TROLLS Y HATERS, por José Biedma López

-Troll de Bergen (Noruega)
-Troll de Bergen (Noruega)
miércoles 27 de enero de 2021, 11:04h
TROLLS Y HATERS, por José Biedma López
“Estas cosas que no sucedieron son para siempre”, decía Salustio. Se refería a los mitos, pero igual podría haberse referido a la épica o a la “historia sagrada”. Unamuno se escandalizaba porque él, que era real y de carne y hueso, estuviese destinado a morir cuando los héroes de ficción, no obstante estar hechos de la etérea sustancia de los sueños, le sobrevivirán. ¡No hay derecho, él deshaciéndose en la tumba y don Quijote cabalgando a Rocinante entre molinos y gigantes per secula seculorum!

-Orestes con su primo y único amigo Pilade, acosado por las Erinias, furias de la venganza. Mesa de abeto con incrustaciones de palisandro, nogal, boj y marfil, siglo XVIII.
-Orestes con su primo y único amigo Pilade, acosado por las Erinias, furias de la venganza. Mesa de abeto con incrustaciones de palisandro, nogal, boj y marfil, siglo XVIII.

Así es. Los Trolls, sin ir más lejos que a los espesos y oscuros bosques que lindan con el hielo, siguen reencarnados... Fueron esos feos gigantones escandinavos que asustaban a los vikingos, guerreros estos que, contra la opinión dominante, eran muy asustadizos y temían tanto al mal genio de sus hembras que se embarcaban en sus ligeros drakkars para perderlas de vista durante unos meses. Los animales más o menos racionales que forman jaurías u hordas son cobardes en su mayoría, salvo unos cuantos, los machos alfa, tan desgraciados que ni temen a la muerte.

Los antiguos noruegos creían que existían tres mundos: la tierra de Midgard habitada por los hombres; Argard, tierra de los dioses; y Utgard, peligroso territorio de los Trolls, los cuales no paraban de fastidiar a los humanos y a los dioses. Pues ¡hete aquí que los Trolls han renacido! en avatares telemáticos y pululan infectando y ensuciando con su lenguaje de tacos, sus pestosidades e impertinencias, las redes sociales, cada plataforma y servidor tiene los suyos, como cada perro sus garrapatas.

La naturaleza del Troll es distinta de la del Hacker. Desde luego, hace gala de cierta astucia como éste, sin embargo, su fin no es robarnos los datos o la cartera, ni usar impunemente nuestro móvil, estafarnos o tirar de nuestra tarjeta de crédito; la marrullería del Troll linda con la estupidez del retrasado mental, sus trucos y fullerías no tienen más objetivo que sembrar discordia entre los usuarios, robarnos la paz. Usan nicknames, pseudónimos y disfraces, bajo los que ocultan sus ojos iracundos, sus garras afiladas y su cola de buey.

El principal objetivo de los Trolls legendarios era robar el martillo de Thor, poderoso dios hiperbóreo, señor del trueno, un martillo que tenía la rara propiedad del bumerang australiano y volvía siempre a la mano de su amo. El principal objetivo del Troll telemático es sembrar odio. En esto emparenta y se amanceba en contubernio con el Hater, el empedernido y molesto odiador internauta.

¡Ojo! La más tranquila de tus compis, el más bonachón de los jubilatas que hacen corro en el parque, pueden ser Troles o Haters, o ambas cosas a la vez, que no es raro. Los hay rojos, verdes, azules, blancos y negros, machos, hembras, trans y de identidad de género fluida. Tuve un alumno, parecía buen tipo, al que no aguanté en clase una sola insolencia, sometido fácil a mi palabra. Finalizando el curso me confesó con una sonrisa artera, de auténtico alcahuete, que él ejercía de hater todas las madrugadas del año. Era el que denunciaba la bragueta abierta y meada del decano matemático y las tetas postizas de la seño de Lengua.

El detractor u odiador sistemático, el Hater, no admitirá ninguna opinión tuya si no se ajusta a su esquema de tópicos y lecho de Procusto de consignas, a su universo simple y sórdido de buenos y malos, él siempre bueno. Como el Troll, su posición es recalcitrante, la energía propia de su necedad e ignorancia es la terquedad, la obstinación. Lo mismo puede querer convencerte de que la salvación de la humanidad está en el consumo de un hongo alucinógeno que de que la Tierra es plana. Discutir con él es perder el tiempo y exponerse a la injuria. El Hater repite frases hechas contra el Gran Capital o contra el Comunismo, contra los fachas o los sociolistos, contra los payasos que mandan o los imbéciles que obedecen, contra esto, eso y aquello. Incapaz de usar el sutil registro de la ironía, golpea cuando tiene estudios a todos lados con el mazo del sarcasmo.

Ingenieros del desagrado, la aversión, el desprecio de todo y la irritación contra la vida, el mundo y Dios, no hacen lo que tendrían que hacer, que es alejarse de aquello que les disgusta. Su actitud es la del televidente que no para de quejarse de la basura que dan en la tele cuando podría evitar el asco de su hedor fácil, presionando sin esfuerzo un botón de su mando a distancia. En lugar de alejarse indiferentes de aquello que les disgusta, en lugar de saltar la piedra, los odiadores la cornean echándole la culpa de su tropezón a ella, a la piedra. Pinchan todo lo que pueden al que les contraría con el dardo de la infamia. Los hay que, aprovechando la caída o el fallecimiento del odiado (al que eventualmente envidiaban o envidian todavía) aprovechan para escupir en su celda o en su tumba. ¡Almas despiadadas!

Como se repiten, aburren, porque se aburren insultan, esto es, aborrecen: odio, ira y aburrimiento conforman su trinidad emotiva. En general, los jóvenes odiadores han tenido una vida cómoda; muchos no han dado todavía un palo al agua en su corta existencia, no les falta aparato en su cuarto ni leche en la nevera, tienen acceso a la formación e información. ¿De dónde les viene esa furia ciega?

El mito de Orestes bien puede ilustrar la etiología general del Hater. Al pobre Orestes, saliendo para Troya, ya le mataron a la hermana, Ifigenia, que sirvió de víctima propiciatoria. De niño fue usado de rehén por Télefo. Clitemestra, la golfa de su madre, para que no se percatara de que le estaba poniendo los cuernos a su marido Agamenón con Egisto, se quitó de en medio a Orestes, como quien manda al nene molesto a un internado remoto. Luego, cuando los adúlteros lo dejaron huérfano de padre, su hermana Electra también lo mandó lejos, lo que no impidió que le incitara por carta a la venganza contándole con pelos y señales cómo era profanada la tumba de Agamenón por el usurpador. El dios Apolo le aconsejó que, tras ofrecer al padre muerto un rizo de su cabellera, castigara a los culpables. Cuando regresa a Micenas su madre, distraída, ni le reconoce y, al recibir falsas noticias de que Orestes ha muerto, se alegra: su amante Egisto ya no tiene nada que temer… ¡Cómo para no inmolar a madre tan odiosa!

¡Pobre Orestes! Después de cargarse a su madre, neroniano crimen de los crímenes, las Erinias persiguen y hacen enloquecer al parricida, Apolo le defiende en una tragedia de Esquilo alegando que el vínculo materno es tan sólo una realidad fisiológica y con el bizarro argumento de que la paternidad es mucho más importante que la maternidad (¡oh tempora, o mores!). Atenea vota a su favor, ¡menos mal! En otra tragedia de Eurípides, el padre de Clitemestra, o sea su abuelo, pide su lapidación, Apolo le salva. Al final de su vida, el oráculo le manda a la Arcadia, donde por fin descansa y muere.

¡Familia desestructurada, hijos abandonados, adolescentes disrruptivos! Así sobreviven tristes y con deseos de revancha en nuestro mundo. Son legión. Allí donde el egoísmo, la ambición, la codicia, las adiccioines o la lujuria sustituyen al amor y a las buenas costumbres, donde falta la seguridad afectiva de un padre y una madre que ejerzan realmente como tales (y no como “colegas” o “amigos”) el resultado es ira, frustración, miedo, subestimación, odio, furia y deseo de venganza. Los he visto en las aulas durante más de treinta años, a punto de explotar contra el mundo, buscando a veces en el profe o la profe lo que no les dan en casa: cariño y atención; niños abandonados, desatendidos o mal sobornados.

Pinta Álvaro Cunqueiro a Orestes confesando con un Tirano comprensivo: Marcha a Micenas para cumplir una obligatoria venganza. El tirano le pregunta si odia. Orestes afirma que “la justicia no sufre el odio”. El tirano sonríe: “Tu respuesta es política –dice-. Lo que el corazón pide casi siempre es la justificación del odio. Por eso hay dos bandos y partidos en las ciudades”.

Del autor:

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