CORREN TIEMPOS RAROS, por Sonia Mª Saavedra de Santiago

CORREN TIEMPOS RAROS, por Sonia Mª Saavedra de Santiago
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martes 01 de septiembre de 2020, 08:03h
CORREN TIEMPOS RAROS, por Sonia Mª Saavedra de Santiago

Hace unos días me llamó Cuquen. Cuquen es una amiga de infancia que, allá por los años 70, me ofreció su amistad a la salida del cole con una bolsa de palomitas. A ella todavía me une ese cariño fraguado a golpe de juegos, visitas, celebraciones y conversaciones mantenidas entre cromos, cintas elásticas, cafés y alguna copa.

Me pidió, apenada, que escribiera sobre algo que le inquieta, y es que, a ella, como a mí, nos llama la atención el modo en el que la sociedad del siglo XXI se está deshumanizando. Sí, lo sostenemos tal cual: la insolidaridad, el egoísmo, la falta de respeto, la desconsideración o la bronca a pie de calle, en salones y hemiciclos van campando a sus anchas, y, en ese despliegue de riñas y discusiones, me vienen fotogramas de la película Los diez mandamientos en los que unos efluvios verdosos se deslizaban por calles y palacios matando a los primogénitos egipcios o recuerdos de esa nada imparable que corría a lo largo de las páginas de uno de los libros que más me impactaron durante mi juventud: La historia interminable.

Sí, la mala educación se extiende y con ella la intransigencia del ignorante, y es que ahora todo vale y no vale nada; existe libertad de expresión, pero ¡ojo con lo que digas!, que, si no cuadra en la mente estrecha de tu interlocutor, ya eres un fascista, un retrógrado, un insolidario, un tipo de las cloacas y, si te descuidas, hasta un delincuente.

En mis primeras lecciones en la Facultad de Derecho me enseñaron, porque así lo dice nuestro Código Civil, que “los contratantes pueden establecer los pactos, clausulas y condiciones que tengan por conveniente siempre que no sean contrarias a las leyes, la moral y el orden público”. Esta enseñanza no sólo se ciñe al ámbito del Derecho Civil, sino a todo el ámbito jurídico y a la vida en general, de manera que nuestros actos, siempre deben atenerse a la ley, la moral y al orden público.

Cuquen me insistía hace unos días: “Si a mí me gusta el helado de vainilla y no el de chocolate, ¿por qué tengo que dar explicaciones? ¿Acaso es ilícito que me guste el helado de vainilla? ¿Está mal pensar de manera distinta a la tuya?”. Claro que no. A mí me gusta el helado de chocolate, como a la mayoría de gente que conozco, pero no significa que preferir el de vainilla o el de tutti frutti, por raro que parezca, sea contrario a las normas- le contesté-

Y, es que, la sociedad, con la desfachatez de unos y la intransigencia de otros, empieza a no distinguir entre lo correcto e incorrecto, entre lo decente y lo indecente, lo moral y lo inmoral, lo legal y lo ilícito, lo aceptable y lo que no lo es. ¿Acaso es aceptable trabajar toda tu vida para poder comprar una segunda vivienda en un lugar que en breve será tu refugio definitivo, para que unos desocupados la OKUPEN? No, no es aceptable, ni legal, pero en algunos foros decir esto te convierte en un tirano, un fascista y un indeseable.

No tengo que dar explicaciones de por qué un allanamiento de morada me parece inadmisible (los legisladores ya lo dejan claro), al igual que Cuquen no tiene que dar explicaciones sobre sus gustos gastronómicos ( pues tan lícito es que te apetezca un helado de vainilla como el de chocolate) pero ahora que no tengo a ningún menor de edad bajo mi responsabilidad, empiezo a plantearme si alguien hubiera sido capaz, en el caso de tenerlo, de llamarme delincuente si hubiera tomado la decisión de no enviar a mis hijos al colegio.

Corren tiempos raros y conviene que los ánimos no estén exaltados. Cerremos los ojos, pero sólo para respirar profundamente, porque en el futuro tendremos que estar bien atentos y muy despejados.

(Dedicado a mi amiga Cuquen y a su idea de comparar las ideologías con los helados.)

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