EL MOMENTO INDIVIDUAL, por Antonio Garrido Hernández, Arquitecto Técnico, Licenciado en Filosofía

EL MOMENTO INDIVIDUAL, por Antonio Garrido Hernández, Arquitecto Técnico, Licenciado en Filosofía
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jueves 15 de octubre de 2020, 09:45h
EL MOMENTO INDIVIDUAL, por Antonio Garrido Hernández, Arquitecto Técnico, Licenciado en Filosofía
Antonio Muñoz Molina provocó hace unas semanas gran consenso con un artículo acerca de que la política está traicionando su papel de intermediaria de los intereses de la ciudadanía ante la complejidad de la vida social. Pero también han surgido algunas voces que le critican haber propiciado con su opinión una especie de antipolítica que puede llevar al nihilismo social.

Es cierto que, de una parte, los ciudadanos nos encontramos con una clase política que está consiguiendo que el debate en el Congreso de los Diputados se convierta en un banderín de enganche de radicales por la estrategia de la oposición. Un teatro de operaciones de oratoria hueca, acartonada, pretendidamente ingeniosa de unos jóvenes incapaces de relacionar su frivolidad con las grandes desgracias de la humanidad.

Pero, de otra parte, esta opinión se puede matizar teniendo en cuenta que, probablemente, la política del pasado nos parezca mejor porque la menor velocidad de la comunicación, incluyendo la ausencia de transmisiones de televisión en directo, crea ese espejismo. Al fin y al cabo, fueron políticos del pasado los que llevaron a la humanidad al siglo más sangriento – el siglo XX – desde que, como se suele decir, hay registro. Recuérdense los errores de los políticos británicos en los vestíbulos de las dos guerras mundiales. O la ceguera con las que los políticos españoles se lanzaron a la garganta del rival metiéndose miedo mutuamente con amenazas de imposibles revoluciones o sangrientos golpes de Estado, sin perjuicio de que unos se quedaron en los discursos y otros tiraron el carro por el pedregal. Qué decir de los cálculos de Roosevelt para entrar en la guerra europea hasta 1942, o de la elucubraciones de Kissinger para llevar a su país a una encerrona en la península de Vietnam.

Es decir, tenemos que valorar si estamos ante una nueva clase política lunática y desnortada que sólo piensa en su reputación y en el mantenimiento de su vida regalada entre moquetas gruesas y despachos señoriales; o estamos ante la misma clase política de siempre, desde la Atenas de Pericles a la República de Weimar, pasando por la República de Roma. Una clase política que reconocemos como actual solamentepor el diseño de sus trajes y la modernidad de sus móviles, pero que tiene los mismos defectos de los antiguos políticos. De ser así, la ciencia política tendría que buscar salidas más seguras ante la debilidad individual de la naturaleza humana. Una salida entre la antipolítica y la ingenuidad.

Entre tanto, la solución tiene que llegar por la contribución de los individuos en cada institución, a los que hay que llamar a que salven la situación. Para ello, el país necesita que cada individuo, en cada institución no directamente afectada por la demencia política que ambiciona volver al poder, esperemos que transitoria, actúe conforme a la naturaleza de la institución en la que ejerce sus funciones. No podemos permitirnos que a la inestabilidad que trae la política se acompañe de la estabilidad de las instituciones, pues ahí están nuestra esperanza.

Es necesario que en el Parlamento – cada parlamentario – y en poderes intermedios como la justicia -cada juez, la prensa -cada periodista- y la propia ciudadanía – cada ciudadano-, ahora que se ha convertido en un quinto poder, una especie de institución oficiosa con su salida al éter comunicativo, comprendan su papel.Así podrán contribuir a la recuperación de la escora a la que los timoneles están sometiendo al barco nacional. Parece difícil, pero así están las cosas. Es necesario que la democracia requiera del concurso de su compleja textura y se salve a sí misma.

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