LIBERTAD Y LOCURA, por José Biedma López

Procesión de orates.
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Procesión de orates.
martes 22 de diciembre de 2020, 13:18h
LIBERTAD Y LOCURA, por José Biedma López
En el siglo pasado se decía con naturalidad que los locos eran internos de los manicomios. Este vocabulario sencillo que llama cojo al que cojea y tonto al que tontea ha pasado a la historia. Hoy manejamos con soltura eufemismos y paráfrasis para que ninguna minoría se ofenda y los inquisidores y moralistas del populismo diestro y siniestro no nos llamen fachas y enéfobos. Evitamos llamar ciego al que no ve; al menos en público. Y en privado, ten cuidado, porque cada artefacto y cada celular lleva un ojo como Polifemo y oídos en forma de micrófono. Además, el aparatito graba y recuerda.

Por lo menos a la hora de filosofar se nos permitirá que usemos esos términos generales, pues ocupan un noble lugar en el diccionario académico porque los usaron los clásicos y aún queda señal de su significado, como rocío mañanero que dejó la lluvia nocturna. Pues bien, releyendo al gran Escéptico escocés (David Hume) me preguntaba, con él, si los locos (con perdón) son más o menos libres que los cuerdos

Hace tiempo, la llamada “antipsiquiatría” dejó a los que desvarían en la calle más o menos medicados. Felicitémonos porque cesaran las lobotomías, prescribieran los electrochoques y se oxidaran las camisas de fuerza. La química farmacéutica es mucho más poderosa; una sola pastilla puede volverte y dejarte lelo por varios días o rebajar los niveles de intensidad de tus emociones a los de una babosa.

Esta libertad externa, aunque clínicamente vigilada, de (a)saltar por el mundo la han ganado los orates, eventuales o sistémicos. Y lo mismo que andan libres por las calles, deambulan y se agitan por las aulas, las universidades, las oficinas, las discotecas, las teles, los despachos de las multinacionales, los parlamentos…, en un porcentaje que asustaría si se publicara.

¿Y la libertad interna? A juzgar por sus acciones, los dementes, bipolares, desequilibrados, obsesos, paranoicos, pronoicos, disfóricos y neuróticos en general muestran menos regularidad y constancia que las de los cuerdos. Los locos suelen ser luneros o lunáticos según los grados; “ciclotímicos”, se dice gentilmente: un día te llaman hermano (o brother) y al siguiente te mandan a la mierda. Uno no es libre si actúa por necesidad. El hambre, ese jinete del apocalipsis que conocieron nuestros bisabuelos, es una necesidad tan perentoria y exigente, que nuestro derecho penal exime de culpa al ladrón si hurta una gallina por hambre extrema. Sin embargo, las acciones de los chiflados son menos necesarias, regulares y seguras, que las de los cabales. La gente juiciosa suele ajustar sus actos y hasta sus pensamientos a la costumbre y el sentido común, hasta el punto de que con los años acabamos siendo esclavos de la rutina y los tópicos. Por eso, en relación al anciano, se dice: “jaula nueva, pájaro muerto”.

Por tanto, si la conducta de los frenéticos es menos necesaria y está menos determinada por las normas, convenciones y hábitos comunes, que la de los equilibrados, y por eso decimos que los chalados “están como cabras” (mientras nosotros obedecemos como borregos), habremos de concluir lo contrario de lo que se admite generalmente, o sea que, en realidad, ¡la locura nos hace libres, más libres que la realidad! En una palabra, señores y señoras, tendremos que aceptar que el loco es el único que hace lo que le da la gana. Incluso si le da la gana decir la verdad, la dice, sin importarle lo inconveniente o dura que sea, la publica con una libertad que duele, la expresa con una sinceridad que escandaliza y hace daño.

¿No sucederá más bien, como pensaba Platón, que el exceso de libertad lleva aparejado el riesgo de locura? Decía el Divino ateniense en su República que la libertad es como un licor de alta graduación; el exceso de libertad emborracha y alucina. Entre alucinados y furiosos crece la agitación, la incertidumbre, ¡la inseguridad! y, si esta es extrema y genera violencia porque hay demasiados que hacen lo que les sale de las gónadas (masculinas, femeninas o trans), la gente honrada preferirá entonces la esclavitud segura bajo el poder y autoritarismo de un dictador, un caudillo, un líder carismático, preferirá esa servidumbre que al menos salvaguarda su vida y hacienda, antes que los peligros y riesgos continuos de la anarquía, pue en el caos no triunfa el humanitarismo, la solidaridad, la compasión, sino la fuerza del poderoso y del bien armado aunque estén locos. Del exceso de libertad, o sea de la arbitrariedad que llamábamos libertinaje, nace el que Platón considera el peor de los regímenes políticos: la tiranía. Y es así porque cualquier orden político es preferible a la ausencia de Estado o al Estado fallido en el que campan a sus anchas –como en Libia, Somalia, etc.- los “señores de la guerra” y sus atrocidades (recientes las de Boko Haram en Nigeria, fanáticos salvajes especializados en secuestro de estudiantes); o las pandillas y los cárteles de la droga, a falta de verdadera autoridad.

Mi buen amigo Emilio López Medina, infatigable aforista (también dramaturgo y novelista), sentenció: “La rutina es el preservativo de la locura”. ¡Mucha verdad hay en esta frase! Una vida bien ordenada es la que se ajusta a buenas costumbres. Pero, ¿qué hay más caprichoso que las acciones humanas? Procedemos de una raza peregrina, nómada. Adoramos la novedad que nos emociona y estimula. ¿Qué otra criatura se aparta más ampliamente, no ya de la recta razón, sino de su propio carácter y disposición? ¿Qué otra especie practica deportes de riesgo o escala ochomiles por el placer de la aventura? ¡Ningún animal está tan loco! Homo demens. Si los animales pudieran hablar dirían lo que mi suegra cuando marchábamos, ¡ay!, a triscar sierras: “¿Pero qué necesidad hay?”. El miedo nos hace prudentes.

Y es que “de vez en cuando da alegría enloquecer”. ¡De acuerdo con Séneca! Para eso están las fiestas y los eventos. No obstante, nuestra sociedad ha pasado en poco tiempo y por culpa del bicho sinense de ser una sociedad de eventos a ser una sociedad de mementos. Memento mori: recuerda que eres mortal. Una hora, un solo instante de locura y abandono es suficiente para hacer pasar a cualquiera, varón o mujer, joven o anciano, de un extremo a otro y para que pierda todo lo que ha conseguido con el esfuerzo y trabajo de una vida. Centenares de personas la espichan en el mundo al año por hacerse un selfi junto a un abismo. Idos son, en cualquier sentido, por temeraria vanidad. Somos una estirpe que pierde tornillos con facilidad, a la que se le va la olla incluso antes de tiempo.

Cierta locura cum granum salis, como grano de sal que echamos a la sosez normópata y rutinaria, al cocido de la costumbre…, también caracteriza al creador, al genio, que suele aquejar manías. Dijeron que estaba loco cuando desbrozó un nuevo camino ascendente hacia la luz, que la mayoría, por pereza o cobardía, se negó a recorrer. Es Sócrates liberándose de la cavernaria prisión y “corrompiendo a la juventud” con su alarde de educación e integridad y su ejemplo de consistencia lógica. La libertad de poco vale si no se vuelve carácter, o sea fortaleza de ánimo (virtud cardinal) con la voluntad racional (prudencia) de poner freno y coto a las díscolas bestias de las malas pasiones propias y ajenas. ¡Cuánto nos gustaría que nuestros mandamases fueran menos libres para la ira, el desacuerdo y el mal rollo, más sensatos y menos rabiosos!

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