EL SEGUNDO PODER, sección realizada por Tomás Guillén, periodista

Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”

Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”

Miguel Ángel Blaya Mengual (Águilas, 1954) es Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona y Doctor, también en materia de comunicación, por la Universidad de Murcia.

domingo 21 de febrero de 2021, 10:34h
Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”
Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”

Ha tocado todos los palos de la profesión periodística. Además de haber colaborado con todas las revistas regionales que se lo solicitaron, fue Redactor, Redactor-jefe y director en medios como “El Diario de Murcia”, “El Telegrama de Melilla” y “Hoja del Lunes”, también de Murcia; y, en cuanto a la parcela institucional, puso en marcha el Gabinete de Prensa de la Dirección Provincial de Educación y Ciencia, en Murcia, de la que también fue responsable de contenidos de su página web cuando aquella quedó transformada en Consejería.

Algo de lo que guarda un gratísimo recuerdo, porque le permitió seguir ejerciendo su vocación más intrínsecamente periodística, es del periodo de 14 años durante los que estuvo cubriendo la corresponsalía, en Murcia y provincias limítrofes, del semanario de difusión nacional “Comunidad Escolar”.

Y culminó su vida laboral como corrector ortogramatical y de estilo en el Servicio de Publicaciones de la Consejería de Educación de la Comunidad de Murcia.

Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”
Miguel Ángel Blaya: “Las RRSS, el diluvio de ‘todólogos’, todo esto está trayendo consigo una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación ‘cuasi’ generalizada”

En cuanto a su producción bibliográfica, es autor de “Águilas, satírica y burlona (1994)”, un ensayo de corte costumbrista; “Paco Rabal, genio y figura (2003)”; “El niño que llegó a ser un gran actor: Francisco Rabal (2018)”, editado por la Consejería de Educación y el Ayuntamiento de Águilas para distribución gratuita a todos los centros escolares de Educación Infantil y Primaria; y “Seis alcaldes y una alcaldesa. 40 años de ayuntamientos democráticos. Águilas 1979-2019)”.

Su debilidad para con el cine y el teatro, así como su querencia, como a él le gusta decir, por la figura de Francisco Rabal, le llevaron a promover el nacimiento de la Asociación “Milana Bonita” con la única finalidad de organizar actividades que, por noticiosas, sigan manteniendo vivo al actor en la memoria social.

“Mientras que la sociedad, abrumadoramente mayoritaria, no tenga capacidad de acceso a una información digitalizada de calidad, el periódico debe seguir llegando a los kioscos”; “-en ná y menos-, como reza la popular expresión, aparecen, como un vendaval, las redes sociales; y como todo el mundo tiene prisa por decir, por opinar, por conocer y por saber cómo actuar, comienza a desaparecer el rigor informativo y el derecho de la ciudadanía a recibir una información seria y contrastada”; “La única culpa que tiene el receptor es creerse todo lo que le llega sin, como el mal profesional, contrastarlo y verificarlo”; “…Y hasta con demasiada frecuencia, el poder político obra forzado y presionado por la economía empresarial. Y esto es algo bastante palpable actualmente”; “No estoy muy esperanzado en la reconducción de esta, para mí, aterradora anarquía desinformativa”; “Ante un triunfo, político o social, siempre será la prensa la que recoja las flores, pero solamente habrá sido la mano ejecutora; las líneas editoriales e informativas les habrán llegado ya marcadas; “Una realidad edificada sobre la ficción suele ser un castillo de naipes”; “Ya hay estudios fehacientes de que la sociedad está consumiendo más noticias falsas que verdaderas; y aventuran los analistas e investigadores sociales las dificultades e impedimentos para combatir esa lacra”; “Estoy convencido de que el poder no de las redes sociales, sino en ellas lo tienen media docena de empresas”; “Desde mi perspectiva profesional no concibo la defensa de la libertad para mentir, intoxicar o, incluso, poner en riesgo la paz social. Y lo hemos visto muy recientemente en Estados Unidos; y aquí, en España, en el marco de esta gran catástrofe de la pandemia”.

P.-La prensa impresa ya es una muerte anunciada, pero ahora de forma inminente

R.- Así lo parece, aunque yo me resista y lo haga con planteamientos que poco o nada interesen a quienes han de firmar esa acta de defunción. No sé la urgencia, por supuesto con unos intereses claros y variados, que estarán programando los poderes mediáticos y económicos para oficializar la defunción de la información impresa. A mí, el sentido común -y algo que me ha obsesionado siempre, el conocimiento, comportamiento y pensamiento de las distintas capas sociales- me dice que no hay que forzar un motor más de lo que su potencia aconseje para un buen funcionamiento. Y si hay, porque lo hay, un sector de la sociedad, nada nimio ni trivial, que ha llegado tarde al vendaval de las nuevas tecnologías, y que su más fiable fuente de información es el periódico, no es de recibo que, de la noche a la mañana, esa población se convierta en una masa, cuando menos, analfabeta o, en el peor de los casos, manipulable por desinformada o, peor aún, mal informada. Mientras que la sociedad, abrumadoramente mayoritaria, no tenga capacidad de acceso a una información digitalizada de calidad, el periódico debe seguir llegando a los kioscos.

P.-La fuerza de las RRSS y las plataformas digitales ha forzado esta caída de la prensa impresa

R.-Afortunadamente, todavía no estamos en ese tiempo verbal del pretérito perfecto compuesto que lo da por hecho; quiero pensar que aún nos movemos en ese presente continuo que nos hace agarrarnos a que se está forzando, y que nos mantiene, vale, inmersos en una ilusión que nadie nos puede quitar. La información impresa comenzó a decaer, primero, por los costes de las materias primas, y posteriormente, por la falta de publicidad, que es la que sigue haciendo posible su supervivencia; y, a veces, con un coste no económico pero depredador de la seriedad y profesionalidad del oficio de Periodista.

Con la prisa, la urgencia y la inmediatez de por medio, aparece la digitalización, que obliga a los profesionales a reescribir la información conforme van llegando más detalles. Y ahí es donde empieza la pérdida de seriedad porque no hay sosiego para pensar ni, por supuesto, comprobar la veracidad o requerir la postura de las partes implicadas. A continuación, en ná y menos, como reza la popular expresión, aparecen, como un vendaval, las redes sociales; y como todo el mundo tiene prisa por decir, por opinar, por conocer y por saber cómo actuar, comienza a desaparecer el rigor informativo y el derecho de la ciudadanía a recibir una información seria y contrastada.

P.-¿Pero hacia dónde nos llevan las actuales RRSS?

R.-La espiral, queramos o no darnos cuenta, es vertiginosa. Cuando todavía nos encontramos saboreando el progreso en artes gráficas y la rapidez que ha experimentado el recorrido de una información desde que entraba en la redacción hasta que la leíamos en el kiosco, resulta que ya estamos pensando en arrinconar, por obsoletas, esas modernísimas y muy costosas rotativas que llevan funcionando, como aquel que dice, cuatro días.

¿Que hacia dónde nos llevan las actuales redes sociales? Por si no fuera suficiente el diluvio de todólogos -que saben de todo, opinan de todo y sientan cátedra sobre todas las barbaridades más inimaginables-, que pululan y abundan en las muchísimas tertulias de medios considerados medianamente serios, aparecen las redes sociales. Y lo hacen bajo el paraguas de aquello que se nos anunciaba tan extraordinariamente estupendo, la sociedad de la información, y que, a la vista está, no era la panacea para el logro de una sociedad más y mejor informada y formada. Y si de la lámpara aladiniana no aparece una más que inimaginable solución, todo esto va a traer consigo, y ya está exhibiendo sus credenciales, una infodemia repleta de manipulaciones que abocará en una desinformación cuasi generalizada.

P.-Hay una certeza clara: lo estamos haciendo mal, tanto los profesionales como la opinión pública, porque estamos dejando al poder que actúe con toda su cobertura

R.- Vamos por partes. Llegados a este punto, solamente me voy a referir a los profesionales de corazón y vocación. Y esos profesionales no lo están haciendo mal. Con la premisa de ser conscientes de para qué medio trabajan y cuáles son los intereses de ese medio, la única obligación, ética y profesional que tienen, es hacer su trabajo con las herramientas que les dan; y ahí tiene mucho que ver el tiempo de que disponen para enriquecer la información que tienen que escribir y contrastarla en la medida que los poderes fácticos les permitan.

¿Lo está haciendo mal el público consumidor de la información? La única culpa que tiene el receptor es creerse todo lo que le llega sin, como el mal profesional, contrastarlo y verificarlo. Tiene que salir de cada individuo la actitud de no creerse lo primero que le llega, y más si es escandalosamente amarillento, obviando si es cierto o se trata de un bulo. Y ahí está el principal daño, volviendo a lo de antes, de la perniciosa actividad de las redes sociales.

¿A qué poder nos referimos? No, ni emisores ni receptores de la información le estamos dejando las manos libres. Los medios tienen el poder que les confieren los intereses de las empresas que los hacen posibles. Y hasta con demasiada frecuencia, el poder político obra forzado y presionado por la economía empresarial. Y esto es algo bastante palpable actualmente.

En general, no hay más que echar un vistazo a los consejos de administración de los grandes medios, ahora, ya, grupos, y ver qué empresas han puesto su dinero y no en beneficio ajeno.

Hay que enmarcar en pretérito aquello de que, como mantenía Tocqueville, “la prensa es, por excelencia, el instrumento democrático de la libertad”. Sería ahora muy complejo, y extenso, analizar el engranaje de los dos poderes que dominan a la sociedad, el mediático y el económico, siendo este último, también, el que domina al primero. Una sugerencia: échesele un vistazo a un libro tremendamente esclarecedor, La prensa, el poder y el dinero, de Jean Schwoebel, que pese a cumplir, precisamente ahora, cincuenta años, no ha perdido vigencia.

P.-Qué va a ser del periodismo no ya tradicional sino el auténtico, pues con esta democracia digital cualquier ciudadano puede ser informador

R.-Si aun manteniendo la necesaria formación y profesionalización para el ejercicio del periodismo hay quienes hacen su trabajo sin pasión y sin vocación, imagínate qué va a ser de nuestra profesión ante este totum revolutum en el que se arrincona el principio de que la información, como defiende Eva Aladro, es el producto final resultante de la suma progresiva de todos los elementos de la función comunicativa. Y si sobre esta se impone la abrasadora infodemia, el periodismo serio y rigurosamente informativo tiene un futuro más que incierto.

P.-Y dónde está ese formato profesional para dar y recibir la información (contrastada y de interés social)

R.-Tal vez estemos ante una idea que está evolucionando hacia el romanticismo. Va siendo muy escaso, pero es el derecho social que yo contrapongo a esa extraña libertad de expresión para mentir y desestabilizar. Y aunque considero que sigue siendo necesario para amortiguar la brecha digital, yo, que con la edad, y a base de experiencias de todo tipo, he ido mutando desde el optimismo a lo contrario, no estoy muy esperanzado en la reconducción de esta, para mí, aterradora anarquía desinformativa.

P.-A las generaciones actuales no creo que les preocupe mucho saber manejar las RRSS, porque con solo un clip tienen el mundo que quieren recibir

R.-Pero saben. Y como, además de influenciados por los motores sociales interesados en la desinformación, han sido casi autodidactas de lo sencillo, de lo fácil y de lo rápido, muy difícilmente van a valorar nada que no pertenezca a sus esquemas. Y si no les preocupa el dominio de las herramientas que manipulan su mundo, imaginemos el interés que tienen en conocer los problemas más intrínsecamente humanos: el hambre, las guerras, la explotación, la privatización y mercantilización de lo público, de los bienes que debieran ser sociales.

P.-¿Realmente ahora es más importante querer informar que informar?

R.-Es una conjunción de verbos. Y de actitudes. Lo importante es informar, y para ello, como para todo lo que nos propongamos, hay que querer. Ahora bien, son muchos los casos en los que lo que se le pide, y exige, al Periodista es que difunda la información que le llega, no que quiera informar tras haber indagado, contrastado y verificado.

P.-Puesto que la Comunicación se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la sociedad, ¿crees que se ha llegado al segundo poder o simplemente lo parece por la influencia de lo que nos cuentan los mass-media y RRSS?

R.-Muchos son los analistas que, perfectamente fundamentados en sus bases, han teorizado, a favor o en contra de aquel principio fundamental de la cultura política que otorgaba a la prensa el rango de cuarto poder. Y mucho podríamos hablar sobre aquello. Ahora, respecto de si la influencia de los Medios de Comunicación de masas y las RRSS ha propiciado que la información promocione al segundo lugar de la clasificación de poderes, tengo mis dudas; y todas ellas basadas en el capital que aúpa, mantiene o sufraga a los distintos medios o grupos mediáticos.

Entonces, si los hilos maestros de cada medio los mueve el capital que los respalda, ese segundo poder es virtual. Y ante un triunfo, político o social, siempre será la prensa la que recoja las flores, pero solamente habrá sido la mano ejecutora; las líneas editoriales e informativas les habrán llegado ya marcadas.

P.-Antes, la ficción se tenía que valer de la realidad para subsistir. ¿No crees que ahora pasa al contrario?

R.-Yo creo que no. Metafóricamente, pienso que una ficción con traje de realidad puede dar el pego y colarse en un evento; y durará en él hasta que se le afloje la corbata y no sepa ponérsela porque no es una prenda que utilice frecuentemente. Pero una realidad edificada sobre la ficción suele ser un castillo de naipes.

P.-Ya hay demasiados cuentistas globales, luego hay cada vez menos credibilidad en la comunicación actualmente.

R.-Ese es el gran problema y la causa por la que te he dicho antes que no soy muy optimista respecto de la continuidad de una prensa seria que contraste la información y la sirva en condiciones. Esa infodemia descontrolada y anárquica, así como el eco que de alguna noticia falsa se haga algún periódico o emisora audiovisual no populista y medianamente serio, irá cincelando en la sociedad la sensación de que todos son iguales. Ya hay estudios fehacientes de que la sociedad está consumiendo más noticias falsas que verdaderas; y aventuran los analistas e investigadores sociales las dificultades e impedimentos para combatir esa lacra. Y esa desinformación no es otra cosa, como defiende Claire Wardle, que un “desorden de la información”. Acertadísima sentencia que, aunque para esta mujer tiene que servir de acicate a la lucha por el buen periodismo, lo cierto es que a un porcentaje muy elevado de la sociedad la seduce hacia la desconfianza y la incredulidad.

P.-¿Quién tiene poder en la red?

R.-No soy un experto en la materia, pero estoy convencido de que el poder no de las redes sociales, sino en ellas lo tienen media docena de empresas: (Facebook, WhatsApp, Twitter, Instagram y dos o tres más). Otra cosa es a quien le vendan la información que han recopilado sobre todos nosotros y todo lo que a un gobierno pueda interesarle electoralmente, o a una multinacional pueda convenirle a la hora de establecerse en un lugar u otro.

Y por otra parte, en ese desorden de la información encontramos que el ciudadano que crea y difunde noticias no tiene control alguno sobre la veracidad de lo que cuelga en la red. Y, además, no le interesa tenerlo porque huye de que se le controle a él.

P.-¿Es cierto que cada vez más los Medios de Comunicación tienen que seguir reinventándose?

R.-Más que reinventarse, yo diría que están obligados a potenciarse, modernizarse y luchar por trasmitir y vender credibilidad. Lo más importante ahora mismo es no sacrificar la seriedad y la credibilidad para darle ventaja a la rapidez. A veces, el medio, y en otras ocasiones, los agentes de la comunicación y la información, los periodistas, no pueden bajar la guardia en la búsqueda de formas para frenar el auge de esa desinformación, de ese creciente desorden de la información o, en definitiva, de esa infodemia anárquica que está avanzando posiciones a pasos agigantados.

P.-¿Pero subsistirá el periodismo, el de la más pura esencia informativa?

R.-Como te comentaba al principio, la existencia de un sector social nada despreciable que quiere estar y vivir informado supone una cierta presión, o aliciente, para que, entre algunos medios de comunicación y alguna sensibilidad política intenten mantener lo que se pueda de ese periodismo que ya empezamos a ver desde la atalaya nostálgica del romanticismo. Y en cuanto esa brecha digital desaparezca, o simplemente evolucione hacia la nimiedad, la conjunción de los poderes económicos y mediáticos en el objetivo de distribuir información rápida, aunque sea falsa, o falseada –como acertadísimamente sostiene el Director General de la Fundéu, Javier Lascuráin-, comenzaremos a pisar arenas muy movedizas en cuanto al derecho a recibir información seria y contrastada.

P.-RRSS como plataformas de distribución de bulos. Hay desinformación, mentiras en redes sociales… ¿pero cómo se frena todo esto?

R.-Permíteme que recurra a la aseveración que le leí a Nemesio Rodríguez, Presidente de la FAPE: “Una sociedad sometida a bulos, mentiras, manipulaciones y desinformación es una sociedad sumisa”. Y a ese estado estamos llegando porque nada podremos hacer contra lo que yo considero una manipulación de esos conceptos, mal o interesadamente entendidos, de libertad de expresión y de información; nadie se atreve a plantear una solución a tanta mentira. Date cuenta de que en un par de ocasiones se ha planteado el control de estas falsas noticias tan de moda, y no han faltado alaridos de lobos para defender esas libertades. ¿Libertad de qué y para qué? De acuerdo en que hay muchos intereses apostando fuerte por el bulo y la distorsión informativa, pero desde mi perspectiva profesional no concibo la defensa de la libertad para mentir, intoxicar o, incluso, poner en riesgo la paz social. Y lo hemos visto muy recientemente en Estados Unidos; y aquí, en España, en el marco de esta gran catástrofe de la pandemia.

P.-Los periodistas actuales, ¿héroes o villanos?

R.-No son calificativos que yo me atreva a utilizar para referirme a quienes están inmersos en tareas informativas. Además, son términos que bien pudieran formar parte de un diccionario de palabras en desuso. Lo que sí existe en nuestra profesión son informadores sin vocación, o que llegaron a ella equivocadamente, o soñando con el estereotipo del periodista intrépido; y periodistas que llegaron cargados de vocación y espíritu de servicio a la sociedad.

Hay periodistas que intentan mantener la bandera de la ética y la moral; vamos, las formas de actuar más acordes con la deontología profesional, y, por ello, algunos, con bastante frecuencia, acaban siendo víctimas de sus empleadores porque no han querido rebajar el nivel de sus convicciones. Y, en la banda opuesta, los que se prestan a labores viles o deshonrosas. Unas veces, por ser pobres de espíritu y no tener arrojo para defender sus principios frente a exigencias o censuras; en otras ocasiones también pueden estar marcados por la necesidad imperante de un salario que les permita vivir; y en algunas ocasiones porque son auténticos trepas, figura que se da mucho en la política, y actúan bajo las teorías más puramente maquiavélicas.

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