LA FE MUEVE MONTAÑAS por José Biedma López

LA FE MUEVE MONTAÑAS por José Biedma López
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viernes 10 de abril de 2020, 11:56h
LA FE MUEVE MONTAÑAS por José Biedma López
Antes, cuando la autoridad nos convocaba, se preservaba de la soberbia, o del mal fario, escribiendo aquello de “Dios mediante”. “Les convoco a tal o cual reunión que se celebrará el día tal, Dios mediante, en tal lugar, etc.” Hoy, cuando un funcionario hace eso en una institución (oficialmente laica) hiere sensibilidades y despierta susceptibilidades, porque hay quien milita en el ateísmo o en el laicismo, que se han vuelto más que una fe, un integrismo. Es sorprendente. Cuando Tertuliano y otros padres fideístas del cristianismo proclamaban la superioridad de la fe respecto de la ciencia (que entonces se llamaba “filosofía”), lo hacían convencidos de que sólo la fe salva, no el conocimiento. Se trata de una exageración integrista. Otros Santos Padres, más razonables, como S. Justino o San Agustín se percataron de que también el conocimiento tenía un importante papel en la salvación del humano: era también obligación cristiana hacer razonable la fe.

Obviamente, es difícil que un ateo aspire a salvarse, salvo que tenga mucho dinero y crea en la crionización. Por consiguiente, los ateos perseveran heroicamente en una fe que no les sirve para mucho. Añado que la tesis “Dios no existe” (que San Anselmo llamaba “tesis del insensato”) no es la conclusión de ninguna demostración matemática ni el resultado de ningún experimento científico crucial. La ciencia no tiene por qué llevar al ateísmo, éste es, sin duda, una creencia, o sea, una oscura afección de la mente a favor del sinsentido del universo o de la autosuficiencia de la materia: una apuesta en la que siempre llevamos las de perder, como sabía Pascal. Nadie puede estar seguro de que nuestro mundo no sea un experimento programado por una inescrutable, superbondadosa y todopoderosa Inteligencia Extraterrestre, pongamos por caso.

Aún en el siglo XVIII -siglo volteriano par excellence- el ateísmo era una posición extravagante. Voltaire mismo no fue ateo. Escribió que si Dios no existiese habría que inventarlo, pero añadió que toda la creación proclama su nombre. En realidad, lo que a Voltaire le fastidiaba era la intransigencia de los “ministros de las iglesias”, curas o pastores; estaba en contra de cualquier fundamentalismo que persiguiera por sus creencias a un buen hombre o estuviera dispuesto a defender o ampliar la fe mediante persecuciones, matanzas o guerras de religión, pero Voltaire creía en Dios muy firmemente y tal vez por eso le irritaba tanto la intolerancia y el fanatismo, aunque no se creía, como Cándido, que el mejor de los mundos posibles ya estuviese ahí, creado por Dios y para siempre. Tanto creía Voltaire en la divina providencia que el terremoto de Lisboa, que mató a centenares de miles de inocentes (como ahora la pandemia del coronavirus), provocó una trágica crisis de su fe en un Dios benevolente.

Incluso a un libertino ilustrado como Casanova, los ateos le parecían dignos de compasión, “pues no esperan nada después de esta vida y no se reconocen superiores a las bestias. Además, deben languidecer en la ignorancia si son filósofos; y si no creen en nada, no tienen ningún recurso frente a la adversidad”. Es verdad que, a estas palabras, que pone Casanova en boca de Yusuf Alí (su sabio amigo musulmán), el veneciano opone la existencia indudable de ateos felices. Pero se pregunta por qué el ateísmo sólo ha existido en el sistema teórico de algún sabio, mientras que, sin embargo, no tenemos ejemplos de su existencia en una nación entera. La respuesta de Yusuf es interesante: los pueblos no pueden acercarse a la felicidad sin religión, así que Yusuf impone a los impíos que respeten los antiguos monumentos religiosos y las viejas costumbres que animan al pueblo a sufrir las adversidades… “de no ser por esos consuelos, el pueblo ignorante se entregaría a los peores excesos de la desesperación”.

Hemos debido esperar hasta el siglo XX para encontrarnos con naciones enteras que se proclamaban ateas, o por lo menos, así lo imponían sus dirigentes. ¿Es casual que esto sucediera en el siglo de las tres guerras mundiales (la tercera no menos cruenta, aunque fuese “fría”)? Está pasando lo que describía el personaje de Casanova: a falta del sentido de lo sagrado, la gente se desespera, y como decía Chesterton, a falta de Dios, cualquier cosa se convierte en dios, en ídolo de masas. La idolatría nunca ha estado más viva que en nuestra época, aunque los ídolos de hoy sean tan efímeros como la gloria futbolística o la fama conquistada en la cama de un famoso.

La pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿cómo podemos salvarnos? Según Fernando Savater, toda la cultura –y no sólo la religión- responde a esa pregunta, toda cultura funciona como un vasto conjuro contra la muerte, contra la muerte del individuo y contra la muerte -más a largo plazo, creo- de la especie. ¿Puede salvarnos sólo el conocimiento o sólo el arte? ¿Pueden la ciencia y la técnica salvar al ser humano? Cualquier entrenador de segunda división sabe lo que muchos “doctores” desconocen, que la técnica no es suficiente. Para ganar, es preciso que los jugadores crean en sus posibilidades, que disfruten jugando, incluso que se gusten haciéndolo, que se sientan dignos del título, entusiasmados por su labor en la procura del fin que pretenden, que se ilusionen sobre este fin viendo en él algo metafísico, algo que es mucho más que una simple copa o una medalla. Sí, cierto, para salvarse hay que tener la “fe del Alcoyano” porque, si hay una verdad segura, es que estamos físicamente hechos para la muerte. Sin embargo, la fe mueve montañas y somos también lo que soñamos ser. Un periodista del IDEAL nos sorprendió con la siguiente afirmación: “Miguel T. G., vecino de X con antecedentes por estafa, será juzgado si la tecnología lo permite el próximo lunes, etc.” Resultó que todo dependía de que funcionara el sistema de videoconferencia de la cárcel de Zaragoza en que estaba preso Miguel… Al Todopoderoso se le sigue nombrando hoy en vano bajo el título de Alta Tecnología, ella es ¿no está claro? la que media en forma de flamante ordenador portátil en la educación de nuestros hijos y nietos, o en nuestro mal fario.

Poca ciencia aleja de Dios; mucha, nos devuelve a Él. Esa afirmación es extraordinaria y proviene de uno de los apóstoles del humanismo tecnológico: Francis Bacon (1561-1626), un tipo tan visionario que en pleno Renacimiento soñó con escaleras mecánicas, aviones y automóviles. Algunos en efecto buscan hoy la salvación en un deportivo exclusivo… No sé si la “Sagrada Tecnología” salvará a nuestra especie de un desastre ecológico inminente, o sea, si asegurará nuestra supervivencia, ayudándonos a conservar un medio ambiente saludable en el que nuestros nietos puedan luchar por la felicidad dignamente… De lo que estoy completamente seguro es de que la Tecnología, en su especie telemática (telecomunicación e informática) amplía nuestras posibilidades y entretiene bastante, incluso demasiado. Es –como todo lo que el ingenio humano inventa- un colosal instrumento de desarrollo y de alienación, de contacto amable y de maltrato cruel, de salvación y de perdición.

“En el interior del hombre habita la verdad” –afirmó San Agustín. No se equivocaba. Si no soportáramos y padeciéramos tanto ruido, descubriríamos todos los días esa voz interior que nos funda y nos trasciende, esa voz intemporal. Ciertos silencios de Viernes Santo permiten oírla más fácilmente. Sequere Deum! Cuando el inteligente Yusuf pregunta a Casanova por qué un hombre ilustrado y razonable acepta sin escrúpulos el catolicismo, el veneciano responde: “tiemblo, mi querido Yusuf, cuando pienso que, como resultado de un razonamiento profundo, podría verme obligado a renunciar a la religión de mi querido padre. Habría que empezar por convencerme de que mi padre vivió en el error. Dime si, respetando su memoria, puedo ser tan presuntuoso como para osar convertirme en juez suyo con intención de pronunciar una sentencia que le condene”. Ante esta respuesta, Yusuf se emociona. El amor al padre, o al Padre Eterno, son formas análogas de piedad, una virtud casi olvidada. ¿Quién ha dicho que no es posible un diálogo entre religiones? La piedad, la compasión, el amor, la esperanza, el sentido de la justicia, el reconocimiento de nuestra insuficiencia, de nuestra menesterosidad, ¿no son parecidos en todos sitios?

Respecto al diálogo tan necesario entre la fe y la ciencia, me desespera la intransigencia de unos y de otros. Quienes ven en el evolucionismo un argumento contra Dios se equivocan gravemente, tanto si son creyentes como si son científicos. Ya Tomás de Aquino supo ver que la ciencia no puede escribirse con la letra de los Evangelios, ni los Evangelios deben interpretarse literalmente; la ciencia tiene su propio lenguaje: el frío y esotérico de la lógica matemática, categórica o probabilística; y los Evangelios merecen una interpretación alegórica a la altura de los tiempos. Quienes no ponen su fe al día, armonizando sus esperanzas y emociones básicas con lo que la ciencia ha mostrado verdadero, sobre la naturaleza del animal terrenal que (también) somos, se encastillan tercamente en una dogmática tan legalista como inútil, y en una ética tan trasnochada como inviable.

Si la Iglesia de Cristo quiere tener algo que decir en el concierto de la espiritualidad del siglo XXI debe hacer un gran esfuerzo por superar su apego a una antropología machista y caduca, y conformarse con una fe sencilla, humilde y mínima, que no le falte el respeto a nadie, ni siquiera a los ateos. A fin de cuentas, Cristo no multiplicó innecesariamente sus mandamientos, redujo todos los del fariseísmo a uno solo: Ama a Dios (al Soberano Bien sobre todas las cosas) y al prójimo como a ti mismo. El prójimo es el próximo, por mucho que se las dé de listo en la ignorancia y caiga en pecador, como lo somos todos.

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