces el 5 de Noviembre de 1941 el Emperador Hirohito y el Gobierno japonés decidieron declarar la guerra a los Estados Unidos si no se levantaba el embargo petrolero a finales de mes. Y mientras negociaban las delegaciones japonesa y estadounidense, el 7 de Diciembre de 1941 Japón lanzó un ataque sorpresa, aéreo y masivo contra Pearl Harbor, por lo que al día siguiente, el 8 de diciembre, el Congreso de los Estados Unidos declaró la guerra a Japón.

Los días 10 y 11 de Mayo, el Comité para la elección de los objetivos en el Laboratorio Nacional Los Álamos, con Robert Oppenheimer como miembro principal, recomendó Hiroshima, Kioto y Yokohama, así como el arsenal en Kokura, como los objetivos posibles. La selección de dichas ubicaciones se basó en los criterios siguientes: Eran mayores de 4,8 km de diámetro y con blancos importantes en grandes áreas urbanas para que la explosión causara daño efectivo. Dichas ciudades se mantuvieron prácticamente intactas durante los bombardeos nocturnos llevados a cabo por las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos.

El artefacto, conocido como el destructor de mundos, estaba listo. Los objetivos, elegidos: Hiroshima, Kioto y Yokohama. Después, se cambiaron los dos últimos por Nagasaki y Kokura

Hiroshima fue descrita como «un importante depósito de armas y un puerto de embarque en el centro de un área urbana industrial. Es un buen objetivo en el radar y tiene el tamaño suficiente para que gran parte de la ciudad pueda ser exhaustivamente dañada. Existen colinas adyacentes que muy probablemente producirán el efecto de enfocar, lo que seguramente incrementará considerablemente el daño causado por la explosión. Debido a los ríos no es un buen blanco incendiario. El objetivo de lanzar la bomba era obligar a Japón a rendirse incondicionalmente conforme a los términos de la Declaración de Potsdam. El comité aseguró que los factores psicológicos en la selección del objetivo eran de gran importancia, o sea, obtener el mayor efecto psicológico en contra de Japón. Hacer suficientemente espectacular el uso inicial del arma de tal forma que fuera reconocida internacionalmente en términos publicitarios cuando fuera arrojada. Hiroshima tenía la ventaja de tener un mayor tamaño y, con las montañas cercanas enfocando la explosión, la mayor parte de la ciudad sería destruida. El palacio del emperador en Tokio tenía una mayor fama que cualquier otro objetivo pero tenía un valor estratégico menor.

A comienzos de Julio, en camino a Potsdam, Truman reexaminó la decisión de usar la bomba. Al final, Truman decidió lanzar las bombas atómicas en Japón con el objetivo de terminar rápidamente la guerra al causar destrucción con las bombas así como miedo de más destrucción, lo que obligaría a Japón a rendirse. Winston Churchill, Harry S. Truman y Iósif Stalin, líderes de los países vencedores, el 27 de Julio emitieron la Declaración de Potsdam, la cual bosquejaba los términos de la rendición de Japón. Fue presentada como un ultimátum y se aseguraba que, sin la debida rendición, los aliados atacarían Japón.

Hiroshima fue el objetivo primario del primer bombardeo atómico seguido de Kokura y Nagasaki como objetivos alternativos. La fecha del 6 de Agosto se eligió porque anteriormente la ciudad había estado cubierta por nubes. El B-29 “Enola Gay”, perteneciente al Escuadrón de Bombardeo 393d, pilotado y comandado por el Coronel Paul Tibbets, despegó desde la base aérea de North Field, en Tinian, y realizó un vuelo de aproximadamente seis horas hasta Japón. El “Enola Gay” fue acompañado por otros dos B-29, el “The Great Artiste”, que llevaba instrumentos de medida. La aeronave arribó al objetivo con clara visibilidad a los 9855 metros de altura. Durante el vuelo, el Capitán de la Armada William Parsons armó la bomba, ya que se había desactivado para minimizar el riesgo de explosión durante el despegue. Su asistente, el Subteniente Morris Jeppson, quitó los dispositivos de seguridad treinta minutos antes de llegar al objetivo. Alrededor de las 7 de la mañana el sistema de radares japoneses de alerta temprana detectó a las naves estadounidenses aproximándose desde la parte sur de Japón, por lo que se emitió una alerta a distintas ciudades, entre ellas Hiroshima. Un avión climatológico sobrevoló la ciudad y al no ver signos de los bombarderos, los habitantes decidieron continuar sus actividades diarias. Por las 8 horas el radar detectó nuevamente los B-29 acercándose a la ciudad, por lo que las estaciones de radio emitieron la alarma para que los habitantes se refugiaran, pero muchos la ignoraron.

El “Enola Gay” sobrevolaba Hiroshima a unos 9.500 metros de altura cuando liberó la bomba “Little Boy”, que explotó en el aire, a unos 600 metros del suelo. “Little Boy” llevaba una carga de 64 kilos de Uranio 235, de los que se calcula que solo se fisionó cerca del 1,4%. Aun así, la explosión tuvo la fuerza equivalente a 15.000 toneladas de TNT. Como referencia, tan solo un kilo de TNT puede ser suficiente para destruir un automóvil. El mecanismo interno de “Little Boy” funcionaba como una pistola: disparaba una pieza de Uranio 235 contra otra del mismo material. Al chocar, los núcleos de los átomos que las componían se fraccionaron en un proceso llamado fisión. Esa fisión de los núcleos ocurre de manera consecutiva, generando una reacción en cadena en la que se libera energía y finalmente desata la explosión. "A las 8:14 era un día soleado, a las 8:15 era un infierno", describe en un documental del canal Discovery Kathleen Sullivan, directora de Hibakusha Stories, una organización que recopila testimonios de sobrevivientes de las bombas. La explosión generó una ola de calor de más de 4.000 °C en un radio de aproximadamente 4,5 km. “De repente me enfrenté a una gigantesca bola de fuego… Luego vino un ruido ensordecedor. Era el sonido del universo explotando", le contó Shinji Mikamo, sobreviviente de Hiroshima, a la BBC. Se cree que entre 50.000 y 100.000 personas murieron el día de la explosión. La ciudad quedó devastada en un área de 10 km2. Dos tercios de los edificios de la ciudad, unos 60.000, quedaron reducidos a escombros. La explosión se sintió a más de 60 km de distancia. El intenso calor produjo incendios que durante tres días devoraron un área de 7 kilómetros alrededor de la zona cero.

A pesar de esta tragedia Japón no se rinde. Tres días después, EE.UU. lanzó una segunda bomba nuclear. Nagasaki no estaba en la lista de objetivos prioritarios. Su topografía accidentada y la cercanía de un campo de prisioneros de guerra aliados, la convertían en un blanco secundario. Entre los objetivos principales estaba Kokura, una ciudad con zonas industriales y urbanas en terrenos relativamente planos. El día del ataque, sin embargo, Kokura estaba "cubierta de bruma y humo", según el reporte de los pilotos. Y la tripulación tenía órdenes de elegir visualmente el objetivo que maximizara el alcance explosivo de la bomba. Fue así que se desviaron a Nagasaki.

El bombardero Bockscar, un B-29 pilotado por el Mayor Charles Sweeney, dejó caer la bomba “Fat Man”, que explotó a 500 metros del suelo. La bomba estaba hecha de plutonio 239, un material más fácil de conseguir y más eficiente, aunque requiere un mecanismo más complejo. El Plutonio 239 no era puro. Esto podría causar una reacción en cadena prematura, con lo cual se perdería gran parte del potencial de la bomba. Se usó un mecanismo de implosión, para activar la bomba antes de que ocurriera esa fisión espontánea. Fat Man tenía una carga de 6 kilos de plutonio, pero se calcula que solo logró fisionarse 1 kilo. Fue suficiente para liberar una energía equivalente a 21.000 toneladas de TN.T

La explosión fue más fuerte que la de Hiroshima, pero el terreno montañoso de Nagasaki, ubicada entre dos valles, limitó el área de destrucción. Aun así, se calcula que murieron entre 28.000 y 49.000 personas el día de la explosión. En Nagasaki la bomba destruyó un área de 7,7 km2. Cerca del 40% de la ciudad quedó en ruinas. Escuelas, iglesias, hogares y hospitales se derrumbaron. "El lugar se convirtió en un mar de fuego. Era el infierno. Cuerpos quemados, voces pidiendo ayuda desde edificios derrumbados, personas a quienes se le caían las entrañas…", le dijo a la BBC Sumiteru Taniguchi, sobreviviente de Nagasaki.

No existen cifras definitivas de cuántas personas murieron a causa de los bombardeos, ya sea por la explosión inmediata o en los meses siguientes debido a las heridas y los efectos de la radiación. Los cálculos más conservadores estiman que para diciembre de 1945 unas 110.000 personas habían muerto en ambas ciudades. Otros estudios afirman que la cifra total de víctimas, a finales de ese año, pudo ser más de 210.000.

Tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki, Japón presentó su rendición. "Hemos decidido allanar el camino para una gran paz para todas las generaciones venideras, soportando lo insoportable y sufriendo lo insufrible", dijo el emperador japonés Hirohito, dirigiéndose a sus ciudadanos. La rendición oficial se firmó el 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri en la Bahía de Tokio. Se ponía fin así a la Segunda Guerra Mundial.

La brutalidad de la bomba

En una fracción de segundo tras la explosión de una bomba atómica, se liberan rayos gamma, neutrones y rayos X que salen disparados a una distancia de 3 km. Estas partículas invisibles bombardean todo lo que encuentran a su paso, incluyendo los cuerpos humanos, y destruyen sus células. En la bomba de Hiroshima, por ejemplo, resultaron letales para el 92% de las personas que estaban en un radio de 600 metros del punto cero. Los sobrevivientes de las explosiones, conocidos como hibakusha, sufrieron las devastadoras consecuencias del intenso calor y de la radiación. De manera inmediata, sufrieron quemaduras que les arrancaron la piel y los tejidos. "Sentí un dolor punzante que se extendió por todo mi cuerpo. Fue como si un balde de agua hirviendo cayera sobre mí y me restregara la piel", dijo Shinji Mikamo, sobreviviente de Hiroshima, a la BBC. La exposición al material radiactivo les causó náuseas, vómitos, sangrado y la caída del pelo. "Era tanto el dolor que sentía cuando me curaban, cuando extraían las gasas una por una, que muchas veces quedaba al borde de la inconsciencia", recuerda Senji Yamaguchi, sobreviviente de Nagasaki.

Con el tiempo, algunas personas desarrollaron cataratas y tumores malignos de tiroides, pulmón, seno, etc. En los 5 años posteriores a los ataques, entre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki aumentaron drásticamente los casos de leucemia.

Además, la salud mental de los hibakusha también se vio afectada por haber presenciado un acto tan atroz, haber perdido a seres queridos y por el miedo a desarrollar enfermedades por causa de la radiación. Algunos de ellos vivieron condenados a estar confinados en un hospital. Muchos sufrieron discriminación por su aspecto físico y por la creencia de que acarreaban enfermedades. Otros vivieron con un sentimiento de culpa por no haber podido salvar a sus seres queridos.

"Traté unos 6.000 pacientes, quizás 10.000. Después de eso no quise continuar mi carrera como doctor. Todas las personas que vi murieron, una tras otra. No hubo nadie a quien pudiera salvar", comentó el doctor Shuntaro Hida de Hiroshima. Los supervivientes se convirtieron en activistas en contra de la proliferación de armas nucleares y compartieron sus historias como una manera de recordar los horrores de la guerra. Desde entonces ningún otro país se ha atrevido a usar una bomba atómica en un conflicto armado.

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